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Aproximación a un pedazo de ciudad

lunes 20 de agosto de 2018
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Textos y fotografías: Wilfredo Carrizales

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Aproximación a un pedazo de ciudad, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

El trozo citadino se aplica a sus colores con la anuencia del mediodía. Ácido, amargo o dulce, según la rodaja. ¿Permanecen sus dormitorios abiertos o se fortifican contra las nubes? La discordia clarea y no encubre la cizaña enredada en los pasos de los transeúntes. Lo que civiliza se fue por las alcantarillas. Ahora el griterío clama por la violencia con los forúnculos que acaban en fuego.

 

2

La urbe no descansa: debe obedecer al jefe. ¿Por él doblan las campanas? Las monedas son guillotinas para los ciudadanos agarrotados. Se desgastan los hilos y las tijeras no desbastan los clamores. Entre los desperdicios acumulados se cantan las verdades y los metales cortan con frío.

 

3

Los jardines han muerto, víctimas de los meados cívicos. Vibran las groserías y en lo inverso el ultraje arrebata. Un repiqueteo de pestilencias se eleva con el designio de lo insociable desatado. No se disipa lo nublado: el que maneja la claqueta choca contra su propio rodaje y se va de bruces.

 

4

Los perros regresaron por sus fueros y los locos y los mendigos. El hambre amanece y anochece con un ritmo de bajeza y asquerosidad. Por todas partes se descubren las cualidades del hartazgo de la nada. A escondidas se infestan las calzadas y los zapatos ya resultan de cartón.

 

5

Arengas en el colmo del delirio: vacuidad y mugre juntas. Se adelgaza para poder entrar por los pasillos del futuro y la comodidad. La decadencia se absorbe con respiros literarios. Cierta figura se descabella y sus acólitos perfilan proyectos de orgasmos. Las delicias son anécdotas que atraen, por bandadas, a las moscas. La sutilidad de buen tono rechina en los pasadizos subterráneos.

 

6

A falta de espíritu, buenos resultan los piojos. El dimorfismo produce sus antagónicos intereses. Sobre el problema humano, la pesada hipocresía y así avanza la ruina. Lo convertible muta la luz en densa oscuridad y la magnitud del aleteo de los murciélagos golpea los rostros en expectación.

 

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Abortos que cautivan y se aturden con ellos los funcionarios que embalsaman. La doctrina es un eructo de quienes trepan a los coros. En la clásica ciudad de la claustrofobia los hitos son coronados por clavelones. Por los oídos entran los cañones antecesores de la muerte encapullada.

 

8

Músicos que tocan entre aberturas y sus incordios también resuenan contra los muros y paredes, ahítos de asco y suciedad. Cojean los compases y se les juntan las llantas desgastadas. Domina el moho los cerebros de los paridores de fábulas de la felicidad. A rajatabla, enemas para los nauseabundos tiempos. De las espaldas surgen las traiciones de las armas blancas. Un enorme flato flanquea por las esquinas. De la fumigación se encarga el bromista mercenario.

 

9

En las plazas agonizan las consignas de la podredumbre. Los fanáticos manchados de alumbre de escarlatina vociferan y se aturden para tratar de olvidar que son imbéciles a tiempo completo. Con anterioridad se ciñen las gorras para evitar un deslizamiento que los ponga en ascuas. Luego pillan al siquiatra enmendando facultades mentales.

 

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Aproximación a un pedazo de ciudad, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Exclamaciones desde las torres para desembarazarse de las promesas. Los “voluntarios” hacen públicos sus carnets para salvar la patria gangrenada. Después se abastecen de ejercicios militares que los ayudan a bostezar y peer. Con todas las formalidades pierden el juicio y sesionan sólo en plenilunio.

 

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La satisfacción se expresa con los costillares cada vez más flotantes. En las escalinatas de las iglesias se sientan los que se ciñen a la merienda de hostias. Las avenidas son encerraderos por donde transitan viejas enfermedades soldadas. La plenitud alcanza para todos: por eso se riñe de continuo y se escupen entre “hermanos”. Se despliegan inscripciones para instruir acerca de la subasta de féretros. Los homicidios a ultranza son mortalmente hiperbólicos.

 

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Bocas caídas y dientes afuera. Babas en desafío y celebración. La inaplazable farsa se teje con urdimbre de calzones rotos. Los comerciantes inventan un lenguaje que se desplaza sobre émbolos y niebla. La plebe toca sus instrumentos como si tocasen causas de medio pelo. Se forman las quejas y devienen pronto en ironías. Los llantos operan con las funciones consabidas.

 

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Donde estaba dormitando el holgazán mayor hubo un toque de seguridad en los anillos. Un zamuro pasó rasando y defecó señales de mortaja. Alguien se dobló de la risa y le descubrieron el culo a patadas. La fanfarria no se hizo esperar y sobraron papelillos, bambalinas y caramelos.

 

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Se mezclan fantasías e ilusiones y el producto se reparte puerta a puerta. Se arriman los árboles torcidos para que también se tuerzan quienes se apoyen en ellos. La descomposición de la savia ocurrió por decreto. Los perjuicios abultaron las heridas sobre los nombres de los ilusos. De soslayo, los humillados miran las estatuas de los próceres para saber si sonríen o gimen.

 

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Los espejos se reforman y maduran hasta hacerse golosinas para las palomas. Muy baratos los placeres encima de las aceras. La filosofía de los comestibles está al alcance de los intermediarios del dislate. A mandíbulas batientes las carcajadas repugnan al conductor del metro. Muchas camisas permanecen cesantes tras los desechos del día. Las manos se tiñen de rechazos en las puertas de los tribunales. Si resoplan los renegados, se les aplastan los dedos gordos.

 

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En las fuentes de la ciudad existen verdaderas pirañas. En vez de dientes ostentan fracciones de botellas rotas. Desde los rasgos chorreados se miran las flores de cocaína. Ahora las extravagancias alcanzan para todos los babiecas. Si balean a alguien a quemarropa expele un aroma constitucional. Los gases de la singularidad gravitan sobre los ministerios.

 

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Por doquier nos asaltan los parches. Se ofrecen como adornos para el desparpajo, el chisme o la desidia. Los pordioseros no renuncian al doméstico holocausto. Los que se dedican a la ortodoxia son más que los que se consagran a la ortopedia. Quienes la pasan en grande resultan ser enanos por unanimidad. Lo pernicioso se conserva para estabilizar los métodos de tortura y gargajo.

 

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Se desgranan las chucherías de los balcones oficiales, donde los coitos adelantan sus zumbidos. Los malos augurios se pasan por alto, mientras por debajo los abusos derivan en uñas de ratas presuntuosas. Dentro de los escándalos ladran muchos, pero los huesos apenas alcanzan para los padrotes. Al putaísmo no lo abuchean, pues reclama lo que le pertenece por afiliación.

 

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Pululan las comezones y los aplausos de los genuflexos. La obscenidad viste de púrpura y calza símbolos de soberbia y eternidad. Se instalan los padecimientos y los quejidos y se asientan las ampollas con sus secretos de burdel y alimentos de plagas. Queriendo lo líquido, se opta por la sequedad más culpable. La rebeldía no se aviva porque de continuo le cortan las riendas.

 

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Aproximación a un pedazo de ciudad, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

De las torres se balancea un sinnúmero de saprófagos, castrados y tiesos. Trasudan resúmenes de voluminosos planes para reformar la ciudad. Con vehemencia se llaman y todos están a las órdenes de todos. Extraen la paz desde el fundillo de sus pantalones y se ungen con aceite de petróleo las entendederas sin entereza. Los vahídos se secretan sin ocultarlos, ya que lo impone la rutina y el método. Se aprovecha la altura para estudiar la vesania con telescopios de astronomía. Y para las fiestas de aniversario contratan degollados y peluqueros y dormilones y chamarreros y las cabriolas prosiguen hasta que un latigazo las desaloja desde el subsuelo.

Wilfredo Carrizales
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