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Tres monólogos

lunes 30 de abril de 2018
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Textos y dibujos: Wilfredo Carrizales

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Tres monólogos, por Wilfredo Carrizales
Dibujo: Wilfredo Carrizales

“En noches de insomnio aspiro a pasearme por plazas de ciudades antiguas y seguir las trazas de los colores que han desaparecido de los asientos, las estatuas, las fuentes, las baldosas… y luego recostarme de una pared de un edificio cercano y quedarme quieta, escuchando los sonidos que provengan del amplio entorno: aleteos o chillidos de aves noctámbulas, susurros de amantes, chirridos de grillos, sonidos de remotas trompas, reclamos de gatos en celo, gritos y sollozos, roturas de vidrios, botellas o cristales, lamentos o canciones de borrachos… A medida que fuese oyendo tal o cual sonido, cerraría los ojos y me trasladaría hasta el lugar donde se encontraría el o los emisores, los acompañaría y los estimularía a continuar y continuar… Acaso este deseo mío no sea más que vana divagación o un espejismo de la conciencia extraviada. ¡Terrible insomnio que me sujeta a su rueda sin fin! Ahora aquí, sobre esta cama, sumida en la más completa oscuridad, mantengo los ojos abiertos, pero nada percibo, nada acierto ni siquiera a entrever. Únicamente me acompaña dentro de la habitación el casi imperceptible ruido del pequeño aparato de aire acondicionado. Sin embargo, puedo obviarlo, bloquearlo, hacerlo desaparecer de mis oídos y dedicarme a distinguir mis borborigmos, los latidos de mi corazón que parecen retumbar afuera, el trasiego de mis fluidos todos, la vibración de las aletas de mi nariz, pero también los traqueteos de la vieja cama y las protestas de los insectos domésticos que moran dentro de ella y que no comprenden, ni les interesa entender, mi insomnio… Me restriego los ojos y los convierto en un ceñido apretujamiento. Ahora un silencio absoluto se apodera del ámbito y me encuentro en el coche cama de un tren que trepida sin cesar sobre las traviesas. Va rumbo hacia un larguísimo viaje que lo llevará a cruzar y detenerse en múltiples estaciones a través de su recorrido. Oigo ronquidos en la litera de al lado: semejan frotamientos de piedras contra objetos de latón. El repentino llanto de un bebé, los amortigua hasta hacerlos nulos. Luego se escucha al bebé chupando la teta de su madre y atino a escuchar el flujo de leche por mi garganta, cantarina y armoniosa. Por momentos, siento que me atrapa el sueño, mas el insomnio se sigue imponiendo y entonces continúo prestando atención al cúmulo de ruidos, tanto dentro como fuera del tren. En el pasillo hay discusiones contenidas, amortiguadas por el prurito de la vergüenza. Más allá alguien tose y lanza un escupitajo por la ventana. El encuentro del tren con otro que viene en sentido contrario aturde y produce sobresalto cuando sueltan sus pitidos. La velocidad del ferrocarril disminuye en cualquier momento y se escucha el anuncio de la próxima estación. En el interior del tren hay trajines de bultos y maletas y apresuramientos de pasos que se encaminan hacia las salidas. En el exterior se perciben voces de vendedores ofertando sus mercancías: botellas de agua, cerveza o refrescos, semillas de girasol, maníes, carnes desecadas, galletas… De improviso, se mezclan vocablos de extrañas lenguas: una breve y repentina babel se agita frente a mi ventana. Suena un pito, suben con premura los nuevos pasajeros y el tren se pone otra vez en movimiento como una oruga gigantesca ya cansada. Me agito en mi cama y al rato escucho el inconfundible zangoloteo del tren al cruzar por sobre un puente que salva un ancho río. Abajo, los barcos y barcazas hacen borbollar sus sirenas: roncos y prolongados sonidos quedan colgados de la bruma que presiento a través de mis tímpanos. La oscuridad hala al tren con tenacidad y éste trata de refrenarse, pero no lo consigue y emite un resoplido abundante que logra estremecerme… El canto de un gallo coincide con una ringlera de bostezos míos. Escucho al tren que se aleja de manera inevitable. Entreabro los ojos y descubro un minúsculo rayo de luz introduciéndose a mi habitación a través de la persiana enrollable. El insomnio ha concluido. Comienza un nuevo día”.

 

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Tres monólogos, por Wilfredo Carrizales
Dibujo: Wilfredo Carrizales

“Debo mirar la llovizna que ha empezado a caer sobre las flores de azahar y a las pocas avispas que aún revolotean por allí y observar si bajo los arbustos reposa desnuda la voluptuosa vecina de al lado. Tengo que dirigir mis ojos hacia su pubis que sabe gesticular con su pico amarillo y descubrir con solicitud los trinos que broten de él… Empero no la hallo donde debería hallarla, donde debería encontrarse, en medio de su regocijo por estar siendo empapada, leve y persistentemente… ¡Asunto excepcional su ausencia en estos momentos! Debo adoptar entonces una actitud de indiferencia y dedicarme a escrutar los espacios allende las nubes, allende la meteorización del éter. Veo la metamorfosis de las esporas que flotan sin pausa en los espacios coronados por figuras de mariposas. Siento muchos pies que me llevan un poco hacia adelante, hasta la verja que me separa de la calle. De un parpadeo, reconozco el envés de la hoja que ha muerto de inútil espera: aguardó por mis trazos y no se los di. Una sensación de cosquilleo se manifiesta sobre mis párpados y provoca una luminiscencia que me encandila durante breves segundos. Acecho, sin perplejidad, a quienes me acechan desde sus ridículos escondrijos. Me libro, ipso facto, de las torvas ojeadas e ingreso en el ámbito, cerrado y seguro, de los asombros. Pongo la mira en las obras elevadas que rebotan de pared a pared: prodigios de las infrecuencias de los esmaltes y de las ojivas carentes de preceptos. Amaitino las grietas que no existen, pero que causan desasosiegos por su invisibilidad aparente. Avizoro perfumes, fragancias, aromas traídos en las bodegas de antiguos galeones provenientes del Extremo Oriente y atisbo alrededor de ellos figuras sensuales que se contornean al ritmo de sonidos de flautas, laúdes y panderos. Me adueño de todos los goces y anuncio el advenimiento de las damajuanas de lascivo porte… Me veo borneando la hilera de beodos en las fiestas de las tabernas, recordándoles sus méritos en las crisis de las bebidas alcohólicas. De hito en hito, visualizo pequeñas aberturas en las faldas que usaban las palurdas. El espejo se aparta de mí, se desvía la mirada que se proyecta en él. Tal vez, más tarde, salga al balcón a contemplar la radiante perpendicularidad de la nada. En realidad, sé que habrá un aspecto lúgubre y en la actualidad requiero de un péndulo que oscile con brillo deliberado. ¡He de convertirme en un pájaro que traza las visuales hasta los nidos que se desmoronan! Cato las brújulas dentro de sus nichos y luego temo sufrir los efectos de su poder asaz maligno. Está alguien en la acera y no lo registro a tiempo. Intuyo que me espía y huirá al percatarse del movimiento de mi sombra. No obstante, desde donde me encuentro le daría un repaso y le saltaría las pupilas con un revolver. Si pudiera, lo vigilaría y lo semblantearía a plena luz del amanecer. Es raro: a veces me oriento hacia la ponderación, a pesar de que no soy proclive a ello. ¿Seré un hombre excepcional o un simplón, un engreído? ¡Ah, ya poco me importa el devenir! El último fin de semana llegó un aviso para que reflexionara sobre la prudencia. Moriré sin que tal cosa me sirva. ¿Acaso los sinvergüenzas no me ofenden sin pestañear? Creo que debo completar mis escudriñamientos y mascar las nueces de las entrepiernas femeninas. ¡Es mi imperativo! ¿A qué más esperar? ¿A la frecuencia de la negrura? Paso revista a mis fotografías de especial erotismo hasta que casi se me brotan los ojos. Fisgaba el nalguear obsceno de las hembras que frecuentaban mi cuadra y luego me masturbaba en silencio, sin utilizar las manos. Entre los prolongados espasmos venían a mí visiones de un corro de musas, huríes o meretrices, semejantes a las esteatopígicas matronas de Rubens. Volvía la vista y me quedaba dormido, acezando, manoteando el aire, sin lograr hacer caer ni un muslo gordo en la mácula lútea… Ahora que estoy ciego, miro la totalidad con mucho mayor ahondamiento y perspicacia”.

 

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Tres monólogos, por Wilfredo Carrizales
Dibujo: Wilfredo Carrizales

“Dentro de un rato iré a saborear las vulvas del mar: ostras de conchas muy ásperas, grisáceas hasta el límite de la dimanación y de un dejo acre, irritante y excitante al mismo tiempo. También sucumbiré al paladeo de calamares en su tinta —sin temor a teñirme la lengua y las entrañas— y de camarones rebozados dentro de una red de pescar olorosa a algas y resacas. ¡Seré el saboreador convencido del recreo del paladar! Descorcharé una botella de vino blanco y mientras lo trasiego a través de mi garganta, evocaré los dorados bucles de Nata, la yugoslava de labios de granada… Agradables sabores ocurren en mi boca, mezclados con herrumbres de clítoris y pezones y modalidades diversas de las especias sin freno y resabios de naranjas-mandarinas en el culmen de su sazón. ¿Cuántas veces habré chupado finos dedos femeninos cubiertos de miel, sirope o merengue? Múltiples aromas de condimentos agudizan mi sentido del gusto y lo dotan de interés para cercarlo de exquisiteces y delicias. Con interjecciones llamo a los guisamientos y acaece el comercio de la cazuela, de la cacerola, y los trozos de carne de res o cordero respingan entre papas y legumbres del huerto familiar. ¿Cómo no catar de manera simultánea dulzores y amargores, primitivos y actuales, de la tierra y sus excrecencias comestibles? ¿No es la plena alegoría del disfrute sin cortapisas? Pongo a mi memoria en camino, va al encuentro de la grácil Golondrina, quien sin duda trae refinados y “exóticos” condumios, adquiridos en mercados o tiendas de provisiones que sólo ella conocía. Destapaba lo envuelto en papel de estraza y aparecían —eslabonados a indescriptibles olores— pedazos de requesón de soja añejado, carne de perro cocida con hierbas silvestres y hongos, huevos de pata de “diez mil años” y caracoles fritos y salpimentados. Antes de besarme, introducía en mi boca porciones menudas de aquellos adobos que ella, previamente, acariciaba con su lengua y la excitación, encabritada, se ponía de manifiesto: ¡hummm!, ¡que me place!, ¡ah!, ¡hale!, ¡qué bien!, ¡bravo! y así hasta que, con los deseos en ebullición, nos despojábamos de las vestimentas y comenzábamos a olisquearnos, a lengüetearnos, a salivarnos y a comernos a intervalos de fuego lento y rápido, entreverados… Me incorporo y no sé si beber agua del pozo o partir un coco y sorber su leche con fruición. Volvería a recordar otros agradables sucesos, pero se agrandaría aún más mi hambre. Prefiero encender un cigarrillo y permitir que el humo me haga ondular. Bajo mis pies una roja arcilla me acerca al procedimiento de envolver a un pollo vivo con ella y luego meterlo a un horno calentado con leña. “Pollo del mendigo” se llama la receta y mi salivación no se reprime. De continuo reflexiono acerca de lo terrible que debe ser morir de hambre, de inanición. Tiemblo de sólo pensarlo… El mundo discurre sobre aromas y sabores, platos y bebidas, hartazgo y escasez. Nuestros agujeros que se practicarán en el suelo difícilmente contendrán alimentos, víveres, algún tipo de sustento y, sin embargo, quisiéramos seguir comiendo en la muerte, nutriéndonos de la muerte. A veces, me imagino que soy un gran pan aliñado, por ejemplo, con comino o ajo, y, asaborado, me desplazo entre grupos de niños que carecen de merienda y les permito que me devoren en medio de un arrebato de algarabía. La verdadera teofagia tuvo que ser algo parecido a eso, digo yo… El reloj de pared da seis campanadas y me recuerda que tengo que acudir a la cita con los frutos marinos, donde no habrá sirenas ni otras deidades acuáticas, pero donde sabré zambullirme en pos de las sápidas criaturas que, con arreglo a las diestras manos de los cocineros, mudarán en suculentas formas para la persistencia del epicureísmo… Me tomaré una copa de jerez como aperitivo ¡A mi salud y vamos allá!”.

Wilfredo Carrizales
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