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Rubia

lunes 4 de febrero de 2019
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Rubia, por Wilfredo Carrizales
Collage: Wilfredo Carrizales
Texto y collage: Wilfredo Carrizales

Se ha rubricado: desde Persia hasta la India y en la doradura pesa y en la tintorería se pierde entre rubíes y en los cafetos hierve para roturar su piel y lograr el trastorno inmersa en la rojez.

Pudo pasar el Rubicón y presentar dos rayas que eran su espectro y su metal que le encendía el rostro y le oxidaba la rueca y la hacía rodar entre cortejos de pavorreales y enamorar al viento de los anillos.

Rutaba en la rusticidad del rumor de los rompimientos y establecía su derrotero al margen de la gente que carecía de chispa y designaba a los rusos por sus abrigos de paño grueso.

Acentuó en Ruanda el rumiar en secreto y en Rumanía amplió la grafía cuando se enteró de que habían fusilado al dictador y a su esposa. Fue válido su hiato al comprarse una mansión ovalada.

Padeció rubeola mientras escribía el guión para una película sobre Rustichello de Pisa. Admitió el cariño de un médico que se rizaba el pelo con rulos y que tendía a ser rufianesco.

En Ruan aceptó un lápiz de labios de un soldado y después le escribía largas cartas sin usar tildes y reconocía su pertinacia al no rozar el tema sexual por temor a roerse la entrepierna y sangrar.

Rugía y se mantenía oculta y luego estallaba con ruidos de sables y arruinaba las puertas y las colas de los gatos y destrozaba con violencia los nidos de los reyezuelos.

Compró un caballo ruano y atravesaba con él las frondas y se le notaba un embarazo de carbunclos y se dejaba cortejar con rudeza por un hombre elemental que le enseñó la rutina de la liturgia del remojo.

Reblandecía remolachas para obtener azúcar y dispensaba sus pecados remando sobre un rojizo lodazal y le incumbían los domingos aunque fueran torpes y tuviera que remolcar vehículos que no servían para nada

Sus relojes relucían con una porfía de cuentos y nunca se relacionaba con sus vecinos por miedo a perder su privacidad o por coherencia con su rehundida manera de vivir.

De regocijo en regocijo coronaba su cabeza con flores de rosicler y reía invirtiendo los lapsos y alterando los elementos hasta convertirlos en una sucesión de ablativos con el máximo rigor.

Regañaba a los frutos de la higuera si tardaban demasiado en madurar y asperjaba golosinas en las fuentes para que los peces las chuparan a placer y no se les arrugaran las mejillas.

Tomaba bebedizos para reparar sus fuerzas cuando entraban en conflicto con su edad que la mortificaba. Recurría a la comunicación con ancianos poseedores de retículos y en última instancia apelaba a ardides inocuos para recuperar las declinaciones del tiempo atmosférico.

Con intensidad rebotaban sus recuerdos de Roma y del rompecabezas adquirido en una tienda de antigüedades y de los rosbifs consumidos en el club inglés durante el otoño que se combinó con pedazos de madera y cartón.

Odiaba el rímel porque pensaba que le distorsionaría su destino. Así mismo detestaba el Rin debido a que en sus orillas conoció el rigor mortis en el cuerpo de un amante ricohombre.

Rasgaba los muros y leía los mensajes del más allá, del más acá, del siempre y del ahora, antes y después de las lluvias o las nevadas y no paraba de reír y de acariciarse los senos.

El rococó le hacía resaltar la suavidad de sus curvas rodeándola de guirnaldas del Ródano y le ensanchaba de modo notable las rodajas de carne más voluptuosas.

Rubens era tenido por su pintor favorito, ya que le prodigaba un descenso de sus fluidos al contemplar la exuberancia y la magnificencia de sus mujeres arrebatadas por la sensualidad y el vigor triunfante de la vitalidad.

Hacia el camino de la libertad rusticaba con la autoridad que enarbolaba como ruptura a todas las normas sociales conservadoras y se sobreponía a la ruindad con sus cantos de ruiseñor que convertían todas las estaciones en primavera.

Se ruborizaba frente a las lenguas de fuego y ante las piedras manchadas por las uvas de la vendimia. Los rudimentos de la rozadura la conducían hasta un ámbito ubicado entre lo oscuro y lo indeciso y luego se le impregnaba un agregado de espinela por una luenga estancia.

Abrazaba las cosas sagradas y las mutaba en profanas y más tarde les colocaba un rótulo que enaltecía sus virtudes y sus cualidades y en cobre grababa sus nuevos nombres destinados a su galería personal.

Los rosetones abundaban en su mansión y las cerrajerías en forma de abrojos. Subía con frecuencia a la buhardilla y espiaba a los planetas y sus satélites y lograba que las estrellas rodasen sobre su cuerpo hasta sumirla en un éxtasis.

De rondón entraba en las habitaciones de los hoteles de lujo y sorprendía a las parejas en atropellados manoseos y, de inmediato, se iba de prisa a la ronda y se entretenía con los halagos de los chulos y de los merodeadores de oficio.

Cuando se sentía rolliza daba prolongados paseos por los parques y se permitía ayunar, aunque sin dejar de pensar en los futuros festines con los enanos de la opereta.

Sus pendejos formaban extensos rizos que destellaban con intermitencias y que eran un espectáculo para toda su servidumbre y sus íntimos.

Rezaba en broma, entremezclando diversas lenguas, sólo por el placer de ver enojadas y rabiando al cúmulo de beatas que se congregaban en las iglesias.

Se revolvía durante sus mudanzas de mal humor y rompía libros y le reverberaban las pupilas y a hora avanzada de la noche se retractaba consigo misma y rompía en carcajadas que retumbaban por los pasillos.

Respaldaba el nudismo y el amor libre y respetaba a los humildes y a los verdaderos artistas. Aborrecía cualquier molde de dictadura o autoritarismo y se oponía con denodado furor a los fanatismos, las cobardías y las dobles moralidades de políticos, religiosos, burócratas y militares.

Wilfredo Carrizales
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