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Travesía por la escalera de levante

lunes 25 de febrero de 2019
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Textos y fotografías: Wilfredo Carrizales

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Travesía por la escalera de levante, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

En el primer rellano, humilladas espigas y las huellas de llantos y cartas que fueron destrozadas. La lámpara gira y pretende deshacer los nimbos. La claridad no excluye el asunto de la calima. El canto cercano de un gallo escuece. En los travesaños, unas hormigas se quitan los miedos, alineándose, apenas empujándose. Por breves instantes, la brisa descansa de su trajín de comuniones. Me pliego, a imitación de las bisagras, y como ellas, chirrían mis huesos.

El tiempo se revuelca entre sus minutos y no me desengaño. Doy un palmetazo para presumir de que puedo sobreponerme a todo. El aleteo de un murciélago sugiere un acto vicioso. Me pregunto: ¿en la cúspide habrá heridas que se han encumbrado? Las yemas de los dedos tienden a inflamarse con el sigilo de los grados. En medio de parpadeos me sorprenden alucinaciones: aspectos de guedejas que se descuelgan y temperan hasta reducir sus notas de beligerancia.

El verdadero apoyo está en otro sitio, al cual ignoro o no se me sugiere. Transcurren escoceduras para la piel. Acepto una hélice zumbando dentro de mis oídos. Me demudo y por instantes olvido el paraje donde me encuentro. Crío brusquedades repentinas. ¿Valdrá la pena escudriñar lo que permuta en mi redor? Detrás de los contrastes hay algo que me repugna. Resuello, toso, suspiro y me repito con el eco de la quietud. Me yergo y continúo el ascenso, la subida que me exculpa.

 

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Travesía por la escalera de levante, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Segundo rellano: una vela encendida en el ángulo menos evidente. Su llama oscila sólo por momentos muy fugitivos y la esperma chorrea con empujes de fatiga. Diversos reflejos parten de una claraboya y caen sobre la lisa madera, lustrándola sin pedir su consentimiento. Me enceguece un inefable fulgor. ¿Amanece o relampaguea? No distingo nada y poco me importa. Siento que unos hilos se corren por entre el tejido de mi vestimenta. Tomo asiento para encontrar sosiego.

Barrunto un huésped que no termina de forjarse. De soslayo, mosqueo una sombra que apuesta a ser mi confidente. La olfateo y me prevengo contra ella. Sin detenerse, enlaza mis ideas y tira de las mismas hasta lograr pasmarme. Sorteo su interrogatorio silencioso. Me hace beber un descanso y me pone a dormir por décadas. Me despierta el doblar de campanas y un clamor portátil. Callado, transcribo mis sensaciones y me afirmo en la validez de mi estado.

No siempre uno puede desprenderse de su conciencia, pero ahora creo que lo consigo. Me abro camino a través de un canal de luz. Avanzo por una superficie que me pringa de una especie de óleo. ¿Qué tratan de comunicarme? Evito cualquier elucubración y me aproximo a un atavismo que me empareja a entes afines a lo mullido. Su multiplicidad y sus cojeras me sobresaltan. Retorno a mi condición original, escamado, con el pelo transparentado. Me impulso y prosigo hacia arriba.

 

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Travesía por la escalera de levante, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Tercer y último rellano: una desigualdad se corta para distribuirse en una serie de destellos. Un escapulario se arrolla: caracol de escamas para padecer. Largo hacia atrás mis codos, en un absoluto sinsentido. La lámpara escamotea el vaivén y me induce a oír las distancias alternadas que se encajan en el techo. La blancura no es accesoria, sino consecutiva, expandida cual cáscara que soporta escalofríos. Entorno los ojos y pugno por descifrar el misterio. ¡Salve!

Entre titubeos, doy unos pasos cortos, gustosos del juego. Me transfiguro en momentánea figura de cera. Pienso: “a esta hora podría deambular por la cornisa y fundirme hasta precipitarme al suelo”. De cuando en cuando defiendo mis dientes de la luminiscencia, de su falta de gravedad o de la trama de su vértigo. Conmigo tremola el recuerdo dentro de mi bolsillo. No se embravece ninguna ilusión y aprovecho para mantener a raya la oscuridad que se perfila afuera.

Escalona la templanza y se ubica en un tramo de oclusión. De un modo que suelta columnas, el ámbito se opone a mi contrariedad y me obliga al desdén. Escucho mi voz en un laberinto insinuado por vigas. Una pura flaqueza me sustenta sobre la velocidad que muestra su ardid. Desde abajo explota un alarido, sin consecuencias para mi ánimo. Una elevación súbita me habría privado de todo raciocinio. Entonces, me acuclillo y aguardo el aviso de mi infortunio.

Wilfredo Carrizales
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