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Bestiario personal

lunes 27 de noviembre de 2017
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Textos y dibujos: Wilfredo Carrizales

Un horroroso animal desconocido

Bestiario personal, por Wilfredo Carrizales
Dibujo: Wilfredo Carrizales

Tan repulsivo era que resultaba la causa de múltiples enfermedades inclasificables. Se disputaba el primer puesto con la enorme lombriz que se enrollaba y se desenrollaba en instantes, produciendo descomposturas en los contempladores.

El horroroso animal, en determinadas circunstancias, renacía como hombre y echaba a correr por las calles desencadenando pandemias y morbos sin arreglos.

La bestia –se hizo necesario llamarla así- repugnante se purgaba y presidía tribunales que juzgaba adulterios, censuraba conversaciones y verificaba el apego a las buenas costumbres. Con cantos lascivos atraía a las mujeres jóvenes a su redil y allí las sofocaba con sus vapores de progreso continuo hasta provocarles el desmayo y, a continuación, las sometía a violaciones prolongadas.

Como lo perdí de vista, al tiempo llegó a mis oídos la noticia de su ajusticiamiento: lo lapidaron entre tintineos de campanillas y atestaciones de sus crímenes.

 

El cangrejo, mensajero de la muerte

El cangrejo, señor sin intestino, se inclinó ante mí y se entregó totalmente, sin trabas, sin limitación. Apenas unos pocos de mis conocidos se enteraron del asunto, pero su conocimiento del mismo no sirvió para nada.

Falto de recursos, salí adelante y el cangrejo fue mi tesoro inapreciable. No había ser más maravilloso que él. Sin casa donde refugiarse, se acogió a mi hospitalidad. Los ignorantes y los desvergonzados inventaron historias. Provocaron querellas sin razón. El cangrejo siempre se ubicaba en la zona de calmas. Sin punto flaco atacable, mis enemigos rabiaban por no poderme dañar.

Al cangrejo lo alimentaba con higos y nueces y le proveía de todo cuanto le era necesario, raíces y tallos, inclusive. No es de extrañar que recibiera la luz concerniente de su agradecimiento. No había agujero de la casa que el cangrejo dejara de escudriñar. Era un animal despegado de la rutina del mundo.

Un desconocido quiso comprarme al cangrejo por una elevada cantidad de dinero, pero intuí que aquel individuo extraño sería capaz de causarle perjuicios. Así que le disparé una flecha en un ojo y huyó sin dignarse mirar atrás. El cangrejo no intervino para nada y me dio a entender que aquel hombre erraría sin invierno ni verano.

La predestinación que debía cumplirse se cumplió. El cangrejo desapareció y no dejó ni sombra ni trazas. Temí que hubiese vaciado mis cofres, mas adentro había un notable incremento de los recursos originales. Estoy convencido de que no hay sitio, por lejano que sea, a donde no llegue el cangrejo y que desde ese anónimo lugar me estará cuidando con sus tenazas en guardia para que los creadores de embrollos no se me acerquen.

 

La codorniz que aprendía de memoria

Era de un negro intenso y, tal vez, por eso se veía desolada, triste. Se montaba sobre una silla y allí dormía a cualquier hora. En una ocasión descubrí que le gustaba esconderse en el fondo de una cabaña, junto a una tumba. Larga de alcances, elevaba su cabeza para frotar el firmamento. Majestuosa, calculaba mentalmente los pasos que debía dar. Su prodigiosa memoria pasmaba.

Le servía granos picados dentro de una vasija de barro cocido y ponía de manifiesto su agrado por las cosas limpias. Una mañana de niebla cayó en el interior de una concavidad y ya no pudo nunca más salir. Sin embargo, se continuó escuchando el clamoreo de su voz por semanas y semanas.

 

La cigarra pequeña que acampaba

La cigarra pequeña acampaba para ofrecer su sacrificio de fin de año a los espíritus de la tierra y del bosque. (A veces el saltamontes emigrante la espiaba, pero ella dejaba pasar por alto tal estupidez).

Ella sondeaba su astucia y solía hacerse la muerta para engañar a las aves predadoras. Ataba sus patas con cuerdecillas y se colgaba, cabeza abajo, de las empalizadas. Si escuchaba algún ruido se disponía de inmediato a picar, hincar o punzar.

Llegaba de improviso adonde estuvieran exprimiendo jugo de las frutas y absorbía los sedimentos sin ser descubierta. Feneció prematuramente debido a un documento oficial que recibió por equivocación.

 

Un faisán de larga cola

Lo sorprendí en una danza que le obligaba a desprenderse de algunas plumas. Le di mi admiración y mi entusiasmo. Los aceptó sin ninguna obligación para conmigo. Tampoco yo fomenté ningún deber para con él.

Tomaba prestados vericuetos extraños y estrechos y sucintamente combinaba diestros pasos de baile de una clase que podía hender el terreno. Su compañera era la luna, pero sólo yo la veía en época de ayuno. Cohabitaban juntos en lugar desconocido.

Una noche el faisán se topó con un nido de bandidos y eso fue su perdición. Lo capturaron y lo desplumaron vivo. Lo ensartaron con un alambre y lo pusieron a asar sobre una fogata. Mientras se doraba, no emitió queja alguna. Guardé el debido luto por él. En cada aniversario de su cruel deceso, me abstengo de comer carne y celebro en mi estudio una ceremonia en su memoria.

 

Un escorpión malhechor

Estaba lleno de rencor y resentimiento. No le importaba picar a mujeres y niños y emponzoñarlos hasta hacerlos morir. Destruía familias; desmontaba viviendas; desarmaba escenarios; arruinaba negocios; rompía caracteres y temperamentos.

Abrigaba sentimientos malsanos y así fue llenándose de agravios y enemigos. Su fin vino de la mano de un hacedor de horóscopos, durante la octava zona del zodiaco que el sol recorría ya harto del otoño.

 

Un sapo de manchas negras en las patas

Parece que moró largo tiempo en un palacio de lignito. Probablemente de allí salió con las patas manchadas. Siempre se le veía esbozando una sonrisa halagadora. Segregaba zalamerías, las cuales se le revertían en maldiciones y denuestos.

Allanaba con su boca las oquedades. Cantaba con vigor y se imaginaba que emergían de su garganta notas de gasa de seda. En todas partes le ponían trabas, mas a él eso le tenía sin cuidado y continuaba por la vida intentando seducir.

Llegó a anciano (como bien él lo predijo) y su codicia se exacerbó. Se pasaba las horas aguardando la manifestación milagrosa que lo mutara en brioso general en armas. En sus postreros años, asido a un bastón desenterrado, confiaba aún en el influjo de la luna para que le devolviera su antigua lozanía.

 

Un pájaro que envenenaba

Tenía aires de secretario y gustaba del vino, al cual envenenaba con sus plumas para deshacerse de algún enemigo o impertinente rival.

La maledicencia lo acompañaba por doquier. Él se estremecía de gozo al pensar acerca de lo mucho que lo odiaban. Empero se sabía por encima del mundo, más allá de cualquier nido vulgar y asqueroso.

Durante las borrascas se enternecía e imaginaba obras grandiosas realizadas de golpe y levantadas sobre los cadáveres de sus adversarios y oponentes.

Una madrugada, mientras dormía, chilló de cólera y quedó tieso: una de sus plumas se le había introducido inopinadamente por un oído y le había producido una velocísima sucesión de visiones letales.

 

Un caracol de los linderos de los arrozales

Aclaraba el agua del canal y lo descubrí asoleándose con el cielo sereno. Me miró de frente con fijeza y con un gesto le indiqué que me siguiera a mi cabaña. Pesaba tanto como hacer una leva, pero era experto en el uso de la balanza. Por eso, decidí declararlo mi vasallo para que me sirviera.

Dilataba su corazón con habilidad y sus sentimientos podían ser manoseados. Su capacidad de trabajo no tenía límite. Cuando le permitía descansar, practicaba el salto de pértiga entre los surcos. En esos momentos, su cuerpo adquiría un color anaranjado. Nunca pude averiguar el origen de tan singular fenómeno.

Yo no ignoraba que él anhelaba correr a toda velocidad, desplegarse libremente, poner en evidencia el cúmulo de su talento y su habilidad. No obstante, siempre fracasaba en sus intentos y yo simulaba que no me enteraba de sus fallos.

Una tarde me alejé de mi cabaña más de lo debido. Al pie de una colina me alcanzó mi perro que traía un mensaje escrito sobre un papel. Leí: “Ven lo más pronto posible”. Reconocí de inmediato la caligrafía sinuosa del caracol y emprendí el regreso a la carrera, seguido por el perro que acezaba. Al llegar a la puerta de la rústica vivienda encontré a una garza adormilada, recostada en el umbral. Su abultado vientre me indicaba que ya se había tragado al caracol y entonces no me quedó más remedio que tomar asiento y mezclarme con los recuerdos del molusco invalorable.

 

Un escarabajo en el rosal

Mi niño adoptado fue quien lo encontró y me lo cedió. A partir de ese momento, se convirtió en mi amigo y confidente. Me enseñó a predecir el paso de los cometas y a utilizar la hoz como una eficaz arma ofensiva.

Se las ingeniaba para exhumar los recuerdos de mi primera infancia y me hacía reír cuando los traía a colación. Para recompensarle, preparaba agua de rosas y la endulzaba con miel silvestre.

Frecuentemente rodábamos juntos sobre la grama hasta que una tapia nos detenía. Entonces nos poníamos a hacer pelotas de barro y las acumulábamos para que el niño después se divirtiera con ellas.

Estalló una guerra, imprevistamente, en nuestra región y al escarabajo lo fusilaron los del bando vencedor. Lo acusaron de hacer mugir al viento para alertar al ejército contrario. Simple pretexto para liquidarlo porque siempre olía a rosas y ellos –los fusiladores- hedían a pasto podrido.

 

Un cocodrilo que comprendía a las estrellas

Su carácter insinuaba lo sinuoso, cual si estuviese grabado sobre bronce con pátina. Lograba estar en el agua el tiempo necesario para que las algas crecieran encima de su piel agrietada y animada de reflejos.

Vivía en un islote ubicado en medio del río. Solía luchar cuerpo a cuerpo con sus semejantes y los vencía en dos volteretas. Pero lo suyo nunca fue el combate: amaba el teatro y quería ser actor. Traté de ayudarlo, mas los dramaturgos le tenían muchísimo miedo.

Durante los ocasos, se dedicaba a contemplar el paisaje a través de un prisma. En una ocasión, un ñu cayó entre sus fauces y le perdonó la vida. Entonces aprendí a respetarlo y a comprender su gran talento histriónico. Entendía a cabalidad a las estrellas –sus cuitas, sus requiebros, sus devaneos- y salía al descampado a recibirlas. Vi muchas veces en la córnea de su ojo un explícito destino: cortado con tijera iría a convertirse en bolsos para uso de mujeres arrogantes.

 

Un buey que logró tener súbditos

Se presentaba de improviso en las ferias y la gente le rendía pleitesía y se plegaba a su mandato. Yo lo salpicaba de agua y él mugía durante largo rato y provocaba una exultación general.

Si olfateaba que estaban friendo carne en aceite o grasa, se enojaba y lanzaba topetazos a diestra y siniestra. Para calmarlo, había que recitarle poemas pastoriles o églogas. (Aborrecía a los mirlos y a los espantapájaros y nadie sabía la causa).

Llevaba tatuado un memorial sobre su lomo. En él se exponían los motivos por los cuales había dejado de ser manso y dócil. El buey no mitigaba sus penas, aunque hacía ingentes esfuerzos por reducirlas.

En su época, ya ninguna persona usaba arco ni flechas. Sin embargo, lo encontraron tendido largo a largo en una cuneta del camino principal, con un dardo clavado en medio del corazón.

 

Un gusano de seda más silencioso que locuaz

Se devanaba los sesos para lograr el hilo que engrosara el capullo. Callaba la dureza de su existencia y aunque en sus pies mostraba callosidades, se afanaba en explotar su capacidad para obtener un eficaz y sobresaliente hilado.

Reiteradamente pasaba por alto el cansancio o la extenuación. Le robaba al tiempo horas inauditas para fabricar telas de seda. En silencio conducía su faena por los recovecos del éxito.

No escuchó las recomendaciones de sus vecinas, las arañas, y sucumbió de cansancio en grado extremo. Lo inhumaron envuelto en mortaja de escarzo, frente a un espejo de metal, cojo.

 

Una sanguijuela de rostro angelical

Iba perfumada de virtudes con aquel semblante de ángel exquisito. Hibernaba al llegar al punto más bajo el termómetro. Durante el solsticio de invierno vivía pegada a la materia grasa. Tenía un amanuense que redactaba para ella sus anales.

Solucionaba los problemas de la corografía realizando cortos periplos por los alrededores. Andaba con cierta presunción, dejando huellas a su paso e interrogando a cuanto reptil se cruzara en su camino.

En su ámbito se afirmaba que era poseedora de una perspicacia extraordinaria. Escalaba los árboles para indagar si se escuchaba la primera tronada de primavera. Luego se detenía a cavilar, guiñaba un ojo y pensaba que el mundo sólo estaba constituido de palabras, de frases un tanto huecas.

Comía con lentitud que exasperaba y la asustaban los gritos provenientes de las riñas de los vecinos. De resultas de un sobresalto rindió su alma al dios de los parásitos.

 

La ballena que devoraba territorios

La ballena gustaba devorar inmensas extensiones de tierra, sin importarle si estaban habitadas o no. Se aparecía trepada sobre enormes olas, abría sus pavorosas fauces y se tragaba, en un santiamén, municipios, circunscripciones, provincias… El asombro y la maravilla reinaban por donde pasaba el colosal cetáceo. Se ofrecía una descomunal recompensa al audaz que le diera caza de manera perentoria.

No fue el capitán Ajab el que pudo finalmente arponear y darle muerte a la ballena en circunstancias no claras y misteriosas, sino un viejo lobo de mar a quien todo el mundo desdeñaba y despreciaba por su grotesco aspecto.

La ballena fue encontrada flotando, panza arriba, en una perdida ensenada, mientras el lobo de mar, sentado sobre la lustrosa piel, tocaba su flauta en medio del revoloteo de curiosas gaviotas.

 

La libélula a la que agotaban las piedras sonoras

La libélula, inconsideradamente ligera, se desplazaba a través de los colores y los trastocaba. Aturdía con su vuelo de insólitas maniobras a los apacibles habitantes de las charcas y las lagunas. No pedía permiso para posarse sobre los carrizos y plantas semejantes. Por ende, la odiaban sapos y bagres por igual. Mas el caballito del diablo no se daba por enterado y proseguía su accionar con mayor ímpetu y temeridad.

Hasta que las piedras comenzaron a sonar e iniciaron el paulatino agotamiento de las fuerzas de la libélula, la que, extenuada y desahuciada, dando botes y rebotes contra la maleza, decoló en un lodazal y se plantó definitivamente con las alas frígidas y cuarteadas.

 

El cerdo del estanque lujurioso

Manteca y tocino: sus principales alusiones. En el estanque daba rienda suelta a su lujuria y comía opíparamente y fornicaba en abundancia, con lechonas y marranas.

En aquella alberca lujuriosa se aglomeraban cerdas y carbuncos, verrugas y hociqueos, gruñidos y orgías. La primavera constituía la fórmula prodigiosa para el cerdo en su ámbito acuático cercado. Él era muy popular entre los filósofos, los estetas y los gastrónomos.

El cerdo consumía incesantes y copiosas cantidades de desperdicios. Pedía consejo a sus concubinas acerca del embellecimiento de su figura y recibía sabias indicaciones que seguía al pie de la letra.

Un día se acatarró y llamó al médico. El galeno le recomendó que se mudara a una pocilga, donde pudiera recibir infusiones más acordes con su estado. El cerdo hizo caso omiso de la advertencia del especialista y continuó sumergiéndose en la piscina de la concupiscencia.

A las pocas jornadas, el cerdo, visiblemente amoratado, convocó al carnicero de su confianza e hizo testamento. Jamones, morcillas, chicharrones y otras exquisiteces pervivieron a la última disposición del cochino y alegraron mesas y paladares de los herederos.

 

Un mono que acechaba

El mono espiaba. A veces se valía de velas o cirios. Acechaba y luego calumniaba. Medía sus pasos. Recogía sus infamias y las juntaba para esconderlas.

Su conducta engendraba malestares, molestias sin término. Actuaba como candidato a los exámenes para funcionarios. (Solía llevar crisantemos encajados tras las orejas). Celebraba recónditamente sus procederes.

El simio atisbaba por encima de las paredes de las casas, a través de las rendijas de puertas y ventanas, por intermedio de los tragaluces de los baños. Se masturbaba a conveniencia en los momentos propicios para el disfrute solitario y pleno.

El zumbido de numerosísimas avispas lo despertó una mañana de su letargo. Las picadas le arruinaron el cuerpo, especialmente el rostro. Lloraba lastimeramente y no se explicaba cómo habían llegado aquellos enloquecidos insectos. Después supo que el enjambre de avispas había sido entrenado por expertos, contratados por los perjudicados por sus acechanzas y falsos testimonios.

Ahora el mico, para ganarse la vida, tiene que trabajar como payaso enano en un circo de pésima categoría y soportar los insultos de los espectadores borrachos y el resto de la chusma concurrente.

 

El potro de los desacuerdos

Su dentadura irregular lo mantenía eternamente irascible. Se movía con rapidez y su sombra no lo seguía. Sentía aversión por la fuga inevitable del tiempo y lanzaba coces para expresar su desavenencia. Trataba de franquear las grietas del prestigio y no lo lograba. Entonces relinchaba hasta ensordecerse.

En los prenuncios de los ciclones buscaba inquirir en la verdad del hecho, pero pronto cambiaba de opinión, presionado por la violencia de los meteoros.

Anhelaba correr en los hipódromos, mas el aspecto de sus piezas dentales era un obstáculo insalvable. Intuía que en un breve lapso estaría en extrema necesidad. Temía finiquitar su existencia halando una carreta, un arado o una piedra de molino.

Inclinado hacia su destino, miró por postrera vez el universo, agitó su crin con violenta energía y a toda carrera salió a enfrentar la locomotora que avanzaba velozmente por la vía férrea.

 

Un milano con las encías rotas

Bestiario personal, por Wilfredo Carrizales
Dibujo: Wilfredo Carrizales

Al milano se le enfriaron los dientes y se le cayeron al andar de caza en un pantanal. Por consiguiente, se le rompieron las encías y sufría por el intenso dolor, el cual le impedía volar, debiendo elevarse posteriormente a través del pensamiento.

Tuvo que ceder su sitio a otras aves rapaces menos hábiles que él. Desde la alborada hasta el atardecer debía permanecer en su escondrijo. En la oscuridad de la noche bajaba, quejándose, a tierra y recibía un pedazo de carne masticada de un búho que simpatizaba con él.

Su deceso se produjo al chocar una centella contra su refugio. Numerosas plumas chamuscadas persistieron durante largo rato flotando en el vacío y su cuerpo quemado se demoró en conformarse a su nuevo molde.

Wilfredo Carrizales
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