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Todo en domingo

lunes 13 de mayo de 2019
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Textos y dibujo-collage: Wilfredo Carrizales
Todo en domingo, por Wilfredo Carrizales
Dibujo-collage: Wilfredo Carrizales

1

Me despierta el insistente sonido de la zampoña del amolador. De prisa, me levanto y le entrego al hombre mal vestido y mal encarado un par de tijeras, un cuchillo de cocina y un machete. Del esmeril brotan chispas en todas direcciones y en pocos minutos mis instrumentos relucen después de ser afilados. (En el ambiente flota una mezcla de olor a humo y fragancia de flores desconocidas. Sobre el pozal del jardín revolotean avispas y abejas. En mi cerebro dan vueltas unas ideas que se originaron durante el concubio). El domingo me tiene consideración e impone su dominio para el descanso y el señorío. Alguien ha dejado enrollado en la reja el periódico del día. De un vistazo leo los titulares y devuelvo el diario a su lugar. (El neófito larguirucho pasa con agitación llevando sujeto de una cadena a un pastor alemán y un grupo de niños inicia un alboroto, a la vez que saltan a la pata coja). Frente a mi casa, encima de la acera, veintiocho fichas rectangulares aguardan a que vengan quienes las aguijan y las hacen resonar.

 

2

Salgo a la calle y casi choco contra las domingas de una señora negra. En broma, me santiguo para no tener una oscura jornada. Sobre nuestra urbanización revolean dos o tres helicópteros militares. Los vecinos los observan, alarmados, y se preguntan qué andarán buscando, qué se propondrán con tanto estrépito. Me desentiendo de ellos. Enrumbo hacia el centro de la ciudad. La mañana ha lanzado su nitidez, con fuerza, hasta casi enceguecer. Encuentro a los locos adoptivos sentados en las escalinatas de la iglesia. Discuten acerca de cómo rendirse en adoración. Se postran y hacen señales de la cruz de manera intermitente. Les doy unos caramelos y les digo que se los coman en el tiempo señalado por los adoquines. Murmuran algo inexpresable y menean sus cabezas sin previo aviso. Creen que yo he caído del cielo. No intento sacarlos de su error.

 

3

Besos domingueros de unas viejas amigas. Una de ellas me pregunta: “¿Te gustaría ser mi asociado?”. Medito unos segundos y le respondo: “Primero debo adquirir un pequeño automóvil”. Ella asiente y se marcha junto con las otras mujeres. Me dispongo a disfrutar de mi libertad y me conservo sereno para afrontar lo azaroso. Elijo un asiento con suficiente sombra y me dedico a mirar el tráfago humano en la plaza, las cosas que se transfiguran, las influencias de las corrientes de aire. Por momentos, cierro los ojos y evoco los bienes que nunca tuve y mis andanzas por los caminos del agua y del hierro. Y, de modo extraño, recuerdo a un pájaro de plumaje negruzco con manchas blancas y que producía unos chillidos asaz desagradables…

 

4

Deambulo por las arterias de costumbre, al ritmo de inconscientes impulsos. Nubes pequeñas que se tocan, me siguen con interés. Algo me empuja a seguir hacia adelante y no hago resistencia. En las esquinas, me aprieto contra las paredes e ignoro el por qué. No me endoso disgustos, ni me meto los demonios dentro del cuerpo. Avanzo de fase en fase, de periodo en periodo, evitando un posible “estado de alarma”. Un suceso llega a mis oídos en forma de emisión radial, pero, ¿para qué necesito semejante fogaje? Requiero cánticos de euforia y me los procuro desde las entrañas. Adelanto en mis ganas de merecer los cambios. ¿Y si una guitarra se me atravesara en la calzada? ¿Tendría monedas para hacerla entrar en mi juego? Un bagaje de conjeturas me aguaita en el trayecto.

 

5

Una chicharra solitaria se achicharra en su soledad de corteza y mácula de resequedad. En la plazoleta sobran los papeles, las hojas secas, el polvo, el desamparo. ¿Adónde se fueron los antiguos chaguaramos? ¿A un paisaje de exhorto más ornamental? Opto por sumirme en una oquedad de ciego. Divago acerca de sepultados seres queridos y sus nombres se me trastocan. En la misma época de sus fallecimientos, las flores del naranjo dulce regalaban su quintaesencia. Ahora los escarabajos no deben divergir en sus daños de otro tiempo. (Por encima de mí, lo cerúleo se pinta de modo equívoco. Las ondas gritan, radicales. La entelequia se ha disuelto entre sus extremos). El cainismo gana más y más adeptos, fanáticos acólitos de la maldad… Luego, insisto en pasar, a pesar de la sangre derramada por las hordas, por los salvajes de cascos y babas infectas.

 

6

Tomo una taza de café en mi panadería favorita, mientras mordisqueo un bizcocho y atisbo hacia afuera a través de los vidrios de las vitrinas. Veo el balance de las oposiciones: los enojos de la gente o sus efímeras e ingenuas alegrías. Más allá subyacen cerraduras, curvas selladas, anillos que aprisionan. (¿Narciso habrá muerto de manera definitiva?). Por los asombros fluyen sedantes y en los gajos de la culpa penden separaciones fáciles. Los naipes de la política florean; los tahúres laboran también los domingos. Los don nadie no lloran ni se quejan. Ya faltan los hombres y no se asoman. Los disturbios aportan sus ofensas y quienes discurren sobre ellos son insultados.

 

7

Nada y huelga la nadería. Los espacios se resienten de los excesos del verbo. La cosa nacida va en busca de un hipotético invierno. ¿Quieren las damas lo que no se vende? ¿Bellas medias sin aflicciones? ¡Menos pesos agobian a los simples! Dormir para no morir y para que las pesadillas no sean oscuranas sin término. (¿Mutan los machos desalados?). En los vaticinios marran los necios del esplendor… Y, de súbito, palpo las campanas conversas, las pinturas al mate, las estampas de la carne, los trípticos ventrales. Y huelo el progreso de los rabos, el rincón de los chillones, las fuentes romas. Y unas hembras llamadas Susana o Gabriela o Julieta colocan sus narices sobre las sillas y absorben el recuerdo de gratas flatulencias y se les remueven sus apacibles virginidades y en sus corazones se entablan luchas que las conducen a invisibles corredores… En cuanto a mí, continúo la trashumancia, con mayo, pan y sorpresas, entretanto convido a los guijos de las calles a formar islas de la elegía. Infantes sucios danzan dentro de un círculo de tiza.

 

8

En pleno desconcierto, arribo a una encrucijada y supongo que allí existe la creación y las estaciones y sus codas. A lo largo de las líneas paralelas: miseria solemne. ¿No seré yo el renegado? Un chofer con cara de trucha me hace una mueca y le deseo que sus orejas se le conviertan en mariposas. De pronto, estoy en una escena de un bosque: lo atestigua una espesa umbra vegetal y un pavoroso cuchicheo de insectos. Me sirvo de un grito y se desprende de mí la inquietante visión… A renglón seguido, evoluciono, con lentitud, hacia una cabina telefónica. Marco el número de la extranjera perfecta, mi confidente. De inmediato, responde y al reconocer mi voz suelta sapos, escorpiones y culebras y me declara la guerra  a priori. Cuelgo el auricular y parto, prisionero de mi propia soberbia, de mi propio enajenamiento.

 

9

A manteniente llevo una botella de ron que se ensancha y me dedico a elogiar a la vejez ante la puerta de un liceo en fiesta. Los alumnos me increpan: “¡Cristo Muerto! ¡Cristo Muerto!”. Yo me les instalo con decoro y les resucito varias veces frente a sus ojos. Se ríen, pero no se admiran y le solicitan al director una beca para mí. Al cabo, los bedeles me expulsan como a un objeto de arqueología ya superado y sólo me queda ponerme a hacer dibujos inspirados en escenas eróticas de la antigüedad.

 

10

Me descubro la carne amarillenta, los nervios cansados y la garganta reseca. Decido regresar a mi casa y pondero ese lugar de la buena salud. Allí los arbustos carecen de diablos y los gatos me halagan con obsequios y los tuqueques me tributan ángulos de armonía… Hallo mi vivienda en posesión de sus cosas a perpetuidad: manuscritos desenrollados, mapas, tintas y abanicos, pinceles y andamios, antologías de poesía del mundo…  Sin adelantarme permanezco en lo dominical. Extremando el rigor, regulo los epítetos del cobre y me ciño a todas sus etapas para limpiar mi pozo y fluir con el estilo. (Desde mi habitáculo oigo las lecciones del cercano cerro que me enfrenta de mañana). El hogar se enrosca en los sepias y se restaura de continuo. Que anda entre vastedad y tibieza, entre desafío y estrechez, sacándole el cuerpo a las uñas de las bestias en sus ritos de crueldad. Mi morada que se acuesta conmigo, que me acuesta sobre sus pecados en punta, que me acalora en su portal de incidencias. En las noches de los “astros falsos” que descienden en rebaños, ella se mueve hacia lo secular y me contrae. Ambos somos específicos con la estadía de la mutualidad. Durante las coyunturas hace aparecer charcas de navajas y plata. Mi albergue, a todas luces, está recién casado, en plenas nupcias, con mujeres vicarias. Existe en la simultaneidad de las ascuas y las siluetas. Los dominguillos heredados de mi abuelo conservan sus eminencias y se combinan para las ceremonias del alba y el asilo del tejado. No me aturden las hechuras de la desazón. Otros días —desde siempre los domingos— los ramajes soplan su vitalismo y en las anteriores prolongaciones son y serán nervaduras sin antojos.  Entonces, ¿qué ámbito que no sea dominguero puede contenerse en lo mirado y su retribución de constancias?

Wilfredo Carrizales
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