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Destellos de porcelana en un vado celestial

lunes 16 de abril de 2018
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Textos y fotografías: Wilfredo Carrizales

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Destellos de porcelana en un vado celestial, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Llegan desde la antigüedad del caolín y han soportado el aislamiento. Fragmentos de porcelana con la dicción de su padre: el horno. Resisten y nos benefician sin renunciar al barniz. Se han roto sin fracasar. Una fragancia los sigue por acción de la luz y la envoltura incitante del sol. A ratos parece que se desvanecen, pero la memoria los retiene y no los divide. Ocurren por sitios donde fluyen otras rupturas de minerales. Se retiran tras las puertas y logran un realce de fotones.

Si se pierden, devienen en conchas. Se alejan de la fragosidad. Mezclados, se igualan y se alisan y así sucesivamente. De noche, algunos crepitan: recuerdan el fuego en sus orígenes. Hacia ellos las contemplaciones concurren en las depresiones. Su obra se desborda en las pupilas de alegría. Nunca dicen adiós; nunca dimiten su esencia. Sus defectos los disuelve la bruma con su elocuencia. Las palabras los consultan y terminan combinándose con ellos.

Entre mutaciones no mutan. Hay unos poros que describen sus avatares y los sustentos de su género. Se presentan en medio de la vacuidad y salen hundidos en la quietud. Hay trasiegos de trozos, en periodos que se interpretan al calor de las tardes. Bien oxigenados, algo remoto narra sus lenguajes de sellos y signos de los muchos trueques. Quizá algún día aborden la uniformidad, pero mientras tanto, lo azul y lo blanco no escaparán del giro en el encuentro.

 

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Destellos de porcelana en un vado celestial, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Gatos de porcelana, objetos que se alinean para tomar la merienda que el ocaso dona. Bajo los reflectores se mueven imanes que incitan fugas o desbordes. En los oídos rebotan sílabas de maullidos: el fenómeno alcanza permanencia, a pesar de lo breve. ¿Qué aberración responde por la esfericidad del momento? ¿Un brillo de hartazgo? ¿Un relumbre de una vasija separada por la distancia de la abrasión? Consta la infinidad de felinos y una niña que implora a las alturas.

Mininos a motas y tienen sus motivos. Llevan sus untos por encima de sus siete vidas. Sobreviven sin trapos humedecidos. Frente a otros bichos no se gastan ni se ocultan. (A su alrededor gravitan sombras: vehículos que detonan los azares). Fuera de ellos, la extensión del régimen abreojos. Aficionados al circuito que no se mueve, se comprimen en su estímulo de tardanzas, uñas y aparejos de lustres mundanos. Felices, mercan cascabeles para guardar las formas.

Miagan y bufan y nadie se entera. Resplandecen, de aspecto, de efectividad, de apariencia. Echados, piensan en las reliquias y en los templos que dejaron atrás. Cosas muy viejas sus efulgencias; cosas para alejar los accidentes, los infortunios. Y así, parcos, como obedeciendo una orden religiosa, no abjuran y abrevian en lo vítreo y avanzan, con lentitud, sobre su engranaje y atraen hacia su morada a los visitantes que, perdidos, necesitan de sus braserillos de caolín.

 

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Destellos de porcelana en un vado celestial, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Se lanzó de cabeza la cotorra contra los pedazos que destellaban y, encajada, decidió su destino. Hembra del cotorreo, recita sin parar los géneros del diccionario de las plumas. Están lustrosas las superficies y se humedecen las grietas y las arrugas. El ave se enseria. Luego riñe: no localiza ni higos, ni castañas, ni ninguna fruta de su preferencia. Con que alguien esparza ceras se atraería la gratitud de la emplumada. Sin embargo, nadie obra y, por minutos, la cotorra parece agonizar.

Sube su enojo. Se avecinan chillidos de protesta. Mas la indiferencia de los curiosos le disuelve la ira. Entonces elige ser famosa y despacha avisos por todos los contornos. Sólo recibe un eco sordo y un pestañeo de un opinante furtivo. (Un ópalo se adhiere al conjunto y trata de facilitar una vuelta. No lo consigue y entonces opta por la atrofia sin vejez). Algo comienza a farfullar y casi le salen nombres: bulbos, rizomas, hojas inadmisibles, bayas, granos sexuales, sémolas, vainas de fruición…

Una ringlera de ejercicios geométricos se escalona. A continuación, se repite un regocijo de alas cortas que imprimen rutilancias en diminutivo. Se suspende la tarde y su lugar lo ocupa una demora con testigos. Sobre todo se conoce un bálsamo para los convidados de los resplandores. Pasan espejuelos y joyas de fulgor. Nos hacen saber que un cuadro de nostalgias late con sus pormenores. Al cabo, la perífrasis de la cotorra ejecuta una garrulería en honor de un cielo con tos continuada.

 

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Destellos de porcelana en un vado celestial, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Retorna la pandilla de morrongos. (La niña continúa impetrando la protección celestial). El espectáculo prosigue, ahora sometido al arbitrio del tutelaje de los redondeles. Tan finos que no terminan de formarse; tan extraños como los requieren las circunstancias. Valen las blancuras seguidas de los atisbos de negros manojos. De un vistazo no puede tragarse el juego de las irregularidades. Mejor serían los mizos dentro de gavias y los bufidos al garete.

Los visitantes absorben el sincronismo de los relámpagos locales. Los gatos se reúnen de acuerdo con la naturaleza de sus emociones. Cristalizan sus córneas y se señalan las retinas para mantener la continuidad de las formas que los vitalizan. Un espacio de aceite los dosifica, pero no los escinde. Sus alimentos se oxidan en el interior de una alberca notoria y en crecimiento. (No ignoran el equilibrio de una farola que pende sobre sus estipulaciones periciales. ¿Quién espía?).

Se gastan propósitos y ellos se maquillan al margen de los meridianos de costumbre. Con la impasibilidad de sus rostros capturan los aparejos de lo terso o de lo céreo. Anhelan jardines y manjares, pajes y jazmines. A voluntad, se fusionan con los procederes de los cirros, bajo una tregua proclamada por ellos mismos. Sus voces no desmayan, ni pretenden escarnecer. Roban alcoholes durante ocho madrugadas seguidas. Esos gatos son los heraldos de la diplomacia del turismo.

 

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Destellos de porcelana en un vado celestial, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Trío de figuras femeninas contemplan el techo que se atempera con astros de la paciencia. Ellas se hallan delante y bajo los coruscos de la palestra. (En sus entrañas de caolín y cuarzo espejean unas chispas como compendio del fuego). Fracciones de tazas, platos y tazones no fracasan en el ajuste de un orden para la eternidad. No se escuchan quejumbres: sólo un rumor de banderolas a escondidas. La finura traba una ligazón y la herencia se aquieta en su hospedaje.

Dos mujeres y una niña ya son una muchedumbre y tienden a azulearse traspasando el hemiciclo. Empero la fisiología del albor insiste con su medida al raso. Ellas miran y charlan con las miradas y no se pliegan para evitar inducciones del diámetro. Sus pensamientos oscilan y quieren ser cornisas, elementos de fondo y suerte. Lo preclaro se arroja hacia sus vivencias, con intensidad y enamoramiento. En la parte opuesta de sus figuras un lagunajo se insinúa: vibración táctil.

Escrituras sin mácula: agentes de la humildad. ¿Un altarcillo se erige cual un sufijo de torcedura? ¿A cambio de qué una andanza sin progresión? Los efectos portan sus ritmos y las figulinas entrevén los testimonios de la brisa y sus quebrantos. Ganan virtudes en la claridad, mediante un código de sueños. Entre siempre y nunca lo estático se copia y habita. Tienen dicho lo añadido del mes, el oficio de lustrar y la tenacidad de resolver. De continuo, su gallardía ensaya florituras en la posible almena.

Wilfredo Carrizales
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