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Mirando a los objetos mudar

lunes 12 de noviembre de 2018

Textos y fotografías: Wilfredo Carrizales
Mirando a los objetos mudar, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

EL ALMANAQUE cubre a los hombres hasta los pies y les refiere un universo que se emplea en regarles trastos. A veces les decora los ojos con imágenes de guerras que abundan en rojeces.

LOS BROCHES pinzan los sentimientos, prenden en la oscuridad, se enredan entre los alambres de los relieves. También se pierden tras las paredes que tardan en blanquearse y afirmarse.

EL MARTILLO retumba en los oídos y persigue a los rumores que se perciben. Fulmina los brazos a la orden del templador de emociones. Atiranta las músicas que se aflojan por falta de constancia.

LOS ZAPATOS generan cueros para no recibir daños en los bailes de consumación. Conocen las dificultades cuando hay que correr y se previenen contra los ruidos de los rechinamientos.

LAS AGUJAS dibujan sobre los vientos las punzadas que devendrán en círculos para las prácticas de tiro. Rematan las secciones de las telas hasta convertirlas en hinchazones y deslucimientos.

LOS ANTEOJOS se sitúan detrás de los palcos para atisbar con eficacia y ventaja. No se espantan ante los agujeros que guarnecen las longitudes. Con impertinencia se balancean a su gusto.

LA CANCELA consigna la inscripción para el acceso a las capillas del aire o de los cauces. Prolonga su vigencia más allá de los ejemplos que la desfavorecen. Nunca olvida las deudas y se bifurca.

LA TURBINA enturbia el lenguaje de los fluidos cuando presiona para que los movimientos se den entre azoros. La turbina sedimenta dentro de la visión una ilicitud de claridad.

EL SALERO se niega a salir al portal en época de lluvias. Almacena su gracia para los mejores momentos y después arma sus columnas de cristal que son faros en miniatura.

LA CAMA se acuesta en su madriguera para ver pasar los espacios de la combustión de los techos. De este modo, cabecea hacia poniente y aguarda la llegada de las plumas que no vuelan.

LA MESA negocia cada oficio, cada merma de la mensualidad. Encuaderna sus furores si siente acercarse la villanía. En su horizontalidad se apiñan misticismos sin eucaristías.

LA NAVAJA ignora a sus semejantes y esquiva todo término de comparación. Bajo amenaza se oculta dentro de las ranuras del suelo y sólo vuelve a aparecer cuando escucha el olor de los hierros de antaño.

EL ODRE se pega borracheras que embargan a sus vecinos. No se despega del vino aunque lo quisiera. Ha hecho votos para siempre ser la bolsa de cuero que se cura para morir beoda.

EL PÉNDULO oscila con su cuerpo que cumple una pena sin límite de tiempo. Se regula de una pieza y calcula el peso que puede padecer. Al fin, se desgarba y pide perdón, pero en vano.

LA RAQUETA teme al raquitismo tanto como al encanijamiento. La pelota se le enreda entre las cuerdas si éstas resuenan con un ritmo de rastrillo. Entonces la raqueta cae en un rapto que la destroza toda.

EL SEMÁFORO señala semanas y siglos y se embandera con colores septenarios. Con aparatosidad fomenta luces que tienden a provocar espejismos y timbrazos de sigilos. Se recela que desaparezca en medio de agitaciones de cohetes.

EL VIOLONCELLO se encuadra cuando se frota con la ayuda de un arquero. En retrospectiva, lee del sol lo que le dobla y luego se remite a la base de la familia ladeada.

EL TERMOSCOPIO se indica en lo rudimentario de su aserto. Mide las diferencias de los metales con alcohol. Atrae a las cápsulas hacia su reservorio de papel sirviéndose de un tamboril en el vacío.

LA BROCHA engorda porque no se afeita. Con desprecio enfrenta a las cerdas que pintan sin saber de arte. Ella es muy dada a las trampas, pero tropieza siempre con los ornamentos de las habitaciones.

LOS LADRILLOS se cuecen entre aburrimientos al por mayor. Forman piezas que se pegan con pavesas y que impresionan a los malhechores que los tientan bajo escándalo.

LAS MALLAS se desmayan al sentir un bañador de mujer. Dan vueltas de cabo a rabo hasta que se consiguen en medio de eslabones, difuminadas o sujetas a las arboladuras del equívoco.

LA ALFOMBRA suda para producir flores. Se extiende sin tener nociones del espacio, aunque intuye las oquedades y trama su salvación. En tono de broma, alguien la pisa y la hace reír.

LAS CAJAS evolucionan a la inversa si sienten perforaciones en su centro. Se bastan para trepar escaleras y desde lo alto despiden retumbos, con los cuales reclutan ratones y salamandras.

EL CANDADO se mecaniza en los extremos de las inutilidades. Al pensarse libre, se ase de lo que cree puede ser una luciérnaga y se remonta hasta la más amplia ilusión.

EL DESTORNILLADOR se destuerce y, de inmediato, se desternilla de risa. Suele averiarse si lo exoneran de culpas. Quizá esa sea su destreza para permanecer disponible.

LA PALA muestra, en ocasiones, su dentadura: gozne que se agranda y levita con fiereza. Se sacude el polvo de los días haciendo labor de zapa. Duerme, arrinconada, y sueña con nudos.

EL QUINQUÉ se retiró temprano a hacer sus cuentas de brillos de porcelana. Consta que no regresará. Sin embargo, sus llamas se quintuplican durante las subastas de otoño.

EL RALLO contiene un agua de afilamiento que deriva en menudencias. Raspa los surcos de los discos y les hace brotar melodías para que raye el alba y su guión contrastado.

EL SABLE saborea su triunfo sobre las otras armas. Como un heraldo se enreja y ocasiona en sí la cintura donde se degusta. Por las noches, se encorva y se sume en meditaciones que lo animan.

LAS TACHUELAS acusan, sin restricción, a las tablas de no estar limpias. Las tachan de salideras y entrometidas. Con notabilidad las apuntan hasta tornarlas imperfectas y flojas.

LOS UTENSILIOS escriben, pescan, rasguñan, parpadean y se alojan con la candela. Usuarios de la administración, se atribuyen las prerrogativas de aparejarse con cualquier cosa que los enternezca.

LA ESPUMADERA consume espuelas caldeadas de gallo. Se inserta allende el punto de la inflexión que hierve. Se esponja, con legitimidad, y respira burbujas que llegan a ser su cosmético de relleno.

LAS BOTELLAS se encapsulan en cargos bien retribuidos y luego comercian con sus armazones. A voz en cuello, gritan para atraerse a los cilindros, con el objetivo de taponarlos y distribuirlos.

EL ATRIL soporta todas las inclemencias de la atmósfera, atrincherado al compás de sus melopeas. Parte, con la comodidad de las lecturas, hacia el encogimiento que le ofrecen los sacristanes.

LAS MALETAS padecen de nerviosismo y suelen extraviarse en los viajes que no ejecutan. A algunas se les nota cierta destreza, mas la mayoría peca de facilidad para el desvalijamiento.

EL BONETE, contra la opinión común, no es bueno. Se enreda en birrias y repite aberturas, no muriéndose. Bonito sería verlo divino o coqueto, empero esto es una quimera sin sitio.

LA CABILLA se clava los hierros mientras se curvan. Después se amarra a la construcción que promete y subsiste. Se prenda de las trabillas y comprende de qué fenecerán las casas.

LA DAMAJUANA se reviste de obscenidad y desprotege sus caderas. Por contraste, le castañetean las costuras, en tanto se le rezuma el mosto aspirado con emoción. De improviso, se redondea y pare una sarta de remilgos.

EL EJE se imagina que transmuta a través de las crisálidas de su entorno. Olvida que su cuerpo es una misma noción de su infancia. Por lo demás, no intenta acercarse a las consecuencias.

LA CALDERA cabecea en su galería para principiar la campaña en pro de los guisos. Se deja depositar fluidos abruptos, por el solo placer de no guardarse del silencio.

LA HONDA se suspende de lo superficial y sale disparada como corresponde. Más tarde comprueba la certeza de su tino y se rodea de cuerdos tiradores. La piedra la alija.

LAS SOGAS se contradicen, se molestan, aguantan las dimensiones de su actuar. Siempre indiscretas; siempre en apuros. Nunca se acuerdan de los pobres ahorcados.

LOS TREBEJOS cambian de postura, de trecho en trecho. Custodian las matrices del ajedrez para así urgir al azar a tomar una decisión. De madrugada se perfuman con mullidos tréboles.

EL LÁPIZ se equivoca entre lapso y lapso. Cambia de palabras y raya las figuras del pensamiento. Grafica la vorágine de los recuerdos antes de que se transformen en tumulto. Luego, suspira, sustanciado e inmaterial.

LOS VASOS se esculpen durante el alargamiento de las estaciones que apenas circulan. Se combinan para transmitir las liturgias de los líquidos de la angustia o de la placidez.

LA PETACA no es posible, porque no aparenta. Se echa encima el sumario de sábanas y manteles y aún no se gasta ni se embroma. En un descuido, si le apetece, petardea y se halaga.

LA HEBILLA se llama desde aquella punta a este borde y de tal guisa elucubra su hazaña y pernocta. Su orificio la gradúa para que ejerza los trancos de la dificultad de la estética.

LAS DUELAS se compadecen en sus quebrantos y luego se alistan sobre el piso, abombadas y abstemias. De su apasionamiento resurgen negras, en las recientes convenciones al uso.

Mirando a los objetos mudar, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales
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