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Los portentosos

lunes 25 de septiembre de 2017
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Textos y dibujos: Wilfredo Carrizales

1
El escrofuloso

Los portentosos, por Wilfredo Carrizales
Dibujo: Wilfredo Carrizales

El escrofuloso es honesto y buen pagador, hasta el colmo de la minuciosidad. Escruta sus recetas con rectitud y nunca bebe en el vaso de otro. Sus ganglios inflamados se le enrojecen y llega un momento en que adquieren extrañas formas de animales. Él es propenso a preocuparse por problemas de la física y siente que si camina en círculos su peso se hace más delicado. Usa una especie de túnica cerrada hasta el cuello, donde a veces le crece una inflorescencia.

 

2
El tuerto

El tuerto aún sufre los dolores del parto de su madre y que lo hicieron nacer con un ojo solo. Se acostumbró desde temprano a torcer su destino y las cuerdas de la desgracia. Atropella a cada paso a las personas de globos oculares prominentes. Tiene una tendencia enfermiza a enamorarse perdidamente de los cíclopes de la mitología. Cuando no se lava las legañas emana una racha de tufo que muchos confunden con la presunción.

 

3
El jorobado

El jorobado jamás se fastidia de su giba. Por el contrario, se siente muy orgulloso de ella y permite que cualquier supersticioso se la toque o frote, previa petición por anticipado. Su bulto se afinca de cerca y se distiende de lejos, causando emocionantes sorpresas en transeúntes, conductores y vendedores callejeros. Camina con sumo cuidado por las aceras y calzadas para evitar que le estropeen su chepa, que es su confidente y su hecho memorable. Ella le da a él un carácter afable, muy alejado del genio del dromedario. Siente suprema admiración por Quasimodo, el de “Nuestra Señora de París”.

 

4
El ciego

El ciego nunca escupe hacia el cielo. Prefiere hacerlo hacia la punta de su bastón. Él se sabe un ángel echado a escobazos del paraíso de los videntes. Intuye que algún día será el Señor en el país de los tuertos. Come su pan entre coplas de la obediencia ingrata. Posee una afición exagerada por los juegos de dados poco usuales. No pide limosna sin haber antes pronunciado una oración por todos los inocentes, que a su entender son numerosísimos. Tienta las paredes y pronostica los males que sobrevendrán en cuestión de días. Deslumbra con su sapiencia como un cocuyo en un rincón.

 

5
El priapista

Los portentosos, por Wilfredo Carrizales
Dibujo: Wilfredo Carrizales

El priapista goza rotundamente con su condición. Su ininterrumpida erección no le produce dolor alguno. Aunque usa pantalones ajustados, éstos no le ocasionan ni la menor molestia. Durante su lento transitar por las avenidas más concurridas, las miradas de las mujeres se le cuelgan de su “gancho” de púrpura cabeza. Él se hace el desentendido y las féminas pugnan por rozarle el abultamiento y comprobar su resistencia y elasticidad. El priapista sonríe con ironía y la sangre se le sube a la cabeza y los ojos le hierven. Luego se retira con una mano puesta sobre la bragueta y con la otra, semicerrada en óvalo, contorsionándola de arriba abajo.

 

6
El manco

El manco no inutiliza su obra. A izquierda y a derecha se aplica a superar las flaquezas. Se apropia de la habilidad de los demás y sabe responder con una agresión sin medida. Por su mente no pasa la lisiadura que padece. Se sujeta a ella cual un esclavo a su cadena. A pesar de todo, hay noches en que tiene pesadillas con mancuerdas. En presencia de alguien desaprensivo lo constriñe a cantarla completas. No mueve a lástima y cruza los charcos de las bocacalles con una postura erecta y magnánima. De común acuerdo consigo mismo, maniobra y prepondera.

 

7
El mudo

El mudo se advierte por lo oclusivo. Retuerce la lengua e intercepta los sonidos. Su boca se abre con pasmosa naturalidad y permite ingresar innúmeros gorgoteos. Se angustia por momentos y sus párpados treman en un efecto de necesaria ociosidad. Mudadizo a rabiar, patalea para hacerse entender o gesticula hasta el borde del paroxismo. Conoce la danza de mudanzas y da señales de ello contra dinero. Por las tardes va al cine a reírse con el primer Charlie Chaplin.

 

8
El asmático

El asmático se interna indefectiblemente en una agonía, de la cual sale entre grandes estertores. Respira con ansias y el aire tiende a escapársele por inexplicables conductos. Jadea y recusa; se ahoga y no se evalúa. Extraordinariamente le funciona el corazón, pero sus bronquios constituyen una eterna terquedad. Su mujer le auxilia durante las crisis y le arrastra lejos del soroche. El asmático concurre a su tragedia nocturna ataviado con pijama de rayas amarillas y un gorro accidental que lo induzca a dormir.

 

9
El enano

El enano, enante, se encolerizaba muy a menudo. Después descubrió lo que quería y se volvió dócil hasta el punto de aceptar crueles burlas a expensas suyas. Sin embargo, en ocasiones se enardece y esgrime un palo o un sable y entonces hace huir a los circunstantes. Paga tributo a la Asociación de Enanos Ambulantes y siempre encabeza la lista de los donantes. Una vez promovió un motín contra el encarecimiento de las bebidas alcohólicas y se ganó el vitalicio respeto de la cofradía de beodos, dipsómanos y borrachines. Nuestro enano vive en un ático, refugiado entre golondrinas y palomas. Para ahorrarse los ronquidos, se ata los labios con cabuyas.

 

10
El colérico

Los portentosos, por Wilfredo Carrizales
Dibujo: Wilfredo Carrizales

El colérico defiende a ultranza su irascibilidad. ¡Jura que es la ira de Dios! (¿Acaso par del Tirano Aguirre?) Tan iracundo se pone que el púrpura lo tiñe por completo y a sus álter ego también. Sus arrebatos desembocan en violencias e insultos, de los cuales cuesta un ingente esfuerzo sacarlo. No se apacigua con facilidad. Sus malas pulgas le acompañan por doquier y le producen picazones repetidamente. Quienes tienen conocimiento de él, lo tratan de lejos y con reservas, no vaya a quemarlos el botafuego con sus vesanias. ¡Un cascarrabias anda suelto por el mundo!

 

11
El palúdico

El palúdico dista mucho de ser palurdo. Buscó a propósito las fiebres en un terreno pantanoso que le ofrecieron en venta. Se complacía jugueteando con las colonias de mosquitos anofeles. Le palpitaba intensamente el corazón al percibir que los protozoos se le deslizaban con gratitud por venas y arterias. Aguardaba con avidez la llegada de las cuartanas para compartirlas con sus allegados y relacionados. Afirmaba con tozudez que él no padecía de malaria, porque esa enfermedad sólo la sufrían los italianos.

 

12
El gigante

El gigante siente predilección por las mujeres rechonchas, de titánicas nalgas. Participa de manera asidua en las diversas gigantomaquias organizadas en las ferias. Se sospecha que su gigantismo proviene de la ingesta, en edad pueril, de enormes cantidades de semillas de girasol. Siempre se destaca excepcionalmente por los enormes eructos que expulsa después de inenarrables comilonas. Se extasía con las hazañas de Gargantúa y se maravilla de beber tanto al considerarse su epígono.

 

13
El raquítico

El raquítico asume con altivez su condición y lo pregona con los vientos frescos, por plazas y zócalos. De la deformación de sus huesos inventa extravagantes historias para diversión de los raros que lo frecuentan. De su debilidad saca la fortaleza que le permite imponerse a la absurdidad de la época. Pocas veces se palpa la columna vertebral y cuando lo hace extrae de ella una vibración que recuerda el golpeteo del xilófono. Soldado permanentemente a la insuficiencia se arroga la rapacidad como método para la libertad.

 

14
El neurótico

El neurótico complica su metamorfosis y embrolla lo que ansía al transformarlo en algo antagónico. Flota en los impulsos nerviosos que le llegan de soportes volátiles. Acumula en sus neuronas las tristezas que lo abaten, pero se atropella con alegrías sin fundamento. A solas, se comporta imitando a las formas caducas de la naturaleza. Persigue ideas que le sugieren actos sexuales frente a espejos rotos. Su sistema de conocimiento es una perpetua entrevista con él mismo.

 

15
El epiléptico

Los portentosos, por Wilfredo Carrizales
Dibujo: Wilfredo Carrizales

El epiléptico, de súbito, debe sacar del bolsillo del pantalón su cuchara de plata e introducírsela en la boca para evitar que la lengua se le vuelva un rizo y las palabras formen una hilera de bucles. Cuando el epiléptico se altera, parece llegado su epílogo. Empero el morbo lo torna semejante a un alférez con el pendón aclamando la pérdida de la normal compostura. Luego el epiléptico compendia las visiones del caso y la peripecia del momentáneo alejamiento queda registrada en la vicisitud de un desgarro.

 

16
El obeso

El obeso ejerce su función y se nombra gordo per se. Le llaman “Jorro” y su adiposidad lo emparenta con un obispo. Juega a las cartas con arte de tahúr. Su estrambótica panza descansa sobre la mesa de juego y los flancos mantecosos le cuelgan en alarde de desenfado. Dimana procacidades y asertos de camionero, aunque nunca se le ha visto conducir ningún automóvil. Avanza con dificultad, abiertas las piernas, y balanceando su humanidad toda en busca de espacios adecuados para acomodarse. Desplaza ingentes masas de aire que provocan tolvaneras y temor.

 

17
El tullido

El tullido no languidece ni ante las ofensas, ni ante las injusticias. Instalado encima de su breve carruaje con mando a distancia, se mueve por la ciudad con ínfulas de sabelotodo. Habla de los diversos tiempos: los litúrgicos y los pascuales, los atmosféricos y los sidéreos y los actuales y los heroicos… Perennemente encuentra su auditorio. Al retirarse y mirar hacia atrás, descubre sus tulliduras regadas sobre el pavimento. No es susceptible a los tumbos y, por ello, la estabilidad se le atornilla a los ijares y lo proyecta hacia una mayor clarividencia.

 

18
El sonámbulo

El sonámbulo no fracasa jamás en sus actos inconscientes. Nada le suena extraño después de despertar. Mantiene abundantes y exitosos diálogos con vampiros y murciélagos y, ocasionalmente, con otras criaturas aladas de la noche. Expresa, con palabras optimistas, el triunfo de las malas políticas de los ignaros gobernantes. Impresiona la veracidad de sus aciertos. Una campanilla rechina en su habitación cada vez que enuncia principios de los misterios oníricos. Realiza escenografías efectistas para los sucesos en que se verán envueltos sus íntimos al día siguiente. Canta y declama trasluciendo los objetos que más adora y acumula.

 

19
El hipocondriaco

El hipocondriaco viaja dentro de una campana de cristal por miedo a inhalar virus y enfermarse. Se lava a cada rato las manos con agua caliente y luego se las frota con alcohol hasta casi despellejárselas. Lleva, inquebrantablemente, un tapabocas y sólo conversa, de manera sucinta y a prudente distancia, con escogidos interlocutores. Suele acompañarlo la melancolía, a la cual él seduce y masturba a placer. Únicamente consume vegetales de su propia huerta doméstica. Le horripila encontrar arañas, cucarachas o mosquitos en el interior de su casa. Los gatos y los perros le producen un espanto que le causa tenaz frío. En todas las paredes de su vivienda ha trazado la palabra ASEPSIA, con enormes caracteres.

 

20
El alucinado

Los portentosos, por Wilfredo Carrizales
Dibujo: Wilfredo Carrizales

El alucinado deslumbra con los significados de sus desvaríos. Él mismo se impresiona por la capacidad que ha adquirido de ilusionarse hasta más allá de las imágenes aceptables. Atrae a su lado a cantidad de curiosos que lo idolatran y glorifican. Sus alucinaciones se manifiestan envueltas entre vapores de mercurio o cinabrio sublimado. Se ofusca en estados pasionales, donde el culto a los ofidios deja de ser apariencia y se convierte en reptante realidad que muerde y envenena. En ocasiones especiales, sus visiones bajan cual un alud de hormigas con alas rapaces.

Wilfredo Carrizales
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