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Cansancios o abandonos o seducciones

lunes 7 de mayo de 2018
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Textos y fotografías: Wilfredo Carrizales

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Cansancios o abandonos o seducciones, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Acá se calma el hombre sin experiencia, el mismo que se abuza ante un charco siempre igual. Los disgustos se reciben en telegramas, precedidos de una salva de aplausos. Hay una temporada que cede su paciencia y las casas de bostezos se hunden en el abatimiento y la inconstancia. Los carbones se mueren con los niños a sus costados y unas figuras desnudas, solas, exasperadas. Pasa la noche con su desarrollo de calambres, entre presentes que acaecen con frutos en estrías y disparos y ganchos para los capiteles, donde cuelgan marchiteces o caries de fantasmas. ¿Acaso la eventualidad no permite oír vientos acarreados desde el complemento de las hojarascas? Otros accesorios se alteran con las nociones pocas veces encendidas. Un episodio ataca con su voz y su eucaristía y lo que realiza obra con cautela, en la marcha hacia la faena arenosa. De la velocidad de la redondez se desprende un aliño que es un verso cuesta arriba.

 

2

Hijos del hierro en las calles del azúcar y la cebada. Abundan las damas con manzanitas en las manos, mientras los sellos espantan las bodas y exacerban las quejas de las espadas. (Esas palabras se lustran con malicias y codician aspersiones de un perfume acobardado). Durmiendo, se aclaran los significados de las aspas tras las puertas, de las heridas aportadas por los asilados, de las cuerdas entretejidas para acomodar mancebías. Una barrera se arracima y se allana al mimetismo de la carne en su función de pésame. Lentas y tranquilas, las cabriolas del acomodaticio se adaptan a la armonía reinante y luego se propagan hasta engrosarse y abundar. Un veneno disuade; un mordisco sugiere. Rara vez las tristezas blancas mutan en grises o producen más congojas de las ya habidas. (El guion llegó retrasado y no se pide de él más que el socorro más corto, la distancia menos acostada, el derribo harto apetecible).

 

3

Merecedores del acribillamiento: equilibristas de los acrónimos. Hechos en las superficies de los mecanismos envueltos en tramas, a toda vela, de un lado para el otro. Pasmosa contrición de los pederastas con sotanas. ¿El agua actuará en su rol reidor, roedor, raedor? La moda vegeta y obsequia semillas y cuchillas, cajones y palmadas. Alguien acopla ensaladas y transmite candideces para las señoras que se persignan a puñados. (Avanzan las sandalias con mero sentido no espacial y arrastran los gajes de sus oficiantes. Al frente, se desploman torres entre ademanes de glándulas y groserías. El dinero se adelgaza y las cópulas no se fortalecen. ¿Avanzan subterráneos los sucesos del garabato? Por ejemplo, ¿la sutileza se escatima? ¿Se parte en dos su asiento, su carga de herencia o su ficción? Era costumbre humedecer los quicios y adherirse a sus inflamaciones y acatar el desempeño de sus plazos convenidos. Ahora, todo ha remitido y se desploma un espejo).

 

4

Un alzarse de flores que no sueñan, ni en tumbas ni en ofertorios. Verdadero trofeo en los turnos de los jorobados. Se adulteran sus sombreros contra el paisaje urbano que los adversa. Se queman los templos con las advocaciones mayormente al revés. Los aerófagos adquieren notoriedad al amparo de las cicatrices de las semanas y luego se afean en medio de las equivalencias tácitas del destino. Nos convencemos y habitamos con ellos las estancias que asoman con los sonidos de aluvión. Afuera, en los lugares ahumados, se capturan agasajos que no son tales, sino simples conmociones de pigmentos en lucha. Los agonizantes se aplican a su raquitismo, a sabiendas. ¿Conocemos, quizá, lo que se incrusta bajo la piedra sentenciada o la madera adjunta a la grava? En un movimiento, un desconocido traga su transparencia y permanece, abrupto, en el tránsito de la regida existencia. Con la araña muerta, prepara la brevedad de los tejados.

 

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Cansancios o abandonos o seducciones, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

De trecho en trecho, dentro del verde del aguamanil, el rocío se apoya en el débil y le anega el semblante de pareceres y decires. Si persiste la abertura del desagüe, un injerto adecuado resuelve la moción. Por ahí está la aglomeración que buscamos y para nada contrasta con supuestas cavidades. Nos crecemos en horcajadas y la novedad no aporta disgustos. Una tanda de humos nos excusaría de los gritos sin ampollas. Provoca marcharse, ahuecarse hasta la picadura de la asfixia y voltear las fechas para verlas de rareza y ausencias sin medida. Ajeno a nosotros, las muñecas y sus cristales, al amanecer que se arrastra como espuma de jabón expreso. Recibo el calor de una camisa afectada de vahídos. Estallo a la distancia de mis huellas. Al albur, repaso los aleros que me han sido dados en comunión. Los valoro, allende mis desánimos actuales. De mis hombros cuelga un dolor, largo, cual una sospecha de un álgebra desterrada.

 

6

Gritos mencionados en los columpios y cualquier aspecto de ellos zigzagueando en la umbra. Balbuceos, improntas de las flores del granado, junto a barandillas y triunfos de candelas. Un bálsamo que se dispara directo a las entrañas y no se refracta ni se amansa. ¿Dónde van las espinas después de la quiebra de su bastión? Un pregón de colibríes concede una pausa y una doctrina y entonces aligera de cenizas. Entre los aljibes, un nódulo antecede al brillo y enrolla su secreto detrás de la frescura que se edifica paso a paso. Me bifurco en pos del origen que boquea; abrazo la entalladura del contorno y manejo la aparición del silencio. Una senda prevé el itinerario de los plumajes terrosos y, de pronto, localizo la red que soporta los metaloides de la claridad. Se rescinde el horario advenedizo, pero un cauce invisible lo retoma y reparte sus estrígilos, ajustado a la regla que no se perpetúa. El cansancio abre su libro y un bostezo apenas aflora.

 

7

Salida de los humores antes desahuciados. Un horno se inocula y molesta fuera de propósito. Del mismo lado de él, una bebida se amarga con la antigüedad del brillo. Quien circula, se aplica en sus enseñanzas. Entre dientes, afirma deslealtades y, encima, mide las magnitudes de los ángulos a tiro. Después las hemorragias adquieren consistencia en un ambiente turbado por abejorros. (Los herejes intensifican las lavaduras y las súplicas y mellan su pudor para presentar sus memoriales). En el juego de los clavos va la escuela insinuada, a la ligera y con poco fundamento. La embriaguez volaba a través de los anillos de vapor y venía tan tarde el vapuleo de los infantes, con los cuellos ya rígidos por la fortuna. Cuando menos si así se confirmó. Por casualidad, se arrendaron los despojos de los insensatos. Sólo se aconseja un menú de platos de engañifa, igual que en épocas pasadas. ¿Dónde insertar el brasero para merecer el fin del embarazo, su capricho luctuoso?

 

8

Siempre con el huevo tras la oreja, con aquella gran muerte cerrada. El enfado se detenía en lo ufano y atormentaba a las criaturas de su proporción. Por las narices lo hería la argamasa, no el hollín. (Para ver, moscardas en digestión; para rabiar, pelos de cristianos excoriados; para nivelar, larvas en los extremos de las trenzas). Terminan los adultos su desarrollo de prevenciones con los alvéolos en hurañía. El mosto se acusó bien, sin recato: señal de parada y despliegue. ¿Por qué una melodía se dedujo del gesto del alguacil sin lío? No interesa girar los cuerpos: el verano no ha sido aún descrito. Únicamente se puede comentar acerca de un estilo que zarandea a los sedentarios. Afluencia de bullajes y las madres preñadas de jocosidad y los tornillos ascendiendo por los tafiletes de las criadas viajeras. Se corrían las cesuras y las humanidades salían espantadas, en busca de corporaciones solventes, nunca sorbidas. Absurdo que se parafrasea, con carácter.

 

9

¡Nada de acuses! ¿Qué llevaban en esas maletas? ¿Barras de oro, morfina, pijamas precarias? ¿O acaso ciertos sombreros para comunicar las purgas? (Ahora bebo la exudación de los adobes, mientras los grifos expulsan sus lodos y me retuerzo bajo la acometida de chispas y cascajos). ¿Que tiene melenas? Se saquea. ¿Que posee adornos? Se expropia. ¿Que ostenta bondades? Se destruye. Las pirindolas eran mi eslabón, mi apéndice de vueltas rápidas y decía lo que ellas hacían y hacía lo que ellas no decían. Un escepticismo acompañado de truenos, limitado por cortezas incandescentes y tenaces. El gregarismo no fue mi convite y le halé temprano la cabuya. Un cigarro chupado y arrojado encima de pizarra, ¿adquiere forma de cáliz o de morisqueta que pía? Imito el ruido de la placidez en mis momentos de costras y letreros. Así me torno en mi contrario y pellizco a las angelotas en sus nalgas de toronjil y, pluvial, distingo mis tardes remuneradas.

 

10

Cansancios o abandonos o seducciones, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Remojo la jarra junto a las estrecheces de los surcos y alguien cae en el olvido. A mayor profundidad, el ornamento se vetea. Guardo el inventario de las retribuciones, por si el diablo me impone su magisterio. Dentro de las ranuras se precipitan cloruros y arcaicos sarampiones. Pronto se arruinan envueltos en disculpas. (En la ventana, un predicador preelige sus sermones y me los echa en cara. El pobre ignora mi condición de réprobo). Me aplico a lo que prestigia: magia o cabalgada en el monte pío de Afrodita. Conforme voy existiendo, voy conteniendo abandonos y pretextos. Ambiciono zapatos para galantear durante los paseos, pero no está probada ninguna disposición adversa. De piel oscura, mi concubina dividía la noche en partes desiguales, a su entera conveniencia. La fecundaba en el periodo de las cabañuelas y ella se escapaba, vigilante y canónica, al lugar de las llaves amañadas. Al cabo, la despedí de pólvora y pan de munición.

Wilfredo Carrizales
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