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Un verano se descolgó y dejó atisbos de permanencia

lunes 12 de febrero de 2018
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Textos y fotografías: Wilfredo Carrizales

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Un verano se descolgó y dejó atisbos de permanencia, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

La rama se dobla y forma una ventana. (Las oropéndolas hacen silencio y se adhieren al follaje). El sol pregona su resplandor con ferocidad. Acumulo sombras para contrarrestar su efecto. Desde el tejado, un tintineo recuerda el vacío de los sonidos. El calor de la brisa marchita la verdura que anhela continuar trepando. Un chispazo restalla en mis pupilas: el zénit se me impone.

La baranda aún no cae. Intuyo que la fabulosa y enorme tortuga de piedra permanece dormida dentro de su ámbito de longevidad. Palpo con el olfato el inerme aleteo del carácter del murciélago en su rincón. Aspiro un vaho de sofoco e intimidad. Sudo, a conciencia, con la mirada puesta sobre los corpúsculos de luz que me pertenecen. Una letanía budista rebota entre los intersticios de mi cerebro. Me alejo mientras una llovizna de cigarras desciende encima de mi gorra.

 

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Un verano se descolgó y dejó atisbos de permanencia, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Dentro del estanque, se lavan los árboles y la balaustrada, sin salpicar ni gota de agua. En la orilla, un dragón sonríe y asiente. Más tarde todo será una remembranza en un cuaderno de notas o una imagen impresa sobre un papel de circunstancias. (Los reflejos dicen más que las cosas que los sustentan. Unos susurros se oyen como apagados y resulta extraño el lenguaje que modulan).

El astro rey ha derivado un tanto su brújula hacia el oriente. Ahora los cuervos anuncian su hora y sus graznidos se tornan agradables. El círculo labrado de mármol blanco gira y gira en el infinito y la albura le acrecienta el paso de los siglos y el sello de la no decadencia.

 

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Un verano se descolgó y dejó atisbos de permanencia, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Un conducto, un vaso comunicante entre la vejez del muro y el tronco que aspira a la grandiosidad. Los últimos visitantes han atravesado el portal y sus huellas apenas resuenan. Desde sus escondrijos atisban los insectos del desengaño. Ayer fue una conmemoración de mentira.

Prosigue la luminosidad su búsqueda en medio de un calculado silencio. Sobran los ladrillos para erigir una fama y, no muy lejos, estallan los fulgores que proponen los glaucos de las tejas vidriadas. Palpo la fragancia del césped que se arrastra ahíto de humedad antigua y torno mi pensamiento hacia el bosque que no pudo ser.

 

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Un verano se descolgó y dejó atisbos de permanencia, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Confluencia de vértices, de texturas, de manchas, de opacidades. No es un rincón cualquiera. Allí concurren sombras y siluetas de una tarde que se adormila, pero que se estremece con el borboteo de la luminiscencia. Dono mis insectos y asciendo con ellos por las ranuras no visibles.

Ese recoveco se anuncia siempre con contornos que enceguecen y predisponen a visiones. Se proyectan reuniones de fantasmas en la diurnidad. Sucesos atraídos por extintas fragancias del almizcle envarillado. Basta cerrar los ojos y extender una mano hacia el ángulo para transitar de inmediato por escenas de antaño, tiznado por ecos e ingravidez.

 

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Un verano se descolgó y dejó atisbos de permanencia, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Aquel monje prefería esa balaustrada. En especial, si  llovía o si la canícula ladraba con fuerza y mordía las sienes y el paladar. Allí meditaba o salmodiaba y las arañas eran su séquito y los grillos y las hormigas de andar resplandeciente. Él observaba los círculos de luz y se sabía comprendido.

Del tejado caía un serrín: labor incesante de las termitas. El tiempo también es un comején que trabaja sobre la madera del hombre y la perfora y la ahueca hasta volverla nada. La prédica continúa resonando, gracias al encierro, y libre se pierde por el entramado que quiere perdurar.

 

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Un verano se descolgó y dejó atisbos de permanencia, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Atisbo a través de la ventana sin celosía. Se asoma un vetusto árbol remedando la forma monstruosa de un recuerdo infantil. Parece querer asustarme y lo logra. ¿Para qué negarlo si el susto fue evidente? Asisto luego a la celebración de la risa y la burla. El clima lo permite.

También atisbo hileras de tejas con sus signos para ahuyentar lo fatídico. Techos que se curvan en busca de los seres inmortales del cielo y de las nubes. (Entreveo a gatos —huéspedes infaltables— rodando cuesta abajo en sus feroces y maullantes cópulas hasta estrellarse contra el piso, a la hora de la rata).

 

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Un verano se descolgó y dejó atisbos de permanencia, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

La pared muestra su dentadura, poderosa, amenazante. Mientras tanto, su único ojo nos vigila y no pierde detalle de nuestros movimientos. Con mirada de adobe, nos paraliza, nos escruta, nos disecciona. Pared de sabio devenir. Parapeto para contener ojeadas curiosas. Burladero de los siglos que comienzan a desmoronarse.

Se esconde tras dos lápidas que señalan su frontera, en cierto espacio e interminable tiempo. Las escrituras la obligan a velar día y noche, haga frío o calor, y a resguardar la memoria de las causas de tanta grandeza y tanta exaltación.

 

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Un verano se descolgó y dejó atisbos de permanencia, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Herida abierta por la época de pugnacidad o desalojo. Golpe frontal para sacarlo de la historia. Sin embargo, resiste y no abjura de su condición. La puerta se desvaneció por la incuria y el ultraje. Mas él, incólume, continúa defendiendo su sitio, a pesar de la gangrena.

Nadie le asiste y la llaga le aúlla en recóndita quietud.  Ningún rocío es capaz de restañarle la herida. Así, continuará descascarándose, sobrevendrán más lluvias y tempestades y el temple del madero se impondrá sobre la lastimadura y él se abrirá hacia edificios más remotos.

 

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Un verano se descolgó y dejó atisbos de permanencia, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Dimos de frente contra la puerta. Inconmovible en su cerrazón. Además se agigantaba ante nuestros ojos de timidez. Adentro se escuchaban rezos y unos como lamentos o imprecaciones. Fue mejor relegar el misterio y proseguir, a unos pasos de distancia, la contemplación del prodigio purpurado.

A duras penas, contuvimos las ansias de hacer sonar los picaportes, escudriñar por las rendijas, entrometer nuestras pupilas en un ritual que se nos negaba. La puerta gruñó por sus múltiples bocas y nos desalojó del ámbito que convocaba la curiosidad.

 

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Un verano se descolgó y dejó atisbos de permanencia, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Visión cuasi irreal. Espejismo bajo la resolana que se excedía en sus parámetros. El majestuoso salón percibido a través de un cristal de aire resurrecto. Gravitaba, flotaba y lograba vaivenes con soltura y suavidad. Una barca de inmenso peso navegando en el espacio reducido de nuestras expectativas.

La tarde fenecía. Se moría de angostamiento y mensual cabalidad. Ya olíamos su muerte en el rescoldo del verano e, incluso, bajo los estertores de los chillidos de las aves pecadoras. (Sabíamos que el viejo filósofo rondaba en nuestro entorno y entonces recitamos en voz alta sus máximas).

Wilfredo Carrizales
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