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¿Qué de quién sale allá?

lunes 13 de noviembre de 2017
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Textos y collages: Wilfredo Carrizales

1

¿Qué de quién sale allá?, por Wilfredo Carrizales
Collage: Wilfredo Carrizales

Amante con uñas, con espinas, con acodos y bramidos. A veces en las ventanas se detienen los perros y sueñan con liebres que creen haber comido. (Supremo esfuerzo hasta dejar el pellejo).

La hembra avanza cual vampiresa y su sombrero es historia semejante. Abunda en los pasos, pero no se extrema. Evoluciona sin descarga, a la espera de la corona de caudales. Sazona su prestancia y así se instala en el mandamiento del mundo.

(Un remolino puede ser considerado abrupto y conformado por puntadas. Más adelante, una edificación contendrá venas y arterias y una temperatura homologada).

 

2

Líquenes en el sillar de la esquina. Grueso muro para excretar con los micos. Nos duplicamos, sencillos o ingenuos.

Sin péndulo, la conciencia se extravía y ocurrirá en su reverso. La asfixia traspone sus instantes y una ruptura enfría el orden máximo. Hombre que nace de la distancia donde no sucede nunca.

Luego la pertinencia de los síntomas y su síntesis de afuera. No es que la punta siniestra crepite, sino que se descuadra su significado. ¿Se verá un sudor de cristal?

El bochorno o la tragedia. Los hijos sorprendidos de sepultura y con las bocas anchas para importunar.

 

3

Cerramos las voces del secreto y completamos el cuento que estuvo cohibido. Una resonancia para un estilo de calambre.

La vida cabal, casi transparente. Descanso para los señores desatendidos. Un pedazo de pan y un modo de responder. Las criaturas crearon las tierras escondidas, golpes de carbón al sereno. Se deslió la propiedad.

El traidor y el ánimo que lo mueve. Habiéndose herido oculta su roca que converge. El espíritu es atravesado por una ponzoña de gemidos.

Entre los dibujos, los altares del suelo y un haz de servicios para los saltos, para los infortunios.

 

4

La señorita recibe un disparo de la caracola. Se destaca el carácter fortuito del acto. La caracola muere de vergüenza y se la destina a un guiso.

Decir caducidad y caer difunto. Verdad interrumpida. Se admite un régimen de ampulosidad. Hacia el anverso de las cosas una derechura a la deriva. Algo se atenúa si alguien lucha.

Quitamos la semilla de la carne para quedar descolgados. Por aquí emergen unos brotes superfluos y unos bichos que decodifican las obras. ¿Cómo ceñirnos al centro si se desplaza?

Lo que corresponde al acontecimiento cotidiano es un rechinar de colmillos al borde de la bañera.

 

5

Un astro detrás del disfraz. Sin retorno al punto de llegada. Cercanía de los halos. Mejor sería no cometer clausuras.

Brincan los dientes de la muñeca y la felicidad participa ausente. De un poder a otro, la frescura que se enrolla y luego degenera.

Alrededor las fiebres ingresan y los enfermos encuentran anacronismos para continuar con vida. Los bálsamos se vulneran en el espectáculo de las sangrías.

Miajas en las tabernas revestidas de fieltro. De ciertos recipientes se sorben los tragos. Se charla con las manos untadas de balas y los capciosos encomiendan sus semblantes a un ídolo de madera.

 

6

Tecleo, tarde, en mi refugio. Pieza a la manera del barro. Tejo granadas para el pescado de la marmita. Dudo en alimentar al búho.

Apreso los juegos de los tontos. Están en el aire, se golpean entre sí, sangran, no limitan sus disparates.

Lejos, una retreta o un toque asiduo de campanas. ¿Habrá fallecido el oficiante? ¿Y las ánimas?

Una hilera de roscas sucumbe a orillas del estanque. Una mucosidad se adviene a servir de obstáculo a la firmeza. Si alguien amenaza, ¿sorteará el peligro?

Redondas estampas se tuercen desnudas. Difícil burlarse de ellas. Una soga cuelga al torcer la bocacalle. ¿Habrá también agua detenida?

 

7

A media ración, escucho los elogios a los magistrados. Mi hambre es aserrín de pectoral. La abundancia de los jueces organiza adecuadamente sus vientres.

Me rearmo para superar la metástasis del entorno. Añado martillos y cuchillos de punta roma. Sin alterar los pecados, no asisto a los bailes de los toscos.

En cumplimiento de mi propio desagravio, llevo la mano a la copa y bebo su olorosa y blanca y espumante sustancia. Con sigilo, gano mi porción de desierto.

Indiferente, agrego razones a los relojes y calculo las circunstancias de mi preferible edad. A costa de tenacidad, multiplico los sésamos sobre mi mesa.

 

8

No me ilusiono con mi fealdad: la sé perecedera. La llevo a las ferias y la evitan muchos, simultáneamente.

Hasta ahora me cansan los momentos, pero me sirvo de las recaídas y las antepongo a las fechas que se suprimen.

Me marcharé en mi marquetería, sin abundancias ni primaveras. Por siempre, para siempre.

Tardaré largo en el aguijoneo. Mis variables incluyen sosiegos y revuelos. Para llegar a la cima tardaré muchos entonces en decirlo.

En el aniversario del doble once hablaré de cronometría y veleidades no persistentes, de apremios y cosas deleznables. Me sentaré, como ogaño, a despejar las nubes de mis ojos.

 

9

Exageración y un peine blanco para todo cálculo. En mucho, la existencia se suple y se adelanta el olvido. Dos tonos y dos intervalos ayudan en la consonancia.

Más que a mí, al remediador de la afinación. Un terrón en la pluralidad del espanto. No quiere testigos; no desea hitos ni acusaciones. Pero, ¿qué corredor lo releva?

Alas de abejas y sequedades en las vasijas. A un tiempo, lluvias y eternidades. Dejemos atrás el material de las resistencias.

Un crucigrama cae resuelto en trece meses, antes del deterioro de la atmósfera. Sobran claridades en los portales, mientras se desvanecen los casamientos.

 

10

Estoy deteniendo los truenos en el instante de su tránsito por sobre los rieles del verano. La exaltación se apaga y vuelve a titilar. Un animal de artillería aparca su parsimonia. El reposo castiga por doquier.

Rabo corto aunque prefiera la cólera. La misma monotonía para la misma guerra de mentirillas. En la cofradía, la picaresca ingresa dentro de sacos de indulgencias. Pienso en escarmientos y el vinagre se revuelve.

Adeptas del espionaje son las paredes. Los dolores pretenden pasar por sus propios partidarios. ¿Es usted rastrero? Puede acudir a sestear lo ganado.

Sin venir, adelantó su disparo y su grito. Manso, guardó las prisas. Siquiera su nombre se le ajustó al cuerpo. ¿Sereno siguió el sonido?

 

11

En vez de maullar, el gato se ciñe a la trampa. Algunos plazos se cumplen y se divierten quienes vigilan. ¿Qué holgazán mora bajo el límite de los estruendos?

El mayordomo escala la prosodia y envuelve las joyas con un papel de verdades crudas. Finamente se aprovecha el escándalo, máxime en la madrugada de pisotones.

Se ha helado la noticia y la reacción ha sido palmaria. Se descarga el recato en el plano de las afluencias. Se capturan los chismes y se les asienta. Nuevamente se doblan los billetes para lograr una parranda tras la jornada de las monjas.

 

12

Al margen, rumor de los huesos, aturdimiento de las galletas y motivos para pendular sobre los prados. Desde un barco, una cola de pez y el inicio del estudio de su náusea. Una maroma se consume allí mismo y cuando espuman las almejas obra, de súbito, un amargor.

Por el camino marzal, las casas van yendo de oscurana y sus dueños se sumen en lisonjas. ¡Nunca más deprisa y cuántos deseos al muerto!

Callando acomete el hierro y destroza. Si no se alude, la violencia raspa las aristas. Fórmula del cuero y se extienden los antecedentes hasta el trono de las galanas.

 

13

Hecho en casa y el alguacil lo afirma. Con la mano herida froto la manzana que se guarnecía de bubones. Doy libertad a las aves relacionadas con el algodón. En mi característica se adjunta un resumen de figura orante.

Mediodía y un sol incierto. Trazo círculos sobre una tierra venenosa, semejante a una cadena cubierta de orín. Una máscara requiere mis ojos y se los cedo. Recibo frutas de barniz a cambio. Solemne, me aromatizo.

Un menor quedó sin hipótesis. El momento del exterior lo inutilizó. Algo anaranjado le tanteó el costillar y en un pañuelo debió marcar la tendencia admirable.

 

14

Estaba tan apurado que no pretendía sino comer estrellas, de mar o de las otras. Papalmente me guindo de una bufanda y duermo al uso matinal, con las ineficaces manchas de mi liturgia. De color comestible sobrevivo en la playa escarmenada.

Estacionario, tomo el autobús del invierno que no varía en su nieve de ficción. ¿Y si una golondrina emana de un vapor que es su enfermedad? ¡Que caiga lo inerte y se haga costura, puntal y mecha de aluvión! ¡Quia!

La quijada va camino a la salazón y en la cocina se embota. ¿Habrá tripa para romper el fuego, para tronzarlo hasta el alba que se supone?

 

15

¿Qué de quién sale allá?, por Wilfredo Carrizales
Collage: Wilfredo Carrizales

Me encenizo; me hago de noche. Soy ahora un islote, una ciénaga, una tumba junto a un río con punto de viraje. Enfermo y, en gestación, me arrojo a la poquedad. ¿A quién comienzo con nueva época? ¿Qué se comba y acude?

El mundo se ve y nace. Las olas se marchitan, de cualquier manera. Se ahuecan los viajes; se anubla lo que está agotado. La cerveza no se aclara y, sin embargo, me la bebo. Sabia y prudentemente.

Me descalzo y lavo los anillos en mis dedos. El lago, hoy, tiene poco fondo. Ciertas piedras serán venturosas. Ciertos matorrales arderán atrapados entre candelas de meteoros.

Wilfredo Carrizales
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