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Remembranzas desde la otredad

lunes 26 de febrero de 2018
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Textos y fotografía intervenida: Wilfredo Carrizales
Remembranzas desde la otredad, por Wilfredo Carrizales
Fotografía intervenida: Wilfredo Carrizales

1

Me despierto sobresaltado por el claxon estridente de un autobús. Como dormía bocarriba dentro de la cuna, lo primero que distinguen mis ojos es un techo de caña amarga. Comprendo: estoy en casa de mi tía. La llamo y no responde. Me inquieto y una voz de hombre que proviene del cuarto de al lado me informa que ella salió un momento a comprar carne y vegetales para mi almuerzo. “¡Mentiroso!”, grito hacia el lugar de donde salió la voz masculina. Vuelve a sonar otra vez el claxon del autobús y me percato de que me encuentro en la sala, muy cerca de la ventana de calle que permanece abierta. Me pongo a llorar y se escucha de nuevo la voz del hombre: “¡No llores, muchacho pendejo!”. Me levanto, desnudo como estoy, y me apoyo en la baranda de la cuna. Me meto el pulgar de la mano derecha dentro de la boca y mientras chupo mi dedo preferido, me dedico a observar el tráfago de personas y automóviles que se desplazan por delante de la ventana. Esa calle, de día, siempre es bulliciosa, colmada de transeúntes y buhoneros, motocicletas y carros. De improviso, un enorme camión surge rugiendo (tigre de metal platinado) y bloquea la luz que penetra por el vano de la ventana. Del susto, evacuo un fluido pestilente, pero no me muevo de mi sitio. Así estaba, disfrutando con placidez del sabor de mi pulgar, cuando se abre la puerta de calle y aparece mi tía, sonriente y alegre. Me ve y me pregunta: “¿Te acabas de despertar?” y, de inmediato, muda su expresión al descubrir el estado en que me encontraba. Me saca de la cuna en volandas, con una evidente mueca de desagrado en su rostro, y me lleva hasta el baño, donde me lava con agua fría y jabón azul. En todo el lapso desde que fui extraído de la cuna hasta el momento del lavatorio, no me saqué el pulgar de la boca y además había comenzado a canturrear, mientras enarcaba las cejas, de manera intermitente, al modo de los bufones. De vuelta en la sala, me senté en el sofá y examiné mi dedo: no había decrecido ni un milímetro. Mi tía penetró al dormitorio a buscar ropa limpia para mí y de paso regañó a su marido por no haberme prestado atención. Ya vestido e impecable, mi tía me dijo: “Quédate un momento aquí, mientras te preparo el desayuno”. Mas salí y me senté en el brocal de la puerta. El pekinés de mi tía vino a echarse a mi lado, a la izquierda, y entonces opté por reiniciar mi chupeteo del pulgar, en tanto que acariciaba la cabeza muelle del perrito. Las señoras mayores que caminaban por la acera se detenían un momento frente a mí, expresaban “¡qué niño tan lindo y robusto!” y cuando querían acariciarme las mejillas, les daba una manotada y continuaba yo tan campante… Al fin desayuné (ya sin el pekinés) y luego mi tía me condujo hasta la escuela donde trabajaba mi mamá, la maestra más regañona. Mi mamá nos esperaba a las puertas de la escuela, un poco angustiada, debido a la presencia en las calles de la ciudad de estudiantes universitarios que gritaban consignas contra el gobierno y a favor de la libertad de los presos políticos. Mi mamá quería que nos fuésemos a nuestra casa, ubicada en las afueras, pero yo deseaba quedarme para ver a los jóvenes revoltosos. En ese tira y afloja (mi tía, a un lado, impertérrita) atisbamos a los universitarios, quienes se acercaban apresuradamente a la escuela desde la plaza principal de la ciudad. Afluían vociferando y trazando consignas sobre todas las paredes. Me emocioné muchísimo y acudí una vez más a mi pulgar y al enarcamiento incesante de las cejas. Mi mamá y mi tía estaban pálidas, medrosas y atónitas y enmudecieron ipso facto. Al pasar ante nosotros, los jóvenes manifestantes lanzaron abundancia de panfletos ilustrados con las caras de los prisioneros políticos. Recogí una de aquellas hojas y por primera vez vi a un hombre detrás de unas rejas.

 

2

Acaso se haya debido mi decisión de convertirme en aviador militar a la considerable cantidad de aviones en miniatura que tapizaban las paredes de mi habitación. O tal vez, aunadas a ello, mis tempranas lecturas de las batallas aéreas escenificadas durante las dos guerras mundiales y que devoré, con inaudito afán, en los gruesos tomos que mi padre —ex oficial de la armada— albergaba en su biblioteca. Más de la mitad de aquellos juguetes “voladores” me la había obsequiado amigos de mi familia y parientes. Luego, ya adolescente, amplié la colección con aparatos de aeromodelismo que hacía volar, los sábados, en terrenos adyacentes a la base aérea (donde más tarde llegaría a ingresar y saldría como subteniente) y siempre acompañado de mi padre. Primero nos sentábamos sobre la grama, bastante cerca de la pista de aterrizaje, para observar en detalle el ascenso y descenso de los diversos tipos de aviones. A mí me atraían, con especial magnetismo, los aviones caza y su versatilidad, diseño y potencia en el vuelo. En principio, traté de imitar sus maniobras con mis aparatos de aeromodelismo conectados a una cuerda y que sólo podían dar vueltas y vueltas alrededor de quien los manipulaba hasta que un golpe de viento o un descuido, los derribaba por tierra y quedaban convertidos en añicos. Más tarde pude adquirir los modelos con control remoto y así fui capaz de realizar con ellos las más increíbles operaciones que dejaban pasmados a los curiosos que se aglomeraban para disfrutar del gratuito espectáculo sabatino. De entre aquellos mirones saldría mi primera novia “formal”, conquistada por medio de mi pericia como “piloto de aeromodelismo”.

La base aérea se había sublevado contra el gobierno nacional y yo debía integrar la cuadrilla de cazas que iría a lanzar misiles contra el palacio presidencial en la capital de la república.

A mi madre no le agradaba mucho la idea de verme transformado en oficial de la aviación militar. Temía por mi seguridad. Además, yo era su hijo único, parido después de varias cirugías que debieron hacerle hasta lograr su fertilidad. Sin embargo, ella, poco a poco, se fue acostumbrando a la idea de mi inexorable decisión y terminó por aceptarla y mostrarse conforme. Rendí con suficiencia el examen de ingreso a la escuela de aviación militar y en breve plazo ya era cadete de esa institución, por entonces, muy prestigiosa. El tiempo y yo pasamos volando, rauda y velozmente. Me gradué con honores y mis instructores estaban satisfechos con mi desempeño y me recomendaron para que me quedase en la base aérea ejerciendo algunas funciones administrativas. Acepté porque anhelaba estar cerca de los mirages recién adquiridos y pugnar por conseguir pilotar una de aquellas magníficas máquinas de guerra voladoras.

Fui ascendiendo, entre cortapisas, demoras, retardos burocráticos y perfidias, en el escalafón militar. Estuve varias veces a punto de darme de baja debido a la intolerable situación reinante en la institución, pero mis íntimos compañeros siempre me persuadían y me aconsejaban tener paciencia, pues se “aproximaban importantes eventos que harían cambiar el insoportable estado de cosas”. Les creía y proseguía con el entrenamiento que me conduciría, al fin, a ser piloto de uno de los “espejismos más veloces”. A los escasos días de ascender a mayor pude pilotar solo un mirage y tener la indescriptible sensación de que podía conquistar el espacio más allá de las nubes y tragarme los meteoros y sus bifurcaciones. Empero mi felicidad se truncó sin previo aviso. A la medianoche del viernes de esa semana de optimismo, vinieron mis compañeros a despertarme con urgencia: tenía que alistarme y pilotar mi mirage para una importantísima misión. La base aérea se había sublevado contra el gobierno nacional y yo debía integrar la cuadrilla de cazas que iría a lanzar misiles contra el palacio presidencial en la capital de la república. Sin pérdida de tiempo trepamos a los cazas, levantamos vuelo y en pocos minutos estábamos arrojando los misiles contra el blanco. Ninguno estalló y tuvimos que huir, con precipitación, hacia la base aérea. Yo seguí de largo y cuando estaba a punto de llegar a la frontera con Colombia, me identifiqué y solicité asilo. El mirage quedó en la pista del aeropuerto de la ciudad fronteriza y una comisión de la policía y del ejército vino a recibirme. Al día siguiente me enteraría, a través de la televisión, del total fracaso de la asonada de la fuerza aérea, de los presos y de los muertos y heridos.

 

3

Un mes después de haber llegado a Cúcuta pude comunicarme, vía telefónica, con mis padres, quienes me daban por muerto. Hasta ese momento ellos ignoraban lo que había sucedido conmigo. Casi se mueren del susto al escuchar mi voz y entre lágrimas me comunicaron que la casa había sido allanada por la inteligencia militar y que los funcionarios uniformados se habían llevado todas mis pertenencias, incluida la colección de modelos de aviones que aún conservaba. La conversación fue muy breve y emotiva y aunque les llamé desde un teléfono público, no deseaba que los escuchas del gobierno se enteraran dónde estaba. Luego les telefoneaba, esporádicamente, desde alguna de las ciudades del Norte de Santander.

Las autoridades colombianas sólo me habían otorgado una especie de permiso de residencia que tenía que renovar cada seis meses y que me impedía conseguir trabajo fijo. Sabía que la policía secreta de Colombia seguía mis pasos: yo era un sospechoso, un hombre no digno de confianza, un apestado y exiliado. Durante los casi tres años que viví en ese país limítrofe, me movía como agente viajero improvisado por las ciudades del Norte de Santander, en especial por Cúcuta, Villa del Rosario, Herrán y Puerto Santander. Logré también construir varias maquetas de aviones que vendí a coleccionistas por un buen precio. Al fin y a la postre, la situación política en Venezuela cambió con la llegada de un nuevo gobierno y tomé la decisión de regresar. Encontré a mis padres muy envejecidos, pero mi retorno los rejuveneció un tanto.

El mandamás ha muerto y lo ha reemplazado “su hijo putativo”, escogido a dedo militar.

Creía —iluso de mí— que el nuevo gobierno iba a reenganchar en sus respectivas unidades a quienes nos sublevamos contra el gobierno anterior. Me tuvieron de un lado a otro con promesas que nunca se cumplieron y así transcurrieron cinco años y yo consumido por la espera y la decepción, dedicado a la compraventa de artefactos eléctricos y muy lejos de mi profesión, de mi carrera y de mis estudios.

Llegó un nuevo periodo electoral para elegir presidente de la república y resultó ganador un teniente coronel —antiguo insurrecto y recién indultado— a quien conocía de vista y con el cual simpatizaba un poco con sus ideas. Su flamante gobierno comenzó a mostrar su verdadera catadura a los pocos años de estrenarse y efímeramente fue depuesto por los jefes principales de las fuerzas armadas. Volvió al poder y con él, la demagogia, el chantaje y la amenaza. Me terminaron de marginar y execrar y no contentos con eso, me mantenían vigilado y sometido a espionaje. Nunca le resultó grato al mandamás el que yo fuese crítico con sus políticas y procederes y mantuviese una posición digna e inquebrantable frente a la galopante corrupción generalizada. Así tornadas las cosas para peor, acordé partir y refugiarme en Santiago de Chile. Abandoné mi país casi en secreto. Ya en tierras extranjeras les di la noticia a mis padres, quienes la aceptaron con resignación y cierta esperanza por el porvenir.

Ahora me encuentro en esta bella ciudad, capital de Chile. El mandamás ha muerto y lo ha reemplazado “su hijo putativo”, escogido a dedo militar. Aquí trabajo en una biblioteca y leo libros que nunca pude ni siquiera hojear en Venezuela. Me relaciono con gente que piensa y escribe. Presencio el silencioso llamado de la vida y de noche trato de descifrar los pensamientos que acuden a mi cerebro por vías recónditas y misteriosas. De madrugada me dejo ir por las esquinas emblemáticas y me entrevisto con la muerte, a quien despido luego, transcurridas varias horas, hasta que monta en el aeromodelo que diseñé especialmente para ella y en donde hay una plaza vacante para mí.

Wilfredo Carrizales
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