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En busca de antiguas huellas

martes 9 de octubre de 2018
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Textos y collage: Wilfredo Carrizales
A Ana Elizabeth Bello
En busca de antiguas huellas, por Wilfredo Carrizales
Collage: Wilfredo Carrizales

1

Allende tu país ahora buscas antiguas huellas bajo tus zapatos. El destierro es el intríngulis que deja rastros en los umbrales. ¿Dónde estarás? ¿En qué puesto de tu examen? ¿Das vueltas en pos de lo que escudriñas? ¿Tus rastros se ajustan a la curiosidad del nuevo mundo?

Intuyo que trazas líneas en el mismo lado en que dejaste las rayas anteriores. Y caminas asociada a los destellos de la ciudad que se torna inquieta si colocas tu mano sobre ella. Aunque sólo sea para rastrear su pálpito, para indagar si su quejumbre intima contigo.

No se trata de intromisión y te reconoces en la pesquisa y te ensanchas –quizá— en la lista tuya y propia de los lugares donde se apagan los ruidos para que se inicien los entrañables silencios. ¿Y yo, elucubro, imagino radiaciones hacia la distancia que me es desconocida? No, sólo me facilito la intuición.

¿Cómo huellas las calzadas, las plazas, los atrios de las iglesias? ¿Dices “hola” y te distraes? ¿Y las horas fluyen, a tu costado, vagabundas, traviesas, dentro de surcos que se estiran?

Te miro torcer las esquinas con un aire de avance y riesgo, pero no acusas sonrisas y tus recursos se eslabonan a tus pasos abandonados en el postrero ámbito de tus recados citadinos.

Remites esperanzas en mensajes con letra corrediza y las fechas te franquean la intención que no se oculta. ¿Puede la idea del regreso adivinar un horizonte ilimitado y cierto? Dentro del espacio extraño surgirán marcas de las instancias del verbo contenido.

No serán arrancadas las señales: ellas se ajustan a la fuerza de su holgura y en muros, puertas y ventanas se enhebran para perdurar y asistir a la inmunidad contra la caída. Y la presencia del fervor acuerda su manera irrevocable de seguir y culminar la cantarada de la ausencia.

¿Para qué ocultar las cortinas, los redondos péndulos, los racimos incrustados de pájaros penitentes? Poco a poco, el adversario se irá estropeando y verá afectado su puntapié de zángano, su chasco de alambre y enfermedad.

Bienandanzas tras los inventarios de los ojos reidores como peces con perlas y las dotes en las lecturas. Y si empieza a llover, donde casi nunca llueve, saca el aguamanil que no poseas y desparrámate en él con el caudal que logres amansar.

Un búcaro para que lo masquen las mujeres que se aplican con nombres de aguante y valentía. Habrá noticias para juntar cabos y alguien regulará los niveles del área para las rondas. Nada de vestigios de huérfanos ni intervalos que ni pisan ni rumian. Procura estampas en las cavidades, en especial hojas para el desbordamiento, cayendo en sus ríos de sueños no gachos.

Ya los indicios te protegen, te ayudan en el tránsito de las provincias ajenas. Los pisos se estructuran con sustancias de los mapas paridos por las imprentas del mañana. Anúnciate en festividad, pues tu ciclo invoca a los hechiceros y se apoya en la rueda de pulimento.

 

2

Acaso no haya cardenales por allí, por donde los recintos gritan desde las historias de conquistas. También debería escucharse el retumbar de los cascos y el vocerío de soldados en lucha y los ayes de dolor. Andando, ¿no giras la cabeza y te encuentras con miradas pugnaces?

Arrancadas las páginas por la tempestad, ¿vuelan los poemas sin aliento, blancos y sin espigas? Una varadura se trata en lenguaje que modifica las virtudes del habla. ¿Con cuál horóscopo arguyes acerca del terreno apto para el esbozo de relaciones o fábulas?

¿Te cansan las improntas? ¿Te causan? Por encima vienes, en el punto donde enseguida habías. ¿Cohabitas con las noches, a la caza de estrellas y guiños? La seda no suele balbucir y el rocío no tizna.

La desembocadura del río que rima, ¿te embriaga? ¡Nunca lo dijera! Y, sin embargo, incido –creo— en la corriente callada y mi dedo pulgar incurre en la dedicatoria que puede —¿podría?— consagrarte.

No pierdo tu rastro: la estela ejecuta su ritmo de flotación y aúpa la urdimbre de espumas y vueltas y giros. ¿Se repiten las picardías de los niños para no acabar, para no disolver los símbolos de la algazara? Cedo y te leo, cabeza arriba, gratis y en la obviedad.

¿Vas señalando espejos, mismos de los deliquios, de la exactitud aproximada? Sé que atiendes el porvenir y te avisas con él, enfrente, en los jardines coronados de acentos. ¿Y tus semillas encajan en sus frutos? ¡Nada puede omitirse mientras las maletas permanezcan abiertas!

Habrá restos de huacas en los portales que necesitan de hileras. ¿Tu edad alcanza al caballo de la estancia distraída? Por debajo del ocaso –me parece— se cuela algo parduzco que luego resuena en el desfiladero, a pesar de un aire con designios de muralla.

Más allá de ti, ¿no existe el hogar declarado, en suspenso? Los entuertos no se adormecen: requieren de un empujón hasta volverlos epílogos de malas novelas. Después caerán los resplandores, a intervalos, y tú podrás recogerlos como se recaudan efigies y semblanzas.

En favor de los detalles, ¿te avienes a la prolijidad? ¿Apartas las ramas y tardas en la disciplina de los relojes? Me gusta imaginarte en tus elementos de nutrición, sosteniendo los estanques, interrogándote acerca de la bruma que obnubila tu almohada.

¿Vigilas el movimiento de la orfandad del calendario o acechas la extensión que se aleja entre resbaladuras de un hosco matiz? Los destajos serán inútiles al ojo, a los bultos que se hacen tropa y zumbido. Tras los tachones, los rótulos indican una manera de agrandarse en la amistad.

Uno se aplica a cerrarse sin reliquias y con naturalidad le desciende una palidez de impacto de arcilla. Y así, de tal y cual manera, se rastrillan las pistas para volverlas más nítidas. Y así, se sufre con los indicios de la añoranza, al pie de los peldaños coloreados de familiaridad.

Los límites entran en batalla. ¿No palpas el fragor? Hay huélligas que se hunden y te hablan desde la cima. ¿Tu rostro no presiente el resquicio donde los libres se reconocen? ¡Aquí el mal de rabia enloquece a los perros entre espumarajos y blasfemias! ¡Aferra tu lámpara y dispón la lumbre que ilumine los manuscritos signados por cicatrices y asentados verdugones!

Wilfredo Carrizales
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