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En dos trancos

lunes 1 de abril de 2019
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Textos y dibujos-collages: Wilfredo Carrizales

Fuiste un buen hombre

En dos trancos, por Wilfredo Carrizales
Dibujo-collage: Wilfredo Carrizales

Fuiste un buen hombre, un hombre de acción, cordial, dicharachero y chistoso. Venías los sábados por la noche a buscarnos en tu jeep y nos sacabas a pasear por los alrededores del pueblo o nos llevabas hasta la laguna a oír los graznidos de los patos migratorios y sus crías. De regreso a nuestra casa te bajabas, de improviso, del jeep, en plena carretera a oscuras, y dejabas que el vehículo marchase un rato sin chofer. Nosotros gritábamos entre asustados y excitados y tú te volvías a subir al jeep como si nada y preguntabas: “¿Y el patico?”. Y tú mismo respondías: “El patico se mareó”. Y nosotros desternillados de risa hasta casi orinarnos. El resto del trayecto ibas inventando historias cada vez más extravagantes que nos ponían los pelos de punta en blanco y ya en casa teníamos que dormir con las luces encendidas, a pesar de las protestas de la abuela.

Fuiste un hombre bueno, aunque tú afirmabas con frecuencia que eras el abominable hombre de las nubes que se sentaba allá arriba en dos sillas y que cuando nos veías padecer por la sequía abrías los grifos para que nos cayeran encima los poderosos torrentes celestiales. También afirmabas que cabalgabas en potro zaino de dos ruedas, sin brida, repartiendo catálogos de diversas disciplinas para aumentar el saber de los niños. Nosotros nunca pudimos imaginarte como hombre de armas, porque odiabas la guerra, si bien conocíamos que guardabas un revólver en la guantera del jeep.

Eras considerado un buen hombre y no sólo por nosotros, sino también por nuestros vecinos y allegados. Tú replicabas diciendo: “¡atajen al puerco!”, mientras agitabas las manos en señal de emergencia. Una prolongada carcajada colectiva seguía a tu insólita ocurrencia. Siempre traías contigo novedosos acertijos, adivinanzas, juegos de palabras y charadas. Nuestros preferidos eran aquellos pasatiempos que comenzaban con la fórmula interrogativa “¿Qué le dijo..?” y que tenían como respuesta una inverosímil contesta.

Como eras algo moreno, tú mismo afirmabas que estabas emparentado con un homínido honrado y recto que había existido en la cima del cerro azul ubicado frente a tu ciudad y que cansado de aquella altura descendió a lo llano y se convirtió en mediador de tus ancestros y en conciliador de las tribus enemigas de la zona. Para probar tu relato nos mostrabas utensilios hechos con huesos de aves y guijarros que nos encandilaban la mente y la visión.

Solías aseverar: “Siendo hombre de la calle no llegaré a general, pero sí seré teniente: tendré legumbres guisadas y garbanzos sordos; tendré frutas alcaldicias y ventajas no tacañas; tendré lo que tendré y acaso llegaré a tendero”. Tenías buena voz y si la hubieses educado te habrías convertido en magnífico tenor, pero preferías cantarnos, en falsete, “Allá en el rancho grande”, al tiempo que te atusabas unos imaginarios mostachos.

Nadie pudo endilgarte que fueses hombre de dos caras, pues tu histrionismo superaba con creces las dos docenas de rostros y fisonomías que adquirías en cada función de estreno y reservada en exclusividad para nosotros en nuestro teatro de tablas y cartón levantado en mitad del patio hogareño. Adentro del local enterrabas a tus muertos y te hacías poderoso y pasabas del dicho al hecho, con correcta pronunciación y elaborado estilo. No podrás negar que nuestros aplausos te regeneraban y te volvían aún más feliz de lo que ya eras enantes.

Las mangas de tus camisas pertenecían a un mundo para nosotros recóndito e inalcanzable. A veces descubríamos encima de las mangas algunas briznas de pajas y entonces tú, aparentando una seriedad fuera de serie, te abrías la camisa y te señalabas el pecho lampiño y aseverabas que las hebras se te habían desprendido de allí. Mas tu pícara sonrisa nos hacía dudar algo.

Hombre pusilánime jamás fuiste y frente a nosotros diste prueba de ello y te enfrentaste a personas agresivas y pendencieras y las ponías en su lugar. Inolvidable fue la ocasión cuando portando un saco de yute tocaste, de la manera acostumbrada, a nuestra puerta. Abrimos con lentitud para hacerte desesperar y tú le diste vuelta al saco y vertiste sobre el piso todas las ranas que contenía. Al grito de “¡sorpresa!” escapaste al instante y a nosotros nos llevó un largo tiempo capturar a la bandada de ranas y meterlas luego dentro de un estanque.

El día que nos comunicaron que ya eras un “hombre del agua” no entendimos al principio qué significaba esa frase. Empero, mirando la expresión triste y compungida de la abuela y sus lágrimas que caían en abundancia, con reticencia, comprendimos que tú, Martín, habías sucumbido en un naufragio y quizá tu cuerpo, sacudido por las olas, se integraba en ese momento al infinito tiovivo del océano y tu risa contagiosa subía y bajaba por toda la eternidad.

Después, cada noche, al irnos a dormir, nos preguntábamos: “¿y Martín?” y una voz respondía: “se mareó”.

 

Amigo tuyo

En dos trancos, por Wilfredo Carrizales
Dibujo-collage: Wilfredo Carrizales

Amigo tuyo con la lupa siempre colocada sobre el ojo derecho para ver con suma nitidez los recovecos de la vida y la sociedad. Amigo tuyo y del vino y la cerveza y las mujeres inteligentes y de la confianza recíproca y de los materiales que hacen posible la construcción de la gratitud y la apacibilidad y de los árboles aficionados al estudio de las corrientes y de las cuerdas que divierten.

Amigo tuyo y de las adicciones a conveniencia y de los planteamientos para lograr la ecuanimidad sin aspavientos. Amigo tuyo y de las concubinas con apelativos que llaman la atención por ser partidarias de llevar cinturas muy estrechas. Amigo tuyo y de las operaciones para conducir cuesta arriba los cargamentos de las almendras más amargas.

Amigo tuyo y de las morisquetas a los funcionarios que mal administran y dilapidan los bienes del Estado. Amigo tuyo y de la noche candeal, con nobleza y aristócrata. Amigo tuyo y de tu casa solariega y de los libros que se distinguen por sus títulos antiguos y por la gallardía de los canes guardianes. Amigo tuyo y de lo justo al nivel de la playa y del horizonte que bien se aviene y de las desplegadas velas a sotavento y de las caracolas curtidas por los ácidos de la pleamar.

Amigo tuyo y de las desnudeces de los cuerpos y de las naturalezas con pies fantásticos y de las reconciliaciones en procura de armonía y de las migas de pan y de las distancias con entradas para fraternizar y de los piñones inquebrantables y de los niños y sus tertulias al atardecer.

Amigo tuyo y de los trazos sin registro de propiedad y de los seres caritativos que no se intimidan y de los troncos y de las uñas y de las familias del alma. Amigo tuyo y de las piruetas de los saltimbanquis y de la ecología como canto de combate para no sucumbir talado y de los sentidos de la soledad y de la esciomaquia como disciplina de ascesis y de las serpientes en su ebriedad.

Amigo tuyo y de las costas con faros y de los boteros que no aceptan recompensas y de los atajos para acercar cosas de la defensa y de las aldabas resultantes de la oxidación y de los carrizos con golondrinas en corro y de los trayectos para hablar de filatelia y de las charangas con monos y buhoneros y de los racimos de uvas para un bocado y de los follajes que no se queman.

Amigo tuyo y de las anclas con modismos y añoranzas y de las cigüeñas de las maternidades clandestinas y del tránsito para contemporizar y de los rincones en herradura para murciélagos del azoro y de los mercados para ir al grano y de los cocineros que producen voladuras de la buena sazón y de los ocasos que nunca me dan ocasión para quejarme, ni aburrirme, ni dolerme.

Amigo tuyo y de los perspicuos y del rayo en su primacía y de las raíces de la razón y de las resurgencias y de las pátinas sobre monedas de bronce y de los almireces para machacar dudas y de los tábanos en las postales sin miseria y de los poblados donde preservan las tinajas al bies.

Amigo tuyo y de las rodajas de piña y de los sedimentos de las sombras por su orden y de los báculos sin variaciones y dotados de empuñaduras leves y de los ruidos sobre las tablas de los puentes olvidados y de la canícula con amplia cortesía y de los cometas con formas de turbantes o gorros frigios y de las varillas para frotarse las mandíbulas y de los yacimientos de collares yertos.

Amigo tuyo y de las gemas que aparecen debajo de las figuras de los pólipos y de los zapatos que zumban y del sordo audaz en su mecha y de lo xerófito con su ritmo de marimba y del vodka volandero y solícito y del visir que no fue y se despidió y de las orejas con arrope e hilado y de los viajes en carruajes, sin posta y a campo traviesa y de los pedagogos con sentido del humor.

Amigo tuyo y de las montañas para la curiosidad y de las maniobras de los aviadores con plumas y de los libertinos en sus extravíos infinitos y de los ñames dentro del caldo de ostras y de los ociosos en sus horas de distintos matices y de los que reparten octavillas exponiendo sus vidas y de los panteístas sin doctrina fija y de los inventores de pararrayos y otras genialidades del espíritu y de los que parpadean ante las parras y de los pasantes de pluma y tinta y de los canosos simples.

Amigo tuyo y del alhelí y del calígrafo sin pendón y del que se ahoga con un penacho y del fiel que tiende la ropa antes del alba y de los pilluelos con argamasa y bombín y de los beneficiarios de los pocillos y las orugas y de los polvoristas con las cejas deshechas y de los actores situados tras el telón.

Amigo tuyo y de los postergados y de los prácticos sin agujeros y de los escribientes y guardarrayas y de los hirsutos en la brecha y de los dignos a todo trance. Amigo tuyo y de los corajudos.

Wilfredo Carrizales
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