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Poética de la enfermedad traslaticia

lunes 10 de diciembre de 2018
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Textos y collages: Wilfredo Carrizales

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Poética de la enfermedad traslaticia, por Wilfredo Carrizales
Collage: Wilfredo Carrizales

Se instala la enfermedad con el empeño enarbolado en la dificultad que se percibe. Una respiración desprovista de fuerza y ahí tenemos al pulmón embrollado en su neuma. Pugna por oxigenarse y termina gritando más allá de su recinto, tratando de abundar en un agua que le organice semejanzas de acompañamientos de pólipos y florecillas gualdas de costado. Empero la variación de la pleura suele venir acompañada de una plétora de sonidos sujetada por tentáculos.

(Contusión en la cabeza y subsiguiente trastorno de la visibilidad. Hasta cierto punto se debate la importancia del vendaje en medio de la vacuidad y el ramalazo de una vihuela que ya no suena. Se destina al ojo el trabajo de observar y no ver o sea: sólo hacer referencia a la cavidad que escudriña hacia adentro, en procura de un auxilio proveniente del filo de un bisturí. Un trofeo de albor sería el trueque para reproducir luceros, telarañas y lagrimones).

Otitis u otorrea y el barreno transcribe los aguzamientos,  mientras se alargan los laberintos y se propalan cenizas para el trastorno del vuelo de las moscas. El conocimiento retumba y posee su susurro de caja. La dureza no es extraña; tampoco el dolor de la alegría o el sacrificio de la sordera. Una forma de caracol padece la hechura elíptica de una trompa y en la credibilidad de algún acceso se consiente la penetración de una alarma, sobre todo si simpatiza con el jaleo del yunque.

 

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Poética de la enfermedad traslaticia, por Wilfredo Carrizales
Collage: Wilfredo Carrizales

El ácaro acaricia y ara la piel en procura de la sarna. Acaso acarrea disgustos que salpican y se extienden hasta la mortificación del espíritu y sus adherencias. Un picor se posiciona y ve jiga de acuerdo con el rascamiento que se repite a lo largo de lunas y nodos. Suspiros es lo que menos se supura.

Sangrante nariz y permanece quieta, sujeta a la ingratitud del encharcado. Empieza con un párrafo cruento que arrebata y puede terminar en un chorro que conduce a la humillación. Sin que se note, la vista desciende y se guarda en el sitio de la sangradera. Con serenidad, la ardentía aporta bautismo en ausencia del sajador y la hemofilia opera en su canal con el regalo de un riego tras poco pulso y muchos latidos.

Un estornudo y con él se expulsan los hechos y los derechos del catarro. Se curiosea con la esperanza de mirar aparecer el asomo que contraría. Con todo, los mocos abandonan su perfil al margen de los hoyos que antes los alertaban. Fiel a la tradición se pulverizan granos como referencias a las gangosidades que se amoldan en vasijas.

(Se impone la posición para prosperar con el culo elevado y el rostro en vía de ocluirse. Se rumia acerca del síndrome que amorba en la cabeza y la inmunidad deviene en caldo de reliquia. La ansiedad viaja por la laringe y el estupor se postra en espera de la vacuna que lo corrija).

 

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Poética de la enfermedad traslaticia, por Wilfredo Carrizales
Collage: Wilfredo Carrizales

Radiografías de manos para auscultar ojos que no se ablandan y los arrasa la cautela y se empañan con las legañas de la cólera. Se pueden mirar para que miren, pero sería de más provecho sacarlos y cegarlos en una órbita que ansíe estrabismo o miopía. ¿La niña del ojo se rasgará con la espuela nictálope de pata de gallo? ¿O el husmo se plegará hasta volverse tracoma? (¿Y si las manos solas con huesos palmotean desde la osteoporosis un alcohol en las retinas?)

Un bocinazo afluye hacia el bocio y lo sonroja y le crea en el abultamiento una hartura de canicas para el asombro. El coto acuerda que no es una cosa y entonces no se aplasta y se encarece.

Y el cutis se enferma al rozar el tabernáculo y se tornan sagradas las erupciones o las verrugas y no se filtra la privacidad de su causa y la contaminación no llega a los sentimientos, por estar éstos dotados de viscosidad que los protegen como la ascesis al pudor.

La hetiquez va donde la reciben y la marcan con puntos discontinuos. El tuberculoso forja su ética en comunicación con los bacilos que especifican sus llamados. El tísico no se alimenta de tubérculos, sino de música de contrabajo y explota a sus párpados con kohl.

(Las falanges se han osificado y ya no oscilan en busca del remedio para los ojos. Ahora, enseguida,  adornan la porosidad de la penumbra y han desechado la ósmosis y, a tientas, eclipsan la visión).

 

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Poética de la enfermedad traslaticia, por Wilfredo Carrizales
Collage: Wilfredo Carrizales

La lengua se ensucia con maledicencias  y unas llagas suplantan la saburra y el pus aprovecha para moralizar apelando a diminutos fuegos fatuos. Una úlcera se arma y busca adecentarse pronunciando de modo imperfecto los diptongos. En la ultimidad, exutorios sirven para recordar dolencias en los tiempos idos de las intercesiones y los depuratorios.

De todo corazón se vela el paladar y se pica hasta rayar en la sordidez de un tumor. La úvula se apropia del color del fruto del uvero y se escoria desde donde pende y articula los sonidos con estigmas dispensados por la boca.

Eccehomo. Acompañado de escozor se inflama en la localidad de su tortura. No se exceptúa al acercarse a la maldición de su pregón. Eccehomo. Y está serio, preocupado y arrojado sobre sus manzanas, impedido de escanciar la sidra y con una camisa dirigida a gastarse dentro del veneno sin comparación.

(Mariposas revolotean por encima del micropaisaje de las pústulas e irradian otra virtualidad aquende las payuelas y las señales confluyen en mitad del énfasis por atacar la febrilidad.

Rosas no virreinales estirándose con la caridad no ascética de la lepra y enjuagando los lazaretos con cien hojas y miles de espinas y desde su punto cardinal ellas se abren para que se sepa el estrago pictórico de la neuritis.

Mariposas y rosas eslabonadas como albricias y pretendiendo muchas felicidades para sacudirse la malatía y enfiestarse en el resguardo de la maravilla del hospital).

Wilfredo Carrizales
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