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Azarosas borrajeaduras

lunes 2 de abril de 2018
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Textos y drippings: Wilfredo Carrizales

1

Azarosas borrajeaduras, por Wilfredo Carrizales
Dripping: Wilfredo Carrizales

Otro resto de historia permea la viola. Viola en la hora precisa que baja omnisciente y jalona el interior de las visiones. Espejismos, plétora y postergación que no se vacían y con seriedad rondan los sueños y las tempestades tras los telones. Se doblan los manifiestos de los naipes; de prisa nacen. Un suicidio molesta la serenidad de la noche. Una serpiente se enrosca de laxitud. El calendario se pospone y los aromas de la cerveza se colorean dentro del amaranto entumecido. Están ya los telegramas en las caídas de las siete marcas. Al horóscopo lo tachona un ogro de fábula en fuga. No se puede más amar las rocas del abismo. Es necesario saber lo que hay a ras de la podagra. La jerarquía encuentra aun su asidero y nadie estima la pócima ni trata con ella. Se revuelve la manifestación de la barbarie y cada pretexto pende de un chubasco: tiene ignorancia y ufanía que embarran después los zapatos, tan briosos, esmerados y unitivos. Al final, se zurcen naderías, con adecuación, sobre los récipes de los sedimentos.

 

2

Me fascinan las clepsidras, aunque nunca las he visto. Sano al escuchar su goteo interminable. Las he perseguido con consternación y lucidez, sobre todo alarmado por no poder predecir su reacción. Ahora traigo todo esto a colación, sin saber por qué. ¿Acaso no será debido al pronunciamiento de un diplomático enemigo? Una vez lo vi ciego y esponjoso en el zócalo abundante en conflictos. ¿Quién lo colocó frente a mí? ¿El destino, el azar? Me informó de su lejano ingreso en el ejército y de su participación en el maltratado misterio de los relojes de agua. Me produjo terror su convicción y me le aparté con la excusa de un ultimátum recibido. (Las clepsidras me continúan notificando del flujo del tiempo, a pesar de que ignoro dónde se encuentran).

 

3

Presciencia en la postdata de aquella noche. Burla acerca de las membranas vicarias. Unas nietas soñaron con un glacial y precozmente las dos se sintieron malas. Se ofuscaban al compás de las luces haladas por los besugos. Brincaban y rodaban bajo el cielorraso de una casa de grandes estrías rotatorias. Les trenzaba las venas y las hacía callar con amenazas de zarzas y polvos urticantes. Con plenitud, les daba la suma de las porciones que las laxaban y jorobaban. Por las tardes las ponía a contemplar los ocasos y a definir los horizontes. Mientras tanto, yo borroneaba mis opúsculos para el museo de antropología. Recientemente una cohorte de curiosos se acercó a mi sala. Postulaban consejos y alegatos. Les ataqué y les sacudí los pellejos. Balancearon sus respuestas, pero nada hicieron. Los sabía serviles e ignorantes y les recomendé salir a bramar por allí afuera. Las nietas observaron todo y sus rostros esplendían de satisfacción y orgullo.

 

4

El ultraje se asemejaba a un grupo de tibiezas. Zaherido, encarnaba al bígamo que recordaba todas las proezas. Pasó de un milenio al otro con una conciencia de carabinero. Triunfal, apreciaba sus mimos y así chocaba contra las ironías esparcidas encima del pavimento. Presagiaba que su posición empeoraría. Comenzó a estar en jaque y a provocarse migrañas. Jamás dudó de su postulado, aquél que le prometía experiencias damascenas y misticismos. Murió calado por un sudor involuntario y tenaz durante un verano que calcinaba.

 

5

Azarosas borrajeaduras, por Wilfredo Carrizales
Dripping: Wilfredo Carrizales

Estaban asidos a las bielas de una fontana. Las escaramuzas les ninguneaban los huesos iliacos. Comían tartas que les lanzaban como ronchas de pordioseros. Las bielas también les tejían los muslos. Blancas secreciones les fluían con suficiencia. De un lago próximo les llegaban ondas de obscenidad que los volvían inquietos y los envilecían. A toda hora, oportunamente, ponían el lomo para recibir la poda. De los toneles aledaños rezumaban fumaradas de orines de bíbaros. Sin prestar atención al hedor seguían engarzados en su propio tufo. Las bielas pivotaban, cansinas, sin fuerzas para restaurar ninguna propuesta de monstruosidad. Por un impulso azariento, la gleba los sacudió por el medio y los colocó en una postura que se prolongó tras el quiebre de innúmeros soles.

 

6

Donde los juicios coletearon. Las zambombas avistaron sus pobrezas. Esos urbícolas se avinagraron con cada rezo y les cristalizó un arte en su justa medida. Los chillidos de las máquinas provocaron náuseas en los ludópatas apretujados en las líneas. La luz se licuaba insonora en una nasa de leche. Un légamo tapizaba los lechos de vez en vez. Muchos viandantes se encimaban en jarras. Cada coletazo de viento los clasificaba como murciélagos. Más rezos de los estrígidos para calmar las guasonerías. Volaban por doquier navajas de hojalata y los pobres profesores sentenciaban maldades. El esfuerzo de los panes entraba por medio de la ocular celeste. Había esponjas posadas donde las hostias rebasaban la fe de los acólitos. (En un horizonte desguarnecido se espatarraba una mujeruca indecente). Por allá mismo se le negaron los sobacos a un mongol. Los legos torcían sus maldiciones y, prestos, hablaban de nieblas, zozobras y series de pergaminos calcinados. Se trucaban los catálogos y a los poseedores se les recompensaba con minas de estornudos. La amnesia no los volvió a soltar y, abandonados, hesitaron rodeados de moscas y zurrapas.

 

7

Tenían que rodar, estólidos. Lo histórico me lesionaba en el servicio. Justo cuando regresaba el visitador. Justo en el momento en que se decían procacidades. Grácil mono en vilo, rozando la neurastenia. Orgiástico, jamás, pero empobrecido por las drogas y el poder de los ditirambos. Aparecieron jueces rasantes sobre el juego de los pelmazos y blasfemaron, a trote y moche, con genialidad épica. Cesaron las majestades. Los doctores no apreciaron las vastas mitologías de la cotidianidad. Sus proyecciones se satirizaron. Sus muchos ideales los obligaron a gesticular en vano y dar la vuelta en redondo. A los que se dopaban viéronlos a través del prisma de la torcedura.

 

8

Jeremiadas en el sanitario denegado. Un científico fundamentó la jurisprudencia y la mató. La nieve se interna, pespunta el osario organizado, lo aplana, nebulosa. Se ha vilipendiado a la legendaria historieta. Se fabricaron alegorías y fulana las vinculó a su propia obra benéfica. Bajaron terapeutas rumiando recuerdos de viandas. El mecanismo de los afeites se esmució de las manos que lo ocultaban y su descenso levantó maleficios. A una manca rostrada le valió mucho su histrionismo. (Alguien mencionó una dársena, sólo por el placer de causar conmoción. Después le asaetearon, le lobreguecieron). A la vista de la quietud cósmica cuajaron insanias y contrabandos de bisuterías. Unos cuantos tordos citaron el origen de las maracas diurnas. Ni susurros, ni hipidos se escucharon. En cada dominio de la gesta se domó un asno sin ojos.

 

9

Reputado marzo en el mapa tan gazmoño. Crujen las estancias sin el bandazo de la polución. El pluviómetro se disloca y se posesionan las palomas de su lata de poetizar. Jamás hubo grupas repartidas de manera equitativa. El tamiz se vio lesionado por el onanista en su recinto de meriendas ornamentales. Entre jaculatorias, un cobardón se estancó con el diafragma hecho una crátera. En las provincias de la ósmosis las miasmas redituaban las especies odoratísimas. Sin la particularidad del sesteo, las parejas se entregaban al coito y luego se divertían calentando los samovares. Una podredumbre se acercó al depósito de drogas y produjo una reticencia bajo las sábanas. La miastenia se difundió entre los iconoclastas que miccionaban con el pudor de los niños. ¿Por qué la sarna se expresó a través de su microcosmos si los que se rascaban ya habían sucumbido a otras dolencias? No era poca cosa la picazón en ayunas. Sabían los riesgos a que se exponían por falta de bragas de la virilidad. ¿Visionarios guiarían sus pasos?

 

10

Azarosas borrajeaduras, por Wilfredo Carrizales
Dripping: Wilfredo Carrizales

Migajas recicladas sin estoicismo. Poesía de los crustáceos sensuales, ausentes de miedos lentos. Raptos que regeneran los mitones para acariciar clítoris. ¿Dónde los zapotes para chuparse los dedos? ¿Dónde las potras timando las operaciones de las jinetes? Fragmentos de crónicas envueltas en la salacidad y el desparpajo. Algunos burdeles fueron barbarizados; otros, convertidos en posadas para ufanos mequetrefes. La naturaleza nacía poseída por la obsolescencia. Con los mitos a cuestas delinquían los señorones pochos. Ni por burla predicaban el fin de las farsas y los fantoches. Nadie quería fungir de ducho en las bajezas y en los torcimientos. Los silbatos atraían a los motociclistas armados, quienes, lúbricos, propiciaban escenas para la “revolución” que conculcaba respiros, risas y rocíos.

Wilfredo Carrizales
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