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Cosas en sus sitios de ocurrencia

lunes 2 de julio de 2018
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Textos y fotografías: Wilfredo Carrizales

1
Un ojo

Cosas en sus sitios de ocurrencia, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Un ojo que mira desde una superficie con indicio de alisamiento y con particularidad se hace el triste, el cúmulo que enferma y, no obstante, su visión pasa al otro lado, al segmento de la antipatía o el insomnio y trata de empequeñecerse hasta la saturación del iris.

Ese ojo —se rumora— lanza proyectiles, emite agitaciones que van a dar —consta— a lugares de sequedad y en esas locaciones el ojo —con tenso tránsito— se remece y se rodea de una moradura que antes aparecía en redondeles del acoso, susceptibles a la impregnación de la tinta.

Tal ojo impide los rellenos de sus vértices que suele ser asomo de una enfermedad signada por la elipsis. El ojo pretende una admiración y, en un instante, cambia de opinión y se guiña y se va de órbita por los techos falsos hasta que se le encima en su centro el punto oscuro de la perdición.

También consigue el ojo aniñarse, lograr un enlace con la orfandad que no aúpa. De este modo, se orienta y calla y parpadea tras conseguir la sagacidad a retazos. (Alguien comenta que el ojo cayó recién por el hueco de una escalera y quedó bizco, asido a la transitoriedad).

Al final, el ojo, inexpresivo, evidencia un cansancio y resuelve combatir contra algo turbio —¿acaso un parche? — que se le viene encima y suelta un par de lágrimas, en pleno uso de su fuero.

 

2
Un caballo

Cosas en sus sitios de ocurrencia, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Un caballo embridado a un dibujo que él mismo esbozó. Empero el equino no está sujeto, sino que corre, desbocado, por la pista de un hipódromo de papel, en pos de la copa de donde se desbordará su sudor hasta hacerlo destellar con reflejos de campeón.

Ese caballo calla sobre el vano de una puerta. Basto, en la vastedad de un imaginario ajedrez, el caballo salta la tapia que pretende cercarlo y lucha, con encono, enganchándose a la cuestión de su supervivencia. Un relincho lo sitúa por encima de cualquier peligro inmediato.

Solípedo que añora su antiguo carrusel, donde su obra cotidiana era renacimiento y origen de crines a la intemperie. Su hocico recuerda a un artefacto para humear. El caballo respira un vapor que lo sostiene suspenso de las vicisitudes que la contingencia entraña.

A caballo, nadie trasiega el espacio como escenario de una propuesta festiva, mas el equino forjado a pincelazos traza con sus herraduras los ámbitos de la comunión por bandas. Él se figura en el interior de una paradoja: mientras más veloz se desplaza menos millas recorre.

Regalado no ha sido tal caballo. Por ende, sus dientes no serán expuestos a la curiosidad de los necios y sus belfos tampoco son artículos para soliviantar ni al heno, ni al girasol.

 

3
Unos anteojos

Cosas en sus sitios de ocurrencia, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Unos anteojos para no ver ni de lejos ni de cerca. Instrumento óptimo para catar bodas simuladas u otras sugerencias prematrimoniales. A impertinentes no se rebajan: solucionan los pleitos de un fonema al siguiente y reprenden con arreglo a las aberturas que sirven para espiar.

¡Cuánto darían por ser catalejos o telescopios! Delante de cada ojo iría un aspaviento o un ciclorama o un despeñadero. Con las pupilas tapadas vendrían los caprichos y las adivinanzas y las palpaciones abundarían, con los consiguientes pellizcos y lloriqueos y de la serpiente, nada.

Acaso sean gafas para gafados y los previsivos no se atreverían a utilizarlas. ¿En las gacetas no aparecen las disposiciones para tales casos? Alguien localiza el ecuatorial y se pone celeste. Luego se monta sobre una luneta e inventa los anteojos que se están describiendo.

Si se da lustre a los anteojos, la mañana anexa refulge y el brillo sirve para espantar a los cegatos y obligarlos a redondear sus visiones. No se amerita un objetivo preciso: basta con atraer a unos gemelos y enquistarles unos vidrios circulares en el mero centro de sus ojeadas.

Ante los ojos, lentes con acusación de escudos y una defensa que señala a todos los quevedos: los de antes y los de ahora. ¿Los anteojudos estarán captando algo a pesar de los orzuelos?

 

4
Una silla

Cosas en sus sitios de ocurrencia, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Una silla que no condena a muerte, pero que en su circunstancia podría provocar el deceso del temerario infractor. ¿Quién osaría sentarse a esa altura, alojar sus posaderas con el respaldo del vigilante de turno? Perder esa silla no equivaldría a perder la cita. Siempre queda un reclinatorio.

Se pega a la pared la silla y aguarda una visita que no la frecuenta. En su presencia, la silla crujirá y ejecutará un vaivén en forma de escotadura para desplazar a los huesos de sus posiciones. Mensajes irán y vendrán, empero la silla producirá una corriente y aumentará los estribos.

La silla se aplica a un hábitat proporcional a los confidentes. Asume la función de albarda y tira de las horas que se asientan. Después un tumbado comentará: “No se perdió la silla por pura casualidad, mas si hubiera acontecido, el suceso se tendría por maldición de los carpinteros”.

Solitaria, la silla tiende a pontificar y creerse un trono. ¿Se arriesgará algún audaz a trepar sobre ella, a ser el hombre de la breve sede de madera? Es necesario estirar muchísimo las piernas para intentar tocar el piso y lograr un servicio de seguridad o, de lo contrario, perecer de vértigo y fe.

Es indudable: se acrece la angustia de la silla y por ello, otros objetos se aperciben cercanos y la alientan con sus funciones. Y así, se calienta, se moldea, se estira, se remonta y trasciende, tenaz.

 

5
Unos zapatos

Cosas en sus sitios de ocurrencia, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Unos zapatos “casuales” que causan mucha expectación y poco cansancio. Sus partidarios aportan todas las edades y se pasean y caminan con ellos desde la plaza al mercado, desde la escuela al hogar y no embarullan y más bien azarandan, bulliciosos como cribas seleccionando espigas.

En los zapatos, los tobillos bostezan y conservan la holgura. Los zapatos exclaman alegrías y alejan apretamientos y van pisando algodones sin recibir daño. De las hormas de donde proceden se alzan las direcciones que los conducen a levantarse y acostarse y a ser muelles y enteros.

Dos zapatos para tres pies y la sapiencia les conviene, porque andar y andar es de sabios y trashumantes. Inferir de las suelas las pieles que protegen y por debajo se pone un color que no se ase, aunque se asome a los empeines y rebase las cotas de la comodidad.

Se descubre en las agitaciones los zapatos que sueltan notas musicales para las figurillas del jolgorio y en horas extraordinarias se reducen las penurias a pasos del manjar. Se meten los zapatos en sus cajas cuando llega el momento de la humedad y el recato tórnase secreto.

Sobre los rasgos horizontales los zapatos se distinguen y no se enredan las miradas hacia ellos. Pasan los cordones; sobrevienen los agujeros. En las calles los lodos merendarán zapatos.

 

6
Unos círculos

Cosas en sus sitios de ocurrencia, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Unos círculos aureolan el espacio que se visiona. Círculos para el tráfico de las vías del ojo y sus aliados. Ciclos que circundan los pensamientos de quienes se figuran estar debajo. Circunferencias que cercan las magias y sus coincidencias, las invocaciones y sus redondeles y el orbe reducido.

Un paraguas convertido en diana y las flechas que aciertan son dardos de lluvia arrojados desde nubes de artificio. Se retaja la sombrilla y sus propiedades se continúan expresando y hasta con exigencia que le incumbe, repitiéndola. La razón de dar en el blanco, a la distancia, se oscurece.

Difícil imaginarse un círculo parhélico en el interior de un salón, pero tal asunto ocurre. En ausencia de ocaso, el círculo hala un horizonte de bombillas y llama a los cristales que se convierten en pelotas y éstas giran en la mucha altura sin explicación, sin virajes luminosos.

Contorno y acoplo y el círculo concéntrico no se envicia. Atrae estructuras sin dimensiones dadas, las cuales se amoldan a las necesidades del ojo y del antojo. Un solo punto tiende hacia lo tangencial y por allí se desparraman unos movimientos piscícolas que ofrecen incredulidad.

Al cabo, unas breves nieblas para que se oculten peces con alas que puedan circuir el perímetro y se domicilien en la actividad orbicular y repartan ruedas, cuadrantes, hemisferios y brújulas cortadas.

Wilfredo Carrizales
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