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De olivos, drupas y demás óleos

lunes 15 de enero de 2018
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De olivos, drupas y demás óleos, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales
Textos y fotografía: Wilfredo Carrizales

1

Eternamente el olivo sobre el terreno donde los pedruscos le hablan desde los silencios. A veces un eco le ahueca el tronco y unos pichones de paloma se sumen en su interior y florecen. (Al fondo, Minerva camina en paz, sin temor a que caiga un rayo).

Se retuerce en su cortedad, pero mira lejos en pos de lo longevo. Los calores lo tornan más generoso. Se conjuran las heladas si las copas se ensanchan en plenilunio. La victoria no la quiere para después de muerto. Siempre algún augur desata buenos presagios. El mejor de los atributos corona, con creces, la constancia.

(El acebuche se sabe ligado a Apolo y a su carro que enceguece. Aunque ahora no haya reyes que tomen de él sus cetros, su majestad permanece intacta. ¿Otro Hércules vendrá por la maza que se le adeuda desde antaño?)

 

2

De vecería en vecería y las inflorescencias que colman las colinas. Entre mayo y julio el albor como sistema y un leve arrastre de un verdusco que destella. Fructifica y envero se lanza tras el trémolo de diciembre.

Sobre su corteza se fisuran atisbos de la ceniza o el dejo de un metal que pregona el mediodía. Los folios se van enterando, equitativamente, de los haces que formarían los pecíolos en caso de existir. Ni un ápice se escapa hacia el ámbito del gabro.

Se escuchan las escamas, sésiles, moviéndose por los periodos donde lo axilar no termina de definir las formas de las esferas. Una alusión viene a mano en el momento de las diminutas lanzas y todo se compone con el verano como compañero y con las hileras que descienden con el júbilo en boga.

 

3

Comerse los días cual aceitunas. Luego lanzar los huesos por los caminos y aguardar el espectáculo de la conjunción de los esqueletos. ¿Los gitanos le sacarán provecho? Acaso solo obtengan refriegas con el aceite y un mochuelo quejoso sobre un olivo.

Aceitunas de las otras y de las preferidas ninguna. Por entero me doy a su gusto y llego al final con el postre al lado. Y a las olivas las aliño postrado de hinojos y con los ajos al pie del candil y con el sol avinagrado y acometido de sal en la hora del comino.

Busco el almajo y al rato ya tengo jabón y una claridad para el baño. Me hago en la ensalada y me deslizo en ayunas sobre el aceite que me cuenta. Me endurezco el oído y evito el quemarme las uñas. Mi hambre es bien vista y en la abundancia de adelante San Juan no trae las aceitunas amargas y yo las trago como un bendito.

 

4

Atravieso las tierras de Jaén y localizo el monte de los olivos. Me deleito con la aceituna picual entre tragos de vino blanco de año. Me unjo. Soy el nuevo ungido y deposito el mesianismo de las olivas bajo un cielo con forma de alcuza.

Me desplazo hacia el horizonte de estacas y sequedad y los suelos pronuncian las historias de los olivares. De continuo, escucho el crepitar de la crisma en la sartén del recuerdo. Me afruto y se me allega una brisa gastronómica a lo cutáneo.

Entro en Granada y allí también se me apronta la picual y me rindo ante su evidencia de calidad que me hace roznar. Entre cuatro vientos paladeo un vino que me procura una alzada y acontezco sin males y siento la anchura de las sonrisas de las zagalas. Al pie de la Alhambra me pierdo en un laberinto de aceitunas y mis ojos gozan inmersos dentro de una colección de pulpas.

 

5

¿Quién pisó la tierra, acaso prometida, para que brotara el olivo y lo sagrado se tornase animal en vuelo? A lo largo del Guadalquivir fluía el aceite en ánforas y los romanos se frotaban con él las panzas. En las alquerías, el olivo ostentaba un sitial de honor y las niñas recogían las aceitunas escogidas por las alondras.

¿Dónde estará Alberti ahora interrogando a los olivos? Sus manos andarán entregadas a los júbilos de las aceitunas. Su nido será un libro en el olivar.

Florecen los olivos tanto para moros como cristianos y se renuevan con promesas las ramas y los rumores atraen a infinitos zorzales. La savia continúa en su atenta vigilia y es un bálsamo para futuras heridas. El olivar rumia sus cuitas y le cuelgan a propósito sorpresas que nunca despiertan porque jamás duermen.

 

6

La almazara convoca a las aceitunas. Es noviembre y el sabor de las frutas se encaja en sus almas. En la molturación se devela la alquimia que lubrifica y alguna mujer llamada Europa se pringa manos y sexo y resplandece sin manchas.

Lagares: carrusel de los orujos donde no se atreven las lagartijas y las arañas se preñan mientras roen los huesos. Los fuelles direccionan los suspiros que execran el alpechín. Cuescos que en la turbiedad semejan dientes que sin eficacia muerden.

(Una judía en ningún momento hará un cristo de su aceite).

Y en Andalucía volverse comida y la oliva rezumando en su aceite y lubricando las ansias de la buena mesa y al orégano también le incumbe y los pimientos secos y las aceitunas con sus acentos de tiempo y sensaciones que se revuelven a gusto.

 

7

La sed de los olivos y un queso de cabra bajo el juego de las sombras. El sol se vuelca entero por las lomas. Zapatos en sus inextricables motivos de andanzas y los herrajes de las puertas entrecruzadas se bruñen y hay un estertor.

(Lope de Rueda empuja la virtud de los ilusos y les hace escena en “Las aceitunas”).

A medias no vale la pena llegar y giran sin cesar los molinos y han sido paciferas las cosechas. ¿Los nuevos esposos aún portan sus coronas de olivo o han quedado para ilustrar viejas postales? ¿Alguien llamado Virgilio evocó un ramo de olivo en mano imperial? ¿Qué les falta a los muertos en sus túmulos rústicos y funerarios?

Una docena de aceitunas se remojan y el aguardiente honesto las acompaña y a la hora tercera el fastidio se mata.

 

8

Se apresta la cocina y los cuchillos también. Las aceitunas ruedan sobre la mesa y se detienen frente al arroz con conejo y allí mismo completan el festín. El refinado aceite ingresa al plato como si penetrara a un surco de un viñedo y lo iluminara.

Mi Luna Fragante mordisquea las negras aceitunas hasta que las semillas bailotean, con gracejo, sobre su lengua. Por fuera de la ventana pasa volando una lechuza con la imagen de un aceitunero en el pico. ¿Furtivos pecíolos se hurtaron a las miradas?

Lo coriáceo flota tras los contornos de las hojas que se insinúan unidas al estío. Más dulce llega el tránsito de las drupas sin rastrojos que las enemisten. ¿Y en los huertos se encandilarán los festones del aceite con su estación de gotas cumplidas?

(Un paté de olivas me espera para la comunión con el pan de los hambrientos).

 

9

Me apunto para figurar en el olivar y me cargo con hojiblancas. Por las sendas se hace el polvo nada más con voltear el rostro. Las fuentes suplican por volver y sus ruegos se pierden entre los terrones. El aire estaba sucio y mal nacido.

Una hoguera en plena mañana. ¿Se temía a la memoria de los lobos? Unos dolidos estorninos se extraviaron entre las líneas de la ribera. Los olivares rediseñaban las pendientes y antes de que se alebrestaran, por nimiedades, los gallos, unas varas tramaban las faenas.

Se estrujan las rutas de las aceitunas con las piedras que se mueven insomnes. En toda la campiña los bramidos son notorios en la orfandad. Hacia las serranías vuelan las fragancias y el alborozo de las olivas. ¿Alcanzará el aceite para los exigentes comensales?

 

10

Olivares en tantos lugares y ninguno en mi heredad. Busco sus hojas que insistan en lo verde o en lo gualdo de su remedar. A media luz saltan los minúsculos globos y se eternizan los lustres que enceguecen. Bajo su protección, las tardes comienzan en un hito y terminan en un entrevisto confín.

Placer de quedarse callados en medio de un olivar y olfatear las pulsiones de sus cortezas de sabio. A instancias del rocío, sus ramas pronto se entretienen en esquivar el vacío. Las horas también se deslizan mudas y absorben todo el saber.

A medida que los olivos se juntan, sus sombras amoldan oscuros espejos. Los viajeros se abandonan bajo su poder y les son fieles a las visiones de longevidad. ¿Sus raíces se toparán con el avatar previsto en las antiguas escrituras?

Wilfredo Carrizales
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