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Ceñiduras concertadas

lunes 29 de abril de 2019
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Textos y fotografías: Wilfredo Carrizales

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Ceñiduras concertadas, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Las fragilidades trompican de continuo y un zumbido engaña. Cubren los espacios donde nada suele caerse. Un hombre logra dividirlas y cambia su quietud. No hay alternativas, ¡quién sabe! Un calor de cansancio apenas espera, mientras griterías de brevedades van resistiéndose a la extinción. Cuesta arriba, un vaho envía señales de bálsamo, tras el resguardo de lo inservible.

Se fraguan parcialidades donde se sostiene la mirada que arbota. El agente de la refracción parodia el acto de la alianza. Un torniquete da vueltas y algo imprime: ilusiones o letanías e, incluso, pandeos del espectro. De puntillas, lo ilícito se desborda y obstina.

Debilidades que seducen en el todavía aún más joven. A veces, ondas por designaciones. Y un rango superior que fluye y se cocina. Unas ganas de ligarse a los despojos, malacostumbrarse, desbarrar con lo fragoroso en ausencia. Luego, muy luego, la consecuencia del hálito en el sitio que no salta ni se empaña. Unos ojos se conciben y marchan, dubitativos o fáciles.

 

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Ceñiduras concertadas, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Estrías sin estridencias y una silla en el abandono que se aplica a su ley. Se meten los apoyos dentro del trastorno y la fiebre del metal. ¿Qué hueco se desnuda para ser vestido de mengua? Un conjunto de vibraciones se arrastra con guarniciones de alba portátil. Se siente el proyecto de maqueta hasta volverse resabio bajo el sucio. Traspasa el miedo con la fecundación del frío.

Círculos y enlaces y texturas del olvido. Ninguna revocación ni guiño al orín. Por las salidas, unos recipientes que se inician en los trastes de la blancura. Desteñiduras hacia el arrebato de las fosas mínimas y la confianza que no acaba en tablas. ¿Cuántas ocurrencias en lo antes posible, con el resumen de las tintas en el interior de las esferas? En la periferia se redime el verme que lustra.

Más por los dientes en la apariencia y se tiene la validez en la sima ornamental. No sobre púas, los voladizos y las tretas de la disonancia. De paso, yéndose el falso iridio y su correspondencia en pleno aturdimiento. O llegadero de los juntos al fin del instante eterno. (¿Qué mucho que palia la severidad de la mugre? ¿Cuál radio en su vicio de tristura? ¿Cómo el palpitar sin hostilidad?).

 

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Ceñiduras concertadas, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Después de los dolores, el entronque. El hollín se honra con la fama cual pretexto. Mientras tanto, ejercicios de titubeos en las herruscas, amantes del ciempiés. Y en cierne una sustancia que falsifica el comedimiento. Se comprime la brusquedad con los nudillos asordinados. Nivel a nivel, lo corrosivo se distingue en su rolde: hito sencillo. A cubierto del rocío una moldura se echa y aúpa.

Que se hiende el arrabio descolgado de los hombros de la posdata. Por él, una pupila muta en punzón y pondera poco. Perpetración de la fantasía para acuñar monedas y postular recazos. A la perfección, provocando los arrastres de las coloraciones acres. Hasta los calibres tienden a aspirar los puntos que se pican. Y un idioma de arañas se friega entre troneras sin rizomas.

Hábito cualquiera: de prisa y sacudido por la holganza. Hieratismo al adulzar y vacío de rejos en el milagro de las grietas. (El buen cuerpo circula sin puntas y traza estrecheces). Se quita de delante la duración de los tornillos miliares para no agravar los bufidos de la resolana. Se toleran las aureolas y cierta mesura se broncea con el ruido que se derrenga. ¿Virutas en la velocidad viscosa?

 

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Ceñiduras concertadas, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Nada de exageración en la frecuencia de la rosca. Su ruta es la esencia aunada al desgarrón. Así nunca le falta la acción de abrazadera y torcimiento. El peligro no la convida; de la molestia ni se acuerda. Gratis, reniega del amanecer depositado en espiral.

Con las orugas arrostra las misceláneas de las cargas y se sitúa allende las arrugas de la veleta. (Suelo enroscarme a contemplar las paredes en su desesperación ilusiva o en su circunstancia de lanzar las cáscaras y gemir. Y el rostro nunca se me enfada y alterna, periódico).

Sonoro ser, la rosca. Y se refugia en el agua que absorbe, apartando el sarro y el relajo. Se llamaría “alto” si su condición fuese otra. Mas afloja su codo y se expande en el manjar de la brisa. El rosicler la altera con su erupción de hélice moldeable.

En un laberinto de verticalidad no se descose y se acomoda a lo redondo, en paz y justeza. Y se estremece con la llovizna de las sortijas y se decora, pendiente, de la flor de latón. No traspone los aros de la mixtura, aunque sucede en una nacela de tornaviaje.

 

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Ceñiduras concertadas, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

¿Te cierras al jardín? ¿Con el hermetismo de la botella adventicia? Que un dispositivo no es un remate sin nombre. Y el exterior ya resulta un acceso. Y no hay fracaso en puertas. Y hiere el oficio.

(Dura la cerrazón del olvido. Y no existe llave que valga. Ni ganzúa a la distancia).

Cerraja con su oquedad de ecos compuestos. El taller, en su interior, no cesa. Y el silencio trina: simulación de herrerillo. Y el hablante calla ante él y se rodea de acentos sin cajas.

(Pestillo con pocos malogros. Y un modo de boquilla fecunda. Sin negativa ni escape).

Cerraduría y paso humedecido del viento. Banda y pico y una piedra como sello. Se abotonan los paréntesis y guardan el cerumen de los días que se endurecen.

(No lacre ni lodo. Un portazo no se encaja. La aldaba se ciega o se intercepta. Cerrero el ojo espía).

Cerrazón y trancazo. Nadie se obstina y los demás tampoco. Clausura y fósforos para certificar. Cerrojo para la vista y propio para el olfato. Se acierta en el broche y se aromatiza la armella, ocluida en su escasa niebla. Y el recinto se atranca hasta convencer al dormidor.

Wilfredo Carrizales
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