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Apretujamientos a priori

lunes 19 de marzo de 2018
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Textos y fotografías: Wilfredo Carrizales

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Apretujamientos a priori, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Estrujón sobre las texturas y colores que se desvanecen. Opresión donde está y la causa no corrigiéndose. Estrechez para manifestar unos verbos en sus redes. ¿Y si apresamos el efecto y lo acentuamos? La acción se inmoviliza y nadie suelta los pétalos para ninguna fiesta. Queda sojuzgada la vía hacia el pasadizo de aire o de luz o de polvo. Las manchas se trasponen, urgidas por la necesidad de atacar lo mustio. (Un insecto se ciñe la faja y desiste de la marcha).

La coherencia equivale a un escrúpulo de timbre, a una parálisis del tiempo sin cubierta. Otros espacios caben dentro de sus ligaduras de automatismo. (Pasa algo contrario a un fenómeno de cristal y resulta un atisbo escaso de competencia). Contra semejanzas de labios, bocas disminuidas hasta el límite de la expresión. Repugna la sujeción a normas de secuestro. La seducción florece con la savia chorreando de los pliegues. No se apresuran los asientos con el sopor del ocaso.

Se prenden los lazos del temor que avanza de primero. Algunos prenden candelas tras los arbustos exentos de aderezos y nada se acucia. Se contraen las visiones y son de filamentos sus pretinas. Se contraen enfermedades que obligan a encubrir el polen y a su gusano imperfecto. ¿Maneras habrá de redimir la congregación de líneas y cavidades, de celosías y ajenas dehiscencias? En tributo se unirían los círculos que se fastidian de hastío. Acaso las tardes se aparten con sobradas cenizas.

 

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Apretujamientos a priori, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Ayer (¿o anteayer?) se atirantaron las corolas y los bostezos inculcaron sus cuñas. Sombras de grilletes se mecían por los contornos. Incógnitas de clavijas en la sucesión de los apremios. Se oían pisadas sobre una hojarasca de largo encierro. Se notaban husillos cogidos en las fronteras del asombro. Más que un estrépito sacudía la fiebre de ignota procedencia. Algo debió allegarse con resquicios de libertad: cuasiformas que se arrastraron al compás de lágrimas de carbón.

Muy similar a un domingo el día apretujado. Prevalecía su abeja sobre otras especies zumbadoras. Pero ni eso logró el apetecido temple. La densidad atarugaba con sus dolores de flejes, orientados como armonios en pugna. De quietud, ni hablar. A menos que cerquemos una falsa paz con nuestros ojos y que nuestro aliento chille en el interior de una jaula. Se pudo barruntar una cesta harta de bastardía. Se barrió la molicie para adentro. De la pista al calzado, un agarrotamiento.

Podría asegurarse que se aglomeraron articulaciones de un arrebato de calor y balbuceo. Hubo encajonamientos, pero ya las armaduras se desplazaban distantes, a milímetros de la escoba en maniobras. Al cabo, sobraron cifras y costras por delante. Se examinaron ripios y aguas de estudio, ilegítimas adherencias de un pasado desdeñoso, sin circunstancias. Desde las rodillas se exprimió un disimulo amortiguado, apto para embutir pajas de bajo calibre. Un anuncio de discreción quedó en cautividad.

 

3

Apretujamientos a priori, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Vislumbres en tránsito de apelmazarse. Uñates aprobados a través de ganchillos que miran hacia arriba. Más de un triángulo obturaba la fluidez de los aromas solipsistas. Al aligerarse las anulaciones ocurrían quites sobre el parénquima. En un extremo, diminutos fuegos; en un borde, aproximaciones a quipus. Con estopas ya extintas se embuchaban los recuerdos sin andanzas. Unos consuelos fueron pisoneados, mientras gobernaban las excrecencias bajo los puñales.

Sin recurrir a la cauterización, las heridas purgaron sus aprestos. Lo inevitable se sujetó entre rejillas de un cántico que dolía. En medio, sin saber cómo, una estampa chirriaba con infortunio, en vísperas de un descalabro. Cualquier senada se desprendía de su corsé de dádivas y luego se enviciaba con el jugo que no era su medicamento. (Ignoro si se escuchó el brote de los tumores). Azoraban la tupición, aquella demudación de hojas, esos prolapsos, un tirabuzón al acecho…

Estaría bueno si hubiera existido un casillero para las ofrendas de plumas y añicos. Empero sólo las visiones habrían de ser pintadas hasta el cansancio más cimero. De continuar, se continuó a tirones, con los dientes hartos de espitas y comejenes. La rapidez se dio por inmovilizada. Después atravesaron el nordeste las tuercas de los sucesos. Cada ritmo de sus andares me acostumbró, temporáneo, a las pautas del cambio, al epílogo y al braznido de los intervalos sin umbría.

Wilfredo Carrizales
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