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Nunca a la zaga

lunes 26 de marzo de 2018
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Nunca a la zaga, por Wilfredo Carrizales
Collage: Wilfredo Carrizales
Textos y collage: Wilfredo Carrizales

Me he alegrado: las espinas ya han caído, ¿o estarán encubiertas? Me siento a meditar y evoco a Mitra y al toro que sacrificaba en la cueva. ¿Los misterios conducían hacia la luz o hacia la oscuridad? ¿O hacia ambas? El solsticio de invierno se curvaba cual cuerno de cabra.

“Búscamelo”, le digo y por vergüenza no lo encuentra. El peine tuvo su gracia y en Jerusalén tuvo su gloria. No hubo guerra y la guía se frustró. La arquitectura resultó una quimera. Quería que contuviera todos los géneros. El padre, analfabeto; la madre, sin lápiz. Unas hermanas criaban aves y el águila las apresaba. Lloraba sobre un agua llena de abejas y migas de pan. Los libros, al cabo, devendrían en sus padres y la sorpresa sería plural.

Los mares arrastraban a los meses. Las ciudades acumulaban alelíes. Los reyes lanzaban ayes. ¡Ay de los vencidos! ¡Ay de los hermanos y sus partes! Las tijeras iban en los convoyes y las cruces y las prendas. No iban ni las paces ni las ánimas. ¿Y los anteojos para los espectáculos?

De la pluma surgieron las noches y algunas tardes. Los días emergían sin ayuda. Al hombre lo vi y amaba a su hija, fuera y dentro de la casa; fuera y dentro de palacio. Esa mujer era para aquellos hombres. Fuera buena, pero no hermosa; regordeta, pero no cortés. Los ruines no la santificaban y no le daban ninguna holganza. El buen tío trajo mal vino y todos estuvieron contentos.

Los menos llegaron a ser los más. La desdicha fue más lábil de lo que parecía. Hubo tanta hacienda como tradición hubo. ¿Cuáles culpas cargaron? ¿Las ciento ocho? ¿Las dos mil ciento once? Quinientos observadores trasladaron las pruebas y no demostraron nada. ¿Qué tenían los números? A dieciocho de enero, a las cuatro de la tarde, la cuarentena fue declarada.

Cualquiera empleaba las fracciones. Ninguno sacaba cuentas. Otros se llevaban los diezmos. Quienes siguieron a los postreros se enriquecieron con arena del desierto. El mismo fulano fornicó con unas cuantas. Se empleó a cabalidad. Tal era su combinación.

A ellos los asaltaron unos ladrones. Nosotros mismos lo intuimos. Después no les hemos visto e ignoramos si andan vestidos. No hemos leído nada todavía, ni siquiera una simple epístola. Conocemos lo que hemos dado; no sabemos si algo más se ha enviado. Prometimos dátiles al comienzo de la sentencia. Lo escribimos. Con impecable redacción. Así lo quisimos. Dinos ahora que nos dejarás, ¿o no? Volvemos al camino y volvemos a hablar. ¿Para qué dejar de reconocerlo?

Aquello se asemeja a un caballo, empero es mi hermano menor. Él no sabe lo que dice. Nació tonto, comúnmente estólido. ¿Quiénes lo aseveraban? ¿Los más ricos? ¿Los menos pobres? ¿Los zánganos y los obtusos? Nuestras páginas volaban reemplazadas por otras asaz ligeras. Con las ventas se lograron amigos, adictos al dinero. Teníamos bastones de verdad y no los usábamos, por comodidad. Mi madre buscaba con desespero a su hermano y nunca lo halló, porque se cayó dentro de un pozo y ya no quiso salir y sólo se alimentaba de saburra y agua.

Habría habido un futuro aceptable si hubiera habido hombres con significación. Empero fuimos lo que seríamos y ni un ápice más. Aquellos señores, esos jueces, nos juzgaron a puerta cerrada. No permitieron ni accidentes ni transitoriedades. Era alta la entrada, pero baja la salida. Barrimos el piso con nuestras sotanas y batimos palmas para celebrar el evento. Amaríamos al agotamiento que luego sobrevendría. Apenas éramos más instruidos que nuestros jueces. ¡Ojalá eso hubiera sido diferente! Decíamos que algo vendría, pero ¿qué? Si las esperanzas nos alcanzasen, acaso ya estaríamos exánimes. Puestos al tanto nos agradó la ilusión manifiesta.

Fuimos amados y golpeados. Fuimos zarandeados y deseados. Las mercancías valían más que nosotros. Nos alegramos por la alegría. Nos exaltamos por las alegorías. Nos estuvimos solos y dormimos. Nos quemamos y nos ahogamos. Nos reímos mientras comíamos mendrugos enojados. Nos acostamos y paseamos rodando sobre la luna. Nos llamamos sin mutaciones, resarcidos en los rezos. Tocamos cartas vencidas, pertenecientes a proscritos. Las lecturas rigieron sobre nuestras estrellas.

Un mayor aliento nos encendió. Acordamos morder todo lo que creciera a nuestro alrededor. Nos conducimos con dignidad casi perfecta. No pedimos condiciones bajo ningún concepto. Sentimos lo que los demás sintieron y apenas argüimos algo pasajero. No huimos porque no cabíamos en nuestro gozo y además, ¿no estábamos asidos a la lluvia no llovida?

Hacía calor. Es cierto. No obstante, anochecía temprano y no era un contrasentido. Más valdría que lloviznara. Hubo un hombre que dejó esa posibilidad abierta. Un hombre raído, cuya hambre le roía las entrañas y no se quejaba. Se nos antojaba un santo o un inmortal. Nos rendíamos ante su ejemplo. A placer, pacíamos. Medrábamos, de mentirillas. Resolvimos omitir las necesidades del cuerpo. Las palabras dejaron de ser demasiadas. A la diestra colocamos la corrección y la elegancia.

Los discípulos se esmeraban con sus lecciones. Para sacudir la modorra. Para salir libres. Para abrigarse a plenitud. Para empobrecerse enriqueciéndose. Diserté por alguno. Por la mañana, por la calle. Continué largo rato con el mismo acento. Íbamos como padre e hijo, porque así lo quisimos. Contra los enemigos nos colocamos a poniente. Y el ocaso nos protegió.

Expurgamos tantísimas falsedades. Terminamos con las caricaturas. Todo el conjunto se nos hizo muy familiar. La evasión no constituía nuestro placer. Contra el azur resaltaban las palmeras y nuestras barbas revoloteaban con aires de rebeldía. La sumisión no nos salvaría. Apretábamos los labios si entreveíamos el calvario. Hubo muchos muchachos pálidos en nuestras mesas. La duda los combaba. Nuestra excelencia tendía a engrandecerlos. Algunos pasaron a ser soldados y nos hicieron sentir sobre nuestras espaldas los latigazos de sus agradecimientos. También escupieron sobre nuestras caras y cabezas, con certera puntería. Como si se hubiesen entrenado para ello.

Solo, en la cárcel, pienso en mis antiguas caminatas, en los cánticos que entonaba. Obedezco a mi oráculo y no me condeno. Desde aquí escucho los cuchillos de los esbirros. Gozan con sus juegos dentro de “La Tumba”. Ellos tienen miedo y agitan sus alas de pajarracos. Se creen guerreros y no pasan de matachines. La noción de lo local ya no me interesa. Mi vida es un puente necesario hacia la muerte de donde provendrá el renacimiento. Vendrá Mitra y traerá su sangre que es el vino y su cuerpo de pan ázimo y nos perpetuaremos en los misterios y nos combinaremos para que la noche sea día y el día sea noche y los siete planetas brillen con sus sonidos de metales. Ahora acentuaré la mudez para una sagaz elocuencia que me alcance durante el sueño final.

Wilfredo Carrizales
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