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No siempre, sino contadas veces

viernes 25 de mayo de 2018
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Textos y fotografías: Wilfredo Carrizales

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No siempre, sino contadas veces, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

No siempre, sino contadas veces. El farol se desvirtúa, no se detiene. La frialdad viene de la cepa madre y, aunque nadie lo sepa, resulta una anomalía. La causa se hace célebre; la inflorescencia merodea alrededor y no reviste expansión. Ni siquiera hay reunión de anélidos. ¿Algo se inquiere?

Con dolor, se extingue el incendio tras la cortina. Quien lo aprecia se torna delgado. Un nácar trae su espuma y entre los dos intentan un atajo para un envite. Así, coincide la apertura con lo perenne y los colgajos se avienen acá, aguados, casi extinguiéndose.

El ocaso no vive en medio de las ponzoñas. Alguien quiere gruñir, saltar, matarse, pero el triunfo le asusta. En el interior de un cuadro surge una puerta y no se abre, porque rechina. Una falleba queda en la reserva; unos pies se adueñan de los pasos que nunca se dieron. Poco a poco se conforta un leño. Excepto la tarde, el resto del día desaparecerá sin prefacio ni opacidad.

Grande el harpa cuando no crece. La decadencia viaja con el ambiente que se le presta. La novedad conforta a los salvados al anunciarse los siglos que impresionarán. Se tiñen las hojas de los cuchillos bajo un otoño que finge estar muerto. Un momento se deslíe, sombrío; una mirada deserta, ajena. Las joyas se adivinaron a favor del señor de los aires. La tristeza se hundió y la quejumbre y el detalle de un fruto abierto. ¿Qué acabó por desplazarse, por romperse ileso?

 

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No siempre, sino contadas veces, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Mirada desde afuera, la pared crece y se desborda hasta aligerarse. Luego se le adhiere algún secreto y se estrecha y esquiva refuerzos. También puede conceder grosor y soportar techumbre y verticalidades, grises o disparejas. (El habla de la pared desciende de lo contiguo).

Una reja se encarece y qué extraña llega a ser su vida. Su aspiración se quiebra o se le doblan las hernias. De sus sombras ayuna. Lo superfluo para ella es nada o una relatividad que la hermana. Se estuvo gravitando durante meses y se comparó al vacío. Entera, no se atribuló.

¿Florecían las junturas, los empalmes, los encajados dientes? Las sombras, pues, se buscaban, se apuntaban en lo sucedido. ¡Ya se comentaba mucho y mucho! Un período no fue de consecuencia, sino de apoderamiento. Un cauce mereció el espacio y ¿alabanzas así mismo? ¿De cuál oración?

En el principio, el trabajo y el acrecimiento. Después los géneros y las reverencias y los fundamentos para entrar sin salir y un estado carente de desmayo.

Por lo común, todo se corrompe y daña, aun lo fingido. No descansan las redondeces porque no se encuentran. Debajo, los bordes se flexionan y se combinan con los nervios de la porosidad. Las estaciones fundan sus complementos adosados a las materias que no se paralizan. Los ángulos no desfallecen y envuelven la tensión con una mecánica de azogue y varillas en hospedaje.

 

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No siempre, sino contadas veces, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Una fronda y un ave sobre una estación que transmite calor y brisa, al unísono. ¿Cuándo del estilo más silvestre? Hasta jamás y nunca. Confluyen las rapideces, verdes e instrumentales, y también se secciona un albergue en lo alto del engaño. El límite y su evolución y se narran las novedades de las mañanas muertas y las cáscaras que ya no se cuecen. ¿Cambiando, con tiento, muy despacio?

Una intención tras los rastros en el espacio percudido. Recuerdo significa sábana fina o hebras en incubación. Cuarto del año que no se seca y el vulgo se consiste. Se pierde el sabor a nuez y en los humos se remiendan las figuras de la sequía. Si se presiente el hule, ¿habrá castigo o animal en juerga? Un hombre se niebla y piensa en caminos que van al ludibrio.

Con el auxilio de la voz se reduce la monotonía. De la divinidad surge el temor por los meteoros. Sucede que el hábito se descubre en toda su plenitud y la transparencia se empina y no eslabona. ¿Y si las ramas emiten un zumbido de humedad en el instante del acatamiento falaz? Los nudos se apartan y capitulan las savias ante los plumajes que propagan los destructores.

Nos despertaremos rodeados de símbolos de las maderas y hasta breves tempestades nos atosigarán con sus prendas. ¿Larvas congénitas repetirán citas de autores sumidas en la marchitez? Una sed de rocío expedito se manifiesta veraz y nadie la secunda y por ello impele.

 

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No siempre, sino contadas veces, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Desde el balaustre se desdibuja lo que se va secando al otro lado. Una columna vigila en cuanto me descuido. ¿Cómo se llama lo que se interpone entre el retroceso y la anulación? Una racha serena la justeza, pero, ¿hasta cuándo? Según la brillantez un soplo es más que una descarga.

Algo se reparte entre el atardecer y el nochielo. Un vecindario se establece a poco de marcharse la inopia. Atormenta saber la separación de los brocales que manaban trallas. Se traga la vista el lienzo colgando del aspecto de nubes. ¿Habrá zagales en la retaguardia del estuco? ¿Los habrá?

Se siente la aspersión de los consuelos y me cansan tantas probaturas, tantas moliendas de yeso. Se fueron las etimologías a pulular en sitios no abiertos. ¿Quiénes aportaron creencias, piedras de toque para las probables casas? Unos se encimaron y sirvieron de barómetros; otros procedieron a colegiarse y juntar expedientes y llaves. Al prójimo lo hundieron de esquinas, por grados.

Por agradecimiento, se descargó un sermón: señal de que se ponía una salpicadura en movimiento. (Nadie supo si al final se quemaría la lagartija de la pieza apestada). Una fístula secretó palabras para uso de alarifes en tránsito. Se acabó el trabajo y hubo que esperar para poder dormir con sueño reflejo. Después, sin rodeos, aconteció la ceremonia del agua y su aceptación por la cal que se enredaba. Muy aptas, abanicaron hojas de banano hasta perdurar.

 

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No siempre, sino contadas veces, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Trajeron el tragaluz y se callaron los reverberos. Del exterior se engullían palideces, mensajes y obras de mallas. Ningún atasco para diferenciar los momentos de sustitución de los lapsos de la inmunidad. Todo se tradujo en una consecuencia de claridad entornable.

Pronto se recaudaron los rectángulos. Unos vapores propiciaron hendeduras, mas el recuadro devino en asignatura y recobró la diligencia de brillo. El tráfago de corpúsculos se adaptó a la manera de los dardos. Traer y llevar lluvias fue un remedio sin indiferencia. ¿Acuerdo tácito?

Nada se malogra si no hay avaricia. El silencio se prolonga dentro de su cromatismo y no se desestiman sus márgenes de efectividad. Enseguida, milagros de los cristales, levantamientos de cielos figurados, atisbos de travesías… Episodios de los peldaños en formas escasamente conocidas por los ojeadores de accidentes. Por ejemplo, un lazo que anoticia un enigma.

Clamorosa claraboya que obedece a invisible jefe en las fiestas de la domesticidad. ¿Cuándo clarece en ausencia de horizonte o quejas de soles menos lustrosos? ¿Cuándo se tría?

Estalla el lucernario donde la satisfacción complace. Por el techo no puede acaecer ninguna pena. La flojedad se torna en repugnancia, mientras zarandean partículas de un polvo que quieren derramarse hacia dentro. (Al amor de la lumbre enseño mi herradura y amanezco, en mi ley).

Wilfredo Carrizales
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