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Temporalidad de la casa en préstamo

lunes 4 de diciembre de 2017
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Textos y fotografías: Wilfredo Carrizales

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Temporalidad de la casa en préstamo, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Mediodía en la casa otrora de albayalde y ahora hermana del moho. Prestancia de la hora a través del zaguán que primicia y prestigia el hospedaje. Nos acaseramos de inmediato. Rememoramos a la rosa bella y a la rosa blanca. Mascullan las manchas entre reflejos de un acercamiento solar que taja a porciones. Es una casa sin río, pero con matas y fragancias y morenos terrones. Piedras de mampostería en el apartamiento de los muros y una cobertura en un ampo huérfano de palomas y zureos.

Casa que fabrica nidos de hojas anchas para pichones reunidos en su simbolismo. De puerta en puerta, algarabía de humos y rostros extintos en solicitud de favores. Casa que llueve con fortuna de menos y que arrastra el arrebol de las goteras por medio del cansancio de las transfiguraciones.

Un molino de viento reside, propincuo, y espanta a los chiquillos en sus tránsitos de locuras y perversidades. Casa grande donde se apartaron las monedas; casa que no acaba de morir; casa siempre presta a combatir sobre las ruinas. Casona emplazada bajo las señas celestes que brindan albergues.

Casa solariega y que sabe nutrirse de conciertos de pájaros y de cantos de gallos ahora lejanos. De tarde acuden a ella las ventoleras y las columnas engarzan las nubes para que moren con ardor de nostalgias. Casa del alba donde se conversa entre cadencias. Casa abierta y franqueada a los intérpretes de la madera y los tejados.

Casa blanca y casa negra a la vez: escenario donde fantasmales figuras intercambian sus papeles.

 

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Temporalidad de la casa en préstamo, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Ya no se asoman ellas al balcón. Aunque triste, la ventana ni se acobarda ni se doblega. Desde la barandilla, las hermosas se bebían la frescura, le quitaban con las pupilas la tersura a las hojas del copey. Ventaneaban a deshoras y así brotaba el oficio del dulce aguaitar.

Cuerpos que despedían luz. Manos extendidas hacia lo recóndito del deseo. Celaje puesto al cuidado de sus perfumes. Y debajo, los grillos sintiendo satisfacción, aptos para la ofrenda.

El alféizar aún contiene lo robado a lo extemporáneo. Se ventilaban ademanes de las cinturas en pos del toqueteo de las noches. Cartas y celebraciones en las oportunidades más justas.

Engañaban con arte y disparaban dardos de un carcaj de juego. Las mañanas padecían bajo el peso de sus cortejos. Ellas, guiñando siempre; ludiendo, sin cesar. Tan grandes y tan perezosas. Y la sarta de bufones y truhanes en función de séquito.

El antepecho asomado y el objetivo puesto sobre algún caballo en fuga. Se cazaban aves con silbidos y las enseñanzas y los conseguiste. Encantaban sus prendas de vestir y aun sus aprestos de hembras montaraces.

 

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Temporalidad de la casa en préstamo, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Casa de muñecos acercados a los ojos de cualquier infancia ya difusa. Uno se desnuda y pugna por residir a perpetuidad en un mueble y no sonríe ni escucha música. Hace que se alza y no toca techo. Más bien se orienta hacia el piso, hacia el lugar de sus deposiciones insólitas. Nadie sabe dónde se ubica su dormitorio. ¿Acaso alguien conoce si sus sueños se aposentan?

Una vez se le vio, ahumado, en un supuesto zócalo. Después se agazapó debajo de la cornisa y allí imploró por lluvias. Murmuraba sin que lo perjudicaran sus quejas. Hasta los murciélagos llegaron a odiarlo, con ese odio que sólo cultivan ese tipo de seres alados.

El remedo de niño suele zarandearse en las esquinas y rincones. Se afana por lograr una provincia minúscula, de su exclusiva propiedad. Empero se le oponen las cucarachas y los ratones y entonces pierde pulso y empieza a berrear y de resultas de ello se derrama la humedad apresada entre las grietas del caserón.

La albañilería terminó por revestirlo de erosión. El pobre muñeco fue directo al encuentro de su soledad y la encontró en el sitio exacto de su devenir: el desván adonde los ladrillos y adobes intrigan para cuartearse más velozmente y sumir a la casa en estremecimientos continuos.

 

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Temporalidad de la casa en préstamo, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Oratorio trascordado en lo pretérito que no distrae. Virgen dentro de un óvalo encapsulado en el sudadero de los antiguos milagros. Casta imagen que entonaba carmen tras carmen con la ilusión de ver surgir a su alrededor jardines con granados y una explosión de rojos en la penumbra.

Nada de aquello fue. Los rezos se detuvieron con el mandato del reloj de pared. La redondez del orbe se redujo a un círculo mezquino en responsos. Tácitamente los misterios ya no se reciben ni callados ni sonoros. La corrupción lo abarca todo y las filtraciones del techo aman la iconoclastia.

Bien que la luminosidad sea reina y transite con libertad la abundancia de espacios, mas su función no alcanza a la señora que invoca en el interior de su cerco. Se mira al muro muriente por falta de cauce y fuego interior que lo libre del salitre y del reniego de la continuidad.

La mesa ha sido puesta, pero en ausencia de flores. Inviable será que se aparezca un preste capeando la estación pluvial y entonces el declive de la añeja edificación avanzará un grado más y la esperanza de realce tendrá un escalón menos.

 

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Temporalidad de la casa en préstamo, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Ha perdido la mano zurda el ángel y alumbra hacia el techo, anhelando encontrarla suspensa de una viga. Sin embargo, la búsqueda resulta vana y entonces la mirada del querubín se extravía en la vacuidad. Una nueva virtud se esboza sobre la verticalidad patente de la cal.

Se quiere exiliar pronto el ángel y dejar de serlo. Piensa en un toque de campanas que lo torne rubicundo y rebelde. De su espíritu no se preocupa, ya sabe que asentirá en silencio. Siempre estará dispuesto a adscribirse a las aventuras más inverosímiles.

Tiene familia el ángel en la casa de los sabedores y de continuo le obsequian lustres y aspectos de naturalidad. El ángel arma los portales y desarma los titubeos que conducen al desmoronamiento. Se aplica a lo que produce espectáculos en miniatura para las entelequias de turno.

Sus epígonos hace mucho que lo abandonaron. No obstante, el ángel posee infinita resonancia en las buhardillas de la casa que, incesante, se cubre de palidez, costras y termitas. Descansa parado con la intensificación de su nombre, porque entiende que la sensación de pernicie no altera su integridad.

 

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Temporalidad de la casa en préstamo, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Ventana posterior orientada hacia el norte de los pericos de antaño. Su alero le va a la zaga y conduce su estafeta de recuerdos. La distancia le aproxima la noción de cercanía e inmediatez.

Fenestra que se distinguió en la observación del respiro de las cosas y del hallazgo de aberturas en los asuntos humanos. Gestionó transparencias y oscuridades, estropeos y provechos. Supo oxigenarse y secarse y permanecer abierta para resguardar los sonidos gratos de la temporalidad.

Debilitada, mas no derribada, avizora el porvenir que contrasta con sus visajes sombríos. Además se interesa por las posiciones que remueven los cimientos de los seres domésticos.

Casona incorporada a su ventana para estirarse y contemplar a través de ella al horizonte y su engavetamiento. Ventana ahíta de hojas amargas, entornada, ejemplo para las cerraduras y fallebas. En su recinto no se considera breve y sus adobes y travesaños vienen llegando siempre y surcan.

Ventera hiniestra de la potencia visual a todo trance y, de lado a lado, comulga en el señorío de su maderamen y su herraje y en la unidad de lo perviviente puja, todavía, por crecer y trascender.

Convite de la casa anticipada por intermedio de su ventana postrera: ágape de los aromas que en la cocina arden y en los poyos se disfrutan con la conciencia plena del gozo.

Wilfredo Carrizales
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