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Un mirar allende la premonición

lunes 14 de agosto de 2017
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Textos y collage: Wilfredo Carrizales
Un mirar allende la premonición, por Wilfredo Carrizales
Collage: Wilfredo Carrizales

1

Un mirar allende la premonición y luego un cosquilleo en mitad de la pupila y una acción para motejar a los ciegos. De un tiempo a esta parte han sucedido visiones en un orden sin apresuramiento. Si cuelgan pelos habría la necesidad de guindarse de ellos hasta sentir pinchazos de los restos de una sedimentación de huesos. Un escenario tras unas tablas podría ser una huerta con perfiles de mendigos.

 

2

Un acechar las inflorescencias de una primavera apenas esbozada con contornos de jadeíta. Aparición de una estancia que se prolonga sobre miriápodos, mientras se lucha por exhalar pellejos para evitar morirse a pedazos. Unos miembros se duermen y desaparecen las luces de sus jugadas. Una escena donde aflora un automóvil conducido por un hombre de pelo crespo y ensortijado. Se alarga un sonido que hace trepidar los párpados y los conduce a fecundarse como contribución a la aleación de las convexidades.

 

3

Un aojar los presagios de las ruinas de los puentes y el deterioro de los paseantes. Casi tumbados se encontrarían tallos y más tallos de árboles semejantes a la higuera, pero que nadie lograría realmente clasificar. Se abrirían semillas que ulteriormente caerían en el interior de cestas o de una parte de ellas e ignoraríase las causas de todo. Un rigor de tiempo se contemplaría en alta voz y apartando a la autoridad. Aquellos teoremas que reclaman emergerían de su templo para intervenir en la reciprocidad de la sed.

 

4

Un atisbar de los anuncios de los embalsamamientos y de los bultos que hacen excepcionales las glándulas picadas de amarillez. Se nivelaría un laberinto donde se enmohecen los panderos de un circo que extravió su disyuntiva. Las deformaciones evolucionarían con sus ángulos más obtusos. Por ningún rincón se detectaría esa familia envuelta en papel periódico, analfabeta contumaz. En relación con la casa abundante en llamas, otra ilusión se plantaría para comunicar las nuevas.

 

5

Un avizorar las sensaciones en manos de quienes padecen de artritis y se esconden detrás de celosías. Tendría siempre un jorobado el deseo sexual bajo forma perifrástica y su giba se estremecería a cada impulso violento de la libido. Se trincharía una vianda de proverbial excelencia encima de un plato ceñido a las dimensiones absorbentes del chef.

 

6

Un bornear con el único ojo dispuesto a bucear en las superficies de los patios cuajados de orugas y membrecías. Se superaría la premoriencia con una rigurosidad digna de peritos con las patas torcidas. Un desgarrón en el rostro serviría para vislumbrar el apego al sereno y para pervertir los músculos hasta someterlos a una absoluta impudicia. Se sinceraría la candidez y después se la pondría a prueba en el campo chillón donde se contraen las náuseas. Un tonsurado brillaría con el tormento de la luz artificial y se anieblaría en mitad del combate por demostrar la hemorragia de un cuerpo pellizcado en los flancos.

 

7

Un catar cuando se lleva la cabeza al son del albedrío y, al desgaire, maldecir los centelleos de la mala suerte. La marginalidad se integraría al tenebrario de la curiosidad intelectual. Se persistiría en la medicación a base de acordes de laúd. Se intercedería por los fenómenos producidos por el entrechocar de los dientes durante el curso de la fiebre. Cualquier derecho a extasiarse ante el ocaso preludiaría un resuello de matices mordaces. El triunfo se saborearía sentado al lado de un arma blanca de reciente adquisición. Un icono quedaría facultado para sólo existir en temporadas de borrascas. Un puño se consideraría muerto si desprendiera aromas de argamasa.

 

8

Un despestañarse bajo una lluvia de aerolitos y morderse las falanges de los dedos para consumar la enemistad con las centurias. Nada más que nada en el trasunto de la naturaleza moribunda. Se terciaría en el oficio de levante para rogar por los armarios sin dueños. Se merecería el creyente una dosis de opio para hacerse camino hacia su propio edén. La espiga del orto ampliaría, con propiedad, su arte de ensancharse al margen de la línea de la evolución. Una efigie prometería lo imaginable en circunstancias alevosas para su especie. A imitación de los charcos, los canteros penarían con las elegías dedicadas a las larvas.

 

9

Un escrutar antojos de ratones en las cocinas con tres lados carcomidos por los murmullos. Un espejo como manantial para los solteros y como ornamento para exquisitos ejemplares de lupanar. Se pringarían los gordos con el pensamiento del cebador. Muy cansada, la coqueta se tendería sobre su colcha de hojaldres. Se escribiría acerca de la papera y se descifraría su forma de excrecencia cual un salmón a la deriva. Se metería un fraile en el traje del diablo y cantaría obscenidades ante la puerta del abad. La ponzoña se echaría a perder por falta de uso y temores de abuso. Una golosina se apoyaría contra una hélice y daría como resultado mareo de azúcar.

 

10

Un fisgar para llevar el registro de los privilegios de los tontos. Un mirlo en un grabado susceptible de resonar y jaspear. Se alojaría una flor dentro de un vaso linfático y allí exudaría su mordacidad en noches de filarmonía. La grandificencia se auparía para que se tornasen épocas en mamotretos de bestias. La efervescencia de ayer trascendería con su deslumbre y con su instantánea añadidura. En cuclillas, brindaríamos por el búbalo de ingles sifilíticas. Se rematarían las damas en el cabaret, a razón de una almohada por cabeza. Se bailaría y seguiría la danza, mientras por doquier los perros perseguirían a los pordioseros de la abundancia famélica. Se tostarían las puertas de las casas, los bancos de las plazas, las aceras y los carteles y el calor nunca apetecería las vacaciones.

 

11

Un inspeccionar sin mezclarse en la ponderación. Una estampa criada en la vivacidad de una pantalla. Lo inadaptable a la incongruencia del disfraz de vertebrado. La sanguijuela yuxtapuesta al hoy que viene y al hoy que se va. Muchos rodeos para finalmente marcharse con el botín manoseado, asaz sobado, relamido. El vacío entre dos tumbas de próceres de opereta y un silencio golpeteando la eternidad. Se espantaría el sustituto del homicidio, al comprobar que el occiso aún arengaba con renovado brío. En las venas se arrebataría un hipo a la defensiva y sus subsecuentes marcas estallarían a la menor presión. Aquel programa sería para el espíritu del vino y la fascinación. Recaería un pez en el interior de una atacada bahía de museo.

 

12

Un enzainarse entre las zarzas del jardín de las pocas delicias. Se enyesaría el haz y el envés de la mortaja del opulento dictador intertropical. Un busto que gritaría el aleluya en mitad del humilladero puesto a su disposición. No se hallaría al cruzado de brazos, ni al terco de hocico, ni al incorruptible ladrón. Una idea comportaría lo extemporáneo y la farsa de enarbolar banderas por una república expuesta al fuego graneado. Se parlamentaría encima de las vísceras de jóvenes asesinados en las calles, mientras tanto atronarían las notas de los himnos victoriosos de los militares. Maltrecha la justicia; descalabrada la razón. ¿La diarrea persistirá erguida?

Wilfredo Carrizales
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