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Toulouse-Lautrec y el enigma de la muñeca japonesa
(En ocasión de un aniversario más de su nacimiento)

lunes 26 de noviembre de 2018
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Henri de Toulouse-Lautrec
Fotografía: Maurice Guibert; París, c. 1892

Toulouse-Lautrec añoraba la vida en las “casas verdes” de Yoshiwara que habían descrito Utamaro, Harunobu y Hokusai. Él desaparecía de repente y no se le veía en el Moulin Rouge o en Ambassadeurs (el lugar donde cantaba su amigo Aristide Bruant) y su estudio en la rue Tourlaque permanecía vacío; sus íntimos sabían que se encontraba alojado en un burdel, por lo general acompañado de su amigo Maurice Guibert. Sólo unos pocos centenares de metros separaban a Montmartre del distrito de las luces rojas donde Toulouse-Lautrec se establecía como si fuese a tomar un baño. Solía decir: “Una modelo es siempre una muñeca pretenciosa, pero esas mujeres están vivas… Ellas se extienden sobre los sofás como animales… ¡No hacen demandas y no son ni pizca de presumidas!”.

Los contrastes de los colores de los kimonos le fascinaban. Adquirió varios y solía usarlos durante las fiestas que daba en su estudio o vestía con ellos a sus modelos para pintarlas y hacer que las naturalezas muertas de esas vestimentas se expandieran más allá de la superficie. Compraba pinceles y tinta japoneses y en una ocasión se topó con una muñeca nipona y quedaron mirándose largo rato hasta que él se la llevó a su apartamento. Allí, ataviado con su mejor kimono, se sentaba al atardecer en una silla y se colocaba a la muñeca sobre una pierna y la abanicaba para que se sintiera más cómoda aún y retozara. Por momentos sentía que la muñeca se parecía a La Goulue y que sería sensacional admirarla danzando cancán; por momentos, se le asemejaba a Cha-U-Kao en sus movimientos como contorsionista; por momentos, se la figuraba muy similar a Mireille, su favorita de su burdel predilecto. Llamaba kamuro a su muñeca, pero nadie más lo sabía.

Kamuro se convirtió en su amuleto protector y lo defendía desde todas las circunstancias y todos los tiempos: pasado, presente y futuro. Toulouse-Lautrec la convirtió en el recipiendario de su espíritu y evolucionaba con ella en las poses que dominaban sus retratos. La muñeca lo rodeaba de cuidados para hacerlo sentir un aristócrata de otro mundo. Ella era su culto, su talismán para alejar las enfermedades. Junto a ella descendían los kamis y se realizaban los más sublimes rituales de purificación. Su aspecto infantil aglutinaba lo espontáneo del vivir y lo intuitivo de la creación.

Cuando Toulouse-Lautrec salía a visitar los burdeles, la muñeca permanecía en casa, a la expectativa, avizorando posibles peligros. Él la pintaba con la imaginación y afloraba su buen humor. Las prostitutas lo examinaban y lo encontraban más sensual que de costumbre. Ellas trataban de indagar la causa, de diferentes maneras, pero nada lograban. Entonces se ponían tristes y él las alegraba con los trazos de sus lápices. Gustaba de verlas desnudas, reflejadas sobre los espejos, con los mayores toques de erotismo y su kamuro observaba por encima de su hombro, revelándole la verdad de los sentidos.

Ya en casa, desaliñado y tendido sobre la cama, Toulouse-Lautrec extendía una mano y a ella trepaba la muñeca y le daba besos suficientes hasta hacer evaporar su ansiedad y liberar su alma de cualquier posible encerramiento. Él le ofrecía chocolates y ella lo rodeaba como si se tratase de una figura amanecida y levantada de la hierba de algún oráculo. Danzaban luego entre las sábanas y se brindaban perspicacias para alargarse las visiones con el objeto de someter los espacios y ganarlos para los encantos de las proporciones de la magia.

En una oportunidad, Toulouse-Lautrec le mostró a la muñeca una fotografía suya de cuando tenía tres años, en cuyo reverso estaba escrito “Petit Bijou”, su pueril apodo. En la imagen, él aparecía vestido como una niña y con el pelo muy corto. Está de pie, mira con fijeza a la cámara fotográfica y apenas esboza una tenue sonrisa. La muñeca clavó la vista sobre la figurilla y de sus ojos brotaron lágrimas de satisfacción. Toulouse-Lautrec se sorprendió, asaz emocionado, y sólo entonces se percató del casi absoluto parecido de la muñeca con su retrato infantil. Él también lloró, con una espontánea alegría, y cargó a su kamuro y la acunó en su regazo hasta que se sumió en un placentero sueño.

Toulouse-Lautrec debió salir de viaje rumbo a Bruselas y a Londres. En esas dos ciudades exhibiría parte de su obra y como no podía llevar con él a la muñeca, la añadió, a posteriori, en un par de cuadros con asuntos japoneses. La kamuro se sintió muy complacida y le auguró gran éxito en las dos exhibiciones, lo cual se cumplió con plena complacencia para ambos.

Un año se eslabonaba al siguiente con una precisión litográfica y Toulouse-Lautrec y su muñeca, a diario, encontraban nuevas maneras de fortalecer sus vínculos. Aunque él proseguía, de manera ocasional, visitando los burdeles, ella no le criticaba ni se oponía a ello. A su regreso, ella siempre tenía preparado un cuento maravilloso ambientado en el viejo Japón. Era notorio el gusto que experimentaba Toulouse-Lautrec con aquellas historias colmadas de geishas, jardines de piedra, fantasmas y animales vengadores. Sin embargo, nunca recogió esos motivos en sus pinturas y dibujos.

La madre de Toulouse-Lautrec vino a París y se alojó en un apartamento cercano al de su hijo. Le iba a ver con frecuencia y se escandalizaba cuando se enteraba de que él acostumbraba pernoctar en ciertos burdeles. Se sorprendió asimismo por la relación tan íntima que mantenía con la muñeca, pero como ésta permanecía muda e inexpresiva, nunca sospechó que la kamuro pudiera poseer sentimientos, inteligencia y capacidad de intuición.

Viajó de nuevo Toulouse-Lautrec. Exhibió posters en Londres y extendió su itinerario hasta Burgos, Madrid y Toledo. Su muñeca le acompañaba en forma de imagen fotográfica y él le dedicaba álbumes de dibujos que le enviaba de inmediato, por tren, a París. La kamuro los recibía y unas estrellas brillaban en sus mejillas y en el lugar del corazón le nacía una flor de cerezo.

Regresó cantando Toulouse-Lautrec y le regaló a la muñeca colores jubilosos y pasteles y tizas para los milagros del mediodía. Ella le rememoró los molinos de sus nostalgias y las cualidades de los símbolos de los primeros planos. Brindaron con abundancia: la absenta rebosó las copas una y otra vez hasta que él cayó ebrio al piso. Ulteriormente tuvo un ataque de delirium tremens y la muñeca comprendió que la bebida lo haría sucumbir porque ella no había podido alejarla de su hábito de consumo.

La voluntad de vivir de Toulouse-Lautrec se rompió y se incrementó su adicción a las bebidas alcohólicas. La muñeca se desesperó y le recomendó descanso. Él no la escuchó y se evadió de París: la paranoia adherida a su costado. La muñeca se arrinconó en el dormitorio y permaneció escuchando el trajín de sus anormales movimientos en fuga hacia el sur. Varios días después, ella sintió el golpe fulminante que le paralizó a Toulouse-Lautrec un lado de su cuerpo. No quiso estar presente cuando muriera, en breve, y entonces ella decidió transferirse a un lejano monasterio budista, en las afueras de Kioto.

Wilfredo Carrizales
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