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Voz, alma, frontera

lunes 6 de mayo de 2019
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Textos y dibujo-collage: Wilfredo Carrizales
Voz, alma, frontera, por Wilfredo Carrizales
Dibujo-collage: Wilfredo Carrizales

Voz

Se activa la voz y motiva una melodía en el segundo impulso del diapasón. Cualquiera no habla y la sangre es su conciencia y en el tono se fuga su expresión. La agudeza busca lo argénteo y rebota en los oídos de los cantantes. La inspiración se destaca y los emocionados no se arrepienten.

Se comunican y rompen las vueltas que dan los terrenos. Al frente, la sonoridad supera la amenaza o el enfado. ¿Quién con actitud elige una opinión con voz? A gran distancia se oye el aviso divino.

Juzgan la casa, la comentan en alta voz. El accidente toma del trueno la indignación que se impone, porque subyace. ¡Que llegue por unanimidad el grito de quien se puede!

Tosen y las voces, después, salen con huecos y en los cuellos la gravedad se hace énfasis y perdón. La tolerancia se alza por encima del rumor y la emoción se anuda para acordarse de vosotros.

El canto se descompone con la voz en mudanza. Circulan los bajos chorros de luz y la prohibición golpea al habla. El viento da coces para echar los esfuerzos sobre la inutilidad de los verbos en remisión.

Oyendo los susurros y más volcados hacia los lloros. Reserva y referencia en las cuerdas que vibran y un abrigo para expresarse con el eco de los caminos. Las formas se figuran y se abren a la manera  de los pechos asistidos.

Cantares en su estado de emisiones cenicientas. Y los llamados desde los sitios donde los secretos tiemblan. Y los votos con chirridos y la voz, vuelo y nudo de las estrofas que se repiten.

A una voz y las aves aclaran sus descensos. Sumisión de plumas y chillidos. Necesidad de escardar los picos y obrar en sus nombres el milagro de los esquemas del aire.

Con los dichos y los roznidos, en redondo y con las campanas completas. ¿Y los gallos sordos sin reclamos de afonía? (Una soprano, en su culto respectivo, entona la voz y, los destellos, a la bóveda).

Zureos como consejos mientras la tramoya se articula. Exclamaciones por los sonetos que se trabajan al volver las esquinas. ¿Adónde las voraces voces de los duros y anónimos?

Marchados con más razones y las voces repartidas y en ronda. Rugidos y flexiones. De los saludos a las anunciaciones, trechos sin trechos. O las quejas que ganguean, despacito, despacito…

Repetidos maullidos a lo largo de la topografía de los techos. ¿Hubo devolución de los remudamientos? Un retornelo implicado entre las tejas y una luna sin importe ni brillo.

Grillos de las suaves vibraciones y las llamas en las frases de los luceros. Si se ahuecan las voces, ¿cómo doblar los colores, sus embozos de siringe y de vísperas y de salmos?

 

Alma

Se nutre el alma de los afectos de las plantas. La energía es una fiesta que erige una ciudad vegetal. Del núcleo al soporte se anima el instinto de sobrevivencia y el alma transita en su algodón que trastorna.

El alma fluye a través de la cuestión de las hojas. Entre las tapas acuerda retrasar los palos para los puentes del veremos. Del perfil de las causas, un elemento para ajustar la fe y las orlas.

Durante los élitros, las almas en su puntería de blancor. Un fuego se apega a su fruto y la resplandecencia retruca con la relación de lo celeste. Llega el adorno y lleva a moverse.

El entusiasmo del cántaro, donde se hace el alma sin cansancio. Un plazo para el estado de abandono y no se cría nada de sombra, ausencia de retrato. El universo subsiste y se piensa.

Adiós con la ingenuidad del caso. Alma, sin embargo, lograda, por encima de lo absoluto. El origen no se niega y se defiende en postrera instancia. Los fenómenos se sostienen, envueltos en astillas.

Impaciencia sin alma, ¿todavía andas ahí? ¿Con acritud mostrando? ¿Diferenciada y otra, coetánea? Aun se supone una armonía, mientras la realidad explica y no comprueba.

Penas de los aparecidos: maneras tras maneras. Y el alma acarreando sus lugares y sus alijos. Preexistencia  de los relojes no fundados, adjuntos a los rigores. Almacenes para decir y tales cumplimientos.

Almaradas desde los espíritus cual crisol y una almendra, franca, larguera. Un alma entregada para no morirse, para no ser azotada por las brasas de la ilusión. Mañana se quita el almagre y de antiguo revienta.

Atardecer en el alma y partir con su abanico de chispas. Aquellas que se dan y no se reducen. Tras los planos, los felinos sin nortes. Se oye el discernimiento en la hora más lastimera.

Destrozos a los pies en cada fecha sin aliento. Germen del alma en su tertulia; espesura de su objeto. Se purga el corazón o se abate. Sólo un hilo es el compromiso.

Muchas veces para repetir las pérdidas. El alma doliéndose, doblándose. Y los dogmas sobrevolando con sus hartazgos de morral. Se sirve el gato sus preces y discurre su almáciga.

Parada frente a la potencia y en la boca la palma. Periodo de tocar las sepulturas, al tiempo de las almas mejor dispuestas. Rizando el pesimismo con los ángulos de afuera.

Cuanto se tiene de alma entre los dientes se colecta y se declara trascendente. Menos la yesca o lo mojado que disiente. Se podría contra los clavos, las caídas. Empero el frío cava su adulterio.

 

Frontera

Se frota la frontera y se extiende con los alcances que la fructifican. Allende los arreos se constata un altar de cascos y pelambres. En mayo se escarpa un tímpano y su ventana.

Límite más abajo y el cornijal con su atmósfera semejante. Un frontispicio colmado de franjas en la costa que se graba en lo oblicuo. Tras la fachada de las coyundas unos gamusinos saltan en sueños.

Los tapiales se sostienen al correr de las brisas, al fluir de los helechos. Algo se construye y es superficial el confín, alienado de pájaros y de ruidos de semillas. Un remate se moja donde lo manda el pasmo.

La fronda sale de la roca y se enrolla la dureza. Enfrente, lo saldado y el barro y su corneta. Linde con la fuerza fulminante de un mes que nunca anochece. ¿Quién admite una estrella diurna en un firmamento de pistones?

Resuenan las cantatas adosadas a las orillas, mientras el alias pregona el céfiro y el teatro. Varios los hitos y ya los combates ardieron. Si se retiran las sendas, se ejercita lo de abajo.

Sagitario escribe y en la vanguardia lanza mitos de piedra. En los aledaños, general música de herraduras. Pronto la rigidez chamusca los parajes. Las yerbas atienden los sermones de la garúa.

Bordes para dañar las testas. Los sitios del arresto se guarecen y concluyen en el limbo. De donde las cáscaras se acotan hay designios de trozos de barro. Cuando basta el contorno habla solo.

Equilibrio hasta el ribazo o cada uno o cada cual. Los zapatos y sus expresiones de distancias y sus apegos a la marcación sin cercos. Poniendo por mucho los atributos, las dimensiones se tornan materias de lo finito.

La divisoria con espuelas y vallas y las deudas se tiran y el ahora arrumba su caridad. Eso admite un eje y un medio, por lo mismo. El exilio y su jornada de barricadas y los vendajes y las llagas que no pactan.

Limen de las vasijas con los lodos adentro. Musgos en la dependencia de los arrestos y la canícula. Después la velocidad se disuelve entre frugalidades de un instante que replica. Sobre un pliegue se suelda un suceso, una onomatopeya y un desliz de aceite.

Contra el fondo, su servicio de espejismos. Bien la cola del estío penetra y metaliza. Y el goce de la fruición no alcanza para todos los ausentes. Y la frontera se ausculta y padece bajo su mecanismo de cascajos y salitres. Según la deflagración, algún tejido se adviene y cuelga.

Entre los barrotes, ahumada y disputas. La clase de traslado con inercia. Lo coruscante en minusvalía. Condición expresa de lo limítrofe, sin argumento, ni pira, ni brío. Que los fueros se quiebran y los bastiones apenas espejean. (La posteridad no afianza sus anteojos). Y los confines han sido chupados y esa hazaña repugna. Y las marcas brujulean mal y desde los cimientos la precariedad convulsiona. En despoblado, el polvo muerde y traga y fenece la piedad.

Wilfredo Carrizales
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