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Antiguallas por los oídos vistas

lunes 27 de mayo de 2019
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Antiguallas por los oídos vistas, por Wilfredo Carrizales
Collage fotográfico: Wilfredo Carrizales
Textos y collage fotográfico: Wilfredo Carrizales

1

Se abalanzaban las escobas entre canturías y flabelos. Las añejas y las cándidas remanecían en la cocina y empezaban a intranquilizar los trastos para que alcanzaran al minuto el vórtice de las sabrosuras. De puertas afuera, unos zurridos de zoolatría provocaban usgo y vagueaciones. (Dentro de un aguamanil se computaban los quindenios, mientras se abarraba lo infausto). En esos momentos, no se toleraban las bigardías de los chiquitines. Ninguna embazadura tenía cabida en aquél contorno. Sólo desde la acechadera se desataban los giros de unos ojillos llenos de rapacidad. La intensa fetidez de los roedores tendía a nausear a las guisanderas, pero las bascas eran abortadas a tiempo.

Abebravan las cotorras bajo los cernidillos y, alguna que otra vez, los gatos de casi del color del nimio irruían en procura de su mantenencia. Desde las jemesías les llegaban los insultos y las maldiciones de las señoronas de la alta casa. Ellas eran los íncolas a quienes nada se les escapaba. Zapeaban con pertinacia, sin perder su venustez. Solían también entonar trenos por la pérdida de entrañables amigas. No les importó nunca revejecer y en la rotunda mansión sus tataradendos se les aparecían durante el resistero, mas no era por necrolatría. Todos los trebejos de lejanas épocas se amontonaban, a reo, encima de peañas donde abundaban las quebrajas y el polvo abocadeado por los lustros. Así mismo, una oploteca de considerable dimensión no se elidía ante el olvido.

La acordanza siempre estaba presente en aquella vivienda y se acrecía para aspaventar a quienes traían dolamas y enjuteces. Era muy fácil aquerenciarse con la vetusta mansión. Por las noches había reuniones para extasiarse frente al asterismo y apartar cualquier tipo de cojijo. Ni siquiera una ventada podía disgregar a los contertulios. La verba fluía a sus anchas, sin restriñirse, como un trastulo en la mejor sonochada. Los relances eran bien recibidos y enaltecían la facundia. Uno de los temas predilectos de las tertulias lo constituía la agerasia, la cual, para muchos, no resultaba un ajobo, sino una bienandanza.

Asombraban los patios, longevos y corpulentos árboles, de donde aterraban aves y pájaros de diversos plumajes, voces y trinos. La futurición se expresaba sin presura, favoreciendo la olisca y los buenos pálpitos. Ominar en tal sitio hubiera sido un husmo; tangir: dejar una rastra.

A las columnas de madera de la residencia se las abetunaba con frecuencia. Al cabo de esa faena, los peones acezaban y se engallaban. Ese trabajo se acometía durante la neomenia. Luego ellos cantaban salomas en la sobretarde y colocaban sus tafanarios encima de rústicos asientos de tablas y rememoraban, sin cesar, sus yacturas y anhelaban poseer, aunque fuese sólo un día, el valimiento que les permitiese entrar, a ufo, adonde les placiera.

El oraje aportaba escasa patencia y los peldes apenas se escuchaban. Las querellas sobrevenían de improviso cual rancajos. La temperie tornábase húmeda y aunaba tosiduras y uñaradas en la garganta. La acinesia se imponía y desaparecían las algazaras de antenoche. El despejo se exilaba y en su lugar aparecía lo ayermado.

 

2

Cuando arremetía la canícula, los citadinos salían a veranear a las cercanas haciendas. Tomaban un tren y en un par de horas ya estaban en el campo. Allí el calor no los abacoraba con tanta pungencia. El aura les salía al encuentro por cualquier recodo y ponderaba la bonitura de las mujeres. La evagación conseguía su perfecto terreno para explayarse. Formas ictíneas se insinuaban en los horcajos y allende la calígine podían traslucirse huesas y montículos de termites. La inexistencia de abisos o de abajaderos ahuyentaba los peligros y les permitía a chicos y adultos jugar al escondite y deslizarse hacia el ilapso erótico sin ser observados. Algunos torpes de piernas se abocinaban y luego debían explicar la presencia de las cazcarrias. De modo extraordinario, en los apartadijos se juntaban cúmulos de cuescos y ristras de ajos y nadie podía explicar si aquello era producto de la superstición o de preteridas prácticas religiosas de los campesinos. Indeterminados adolescentes acanteaban entre palabradas y su raridad causaba estupor.

En la tardecica se veían volitar cometas armados con cañas y que, con la mejor voluntad, arrancaban elogios de los curioseadores. Los vahajes también encumbraban muestras de la hojarasca y papeles que eran extraídos de las latebras más recónditas. Por intuito, las fugadas indicaban la cercanía de una cierta lobregura, aunque una obduración se hacía patente con insistencia. Sobre la aguacha retozaban batracios como en un caldo de jolgorio.

Con el advenimiento de la oscuridad eran encendidas, en los cortijos, lámparas de carburo o de keroseno y los visitantes integraban corros para intercambiar impresiones, noticias, rumores… y, en ocasiones, para jugar a los dados o a las cartas. De entre los concurrentes se notaban unos pocos con rasgos destacados de acuidad y barruntes de humor negro. No gustaban de estordir, sino más bien de gracejar. La corriente de la noche se filtraba, lenta, a través de la frasca y guarecía de todos los males del espíritu. A medianoche, los gallos protestaban contra las mesticias y alguien ofrecía siempre mueso para toda la concurrencia, amén de tragos de ron y aguardiente de cabeza. Los proviceros eran recibidos en medio de perplejidades y convencimientos.

Con el orto, los gallos levantaban la cresta y ayudaban a aclarecer con sus cantos. Una badajada se oía, lejana, proveniente de alguna iglesia humilde. Las faenas del campo recomenzaban sin descaecer. La confulgencia se extinguía de manera discontinua, aunque guiñadores naturales —cocuyos, luciérnagas, gusanos de luz, noctilucas— se negasen a apagar sus soplos. Al fin, se imponía el fulgor de la amanecida y el rumor de los quehaceres triunfaba sobre la molicie y el desgano.

Por medio de las luceras de las habitaciones, la fluorescencia del espacio instilaba energía inaudita, a perpetuidad, eliminando cualquier posibilidad de localizar trashogueros. Si alguno de los viajeros hubiese tenido la ocurrencia de parpadear frente a los corpúsculos lumínicos, se hubiera llevado una inigualable sorpresa: diminutos jaramugos nadando delante de sus ojos, coleteando, aleteando, por encima de las ondas del éter de la campiña.

 

3

En la ciudad capital los tranvías, atestados de pasajeros, iban y venían por las calles. Los hombres preferían ese medio de transporte más que a los autobuses, no por ser baratos, sino porque el apiñamiento de viajeros les permitía apegarse a las mozas, a quienes, a menudo, no les quedaba más recurso que las alcocarras.

El año de la muerte del longevo dictador (a quien el pueblo comparaba con un bagre) la capital se veía colmada de automóviles descapotables, donde iban damas con sombreros y hombres con boinas o gorras, todos vestidos con elegancia y a la moda. Ya en la plaza central el tráfico constituía un grave problema. Por eso, algunos individuos optaban por andar en bicicleta o simplemente se desplazaban a pie, mientras las vendedoras de dulces y conservas pregonaban sus exquisiteces. Llamaba mucho la atención los carros de bomberos y sus campanadas para advertir al público de los incendios.

En las esquinas principales, los expertos en taimas aguardaban con paciencia la aparición de ingenuos foráneos para birlarles el dinero o las prendas. Las rutas equivocadas eran cosa cotidiana y figuraban entre las trapazas de la capital, especie de “bautismo” para los alelados.

La sosiega era, de modo permanente, alterada por los chismes políticos y los corrillos provenientes de las esferas gubernamentales. Los chistes se cultivaban con gran esmero y se difundían, con extraordinaria velocidad, por todos los rincones, vericuetos y retiros de la ciudad. Abundaban los poetastros y las octavillas que contenían alusiones insidiosas y mordaces contra ciertos hombres públicos y encumbrados. Hasta las mujeres que lavaban las ropas en el río que cruzaba la capital disfrutaban a plenitud de todas las invectivas.

La ciudad se conmocionaba; la ciudad soltaba sus síntomas de cambio. Cada vez eran más los que ruaban de noche y examinaban las cicatrices de los acontecimientos violentos. Los militares inventaban nuevas contraseñas; los curas se compadecían de la miseria de los desheredados y olvidados. A tenazón, algunos fablistanes erraban en sus ataques en los periódicos, provocando un enorme trasbarrás. Los repositorios de secretos verbeneaban. Las verdades ambulaban restringidas o pervertidas o emponzoñadas. La política —como siempre— era un muladar y la mugre mugía.

Para ver la realidad, los ocularistas ofrecían sus productos; para escuchar las unisonancias, los auditores ofertaban sus aparatos de oimiento; para fortalecer la olfacción, los oledores facilitaban, a buen precio, bujetas y pulverizadores. Para todos los requerimientos y demandas había las necesarias prótesis, las adiciones del caso.

Los borborigmos de la capital se percibían mejor en la plaza principal. Allí los acates al régimen intentaban clausurar las abras y se abroquelaban como podían, pero las buhederas resaltaban a cuadras de distancia. Ellos pretendían avanzar, mas cejaban a ojos vistas. Se ganaban la nolición con creces, la espadañada certera. Los traslapos quedaban a descubierto. Ellos obviaban los ululatos y proseguían en sus vigilias, en sus retrancas, como sus antecesores, como los paseantes en tanganillas. Las tabaolas de las mutaciones no los afectaban. Vivían en la sumidad.

Wilfredo Carrizales
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