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Minutas e irreverencias

lunes 29 de enero de 2018
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Textos y fotografías: Wilfredo Carrizales

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Minutas e irreverencias, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Desde el mirador anotando a solas. Me envuelven brillos de una mañana que pasa por otro lado. (Un rostro de un niño caído en desgracia, todavía sonríe y reposa sobre una trama de hilos proclive al milagro). Puedo percibir la entereza del momento. Contemplar una cosa notable: un círculo de metal donde se expresa la figuración del mundo. (Un mínimo dejo de otoño intercepta hojas para volver por su fuero). En ausencia de aberturas, el piso queda unido al reloj de aire.

Llega una ablución de un asignado rocío. Voy luciendo como elevado por una epístola. Construyo cantos con letras amortiguadas y fragancias de mirra. ¿Un sacrificio destinado a los sentimientos? Tal vez, aunque la gracia no se asienta. A un palmo, entre el limbo y el borde opaco, sopla una brisa, contrapuesta y débil. (Por la mirilla del recuerdo, entreveo a la paloma y al gavilán que aceptaron su destino). De pronto, un golpeteo de cristales expulsa a un gato de su escondite.

Levanto y bajo mi estado de ánimo. El pintado de negro propaga sus huesos. Alguien padece la insignificancia. Está un pandero con su finalidad y no se advierte. Mientras tanto, alrededor de unas cavidades se acumulan descuidos, cascajos, torpezas, cortes antiguos… Briscan las ganas, pero el ímpetu se cansa. Dentro de unas cajuelas se inquietan las causas de los accidentes. Particularmente, todo se calla y se solapan los símbolos de la extrañeza.

 

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Minutas e irreverencias, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Saldrán vuelos de seres sin alas ni plumas. Se prevé un puerto en mitad del patio, por donde corren las aguas de lluvia y las humedades conjuntas. (Rememoro un torso de mujer que me servía de altar. Por el envés de sus vellos púbicos vislumbraba la materia del amanecer). En el sudeste del cielo revolotean unos calcetines y hay fiesta en su entorno. No cualquier azúcar muere al pie de los muros. Un manuscrito se me desgasta entre las manos y nada puede impedirlo.

La niña se ha asustado. ¿A qué le teme la infanta? En mi altura, hago descender encima de ella palideces y albura. Luego, no soy responsable de sus grietas. Ayer se previó una vía para elongar las aristas y permitirle un escape expedito. Mas, aquí, todo se frustra, todo se emputece. (La claridad se aplica y se comporta según su prestigio. Un libro nada niega y, sin embargo, su argumento añade oscuridad al itinerario del trashumante).

Retomo mi traslado a ninguna parte. Tangencialmente me sano en el ritual del condumio de las hormigas. Trabajo las piedras con el pensamiento; tipifico sus curvas de elegancia. Estoy sujeto a la norma que reparte las circunferencias. Surge una novedad frente a mis ojos y la desdeño. Cambian las apariciones, el curso de las enfermedades imaginarias, la reacción contra el resuello de nadie. Así, igualmente o también. Sin intervención de la certeza, sin astronomía embrutecida por la luz.

 

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Minutas e irreverencias, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Soporto el costo de la visión y me combino en los anillos que me albergan. Otras hojas secas ya son las mismas y entonces deben desaparecer permaneciendo. Los filamentos me reconocen en medio de su incandescencia. Traduzco sus meollos tras la trivialidad del respingo. El piso se ha enfriado y tiende a vaciar los ojos de la sustancia que horroriza. (Mis venas han recibido su pronta hipérbole y, en mi opinión, han ganado el culmen de lo sucedáneo).

Mi nombre se tuerce: ¿arca de algún testamento? El vino no abunda en estos rincones y el pan gira en su horno de tela. Con el ábaco bajo el brazo, calculo los escaques que me faltan. Hoy cobro por mi asiento y dibujo la cara de un mendigo que acaso fue niño. Vienen las tachuelas a recostarse del último tinajero y lo apretujan hasta motearlo. (Se usa mucho el oído en tales casos y se olfatea el señuelo que va lastrando el personaje que más se queja).

En los talles de antaño se restregaban los garbos. Las rayuelas mejoraban con sus tejos y en las regueras iban las flores tristes del espanto. Más cerca, las telarañas se enviciaban con glosas garrapateadas de prisa, sin concierto. Sigilosamente, se contaba hasta trece y de las orejas se desprendía un estímulo de chisme o superstición. (Sensación de taladramiento; dureza en la reflexión. El cordel que cuelga de mi muñeca se desfigura y juega al desgaste de la comunión).

 

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Minutas e irreverencias, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Obra que representa el hálito del escudo de carne. Ciertas texturas se alargan a la defensiva. Se ventila el oficio de atisbo de la ventana y el beneficio sirve de señal, no de proscripción. Surgen gránulos —elocuentes lunares—, factores de la entrega. Desde una rejilla, una afluencia de raicillas y su natural antes y después. Eslabones de un juramento expreso. Y entrecruzando sitios, fibras de alambres escondidos bajo sus propias sombras dispuestas. ¿Incoherencia o unidad?

La red tiende a organizarse, por etapas o por vínculos. El descanso no habita en el entramado. A salvo, me marcho y luego, ¿qué digo? Retorno sin enfado, atrevido y en la parte buena. Se alaba la bondad del ámbito que, por lo demás, exuda quietud. Por allí no se conocen lamentos. Las semanas solían estudiarse en los desvanes. Además las ceremonias nunca necesitaron sayales ni velas que se ablandaran temprano. A los pasajes les sobraban simpatías y muchos exvotos.

Salían libérrimos los salmos y profanas escrituras mutaban en tapices. Lo diurno se extendía por lo tardío: lentitud de una energía sin implicación. Tantas claves en tantos espíritus y la música, sorda y ciega, sometida a los astros de enero. (Me situé, alejado de intrigas, en medio del descerco. Tuve un repentino gesto no espacial. Recordé la Calle Mayor donde se contradecían los prodigios y se atacaban, con ferocidad, los coloquios de perros. Me muevo, levemente, y me adueño de mí).

Wilfredo Carrizales
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