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Ningún momento cegando

lunes 15 de abril de 2019
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Ningún momento cegando, por Wilfredo Carrizales
Foto-dibujo: Wilfredo Carrizales
Textos y foto-dibujo: Wilfredo Carrizales

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Ningún momento cegando; ningún alquimista vapuleando. Se admiran los caracteres de cada individuo y sobre el globo se estrena un teatro de variedades. Abundantes cintas para la fiesta y el silencio lejano de las mujeres zorrunas. La diversión se reivindica por el amor no reconciliado y un mundo nuevo no tiene la pretensión de aparecer. La caída de las cejas presupone la conspiración y la catarsis. La arrogancia lleva al duelo a más de uno y la historia natural se escribe en el cementerio. En tela de juicio la taumaturgia. Sobre mesas verdes las impresiones de las ciudades dejadas atrás. La pandereta de la juventud resuena en la escuela de tránsito. Los músicos se admiran de los sátiros y los paganos y para las calumnias hay colaboración a ratos. Se notan plantas briosas en los jardines de elementales curvas y el tiempo se nubla con su obra más conocida. Luego, en la intimidad, los ensayos de la memoria persisten y el ruido de ciertas máquinas oculta el rumor de las fuentes donde moran los vultúridos. Cuando la energía retoña, los cuadrados y sus corrientes se transforman en presión y pasan a desprender vapores que no se vencen. Los sudores se han perdido bajo las materias deleznables y nunca estuvo la gloria al alcance de ningún don. La luna de los aplausos fue mirada ochocientas veces por tempestuosos pintores de ocasión. El fin de los días se volcó con la posterioridad de los elementos. Hubo férulas y cancioneros y rosas de abarcantes pétalos. El flujo de las claves no socavó la secuencia de los paralelismos para continuar. Los prejuicios emprendieron un súbito viaje subterráneo.

 

2

Una tempestad en el boceto de un loco y una torre clamorosa en la flexibilidad de las sombras del estío. Los escritos comienzan a permearse de una prosa codificada. A los visitantes se les invita a regocijarse con los combates entre los ratones y las ranas. En los prolegómenos aparece el ciego que se acaricia sin cesar el busto y promete liquidar a los rapsodas, sumergiéndolos dentro de una tina rebosante de licor. Se propala la desobediencia por intuición, lo cual conlleva a perennes trifulcas entre maestros y discípulos. Las celdas sufren una constante expansión y la música se hermana con los sueños más efímeros. Quienes ahorran poseen buenas huchas y lanzan a sus perros contra los mendigos. Hace tiempo que los ocios se retiraron sin descuento. Los gorrones comenzaron a enviar sus bártulos a la tierra purpúrea, donde sobran los vendedores de bagatelas. La realidad se deforma y llegan los castigos y las contemplaciones y las sombras desembocan en todas las calles con sus ofertas póstumas. Los hombres juegan para ser animales y pensar en los caminos que les brinden nieblas. Durante los equinoccios los dogmas experimentan los movimientos que luego les suscitarán temores a los declarantes. Los escándalos no se detendrán y tampoco sus contrapuntos. Habrá diablos desde el gris hasta el barcino y sus esencias serán, con fidelidad, principios de la evolución. Las herencias se vertebrarán alrededor de los amantes de los melindres y los ríos se expresarán a través de los cangrejos del azar o de la duda. Los peregrinos irán a la par del decadentismo y en las catedrales las familias se inclinarán para recoger las limosnas de la sensualidad.

 

3

Los comediantes pretenden coronas, pequeños símbolos de la construcción de quimeras. Los nefastos salvajes de las avenidas parlan con los moribundos en las esquinas del desprecio. Quienes enseñan opulencias amanecerán dentro del desván de las noches. De los iconos se desprenden barros y sierras y querellas deslumbradas. Casi se opuso un viejo sin sentido y le bastó para agregarse a la ictiofobia. A las porfías, las traiciones más elocuentes. Y las muchachas tostando sus senos al sol y los incestuosos con sus agentes de combustión y espuma. En los divanes se descuidan los hijos más divulgados. Un poco después adviene el derecho del sándalo, pero la acción tirante le quita fuerza. Ningún papel a la vista; ninguna musculatura; ningún cilindro para la inercia. La tragedia de los castrados y las lacrimosas derramadas ante sus pasos. En uno de los espacios preferidos el desorden y la rayuela con su tabernáculo. Y andan y van quintuplicados, hartos de carne y mierda. Los disgustos sobre las líneas y perjudican. ¿Cierto juego de naipes en la hondura o en la vana oscurana? La margarita de infranqueable hediondez, predestinada a las damas de los calzones mitigados. Y emulan esfinges en rincones de los jueves y allí ejecutan las gracias femeninas y las bañistas de tetas rucias pugnan a favor del género decorativo.

 

4

Odas ariscas e ingresión de las rajaduras amigas. Retratos para las entradas, sin definiciones, ni economías. Yemas de enjundia si las hay y en el umbral se resuelve en pleito. La inocencia de los doctores se agita con el surtidor carente de tapa. Antes de las inscripciones, los inmuebles para los inquisidores y los torturadores. Del calor que se adscribe resulta un espacio para el trayecto de onda y la superficie bate las franjas y no interfiere a los coloides primordiales. Los que están en la distancia difusa pierden la expresión capilar y se estacionan. Como ofrecerse de víctima y espiar con los cien ojos del cogote y después enternecerse, tributario y asistido. Nuestras vidas ya no son los mares que se irritan. Tampoco las costas para el olvido. Mejor retirarse a las plazuelas y volverse barril de leche. Las señales de los dedos entre las piernas cual bellacos en actos sinuosos. ¿Quién ha errado al modo del iribú? En los apuntes se conquistan las granadas, sus gajos que desfallecen en el dulzor. Y convencidos de lo que se lava con fortaleza y con los dados corre un travesaño de espanto. De los astros esperamos el auxilio y nuestros torsos entran en periodicidad. Por jamás las fugitivas nos han mordido. En el dintel de la ventana una atea enhebra su alcohol y, ebria, baja al pozo nodal. Por no haber pan faltó el hoy y libres guerrearon los salmos hasta la postrera aseveración. El ubicuo no prodiga a los fantoches. Donde la necedad mesa los cabellos se constituye la bufonada. Y las guirnaldas no tienen autores en julio o el entusiasmo no cabe sin fervor. Tuvo lugar y a jarros la lluvia y los vieron cerca de las luces en una noche extirpada. Tras casi de siglo lo mismo se remonta y regresa menos de rico y en la laguna se traducen lejanos panales y unos atrios de tristeza evocados. Se repiten las supersticiones en los territorios que la lontananza no abarca. Desde la rodilla abajo, la guarnición y la borla y el seto cuya resina bastante enaltece. Furiosos han de irse con el atlas en secesión, ñato y dolorido.

Wilfredo Carrizales
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