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Tarde y entre soplos

lunes 23 de abril de 2018
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Textos y dibujos: Wilfredo Carrizales

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Tarde y entre soplos, por Wilfredo Carrizales
Dibujo: Wilfredo Carrizales

Tarde y entre soplos y las miradas se entibian y los hábitos se desvían hacia las fiebres de los vectores. Fueron las conjuraciones revistas para las cámaras. (El cielo, apenas suspendido, elaboraba variaciones de cegueras). Un coro aguardaba por voces, aunque la felicidad había desaparecido bajo el peso de los dogmas. Se olvidan las hermanas que han escrito. Se lavan las junturas de los dedos con recuerdos de arroyos. Se ambientan los olvidos y es miasma el vivir bordeando los trucos. Las mudanzas desechan lo oscuro y se entienden sus emanaciones. Allende los consejos, las luces se vencen. Toda certeza se derrumba. Los cantos van a los baldíos.

Las secuelas coinciden en la eclosión. Las temperaturas se secularizan. La sed busca las fauces y la diarrea sus tripas. Más ojos miraban hebras; menos sales en las salivas al paso. Los ofendidos se emparentaban con sus amenazas y los secuestrados perforaban los libros de la ignominia. En algunas cerraduras, los secretos para mayor resguardo. Se habla y se profesan credos de la ilusión. A los ciclos de la disidencia les falta la torcedura que caldea. Acumulan residuos los primeros en los calendarios y los segundos en los relojes. Según la campana, el aire se enrarece y murmura.

Decían de los extremos y nunca llegaban. Las contingencias les brincaban por dentro. (Afuera, la superficie se alejaba, amarilla y luminosa). Con lances se catan los juguetes de la imprudencia. Seiscientos años para un derrotero de los personajes de siempre. Se resarcen los cristales de las fealdades y de las historias que se cuartearon. (Un muro notifica: huirán los moscones perseguidos por los cometas). Los resignados beben fluidos australes y no interrumpen sus recitados para no dañar las cosas que responden por abril. Se ensayan ceremonias; se asesinan astronomías; se conquistan matrimonios y sarcófagos. Mas, ¿qué culmina en las cabezas de los atormentados? Se conjugan esparcimientos para sembrar en las aceras, bajo las calzadas sin volumen. Las hijas del hipo se aparecen en medio de fragancias, dispuestas para la prédica de las desnudeces muy menudas. A plazos, la providencia les suple de senos iracundos y retadores.

Deleites de los frenos, de las costuras, de los objetos del umbral. Cualquier golpe aficiona a su recibidor. De una sentada, la experiencia de la palabra INJURIA. Pues, el dolor señala y atrae la herida, no el amago. Flores volaban de cera en cera y su culto contuvo fiesta y fertilidad. Criaturas sucesivas en el vecindario de las percepciones. Serenidad en los ceños y en las cuerdas de escamas. Hechos e incumbencias y sustancias atónitas en la imperfección. Sermones sin seriedad y las cicatrices abandonan las sedas, por la tangente. Son errores que llegarán a ser rigideces. ¿Quién clava la carne, deduce el vino, persigue al vinagre, comunica con el aceite, hiende el jabón?

Sesos para el sesteo en la facilidad para oxidarse. Sin equivocaciones avanzan las lámparas bajo la lluvia de importancia. Sí, se empapan sus resplandores y aciertan a salpicar la aspereza del piso. (Tardías siluetas rondan con leyendas y silogismos y pretenden morar entre la niebla y el levante del misterio). Frente al llamado de la humedad, un lenguaje de temblor y de retraimiento. No había síntomas de crepitación, sino la existencia de labor de hojas, texturas y penas. Muchos emblemas apostaron por lo seguro. Sobre la crueldad, ya sabían los fundamentos y las alhajas debían reemplazarse o permitir ser recaudadas de cara al pulso de la exterioridad. En sitios de la solana, los sollozos no se nombran y qué más que puertas y no ventanas para prosperar con valor.

Soma de buen agüero y se necesita un pincel en la consistencia de la danza para dar relieve al movimiento convocado por la armazón. Algún apellido se sondea dentro de la tradición del cuarteto. Otros sonidos penetran por los surcos del olvido. El escenario sorbe los engaños hasta la disociación de los dramas y las congojas. Los anfitriones, ligeramente verdosos, se ladean para esquivar las cornisas aquietadas por las alteraciones. Allá, en lugar indefinido, se escucha un mandato de alumbramiento, mientras rayos maestros se aprietan bajo el mediodía cansado de sus restos. En época de absurdidad, lo póstumo florece con la sencillez del candor.

Espinoso el derecho de la superstición. La libertad bajó de grado y ahora se orienta hacia el duelo triunfal. Prestancias de estatuas para el ejercicio burlesco. Se permiten virus y microbios que contribuyan a la originalidad de los cultos políticos. (Con frecuencia, los niños se retuercen en los jardines y forman abstracciones para los que portan máscaras de azabache). Entonces, aberraciones y espectros, catástrofe y gritos. Muy pronto la pirotecnia como estilo de gobierno y marchas de la muerte entre los expatriados que se consagran. En el paroxismo de los retratos, los semejantes secretan los sublimados de sus mucosas, ya cobardes. A la vez, penden los tentáculos de las bestias de la fatalidad.

Los antojos y la sucesión. Lloviznas de inferioridad. Hoy se aparejan las asfixias, las sudaciones, los insomnios, los calambres del ornamento. ¿Fin de la dama gris, de sonrisa roja, de sangre de arena? El escorpión cayó dentro del suero de leche. Inauguró la condición de su biografía. Se acorta la distancia entre el matadero y los cuchillos. Unos sueños de lepra ensucian las camas. La autoridad sostiene varas para los porcinos y cuenta los jamones en asamblea. ¡Es imposible que exista un sujeto con malos antecedentes! En la sumidad avanzan los ensueños jurídicos; se distribuyen islas que pronto se hunden; se borronean memorias de flagrancias. Los límites son regados con caldos de pensiones tumorales. ¿Cuándo se conciben los fetos sin parámetro? ¿En qué momento decrece la ferocidad de las mentiras? ¿Cuándo el espacio logra su taxonomía de dignidad, de nobleza sin superchería? La irracionalidad ha regresado por sus fueros. ¡Abridle las estancias!

Días y personas y subsecuentes fallecimientos con fuerza y calidad. Ocasión de mandatos: estrecheces de los canutos. Suplicios de los cartílagos y el medicamento que denota una ficción. Los verbos se retraen en los ángulos, a la espera de sentencias o un acto de servicio, vil o falaz. Fallecen las fallebas al ponerse fuera de lugar. Tragedia del conticinio y la clavícula que le salta por encima. Suspiros en el baño de los oyentes, encaminados hacia la coloración de sus nalgas recién fundadas. Y la facundia en campo magnético. Y el surtidor vencido por la verga y la mortaja. Horadar los hondillos; orar –con precipitación- en medio de las horas de horror. (Me permito nadar en los senos de la Susana de Tintoretto y ser pez de garantía disoluta).

Quien a los sayos honra, reina con los suyos. Lo que toca y me provoca. Al hartarse, me arruina… Y así, esta relación proseguiría ad infinitum. (¿Ambiciones en particular? Ninguna. Ni siquiera zapatos). La brevedad se superpone; la guerra, no. Mis labios grabaron sus heridas, sin gravamen, pero con canon y otras marcas. (¿Dónde opera mi lengua? ¿En cuál quirófano ad hoc?). Me hurto para desarticular mis tobillos e impedir que se impresionen con los milagros de los bastardos. He visitado la prosperidad de los anuncios; he comido alimentos de la madera; me he anexado al pozo de los espantos. Varios billetes, en mis manos, han encontrado inspiración para mercadear en puertos y ciudades. ¿Acaso no estoy laborando en mis vacaciones de estiba o de estiaje? Una rosa es un tubo que es cemento que es espina que es insecto que es conciencia de todas las rosas.

 

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Tarde y entre soplos, por Wilfredo Carrizales
Dibujo: Wilfredo Carrizales

Habitadas por los aparatos de la molicie, los semblantes se exponen a la furia de los tábanos. Con urgencia, se separan en huecos y se derriten y se consumen luego. Los genios amasan el polvo de las hojas y los integran a los ámbitos de diablos y pintores. (Por el humo sabemos dónde hay tabaco). Las damas se rasuran las axilas, provistas de puñales y cremas federadas. Los hechos sirven para los ladrillos puestos. Tras los tabiques, los cánticos ascienden por la médula espinal y el cauce del cráneo. Los ídolos han resucitado bajo las lunas de cartón y fragancias de artritis. ¿Quién redondea los garitos para las apuestas de los señores con cáscara? Fueron oídas las sanciones; fueron disfrutadas las comicidades; fueron olidas las elipsis lustrosas del dinero fácil. (Mi tía tenía una manija que era su tabú y la amortiguaba por medio de tablas). Servían las bolas sobre los escalones cultivados de mugre y contagios. (En cápsulas, me tragaba las escrituras y sucumbía en el hábitat de las ramas torcidas). En la actualidad, fluye la cultura con mazos.

Testigos perniciosos en los sitios de costumbre. Por migraciones, se desarrollará una rica novelería. Los órganos se reconocen o, en su defecto, las alas se volverán agudas. Cerca de los tedios, los cerebros soportando los dialectos de las hormigas. ¿Llegarán cartas anales de los náufragos? ¿Arribarán vicios de los tahúres con uniforme? Los imbéciles capturan las groserías de los perros en las plazas y les dan renombre y alcanzan el cénit. Desde los montes de Venus se ganan indulgencias para los pastores de almas. ¡Vaya un tremedal! Tal vez los rabos se adhieran a los hijitos de los ventrílocuos. ¡Sea hermosa la noche con el hambre como cantinela! ¡Sea la justicia el vituperio que no concluye! ¡Sea lo que sea y me absuelvo y no me perdono! ¡Sea y garganta!

¿En qué parte la tal uña aleatoria? Un centro se vuelca y devela su tálamo de colcha y costra. Hay lo que tiene alambres, pero también hay lo que posee hebillas o tijeras o bártulos. Las hojaldras se endurecen al cuidado de los serenos e inician realidades del agua. Casi siempre la sal es infusa, antigua, con potencia para el alma. Dichos de las preces para el gasto diario. Talcos para los sastres que coadyuvan a las calamidades. Habitamos las zonas de los fósforos que se despiden temprano y ello no resulta vulgar ni congénito. Desbastamos a los brutos hasta verles los tuétanos estériles. Además disponemos en las cinturas de refugios para las primicias. ¿Por qué no complotar con las astillas sin cargar las tallas y cuidando de medir los plomos de los muros?

Comoquiera que se agachen las hembras, por ahí sueltan los meados de sus puestos. La república destruyó su estilo, lo envileció y ahora burbujea, pestilente. El apresuramiento de última hora no hace sonar sus tambores. Los relojes de papel se marchitaron entre mandatos con signos enchumbados. Delante de los tímpanos, sapos con envoltorios de arrebol y tósigos. De trecho en trecho, híbridas tramoyas para el robo y el desfalco. ¡Ah, de las percusiones de los billetes que verdean! ¡Tan finas sus líneas! ¡Tan suaves sus entrañas! ¿Rima hierro con puerro?

Llevan a la Muerta y Tánatos preludia el cortejo. Rebuzna la Difunta, tan creída y transportada. Ante los “héroes” entona un responso y luego subasta su mascarilla mortuoria. ¡Salve, oh Finada, y que el infierno no sea fastidioso!

Ciertas cosas que otorga el billar hinchan la locación sangrante del tirano. Se producen ácidos, hostigamientos, mordeduras biliosas. El pánico alcanza la perfección en su geometría. Los libretos se bambolean ebrios. En tanto que los ultrajes disipan la tez. La onomatopeya del terror se derrumba a través de las ventanas y sobre el piso sobresale una mancha de petróleo desvaído.

Los elementos de las estaciones se guarnecen con céspedes y aves de azafrán. Surgen nuevos gritos en las penumbras del oro excavado. Aún es la ciudad y se despliega en sus tapices. Empieza en el occidente y concluye en el sureste. Las ideas bordan figuras. Los hilos se combinan para renacer en los matices. También acuden ruedas, costales y armazones. Un esbozo de tranvía zabuca en las vías afelpadas. Las mujeres se estilizan y decoran sus temas íntimos.

Aquí abajo, la mañana se mueve con patas de tarántula. Tres en raya y los chicuelos olvidan la meta. Un árbol forma una frase con el vaivén de sus ramas. Algunas viandas reposan en las cocinas. Se desvían los calderos de su itinerario trazado. Las orejas se encrespan y muerden. Las manos alcanzan los riesgos y se circunscriben a las abstinencias del tacto. Aunque los dedos estén maduros expelen huéspedes del verdor. El ámbito tenía una herencia de castigo y una rigurosidad en el caudal de energía. Poseía poco de la existencia fortuita. Había tenido sombras por turnos y una cautela contra la infestación. Si dentro se arrojaban los dados, el albur aguijaba sus carnes.

La claridad prometía extrañezas. Las copas se quebraron, no bien recibidas. Ataques y pecadores. Frecuentes en el ritual del yantar. Los pies eran asidos con las consecuencias del caso y en las espaldas retoñaban los polvos de los tejados. Los juicios resultaban divididos y de allí se deducían apoyos y discordias. Antes, los prodigios eran cientos. Ahora apenas se manifiesta uno e intervenido. Nada se zanja; en todo hay un reclamo y lo demencial se impone. ¿Acaso los terebrantes no se erigieron en patrones, en signatarios de las claves entre semanas? Denante se encontraron durezas y nadie osó comentarlo. Con la tersura se levantaban los brazos y de las cestas caían epígonos de los panes y unas salpicaduras que participaban de lo inefable.

A tientas avanza la criatura del claustro y los rayos espectrales volitan en su entorno y desplazan su miedo hasta el borde de las extremidades. Sufre por la aberración de la luz y se deprime al no poderla obstaculizar. La criatura ha recorrido distancias no aptas para imaginar. Va en busca del giróscopo oculto en la terraza y la fuerza de gravedad lo mueve y él teme revolucionar. Piensa que se halla oscilando entre polos. El aparato que desea es invariable y cuando siente que la noche se ha desplazado, alumbra la fórmula y comienza a amanecer con los vientos alisios corriendo por sus cabellos.

Tras los edificios no aparecieron las nubes ni tampoco las transfiguraciones. Desde los automóviles se decían viajes, ropas, libros. Detrás de las preguntas había gatos sigilosos. Una casa ascendía con los abuelos y el curso de la estructura se regulaba por asomo. Se extraviaron los parques y los instrumentos que trasiegan. Otras perspicacias no se hicieron notar, al menos de momento. Por el lado derecho, se libró una suerte de silbido; por el izquierdo, pronto se sintió el efecto de una zancadilla. Los márgenes se excedían en cuanto a asechanzas. Alternaban pasos y aserciones. Un hombre improvisó su mendicidad, cauto y con dentadura fuerte. Las monedas se rebelaron y acaeció el estío. Una golondrina erró bajo la misma resolana y olvidó su misión. ¿Quién pudo recoger los mensajes hasta hacer de ellos el puente de palabras inesperado?

Estaba enloquecida y sobre la cuerda. Lloraba y su padre también. Sus pensamientos no se decidían a salir. “¡No bajo!”, gritaba y sólo descendía un remedo de saliva. Se presumía que su cabeza andaba mala, que se acribillaba de tinta con la pluma. Su pereza actual era igual a las anteriores. En el pasado frecuentaba a un escritor, pero ya no lo hace y murmura quejas y pretextos. Si mañana la cuerda se rompiera, le quedaría una historia rota y verdugones en la piel.

Wilfredo Carrizales
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