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Por la casa, las ausencias

martes 12 de septiembre de 2017
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Textos y fotografías: Wilfredo Carrizales

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Por la casa, las ausencias, por Wilfredo Carrizales

Por la casa, las ausencias van de rincón a rincón y mutan para presagiar anuncios de las sombras contra las luces. Ausentados los gritos, los llantos y las voces. Separados de sus emisarios por los auspicios descolgados de los períodos que se anublaron. Ninguna presunción cabe más allá de la soledad. ¿Hubo un comienzo que residió en el olvido? ¿Un lujo evitado al ras?

Tiempo de las columnas desaguando los climas y los preceptos de la verticalidad. Paradero desconocido de los sapos que barrían los vientos más cálidos. La austeridad dejó de poblar la ceguera de las paredes. Las cavidades ya no se llenan de brillos de la aurora. Ha acontecido una mudez sin altura, un cuchicheo de falsos arrendatarios. Abundan las anexiones de colores que no son tales, sino simples remedos de cierres con efectos enfermizos.

Ni las palomas ni los concentrados pájaros prestan ahora sus idilios. Los fallecimientos aparecen a posterioridad. No claramente se propagan las resonancias. Un oído pronuncia el timbre de la atmósfera amoldada a retículas. Hay omisiones de ángulos, de aquellos implicados en las magnitudes de los odios, a pesar de la bonanza que trasladó a la certeza de la familia.

 

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Por la casa, las ausencias, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Presencia de un maniquí que, en realidad, es solo abstracción de una antigua sustancia humana. Aunque hubiere salido y entrado muchas veces a través de una puerta otrora suya, hoy se ve enredado en sus congojas, sin otra posibilidad que no sea la de entristecerse.

Comenzaron las razones adosándose a una pared embutida de lajas y acabaron arrumbadas, dadas al traste: morbo alejado de cualquier nostalgia. La cautela no retornará, ni las visitas, ni sus remedios. ¿Los remotos moradores tendrían secretos para enfrentar las contiendas del azar o del enojo? ¿Estallaría la conciencia en su propia condena?

Una planta trepadora bien serviría de alivio en circunstancias de tropiezo. Alegraría tenuemente la afrenta de una añoranza. Se creyese lo que se creyese, un temblor rasparía la garganta y tomaría cuerpo: su trono con varas, tubos y herrajes. Un universo ceñido a un cornijal.

La memoria fue pensada, pero nunca llena. Se miran señales que no se quieren. Aún no sobrevienen llamas. (Afuera transita una ciudad que de nada se informa). Un íntimo ronquido marca interminables horas y un tiempo de enajenación ofrece una inmediatez que resulta un desafuero.

 

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Por la casa, las ausencias, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

¿Quién ausentó la techumbre y su disfrute de lluvias y estrellas? Un axioma señala causas de pesos indolentes. Empero un círculo luminoso fue observado, con antelación, gravitando sobre las tejas. Acá, en las anotaciones murales, se escuchan órdenes de encantadores. (Anoche se prodigó una perdida maravilla y nadie aprovechó el grado de su virtud de abolengo).

Además las trepadoras redundan en la audacia de guarnecer lo que se omite. El vano hala los ojos y los coloca allí, donde se cotejan nubes y manchas, escoriaciones y talladuras. Un aire revuelto aspira a ser pintado, a ser cambiado para escarmiento de los olvidadizos.

Unos troncos cayeron de ninguna parte, pero emprendieron con resolución su resuello permanente. Volaban bandadas de unívocas ausencias y ni bicho viviente las captó. ¿No andarán más por los estros, eternizando lo absoluto o su semejanza?

¿Qué se espera de las pérdidas? Concluyó la abundancia de panes, de vinos, de nueces. Se doblan aún más las junturas hacia su derrotero con profesión de fracaso y estropeo.

 

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Por la casa, las ausencias, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

¿Transmigró a ese sitial, virgen de todas las ausencias, dadora de recuerdos? ¿Quebrantó los muros, rompió los eslabones, trocó las hojas de los árboles en albayalde? Mira con cantares de una gesta que es quietud, tránsito hacia la armonía carente de distracción.

Ella, la poseedora de dieciséis sílabas y que muere de lozanía cotidiana. Rara vez abandona su acentuado receptáculo. Ella, hecha a la medida de su cornucopia invisible. Vuelve constantemente la vista hacia el poniente y explica, al detalle, el arcano de los ocasos.

Sus cirios demuestran que no necesitan encenderse para alumbrar. Su parto anida entre todas las cosas apartadas. Serena, se peina en medio del primer matorral que le obsequia la casa. Sus cántaros se tornaron sonámbulos y fluctúan al compás de doce campanadas.

Imagen, cuyo nombre queda oscuro en la claridad. Lanza vidrios a las piedras y las vuelve astillas de chispas. Sus pies desencadenan flores de papel como homenajes para evocar a cubierto. Sana los semblantes y los momentos. Por unos agujeros, atisba el olor de las lechuzas que pernoctaron en la residencia, cuando la esquividad no agradaba a los durmientes que para siempre partieron.

(Se rumora que un ángel de zinc arrastra sus alas por el piso, en el instante en que apenas empieza a acumularse el polvo).

Wilfredo Carrizales
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