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Saltamontes que era de ondulaciones

lunes 1 de octubre de 2018
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Textos y fotografías: Wilfredo Carrizales

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Saltamontes que era de ondulaciones, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Saltamontes que era de ondulaciones y marchaba en su enfado para levantarse cada vez más eminente. Acechaba y criticaba y aun chirriaba. Se aflojaba las patas en busca de la oportunidad hacia el ángulo interior de los rincones o de las grietas de las rocas. En la otra orilla de sus saltos sabía trasponer los obstáculos. Más debajo de su ámbito, los ecos se le tornaban corrientes donde aparecían sus orígenes. Se aplicaba a los umbrales y se aturdía imaginando flores de añil. (No me atrevo a decir que soltaba lágrimas, porque todavía yo mismo hesito). Se arrojaba desde alturas imposibles con la idea del suicidio colgándole de los élitros. Incluso de un brinco rememoraba la silueta fugaz de una campana. En su terreno caía subvirtiendo la verticalidad de un modo demasiado tirante. Fitófago a conciencia, se abría al fisgoneo en abanico.

Saltapajas de la habilidad considerada como despeñadero hondo y que le permitía ampliarse de horizontes y dedicaciones irrestrictas. Se aferraba a los colores del tránsito del mediodía y los hacía bruñir al mezclarlos sobre su cuerpo de sagacidad y ocasión. Durante los signos inmediatos de su oficio de saltadura cobraba una lucidez para generar coros. En otros niveles inundados por canutillos o ensortijamientos, se desprendía de su propia voluntad y mutaba en surtidor de brisas con destellos. (Acá, en el sitial de los recuerdos, una cigarra evoca su nombre y sus actos y aletea hasta casi desaparecer). Se desprende de todo lo dicho que él no se deponía para que otro insecto llenara un renglón que lo justificara. Además siempre se anticipaba a los eventos que anunciaría el ambiente y, con mucha calma y serenidad, juntaba las alas y depositaba la parte de su palpitación.

 

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Saltamontes que era de ondulaciones, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Saltaparedes del asalto a los gallos que se aturdían con el amarillo de pie. Trocito a trocito se alimentaba de resortes. También rehogaba sus viandas sobre salientes de ventanas. Si era atacado por sorpresa chiflaba hasta que su ánimo lo hacía hincharse. Para él, alegría y danza eran una misma y sola cosa. Le sobrevenía de improviso una tristeza al recordar entierros de enemigos muy tenaces. La mayor parte del día sus ojos permanecían callados, pero al sufragarse el anochecer rebotaban en su trampolín de adobes. Algo se repetía en su mente con insistencia: vallas en hogueras y fichas de acometimientos. Vestía de comba y cuerdas durante las zafras de octubre y callaba para que los arroyos impusieran sus rumores. Se destapaba el pecho y le desaparecían los desperfectos. Se asomaba al futuro con la seguridad de los dudosos.

Saltabancos con notoriedad y conocimiento de las maderas. Se encorvaba para ayunar y se robaba la insinuación de las hormigas. Después guitarreaba de hueco en hueco hasta merecer a la salobridad por compañera. Infringía todas las reglas, normas y recetas y remontaba las trochas que solía soñar y padecer. Al divisar a las hembras estallaba sin intermedios y eyaculaba una fórmula audaz de preñez. Poseía una fuerza para el pillaje, mas casi nunca hacía uso de ella para salvaguardar sus atributos finos de combate. Conocía salmos y rezos: se zambullía dentro de ellos a guisa de abluciones. Causaba notable impresión cuando pulsaba el salterio con sus patas traseras, durante el estado de gracia de los matorrales. Con sus dientes saltones mordisqueaba las mortajas de las frutas y luego se regocijaba frotando sus antenas contra el aire indiviso.

 

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Saltamontes que era de ondulaciones, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Saltagatos que se encumbraba entre trincheras. Gustaba reflejarse en vasijas de porcelana para llamar la atención de libélulas y orugas de los reclamos. Cascaba el magma de los hollejos hasta extraerles las vibraciones del terciopelo. Oscilaba en su taller de ortopedia con la intención de atraer a larvas desvalidas. Por los lodazales vehiculaba una forma diminuta con ruedas y con frecuencia entraba en pugna con alacranes insultantes. Servía, una vez al año, golosinas de espigas al orden de los acrídidos, por el puro placer de verlos atragantarse. Con hojas condimentadas marcaba sus linderos y no permitía transgresiones a su normativa. Se pintaba en las axilas muelles signos de la calígine: creía con firmeza en sus poderes de estimulación. Al lado del negro más confuso brillaban con desparpajo sus párpados de plata acrisolada.

Saltaprados con la irritación por divisa de empuje. Se engarzaba a las arandelas que caían de los cielos profanos y se encargaba de roerlas para erigirse un monumento. Pasaba de continuo por el mismo sitio y se engañaba al imaginarse que recorría ingentes distancias. Su régimen alimenticio se le anticipaba temprano y lo dejaba en ascuas. Pertenecía a los seres de inteligencia alerta y facilidad de mímesis. Donde localizaba símbolos de bujes se ponía a rotar sin pausas hasta quedar agotado panza arriba y babeando. Del colibrí trasegaba apenas su velocísimo itinerario, mas esto le satisfacía por su capacidad de transformarlo por etapas. Tras las ruinas orinaba, ufano, mientras postergaba un ensayo de recelo. Se salvaba de las ponzoñas regadas para envolverlo acudiendo a viejas estratagemas aprendidas de los pringosos manuscritos de los rufianes.

 

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Saltamontes que era de ondulaciones, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Saltaojos botando en los sitios de los asaltos en despoblado. Se destacaba contando cantidades de tres y más sumas iguales de semillas para sustentos. Acometía operaciones para domesticar moscardas, pero siempre fallaba debido a la impaciencia. Echaba bordes de adustez en los planos inclinados de los escudos y terminaba disparado muy hacia atrás. Quería tener brazos de cuatro o más manos para morir abrazado a su amplio orgullo. Estallaba su polvorín en cada ocasión de su cumpleaños. Cuando le convenía, se cubría de broncas y diminutas tormentas que escalpaban los jardines a tiro. Sobre las baldosas regaba una sustancia pegajosa que hacía caer, sin remedio, a los caminantes. Cambiaba, con brusquedad, de dirección si oía el jubileo de los basiliscos, sus hostiles contrarios. Se endulzaba su imagen con zumos de diamantes recostado contra el envés de los capullos.

Saltacercas que tropezaba sin derrumbarse. Se suprimía los sesos si éstos le resultaban incómodos para dormir o echar una siesta. Omitía el hambre cuantas veces fuese necesario con el fin de conservar su esbeltez. Escrutaba los fárragos depositados ante las casas de vecindad y luego los escupía para engañar a quien lo descubriera en esos menesteres. De mala fe, promovía tumultos contra la solemnidad de las estaciones. Galanteaba a las cucarachas para verlas tambalearse de engreimiento y soberbia; a escondidas, se reía de ellas con amplitud y procacidad. Amaba lo grotesco, las mojigangas de los rebaños y las bufonadas de los enanos con bichos. Fregaba las tuberías con trapos impregnados de relieves. Calificaba la sumisión a sus sombras de los demás insectos que lo adversaban. Lo que llevaba puesto todo el año lo dotaba de salubridad.

 

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Saltamontes que era de ondulaciones, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Saltazanjas del lustre que iba y venía, sin estuche ni condición. Ganaba chirlos durante sus excursiones a través de empalizadas prohibidas. Se obligaba y apremiaba a los habitantes de su entorno a marcar sus madrigueras con disparos de cenizas. Sabiéndose único, se reproducía a cabalidad en espejos de verdinas. Tenía, inexorablemente, a su disposición lo que se metía dentro del pecho para que resonara sin previo aviso. Su particular expresión favorita era: “¡Acabo de llegar y ya he ganado!” Adjuntaba emociones y después investigaba porqué tal asunto había sucedido. No alcanzaba a cultivar ni plátanos ni café, empero hacía evolucionar a los helechos para que tomaran revanchas. Se callaba si oía precipitarse los puentes y más tarde se colaba entre los despojos y experimentaba un envejecimiento cercano a lo prematuro.

Saltacabrillas que no temía al peligro ni al vacío. Llovía con jaleo y ataques nominales. Cuando penetraba en un recinto sin puertas se escuchaba el chirriar de unos goznes. Escribía acerca del cruce de los ríos, mas nunca ponía en práctica sus postulados. Tras presentarse tarde, llegaba alborotando, zapateando, pregonando sobriedades. Veía llorar a su madre en sueños y entonces daba sobre su lecho brincos de desespero. Durante las épocas en desuso especulaba acerca de los hechizos de la luna deformada. Detestaba a los gusanos emblanquecidos, pero no osaba interponérseles en sus rondas. Rumiaba, dolido: “¡Tan repreciosas las chinches y me evitan para no perfumarme!” Moraba solo entre alharacas de junquillos y sahumerios. Saldaba las cuentas de sus desplantes con serenatas ritualistas. Frenaba las acciones de los salteadores con trampas de omnisapiencia. Nunca sentía frío debido a sus antecedentes tropicales. Cocinaba sucintas impresiones.

Wilfredo Carrizales
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