“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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Decires longevos, extraños, remotos

lunes 22 de octubre de 2018

Textos y fotografías: Wilfredo Carrizales

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Decires longevos, extraños, remotos, por Wilfredo Carrizales
Rostros con yerbas. Fotografía: Wilfredo Carrizales

Dicen con tan calladas quietudes entre sequedades y verdores y no habiendo mucho que decir, enmudecen para no decorar y no decrecen mientras se acerca un horizonte fingido. Dicen que tienen rostros y dicen a sonreír con fugacidad. Dormitan, digan lo que digan, y no es la calma de su morir, sino la presencia de su palpitar.

Guían con miradas de entorno y, a lo divino, traen gotas de un agua pensada. Adelante, dijéramos, infunden breves astros con agujas de declinación. Folios no hay que recojan lo que no decían. Y un rezo salió de uno de ellos y eso fue ocasión para la gravedad y la alegada causa del azimut.

Respuestas dicen desde el magín y campanillas son al aunar divergencias. No persiguen fines ni medios: sólo se deslizan porque pueden. Digamos de las cosas lo menudo y digámoslo tal como merece: con un explícito incendio en el sombrajo más taciturno.

 

2

Decires longevos, extraños, remotos, por Wilfredo Carrizales
Hombre sobre león. Fotografía: Wilfredo Carrizales

Debo decir que sólo se cabalga un león mientras ríe a plenitud y está protegido por un muro que se desconcha de tristeza. Debo declarar que no arriesgo una opinión, sino que trazo una imagen en mis recuerdos. Luego, sabiendo y subiendo, me impulso y hago un corte en el plano horizontal.

Y acaso me diré: ¿qué linaje para ese león de un mundo en el extremo? ¿Tendrá nombre de dignidad, aunque sea por una vez? ¿No será flaco y mudable, dispuesto a las loas? ¿Querrá entrar en mis arreglos de barrotes, en mi función de pistas sin fanfarria ni látigo?

Tengo que pensar en él y lo hago al andar del misterio, con el hijo fuerte del brillo de sus dientes. Digo bien y comienzo una pirueta a distancia, en el sitio del recato, donde a la muerte no se le rinde culto. Mas, si me mata —se me antoja decir—, no dejaré de admirarme cadáver de ideales y si aún el félido con melena lo requiere, me visto y me voy a juzgar con él otros pueblos, otras gentes menos feroces.

 

3

Decires longevos, extraños, remotos, por Wilfredo Carrizales
Maitreya con cabeza. Fotografía: Wilfredo Carrizales

No se fue: mondo y lirondo se quedó, de abanico y abalorio, riendo con soles de holgura. Y una cabeza hirsuta le protegía de algún avatar desquiciado. Es decir: que la paz se gana distendiendo las mandíbulas y embobándose hasta que las nubes se ensimisman en los ojos.

Alguien no dice nada y su libertad es así. Se olvidan las promesas y los meses y las plegarias con devoción. ¿Cómo no ver lo que no se ha visto? El milagro está al alcance de cualquier color.

Exvotos y la señal con lo dicho. El conocimiento se alarga sobre las texturas grises y existen hoyos que relumbran y juegan con buchadas de oro. La fonética progresa con las mejillas hinchadas.

Y diciendo y habiendo satisfacciones el abdomen no revienta y se colma de riquezas. Al figurarse la armonía, acaece y después diversas sugerencias van siendo ranuras para las súplicas de los días sólitos. Declaramos —con el decir de los destellos— que la representación, de veras, es manifiesta.

 

4

Decires longevos, extraños, remotos, por Wilfredo Carrizales
Oxidado buda. Fotografía: Wilfredo Carrizales

Y el tiempo no existe, mas oxida a cabalidad. Me he dicho que no pregone, pero insisto. ¿Servirán los retazos de un templo, los cascajos iguales entre todos? ¿Las latas rehusadas, las que no acceden a las limosnas? ¿Y qué decir de las columnas que ya perdieron su contundencia?

Debemos permitir que la herrumbre prosiga, que haga su labor para justificar su enfado. ¿Cuántas verdades la desdijeran? Ninguna y todas. La ponderación no se fija a su sino y redunda en quejas.

Objeciones en la rapidez de la lentitud y escucho nombrar el resultado de los murmullos en los rincones. Pero no quiero que me desdigan y no debo excederme en pos de la fiebre. Una victoria favorecería a mi persona y me obligaría a sentarme con las piernas cruzadas. Delante pondría la dignidad de mis canas, mis pies desnudos de ultrajes. A orillas de mi desobediencia, reñiría con los desventurados y les proveería de infinitas formas de la correspondencia.

Wilfredo Carrizales
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