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Lenguaje 21

lunes 3 de junio de 2019
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Textos y collage: Wilfredo Carrizales
Lenguaje 21, por Wilfredo Carrizales
Collage: Wilfredo Carrizales

1

Vigésimas primeras mujeres y el lenguaje en código, sin la solemnidad de las fiestas patrias. ¡Qué cosas decían esas hembras y las que no decían e insinuaban! Dirigían exclamaciones con los ojos de capturar, de degustar, de sorber... De acompañarnos a casa con más cuidado de llegar ligeros de ropas y de prejuicios, con las alabanzas del arte airado y con la eficacia de la frecuencia en el instante y más allá del verbo y sus sinuosidades y fluidos. ¡Qué buenas notas para la vida galante y la escalada en los amoríos! ¡Y la diversión para hacer desaparecer los padecimientos!

Habla que no enmudece en su pendón y me toma, prójimo, mundano y con sus cuentas de diferencias y las muy féminas, dueñas de no casarse y sus considerandos y más propias en categoría y seducción y ya tardes pulidas en la confianza y en los raptos.

El idioma con las dos piernas en compás y sufragando desde el estrado de las salacidades, a la manera frívola y faenera, virilizado sin réplica, ante las beldades de verdad. La palabra que no se traba para entenderse y acicatea su desinencia hasta las mismas cinturas de las damas de la lujuria y el arrebato. Torcimiento de las expresiones y de los cuerpos con sus turgencias que convocan al garañón.

Lengua que se turba y se masturba y no pasa por indiscreta y la mujer que no pregona de monja y no se echa el cansancio a los muslos y se muerde para mejor morder y que hace de los momentos, excesos, y de los excesos, espasmos carentes de tiempo. Y la soltura de la lengua, de un piso a otro piso, hasta levantar el monumento de eros, canción y respiro.

Las deliciosas sin melindres, exiliadas del pudor, amas de las llaves para ejecutar luchas sobre los lechos, con diligencias en sus haciendas de caricias, besos y rasguños y que cuando parten nos dejan partidos, paridos, y del vivir nada habremos perdido, ni que la tercera pierna aparezca quebrada y se aconseje el recogimiento y el sí del refocilo.

Parla de las mujeres que estrenan sin cesar su sombra y sus aires de misterio y allí y aquí vivificaron sus ídolos de carne y risas y secuestraron sueños propios y ajenos, alejándose de las fragilidades y del muestreo de inconstancias y que calzaron sus colores maduros para reproducir las avenidas, los salones de fiesta y juegos y las habitaciones de hotel con aromas de muñecas y detentaciones de victorias y que luego anunciaron en revistas el manojo de las horas en relojes que no guardaban silencio y salían a divulgar nuevas de un discurso de gemidos, perdidos entre los pliegues de unas sábanas que no eran cómplices.

 

2

Lenguaje con máscara, con antifaz, para asentar sus reales con la fuerza que da lo incógnito, lo difícil de elucidar. Un hombre se coloca una capucha y habla desde otro territorio, desde un país que nos desconoce, que nos niega y ese hombre sólo existe a través de su anonimato. Es decir, por intermedio de su anonimia, de su intención de anonadamiento que termina en chapuza. Sin nada de particular, él gime y trata de llamar la atención. (Era ya, en su siempre, de anochecida y el hombre en la mudez prosiguió).

 

3

Un individuo y una iguana y el lenguaje para dialogar, para comunicar pareceres, impresiones, deseos, esperanzas y convicciones. Y la iguana se iguala al hombre y repta para emocionar y enaltecerse con su papada y asciende por la cresta que son sus espinas y no su calvario y piensa en los huevos que compartirá, de buena gana, con especial teúrgia.

Y el hombre se emociona con el recuerdo del sabor de la carne de iguana –similar al gusto del de la mujer- e interpreta la jerga del reptil y no se va por las ramas, aunque quisiera, arborícola también él, y no desatiende el llamado del verde que se arrastra y cuyas raíces son locomoción y afecto y vorágine lenta en la hechura de los extremos. Y el hombre aprehende la labia y lo suyo es vuestro y de la iguana, su neuma y su estilo en el margen inconsútil de los pleonasmos.

La iguana mira la posibilidad que se inflama en un costado facial del hombre y le evita la descarga y la emprende contra las astucias del entorno, las mismas que aspiran a llenar de virutas los oídos de su compañero e, irguiendo su cabeza, suelta denuestos a diestra y siniestra y logra la salida para una novísima piel que rezuma los vocablos más perentorios.

 

4

Rostros como escudos para protegerse de los barbarismos, de las locuras del neolenguaje. Las sonrisas se restringen; abundan las muecas, la mercadería de lo grotesco. Las faces en préstamo de puterías y cabronadas, remolcando equívocos y ambivalencias destinadas al foro de los rufianes que cantan a diario el himno nacional.

Las caras desgajadas de los murales exhaustos y en posición de aguardar su postrera recogida, destinada al basural. Incapaces de armarse de modo armónico, se contentan con remendar y pegarse pedazos con engrudo, bajo el ventanal de las atrocidades.

Fisonomías que ya no usan levantarse; que se abofetean rompiendo la capa de cosméticos baratos; que se tuestan entre el bochorno y lo vultuoso; que se desfiguran, torcidas y llenas de granos; que se fruncen con sólo un rayito nimio de sol o luna o linterna.

 

5

Y las mujeres girando sobre sus veintiuna magnificencias a punto de estallar y con la certeza de que las gruesas gotas del reventón caerán sobre nuestros rostros en proverbial espera. Y la dulzura que se escurrirá entre los labios de nosotros, nuestra, y la sangre hinchada de ellas, cual pirámide de lascivia y el músculo tan rubicundo emitiendo sonidos en el culmen de la excitación.

Y las aproximaciones a consulesas —aunque no lo sean, pero transitan— con sus tirantes envolturas que custodian imaginarias leches o teutonas ad honorem, exponiendo lo tectónico de sus estructuras de avanzada y oferta.

Y en la maqueta de circularidad, las propias discípulas de Venus sugiriendo la capacidad de desuello, acortando distancias, eliminando separaciones y el veintiuno sortario y sortilegio.

O evas guarichas o huríes de un cielo raso para los requiebros con manos en asemejos de pinzas. Y lo afrodisiaco en las pieles plañideras y la sustancia que inflama, que engresca con todos los signos de admiración.

Y las majas en travesía de tigresas, abundantes con uñas para el regodeo, sin contratiempos, contrastando rayas, desbrozando la espesura vellosa. Y el disco que rota hacia lo increíble de la cerrazón diurna, hurtada de la significancia.

Y las divas con sus promesas de ósmosis, con sus bamboleos en procura de reciprocidad, con sus periodos para compaginar jadeos. Y las divisiones exactas de los vientres para las persuasiones que no son tales, sino convencimientos de los placeres tácitos.

Y las constantes en la impudicia, entonces y después resueltas, con las melenas cazando pistas y los ombligos aludiendo a la entrada del laberinto. Y las ménades bilabiadas por las circunstancias del triunfo de lo ardiente y la lava en su banda de excursión.

Y las aspirantes a actrices con las orejas en punta como antenas y en sus papeles consabidos y en las quebrazas dadas al pubis y en el goce holgado sin reticencias.

(Y el lenguaje cumple a cabalidad su cometido de retícula y avanza orgulloso por la enumeración para ascender a la vigésima primera órbita, donde todo se consuma, donde todo se revierte, donde todo muta y se amplían los arcanos. Veintiuno y con lengua baja el telón: por ahora).

Wilfredo Carrizales
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