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En lo que el cerdo se allegó

lunes 21 de enero de 2019
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En lo que el cerdo se allegó, por Wilfredo Carrizales

EN LO QUE EL CERDO SE ALLEGÓ emprendió los alientos de su juventud y emanó la hinchazón de sus muslos. Por alusión se alejó de la matanza, buscando apropiarse de la rigidez de las cerdas, sus compañeras en las coincidencias.

Se aplicó a construir el chiquero para los ceremoniales sin escrúpulos. Con el hocico en despacho de cilindro y la grasa como ejemplo de pretexto hizo causa con los sinónimos de su progenie.

Echó margaritas dentro de los salones para los debates de la burocracia y hozó bajo los asientos hasta hacerlos chirriar de inmundicias y bazofia.

Procreó con la fecundidad otorgada por los demonios y representó a su descendencia con números asignados a lo habitual. Se revistió de sacrificios para enaltecer el epónimo que creía merecer entre los hombres, sus agonistas y émulos.

Despreció a quienes se niegan a consumir su carne e hizo befa de sus preceptos y temores. Difundió sus bajezas y sus abyecciones más exquisitas. Se retorció de risa por los vilipendios recibidos.

Anduvo a sus anchas en medio de la gula y la lujuria, sabedor de que le sobrarían envidiosos e hipócritas moralistas. Se ajustó a su respeto —como macho de coraje que era— y combatió por imponer sus atributos y su modo de vida.

Se consumió en su propia festividad, con el orgullo enquistado en el caldero recibido antaño en herencia. No erró ante la curiosidad de su aspecto, ni se puso a elucidar las circunstancias de su epifanía. Arrostró su paradigma con la convicción de que siempre sería un símbolo universal.

Se transformó desde el abismo de sus pasiones para caer con audacia dentro del lodazal. La impureza no lo mutó en un ser aún más perverso. Sólo rectificó el cerrojo que posibilitaba su analogía hacia la cópula contrapuesta y cíclica.

Soportó el cuerpo adormecido de la tierra en aras de obtener la libertad que brindaba la humedad y los pasmos estacionales. Discernió la catástrofe que se avecinaba en el entorno, pero se adscribió a las insinuaciones de los agentes del desastre.

Se sumergió en un pequeño estanque y se puso a contemplar el cúmulo de larvas y amebas que flotaban por doquier. Se imaginó transformado en un enorme remanso de tocino y sintió una satisfacción parecida a una caricia de cuchillo.

Supo que le concernían las cestas llenas de despojos arrojadas al basurero. Retornó una y otra vez a la edad cuando todavía era un lechal. Se asoció al cubo de los aromas perdidos y suspiró con la estrella verrionda pinchándole el lomo.

Se desprendió de todas sus cicatrices y remató su añoranza de purificación. Eyaculó con la idea de su absoluto cumplimiento, aunque sabía que sucumbiría al amuleto de la ilusión.

Defecó con abundancia bajo los árboles de mango y se restregó el hocico contra las lápidas del cementerio. Sin dudar, se implicó en el fetichismo de su erotomanía adquirida entre lo fúnebre.

Engordó con el ajonjolí de la actualidad y elevó su alma con el anhelo de perdurar tras las imágenes de los mondongos y los jamones. Hasta cierto punto completó su figura redondeada y sedosa y además halló el mordisco brutal que le suministró lo fálico.

Se confortó en los reposos prolongados y luego, con voracidad, consumió la ambivalencia de la creación de sus ronquidos. Pugnó por poseer la iconografía que lo pudiese alejar del malentendido de la ignorancia y la estolidez.

Omnívoro, percibió los días finales en el interior de una pocilga de lujo. Olió las compensaciones de los alimentos escondidos debajo de los terrenos y las criptas. Juró excluir de sus ansias las disposiciones religiosas que lo tornaban ineficiente y lo sumían en la molicie y la dejadez.

Con rostro sereno dedicó unas oraciones por el eterno descanso de los honestos carniceros. Le ordenó a un pintor hacerle un retrato cuando su sensibilidad llegase a su apogeo.

Proliferó en el renacimiento de su incorruptible desazón. Gozó de un tamaño prodigioso, una mueca de simplicidad y un rol adecuado para la restricción de las ofensas.

Con lengua interesada se entrampó los sábados para evitar su aniquilamiento. A través de una inocencia fingida consiguió altas cotas de lascivia. Amplió su fertilidad a base de granos y desvirgó marranas hasta por correspondencia.

Amortizó sus carencias durante los días de exuberancia y profusión. Empleó coloraturas emblemáticas para su piel con la intención de ganar un aire de misterio y retraimiento.

Se integró a la vida nocturna de la ciudad con el arrebato de un ente mitológico. No enfermó por las arbitrariedades, ni le prestó atención a los dogmas de lo magro y los pucheros. Declinó prestarse al azar utilitario y no contrajo alianzas con cofradías venidas a menos o espurias.

Abogó por resaltar los matices de la furia y la maldad y gruñó con largueza al saberse incomprendido. Se situó en lo hondo de la oscuridad para preservar su autonomía. Combatió alrededor de pozos y de botellas para imponer lo esencial de su trashumancia.

No pretendió estar adherido a ninguna mansedumbre y tampoco se relacionó con la supuesta perfección de la muerte y la putrefacción. Venció la sequedad de los ritos de la hoguera y se entregó al trasiego de la regeneración del vino contenido en artesas de madera y metal.

Odió con pasión hasta perder el equilibrio y se identificó con la sublimación de la sangre adobada y puesta a hervir. Cruzó direcciones signadas por supersticiones; se expuso a la condenación y al perjurio; produjo transformaciones que causaron pánico entre la gente aborregada.

No quiso ir a la guerra y evolucionó. Resaltó la fulguración de las tormentas binarias y esclareció los peldaños que conducen hacia las llamas que asan con sabrosura.

Extendió su ámbito de influencia con banquetes a medianoche y en descampado. Enarboló cuernos de abundancia repletos de perniles y de bellotas y se jactó de la forma cúbica de su panza.

Danzó con las hembras más voluptuosas y encarnó en ellas de recebo y se nutrió a ultranza de sus efluvios y les desquició lo arcaico hasta tornarlo vianda de piara y luego les facilitó la guasa del libertinaje y, al fin, se aplicó cual jabalí en busca del instinto y la alegoría y fue cimarrón.

Wilfredo Carrizales
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