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Una mano enmaderada hojea el cuaderno de esbozos

lunes 28 de mayo de 2018
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Textos y fotografías: Wilfredo Carrizales

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Una mano enmaderada hojea el cuaderno de esbozos, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Una mano enmaderada hojea el cuaderno de esbozos. Sin falta de acierto se detiene ante la figura de fémina que se ha replegado. La mano no muestra la palma. Acaso tema enseñar las líneas de su destino. La mujer ladea aún más la cabeza e interviene sus contornos. La mano alarga con levedad sus dedos y queda del lado por donde muere el sol. La figura femenina apresta su indulgencia. No desconoce que han desaparecido los despojos de la lluvia, sus circulaciones variadas. La mano decide no agarrar el resto de los atisbos gráciles e indica con un ligero temblor el total entendimiento.

Dialogar quiere la mano según su costumbre. No se concede tregua, pero la joven mujer la ignora. Ella está casada con sus líneas y con los bosquejos que la envuelven. La mano se reprime, como si aferrase una brida de hilos de albura. La fémina trabaja su escasez de matices y se representa en función de esposa. La mano, simbólicamente, se hace semejante a una extinta mano y se duerme.

La mano extrema su providencia e intenta acelerar las manecillas del tiempo sin trabas. La mujer exalta su pecho e influye en el auxilio que requiere. La mano machaca su deseo y genera una torpeza y luego se pliega y tamborilea a disgusto. La ufanidad se adhiere a la mujer y no la suelta por nada. La mano elige números y no rebasa los cinco y con ellos pretende peinar la cabellera que tiene frente a sí. De pronto, comprende que su accionar es vano y se retira, despaciosa.

 

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Una mano enmaderada hojea el cuaderno de esbozos, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

La mano encuentra los trazos entre las flexuras de la hoja que le discurre. Son trazos que califican la energía de los esquemas del aire y entrañan una posibilidad de perderse allende la infinitud. La mano juguetea con los puntos asignados a ella, pues ahora son su patrocinio. Interviene la mano sobre el papel y surge una apariencia de carta, varias veces cambiante. (El pulgar discrepa un poco y se le exceptúa de medir el conjunto). ¡Lástima que un dado no ruede sobre la materia garabateada!

Signos alargados de la extrañeza y la mano preludia una palpación en el acá de la correspondencia. Algo se pierde en el ínterin, pero no se adivina qué ni cuánto. Unas torceduras operan en la escala de lo angular, mientras se desarticula el objeto que se imagina, constante y malicioso.

Se acusa diestra la mano y colabora hacia su jubileo. ¿Y si resultara, a la postre, una caligrafía vencedora de la severidad? ¿No sería un gancho contra el arcano inmerso en la albura sin cifra? La mano medio apaga sus dedos, mas no les birla la inocencia. ¿Podrá todavía trazumar la tinta detrás del abandono de los años que no levantaron sus volúmenes de hojas y folios del otoño?

Que la mano tiene libertad y es notoria su aptitud. Que posee bienes para escribir y construir y erigir satisfacciones y menudencias. Sus falanges previenen las vueltas de página y señalan la espontaneidad de lo que permanece omitido. La mano toda se escapa, por instantes, y retorna con sensatez y antiguallas y bocetos.

 

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Una mano enmaderada hojea el cuaderno de esbozos, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

La mano hojea y ojea y alcanza la página que más la atolondra. Se turba deprisa; la gana un temblor; duda en proseguir el movimiento. Se atreve, al fin. La punta de sus dedos toquetea, con calculada suavidad, los carnosos y pulposos labios y les siente la sobreabundancia de rojez y el dulzor de las fresas. Se agita un poco y los labios palpitan y la hacen parpadear. Un breve sudor murmura desde la nariz y se desliza por el canalillo y bautiza a la mano: neófita de apetencias digitales.

El toqueado de la mano parece exagerarse. Los labios se sonrojan, se endurecen. La mano insinúa una escapada, desechando los plazos. Los labios se calientan al frotarse entre ellos. La mano no enciende sus alarmas; crea prudencias y las saluda. Los labios se abandonan a las caricias. Se inician los gimoteos, el largo recorrido de lo que no es ni lloro ni queja, sino una aspiración de congruencia, de conjunción, un sínodo que saborea un encuentro intencionado del azar.

La mano y los labios recurren y se escurren. Se transportan y establecen una tradición para un después que nunca advendrá. Y van llevados por la mutualidad de la acción que se bosqueja con rapidez… En la mano, un ardor de irrepetible sustancia; en los labios, un trastorno correlativo y una tardanza en liberar la palabra cierta. De improviso, acomete una brisa y la mano vira en redondo y sorprende a la página que, impávida, da cabida a su reverso y a las subsiguientes blancuras planas.

 

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Una mano enmaderada hojea el cuaderno de esbozos, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Y la mano arriba a la hoja donde la plática corresponde a una tal persona y los dedos anuncian y señalan la dirección del discurso. Y la mano también anhela conversar, hablar de los dichos, obviando a otros interlocutores. Y de los mudos ni se acuerda ni les otorga ninguna ocasión.

El dialogante echa una mano que estrecha la madera de la otra mano y la conversación se inicia deshaciendo falsas ataduras y ampliando márgenes. La simulación no tiene cabida y la sospecha es un manojo de arena suelta.

Y departen y comparten garbo y desenfado, maneras y escrituras, secretos y grafías. Y se sujetan a la espalda del cuaderno, al lomo que intercede por los tiestos. Y las manos se levantan para adquirir agilidad en las oraciones y en el fraseo. Y se ofrecen salutaciones y señales para el avance a través de las nieblas o de los humos o las candelas. Y discuten sobre los gazapos y el mejor modo de atraparlos. Y, manualmente, ordeñan ideas de las lumbres y los sarmientos. Y no presumen de la versatilidad de los idiomas que inscriben. Y con pases mágicos trastocan las rayas de los mutilados.

Y la charla se enrumba de manos a boca y viceversa. Y resulta un locutorio de músculo y madera y el gracejo insiste y se efunde y conviene a la tertulia. Y hay cuerda de papel para rato y trato. Y el corazón se nombra santo, aunque momentáneo y el hambre de un nuevo encuentro se juzga con aquiescencia y el descrédito no pasa.

Wilfredo Carrizales
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