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El reyezuelo y la esclava desnuda

lunes 3 de diciembre de 2018
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Textos y dibujos-collages: Wilfredo Carrizales

El reyezuelo

El reyezuelo y la esclava desnuda, por Wilfredo Carrizales
Dibujo-collage: Wilfredo Carrizales

El reyezuelo se casó en una travesura ajustada a la moda. La noche de bodas fue una farsa musical sin éxito. La pareja real bailó una danza doble para dirigirse hacia una doble cama, bajo la cual la esperaba un orinal con muchos símbolos de flores y unas pantuflas para el placer menor. (Pronto el fiscal presentó un proyecto de ley para disolver el matrimonio, pero el reyezuelo lo mandó a ejecutar vestido de heraldo de la muerte).

El mundo era el escenario para el reyezuelo. Una de sus permanentes ambiciones era buscar lo grandioso en todas las ocasiones que fuera posible. Le gustaba vestirse con elegancia y trajes caros y pasar muchas horas cada día contemplando su casaca, su sombrero, sus calcetines, sus zapatos, su corbata y sus pantalones. A sí mismo se endilgaba el título de “dandi del Estado” y se lo creía a la perfección. Aunque un dandi debía tener coraje, en esta esfera el reyezuelo nunca dio muestras de poseerlo.

Cuando el reyezuelo discutía con su consorte —lo cual sucedía a menudo— se emborrachaba para consolarse y caía sobre su abultado vientre. Embarrado por completo, tres azafatas tenían que conducirlo a su lecho y tomar medidas para que no insultara a su mujer hasta el amanecer. Luego las azafatas se divertían a su costa llamándole “nuestro gordo amigo”.

Los banqueros traían sus recuas de asnos cargados de oro y lo depositaban ante la puerta del palacio real. El reyezuelo se asomaba por el balcón, gritaba exaltado y feliz e invitaba a los banqueros al salón principal. Allí les hacía carantoñas y se deshacía en halagos. Los banqueros extraían sus documentos que garantizaban el empréstito y el reyezuelo los firmaba de prisa y, de seguida, daba palmadas para demostrar su beneplácito. Los banqueros, entonces, se marchaban con precipitación.

Aumentaban las deudas del reyezuelo, pero éste parecía no enterarse. Él afirmaba que las finanzas del Estado estaban estabilizadas y para ilustrar su aseveración se colocaba algunas tablas sobre su cabeza y así daba unas cuantas vueltas por los pasillos con las piezas de madera en precario equilibrio. Sus consejeros y asesores económicos le seguían para evitar que la catástrofe se produjera e hiciera mucho ruido al desplomarse contra el piso que brillaba con tenacidad.

Los misterios del Estado permanecían ocultos. No así las evidencias de la miserable condición de la población. El reyezuelo tenía su propia visión de las cosas, aunque no se atrevía a salir de palacio por temor a los abucheos y a la repulsa generalizada. El reyezuelo resaltaba su figura estrambótica frente al espejo mayor de su despacho y trataba por todos los medios de esconder su cabeza para que no lo alarmara la ridícula forma que ya había adquirido, cercana a una calabaza preñada.

Al final de sus días, al reyezuelo lo movilizaban sus criados sobre un triciclo de enormes proporciones, con una plataforma acolchada para que pudiera viajar acostado de espaldas. Su mujer lo cabalgaba y le hacía expeler ventosidades que alegraban sobremanera los sentidos del olfato y del oído de sus complacientes y advenedizos cortesanos. El reyezuelo sucumbió por asfixia: su mujer era tan obesa como él y por poco se fusionan los dos en un solo mazacote de grasa. La población festejó el suceso tomando por asalto el palacio y abriendo todas las barricas de vino y las despensas reales.

 

La esclava desnuda

El reyezuelo y la esclava desnuda, por Wilfredo Carrizales
Dibujo-collage: Wilfredo Carrizales

La esclava desnuda le fue obsequiada al reyezuelo por el embajador marroquí. Éste le aconsejó al reyezuelo que no la enviara al mercado a vender cosas, ni a utilizarla como nana o nodriza: sólo debía procurarle un adecuado encierro —alcoba con estanque rodeada por completo con celosías—, donde ella estuviera aislada y en cueros. El reyezuelo agradeció con hipocresía el regalo y miró temeroso el oscuro rostro de la esclava y le prometió al embajador que obtendría infinitos placeres sexuales de ella. La esclava abrió con desmesura los ojos y esbozó una amplia sonrisa.

La esclava fue enclaustrada en una sala de música con ventanas de cristal rojo ahumado y azul. A su disposición tenía algunos instrumentos musicales de cuerdas —mandolinas, cítaras y arpas—, porque había aprendido a tocarlos durante el tiempo cuando fue odalisca. También se le había enseñado a danzar y cantar y a recitar poemas.

Después de una semana, el reyezuelo se atrevió a acercarse al aposento de la esclava desnuda y comenzó a espiarla a través del cancel con listones de madera. Ella le descubrió y se aproximó al lugar desde donde la atisbaba. Él se turbó ante su desnudez que lo amedrentaba y sólo pudo articular unas palabras inconexas. Ella aprovechó para pedirle que le construyera una fuente con jardín, que le alfombrara el piso y que llenara el recinto con espejos circulares. En todo consintió el reyezuelo antes de marcharse hundido en un azoramiento que lo desgració. En quince días la esclava tuvo lo que había pedido, pero el reyezuelo nunca más se atrevió a escudriñar sus movimientos y únicamente le enviaba perfumes y esencias aromáticas para que él pudiera olerlos a distancia, disimulado en algún rincón ignoto.

La esclava atravesaba sus días perfeccionando sus artes y no permitiendo que la atenazara la desesperanza y la tristeza. Comía y dormía poco. Sin embargo, sentía que su existencia no era escasa y agradecía no despertar deseos eróticos en el mofletudo y adiposo reyezuelo. Presentía que su estadía en ese encierro no sería por largo tiempo. Al principio había sentido mucho miedo de que la dejasen morir de hambre, pero por alguna razón desconocida —¿recelo supersticioso acaso?— el reyezuelo le hacía llegar con una sirvienta los alimentos que ella acostumbraba consumir.

Celebraba la esclava las rosas de su jardín y las incitaba a no enfermarse y a combatir a los invisibles gusanos que podían volar sobre ellas en las noches y a destruir las miradas espías que pudieran mustiarlas. Acariciaba su propia fragante rosa que crecía entre sus muslos y apremiaba a sus bermejos pétalos a exudar la savia que la redimía.

Ella con frecuencia soñaba que era un ser alado que volaba muy alto y no caía y desde las nubes veía al reyezuelo transformado en hipopótamo o en perro inflado y lo escupía con lástima e incluso con desprecio, aunque no se extralimitaba en su proceder e ignoraba por qué y la visión de un agua necesaria, de un agua de muerte, le apartaba de las extrañas imágenes oníricas.

Cuando se enteró del grotesco fin del reyezuelo bosquejó una mueca de asco, pero también de alivio. Se preparó para poner en ejecución su plan y con la sirvienta que a diario le suministraba sus provisiones, le envió un mensaje a la viuda del reyezuelo: ella quería comprar su libertad con todas las ajorcas y pulseras de oro que poseía. La esclava estaba segura de que la viuda accedería, porque conocía el tamaño de su avaricia. Así, la esclava desnuda logró su libertad y se tatuó el tronco en magenta con motivos de felicidad y dagas en las caderas y luego se unió a un circo de zíngaros, donde danzaba enjoyada y desnuda como en un gineceo formado por arcos y pilastras.

Wilfredo Carrizales
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