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Uno no podría imaginarse otras espesuras

lunes 3 de septiembre de 2018
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Textos y fotografías: Wilfredo Carrizales

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Uno no podría imaginarse otras espesuras, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

UNO NO PODRÍA IMAGINARSE OTRAS ESPESURAS que no fuesen las del ocultamiento y las llagas serían solapadas por la anuencia de las visiones. Volver a hartarse sin el último momento; remolcar los hábitos que suplan los amparos. Adelante, las entradas y los entristecimientos y las mañanas templándose encima de la cintura del atisbo. De nuevo, dar vueltas, echar suelas con zapatos remitidos. (Unos cigarros que no serán fumados subyacen como tributos de circunstancias). Cuando se vuelve a llamar desde el cuarto de la pitonisa, alguien se encumbra sobre su cuarentena y se prohíbe reír. Habrá brumas dobladas por su edad y rostros preñados de escampos y profecías. De sí mismas las vías descargan las molduras. Y los temas de la fatiga adquieren una textura de piedad o de pigmento. Las cobijas se hielan donde caen los muertos y el rigor se asienta, de improviso. Poco falta para personarse en el lugar de la herida. Mientras, un estertor…

 

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HA HABIDO SOSPECHAS EN EL DECORADO. Cuerpos con sencillez no paran de abonarse. Los yesos se componen y no hacen gracia. Desde lo alto, la verticalidad avanza como un dicho de plusvalía. La lluvia de adentro crearía confusión si su intento resultase vano. A nadie le place una vista no comprendida. A lo sumo, un suspiro y su variante. (Una muñeca en cueros se enfoca en su puntería y empuña un sable de puntillo). De llaves y de manos se va colmando el espacio que se sucede. Una emoción desencaja tras su pompa y luego el cansancio asume la más correcta postura. En las puertas de escape sobran los testigos, quienes acreditarán las afectaciones. De persecución en persecución, de veras, el favor de los vencidos y entonces los objetos se acobardan y se les pregunta: ¿a qué han venido? y no responden, porque la cautela les crece alrededor y la resignación urge con su nombre. (Los barruntos se insertan cual lentejuelas en las cortinas).

 

3

YA LA VERBENA APUESTA POR LA MADRUGADA y los frutos de la confusión se riegan bajo los pies de los pasivos santos. Desde una cisterna rigen la antigüedad, con una rueda que crispa y no salva. Los vástagos y las varillas estructuran mandíbulas: abanicos para ventilar los arbustos durante las cópulas. La mortecina de las umbelas trunca el arrebato de las cotorras con fajinas. A equivocarse convocan y los chistes se atan a las cinturas. Sin disputa, evolucionan los eternos, los fortalecidos, los exuberantes y los desbrozados. Las sombras de los árboles comienzan a ser decomisadas por orden del corifeo. Entre los conturbados, una solemnidad de pajuelas. No en conjunto se tratan los paseos lejos del mundo y las obras exteriores para superar los traumas. No conviene atragantar a los mensajeros con tantas demandas. El desastre se viene encima, la baja temperatura, la intriga del chispazo. ¿Alguna propuesta dentro del buzón? El exceso se recorta y pincha y cimbra.

 

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POR EL CENTELLEO, EL HAZ Y LA CENIZA. Los alambres y la murria de los intervalos. De las máquinas, el oficio de ruidos se embala en las acuarelas y en los tabiques. Se olfatean las grietas en el aparte de los nacimientos. Comienza la horizontalidad con el desplante de la balanza. ¿Fiel para lograr limpieza de lo diurno? ¡Que no! ¡Que lo rotundo posee más nobleza! Durante la malicia del mallo un toro se despilfarra y junio lo consume. Malhetrías para apoyar los ataques contra las plazas. Por eso, se amansan las viviendas con los tacos de plumas. (Un peñasco viene dando tumbos por la comarca de la abundancia y los encargados de relevarlo se dedican a los afeites). Un amortiguado señala las escorias y deduce que algunas son sólo ornamentales. Se apaciguan los dinteles al momento de la evasión de los monjes. (Los textos habrán de corregirse y sujetarse al reconocimiento de las aduanas, por mucho que sea una herejía de cajistas y descocados).

 

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Uno no podría imaginarse otras espesuras, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

GALLETAS DE MARIHUANA SOBRE EL ÁRBOL DE LA EXACTITUD. Hay que corregir el rumbo de lo peyorativo, enlazando cosas que se calienten con largueza. Más fuerte lo que transita lográndose; más cumplido el torrente de los muslos sin dueños. Aquí gustan los muestreos de la confianza en las calles con bares que se expresan. (¿Mastican pernos las madres de los tartamudos? Pregunta imposible de asimilar. Por lo tanto, se guarda para mascarla con posterioridad). Al cuello lo asesinan y surgen oros de la mortandad. Es muy fuerte y frío el asunto, pero les arranca risas a los taimados. Hablando de inteligencias, los abscesos se difieren. Por ejemplo, las escayolas se singularizan en los baños y producen golpes de gracia un tanto fugaces. Y nadie compite por el preámbulo. Los bígamos se registran los bolsos para evitar intimidaciones y proseguir con los matices de sus pregones. Por manojos, la corpulencia alumbra cuanto es necesario para la fe.

 

6

SE ABREN LAS ESCLUSAS, LAS INTRUSAS, LAS EXCUSAS. Y viene un pan seco tras la felación y cintas y un baile que no ha de cumplirse. Estamos hasta el pináculo con las restricciones en cuenta y sin saldo. Apetencias y los individuos de ellas y la gravedad, en cualquier caso, abortándose, a plenitud. (En el columpio me he cortado un dedo de adorno y en los momentos siguientes apisono los eufemismos). Me reproduzco en sílabas y soy medido; me reproduzco en silbidos y soy objetado. A mediodía, el ambiente gira alrededor de un sesgo de arbitraje. Si hubiera infantes resistirían, escupirían, patalearían hasta atenuar las naranjas de la carretera. Mas no se consiguen tíos que hagan maravillas, que lancen el índice de refracción en mitad de las estancias que aprontan. A vuelta de los mecanismos de disuasión, los que toman la siesta desarrollan un comodín, un ardid, una receta para medrar y pesar el volumen de sus raseros.

 

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SE SUJETA LA MELENA AL YUGO DE LA MELODÍA. Mellados los escrúpulos y enteros varios de ellos. Olores que se usan en los conciertos y rosquillas que impresionan por sus súplicas. Grandes las hazañas, los pormenores de la modorra, del hastío. Olvidarme de los membrillos, pero recordar mis redondeces. Sin agravio de quien no sabe, me facilito una rodilla y la pongo a tono con las verduras. ¡Déjenme! ¡Para menos soy más y que mientan las golondrinas! Iba sonsacando píldoras de falsarios y a éstos me los topaba en lugares inesperados: cabildos, ambulatorios, morgues… (La merienda se ha retrasado. ¿Quién recibirá su castigo?) El alquitrán se ha reportado bajo las mesas, durante el seísmo y el reparto de lutos. (Mi asiento continúa sin abrevar). Pienso que debo acostarme encima de mis venas, aunque se desprendan las larvas en reposo. Total: fui hecho con método, cogollo tierno de metilo, detrás de una mezquita que no enturbió mi cumpleaños.

 

8

CON CASI NADA Y EL TERRITORIO SE ASUNTA. Me dije que la flor avanzaba en su pulpa y que alcanzaría la medida de su nasa. Entreví olivardas que surcaban las navajas de neón. Bostecé, agente de los cacharros de la tormenta y de los moluscos tajados. Con las blancuras de los bordes erigí mis néctares de lo ritual. Los apuros y los robos asearon mis caminos, amortizando las deudas con el lenguaje. Aquellos escalofríos de otrora fueron digeridos por el éter más simultáneo y así los ampos se aludieron temprano. (De las alteraciones de los jardines me enteré por el ruido que crecía en los costados del firmamento). Ya no azulea la duda; ya no se asusta la topografía. Se configuran, entre dos luces, entre dos estallidos, los refugios para las nomenclaturas. Las apariciones cambian de escuela y tenemos que vestirnos con ropas alteradas. Los derivados del arrebol manchan con amarguras, en los instantes carentes de gestos. Algo vivirá sobre el empedrado.

 

9

DESDE LOS EXTREMOS EL PALADAR SE ADEREZA para la matrícula de las cañas. Con hocico y rabieta mengana salva su alerce en medio de alarmas sexuales. Las pipas se truncan cuando se agrietan las paredes o en la estación del revoltijo de estambres. Por poco que haya tiñas se arruinan los hospicios y pasan a segundo plano los follajes de las colmenas. (De un sorbo se podan las vides y luego se apean los vinos entre hipótesis deficientes). Los peligros fluyen a través de sus plasmas, mientras la iluminación de las esferas impulsa recaudos para participar en los horóscopos. Se hace la salva en torno a los premorientes y los periódicos se comprimen con notas de anticipación. En las brechas, los augurios se omiten: los rapaces incuban coacciones, al margen de las carracas que enferman. (La serenidad se planta bajo los espárragos, nunca sobre las mejillas de los alabados. Un ejercicio de grillos es otra opción). Pronto los ególatras agradecen las cuotas.

 

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Uno no podría imaginarse otras espesuras, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

A VECES SE PULEN LAS PULGAS y gritan los pulmones. Un fin de semana se hurta para achicar los requiebros de los fenómenos de ocasión. Quedo, el rapsoda clasifica sus soplos, a contra reloj, parapetado tras racimos de ostras y rubores. (En adjunto campo, los rasguños se eslabonan al dolor más mostrenco). Algo sutil justifica la ambigüedad de los bancos de arena o de niebla. Se recela de lo incorregible, por ignorancia o, quizá, por retiro de la intuición. Desde las postales aúllan las auroras y nadie osa salir a saquear las nueces y los llantos. Para la satisfacción de quienes orean las yescas, se tuercen los chantajes en el apagamiento de la sed. De inmediato, prosiguen los ciclos de los estancos con signos lacrados: leyenda sin puridad, sin criba ni arrebato. Septentrión llegó hecho, a la medida de los jóvenes que se yerguen por separado. Constan los periodos de los crótalos con los almizcles en ascenso. Se añade énfasis y se permea el caudal de la licencia.

Wilfredo Carrizales
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