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Hablemos, de Octavio Santana Suarez

Simultaneidad de los dislates

• Lunes 29 de octubre de 2018
Textos y dibujos: Wilfredo Carrizales

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Simultaneidad de los dislates, por Wilfredo CarrizalesDibujo: Wilfredo Carrizales

El crédulo insiste en mentirle a la noche y espera colarse entre sus intersticios. Se abalanza hacia las armas que no fortifican bastiones. Se emplea para lavarse las manos en artesa marcada. Un ábaco le facilita las cifras para comprar comestibles de poco valor. Abandona su banco y se acredita una bandera luctuosa. Al revés, se siente atigrado, a placer, dispuesto a partir piñones. Alguien le concede una satisfacción sobre los lomos. Transcurrido un lapso de abastanza, todas las puertas se le cierran, pero él no se abate y continúa impulsando el aire de su destino, expuesto, echado en brazos de una abaniquera. En su abdomen ocurre una abdicación y la necesidad de miel, polen y zumbido le provoca una murria que lo deja sin argumentos. Ya en plena aberración descubre el abismo de su descuido y cesa su visión al tragárselo una tronera.

 

2

Abierto, fluía sin ambages. Participaba del abigarramiento de lo insondable y no se retractaba si se apartaba, holgazán. A través de su porosidad obtenía resinas para alegrarse. Cuando veía derretirse la nieve se indignaba y se abocaba a su salvación. Sus compañeros de la cofradía lo defendían hasta donde podían o si no le suscitaban dudas con retóricas de leguleyos. Aturdido, echaba pestes, imprecaba, maldecía a diestra y siniestra y defendía sus bocetos de redentor. Se abrasaba con el engendro de su mente y más tarde abrazaba a la novia violenta de su amigo. Exasperado por la aversión se amontonaba con el arriendo de la paciencia perdida. Para ayudarse a continuar se remojaba la piel con el oleaje de algún abrevadero y en la mitad de la pendiente que muchas veces soñara se tiraba de las orejas hasta desplegarlas para el vuelo.

 

3

El custodio parecía un dulce seco de pasta, cuya materia de restricción le daba toqueteos sobre la cutícula. Llamaba a su perro con dureza para que le remediara su situación, pero el can hacía valer su potestad y no acudía al llamado. Entonces el custodio perjudicaba a su vaso de noche y lo ceñía al máximo con sus micciones. Por cierto tiempo cargaba una solemnidad a guisa de equipaje y entonces lo rodeaban rayos que le plantaban un apogeo. Resultaba así una constante vigilancia hacia su persona, de la cual él no se enteraba, pues andaba en posesión de otra lucha. Al final, adoptó una curva en su temperatura y se entregó a una templanza que lo irguió por encima de la mediocridad y lo adobó para un estadio superior.

 

4

En mal año para la cornucopia nació áspero. Abundaba en la cama y se hinchaba con la pelambre que le escocía la precocidad. Aunó pareceres con sus familiares y creció rápido, jueves a jueves, precedido de rabietas y sectarismos. El desafuero se convirtió pronto en su fiel expresión que le servía para emular desastres e incluir ruindades. Con ojo sobre aviso, acaudillaba abusos, aquende y allende. Se desnudaba para que los demás contemplaran su estética anatómica, mas pocos soportaban tal afrenta. Sufría por las contingencias y se embarcaba en variaciones que lo pudieran conducir a episodios de circulación celestial. Sus faenas preferidas tenían que ver con el acecho, la emboscada y los retorcimientos. Murió pegajoso, segregado por su propia parafina sin cadencia.

 

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Simultaneidad de los dislates, por Wilfredo CarrizalesDibujo: Wilfredo Carrizales

No tenía ideas, sólo obsesiones. Sus fetiches se relacionaban con el fútbol y con las telenovelas. Ella se identificaba con la escritura de los idiotas y con las palabras de los asambleístas locuaces. Se amancebaba con albañiles o suboficiales, quienes la trataban con indiferencia, pero ella ni se enteraba. Vivía a plenitud de su imaginación y adquiría de modo constante sucedáneos de la felicidad. Le impactaban los niños feos y rechonchos y los esquivaba con premura porque le producían desazón. Su mayor secreto era ser trasnochadora, aunque en su país imperaba la barbarie y, con frecuencia, aparecían mujeres descuartizadas en calles, caminos y carreteras. La embargaba la emoción con facilidad y se detenía, de improviso, para retrasar la salida de las lágrimas. Presumía, no obstante, de su impiedad y acudía a las iglesias únicamente para burlarse de las monsergas de los curas. Quería trascender y pugnaba para que un halo la circuyera toda entera. Improvisó su marcha a impulsos de atrevimientos y pasó a un ámbito de cábalas e incógnitas.

 

6

Su proceder sentaba plaza. La desidia quebrantaba jurisdicciones donde otros se culpaban durante las razzias. Indescriptibles jaleos le señalaban el derrotero de las conjunciones al fresco. Mucho hablaba y mucho desentonaba. Razonaba a trompicones, por la índole de su naturaleza. Por inercia, se sorprendía circunspecto frente al espejo de simulaciones. Las plantas de sus pies infestaban las aceras y hacía del pavimento un infierno de esterilidad. El catarro también lo acometía de continuo y le encendía fogonazos en el pecho. En cuatro patas miraba televisión para curarse con los rayos catódicos. Rugía al comprobar que su otrora tupida barba iba detrás de la decadencia. Se servía de la blasfemia para empujar la adversidad hacia un embudo que se fuera a pique. Sin ser invitado se colaba en fiestas, banquetes y especiales convites y, de primera intención, marchitaba las innovaciones. De la pelvis le colgaba un conjunto de frescuras, en virtud de las cuales transportaba relajos. En su dormitorio se asociaba con parásitos y malos humores y su mortaja anticipada le refería a un estado de alarma.

 

7

El que jadeaba carecía de espacio para fanfarronear. Era bueno en el cólico nefrítico y en la salivación que alborotaba los embustes. Jamás le daba cuerda a los relojes, por lo que sus horarios lo halaban a discreción. En la estufa guardaba hierbas y esmeraldas y como no tenía socios se arraigaba sobre las prendas paralelas. Escuchaba con largueza el sonido del tranvía, según una costumbre que recibiera en herencia, aunque ese vehículo ya había desaparecido de la ciudad. Traqueteaba encima de su asiento y trenzaba remolques y genealogías. Ultimaba correcciones en las vigas para causarles disgustos a los murciélagos. Al otro lado de lo unánime cavaba un sentimiento que fuera cicatriz en la altura de su rapto. Sin ningún sentido del ritmo, se dedicaba a dar pasos de baile a la manera de las aves zancudas. Se rascaba las sienes y de allí brotaban absurdos que lo colmaban rajándolo. Prorrumpía en sollozos al columbrar su futura evolución, mas, de pronto, una solemnidad le propiciaba un augurio de arrebato moral. Regido por una prístina tiesura se cubrió de tufos y encegueció de sobremesa.

 

8

El razonador intensificaba el núcleo de sus reformas. Contra él la reacción no se hacía esperar y le llovían denuestos. El razonador saqueaba las fantasías del prójimo y luego acampaba, con desnudo sosiego, sobre el sofá que resaltaba su sello personal. Alegaba instantes de reciprocidad equivalentes a los retos que serían mitigados por el vigor de su constancia. Solía conducirse a ras de las premisas más seculares. Su racionalidad podría catalogarse de “sobrenatural”. Ejercía una influencia anónima sobre los ecuánimes dicharacheros de los cafés. También deducía expresiones que parecían extraídas de películas de aventuras. Con todo, reincidía en la ordinariez hasta recoger las garantías de su falta de fidelidad. En aquellas casas donde se obligaba a permanecer discurriendo sin cesuras, las sutilezas le resbalaban por los labios con mohines de desprendimiento. Salía de su cuerpo para concluir que aún estaba en sus cabales y que, por lo tanto, podía tejer estimulantes elucubraciones. Antes de ponderarse lo suficiente, en las cercanías de una cordura maltrecha, se le trastocó la lengua y devino en concluyente absurdidad.

 

9

Vagaba, intemporal, por la playa del mar salvado de sal y se acompañaba de pescados que le mojaban los talones. Deambulaba, más de mañana que al atardecer, y debajo de su ponderación, una lástima lo precedía. Andaba subvencionado por la tradición de sus fenecidos vasallos y se repartía entre mudanzas y empleos de caracolas. A veces, en cualquier dársena imprevista, renunciaba a las heridas del viento y calificaba a las gaviotas para comunicarles albricias y cortesías. Danzaba, haciendo saltar las arenas, calladito, hasta la extremidad de las olas rellenas de festejos. Caminaba, atesorando vestigios y espejismos de naufragios; caminaba, al tiento, cual una clásica actriz; caminaba eslabonado a los mugidos provenientes de las aguas profundas. Se movía encima del damero de oro, de cuyos escaques excavaba títulos con los pies. Se daba brillo y no se torcía; se daba contra la cresta de lo amargo y ocurrían sus huesos menos cedidos; se daba de comer treguas, toques, turbaciones, trajines…; se daba cobijos de algas y no llevaba la cuenta; se daba y se daba atribuciones para exclamar sin coyundas las alternativas de una marejada en herradura.

 

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Simultaneidad de los dislates, por Wilfredo CarrizalesDibujo: Wilfredo Carrizales

Sean silvestres las plantas y flores que la poblaban, monte abajo, colina arriba. El convenio hecho para ella, para nadie más. Y la acción de las manchas en los modales no toscos. Ningún contratiempo en la tierra de brezo. Un modo para ascender en los escritos de los yerbajos. Se dejaba arrastrar por la consistencia de la huerta. El carmen, su guardería, su caja de resonancia y texturas. En una gruta bordaba los ánimos del jarabe y afuera oía rastrillar las cualidades de los escarabajos. Debía figurarse los setos de mimbres, respaldados por los campesinos apenas despiertos. Sus verdores se atusaban los dividendos, en procura de una época sin hostilidades. Alzaba un quiosco con la mirada, fuera de madera o red de cerdas. De una banda a la otra, alargaba un laberinto donde se ajustaran y encogieran las semillas de las alforjas. En comunión una pérgola e hilas de agua que aplastasen las coloraturas ovales. Vistosa, se reunía con su sosia y plantaban dibujos para que fuesen descubiertos por tortugas en paro. Que los tiestos la amparaban, mientras los esbozos del bosque tremolaban con pespuntes de maniobras encima.

Wilfredo Carrizales

Wilfredo Carrizales

Escritor, sinólogo, traductor, fotógrafo y artista visual venezolano (Cagua, Aragua, 1951). Estudió chino moderno y clásico, así como historia de la cultura china, en la Universidad de Peking (1977-1982). De septiembre de 2001 a septiembre de 2008 fue agregado cultural de la Embajada de Venezuela en China. Textos suyos han aparecido en diversos medios de comunicación de Venezuela y China, entre otros países. También ha publicado los poemarios Ideogramas (Maracay, Venezuela, 1992) y Mudanzas, el hábito (Pekín, China, 2003), el libro de cuentos Calma final (Maracay, 1995), los libros de prosa poética Textos de las estaciones (Editorial Letralia, 2003; edición bilingüe español-chino con fotografías, Editorial La Lagartija Erudita; Peking, 2006), Postales (Corporación Cultural Beijing Xingsuo, Pekín, 2004), La casa que me habita (edición ilustrada; Editorial La Lagartija Erudita, Peking, 2004; versión en chino de Chang Shiru, Editorial de las Nacionalidades, 2006; Editorial Letralia, 2006), Vestigios en la arena (Editorial La Lagartija Erudita, Peking, 2007) y Claves lanzadas al espacio o a las aguas (con fotografías del autor; Editorial Letralia, 2015); el libro de brevedades Desde el Cinabrio (Editorial La Lagartija Erudita, Peking, 2005), la antología digital de poesía y fotografía Intromisiones, radiogramas y telegramas (Editorial Cinosargo, 2008) y diez traducciones del chino al castellano, entre las que se cuentan Libro del amor, de Feng Menglong (bid & co. editor, 2008) y Lo que no dijo el maestro (selección), de Yuan Mei (bid & co. editor, 2015), además de la selección de cuentos largos Ocho escritoras chinas; vida cotidiana en la China de hoy, antología de varios traductores (Icaria, Barcelona, España, 1990). La edición digital de su libro La casa que me habita recibió el IV Premio Nacional del Libro 2006 para la Región Centro Occidental de Venezuela en la mención “Libros con nuevos soportes” de la categoría C, “Libros, revistas, catálogos, afiches y sitios electrónicos”.

Sus textos publicados antes de 2015
418244759192228232259
Ciudad Letralia: Muesca
Editorial Letralia: Textos de las estaciones
Editorial Letralia: La casa que me habita
Editorial Letralia: Merced de umbral
Editorial Letralia: Fabulario minimalista
Editorial Letralia: Libertad de expresión, poder y censura (coautor)
Editorial Letralia: Poética del reflejo. 15 años de Letralia (coautor)
Editorial Letralia: Letras adolescentes. 16 años de Letralia (coautor)
Editorial Letralia: El extraño caso de los escritos criminales. 17 años de Letralia (coautor)
Editorial Letralia: Doble en las rocas. 18 años de Letralia (coautor)
Editorial Letralia: Claves lanzadas al espacio o a las aguas
TransLetralia: Pu Sungling
TransLetralia: Leonardo da Vinci
TransLetralia: Entre las flores (sucinta muestra)
TransLetralia: Cuatro expediciones e igual número de miradas
TransLetralia: Sylvia Plath
TransLetralia: Feng Meng-long y otros: El bosque de la risa
TransLetralia: Arnold Bennett
TransLetralia: René Char
TransLetralia: “La noche”, de Dino Campana
TransLetralia: Hai Zi
TransLetralia: Carlos Drummond de Andrade
TransLetralia: El mar, el océano, en la poesía francesa
TransLetralia: Gu Cheng: poemas y dibujos escogidos
TransLetralia: Mario Quintana: “Mis poemas son yo mismo” (poemas selectos)
TransLetralia: Tsangyang Gyatso (sexto Dalai Lama): Poemas de amor (selección)
TransLetralia: Víctor Segalen: Estelas (selección)
TransLetralia: Breves y antiguas fábulas chinas (selección)
TransLetralia: Cinco cortos cuentos chinos contemporáneos
TransLetralia: Poemas de Li-young Lee
Wilfredo Carrizales

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