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Tras el fuego, la quietud tonal

lunes 10 de junio de 2019
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Textos y fotografías: Wilfredo Carrizales

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Tras el fuego, la quietud tonal, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Tras el fuego, la quietud tonal, la calma en la clave de los matices que conducen a las cenizas y al carbón. Redondeles que fueron avivados de flanco a flanco. (Por fuera no quedó nada). Disparos de reptiles y de insectos seguidos por una persistencia de ardor o calor supremos. Hubo un rojo en la destrucción, cien cauterios de inmediato, una erupción expresada con luces de las llamas. La vecindad toda: un retorno a la elementalidad del flogisto. Y las pavesas no acudieron al perdón.

Un ojo de paja encendido, por donde se evocó una almenara. Un hecho incendiario con chispas, con erisipelas y señales de pavor. No la fatuidad sobre las distancias del suelo; no candelillas como advertencias de imposibles granos. Un cementerio de brevedades ceñido hacia lo no descompuesto. Tales y tales artificios para consignar la combustión y la diversión de una pesadilla en medio de la temporada con ingredientes grotescos. Y crepitaron campánulas de palo.

 

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Tras el fuego, la quietud tonal, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Darían un mechero durante o para la tormenta. Darían un mecanismo de guayas y botellas: cosas para no fumar, ni flagrar. ¿Un auto de fe sobre la sangre más que bermeja? Quizá estuvo un presentimiento de cohete con sus aristas de referencia. Una transición que no duró en demasía, que se infligió una discordia de asura. Otro aviso, más lejano, con estanque de humo o una hoguera en la fuente ya sin razón. Nunca se sabrá: algún occiso se llevó lo urente.

Ardiendo el área, no exenta de espinas. Una que otra estopa en el ardid que abrasó. ¿Querellas con cuernos de azufre y pólvora? ¿Algún piromántico en ascuas? ¿Pirómano en funciones de fiebre? No se apartó la yesca y jamás apareció la salamandra del privilegio. Chasquidos de la leña segregando la resina detenida y otorgada por las noches que se engastaron de pedernal. Aun más el desfogue del asbesto en su vacío de olvido, falto de remisión.

 

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Tras el fuego, la quietud tonal, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

¿Quién podría aseverar, decir, afirmar que un ganso, cisne o ánsar de reposo, víctima fue de la candela? ¿Y si hubiese muerto desde antaño sobre el terreno no vaticinado por el fuego? ¿Habrá alguien dispuesto a testimoniar la caída del ave encima de las llamaradas aviesas? ¿Algún observador de ocasión que dé fe de su deflagración cuando cabeceaba en su nido de porcelana y brillo de ilusión? ¿Quién podría? ¿Quiénes podrían? ¿Los coautores de la incandescencia?

Laudes para la palmípeda y cultivo de cirios en su honor. Aunque sea un homenaje con entramado de cendrada y despojos. Nunca jamás decorará su estanque, flexibilizará su jardín, tendrá la semejanza de su parque volandero. Se le oirá después y luego y en adelante, en medio de sus místicos voznidos, cantos, graznidos, pero ya no será preceptor de niños, ni heraldo del festejo popular. Sólo su apóstrofe circuirá el espacio de su tumba que no cesará de romperse, humeante.

 

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Tras el fuego, la quietud tonal, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Querer llegar con justeza al incendio y encontrarlo extinto, de calcinación y obra de negrura. Hallazgo del colchón de muelles, huérfano del mendigo, retorciéndose con los mecheros en asedio. Chisporrotea todavía la sombra con la mano estirada y el mendrugo de pan en ausencia carbonada. Inflamadas las espirales por los candentes mordiscos del solar. ¿Y dejar el inventario de la quema tornarse de nuevo en combustible y saltar en llamaradas hasta el trofeo que atiza?

Ignición que retumbó en el tiempo del cuadrilátero. No se supo erradicar o no se quiso. Las ropas hedían a cerillas y rompían los rescoldos antes que su consumación. Muchos se alegraron con sus almas de mechas y sus entrañas de piras. Una fogata luchaba por su entusiasmo, por su cantarino chamuscamiento. También un remedo de ángaro, en la misma conversión de la ahumada y su despabilador. Echados los imaginarios molinos y la turbonada de escarbillos impuso un desquite.

 

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Tras el fuego, la quietud tonal, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Cual un fogaril consumido por un llamarón, el artefacto que rescribía pulula en su abandono de dolor muy violento. (En la imagen busca la forma de una chimenea que duerme). Se arma, pero ya no dispara: la naturaleza le retuvo los elementos más explosivos. Se había advertido, a destiempo, en el polo que abrazó la brasa. Su íntima disputa lo fusionó a medias, sin darle nombre para el recambio. Un antojo de malignidad le percutió el poco vapor de las horas finales.

De modo directo, permaneció con sus humos, con sus presiones y destellos. De la inflamación extrajo parajes para la intermitencia de su columbario no arrojadizo. Desistió de usarse en cuanto se enardecieron las protuberancias que le daban el ritmo. Las ronchas lanzaron el coraje de sus herrumbres citadas por descuido. Que con el ingente perjuicio se extremó su botafuego. Por encima de la línea de guarnición, una tristura se le aplica para su historial ahornado.

 

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Tras el fuego, la quietud tonal, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Inserta en la insidia de las cenizas, la botella de cerveza rememora sus pasadas alegrías en compañía de sus hermanas de circunstancia. Recuerda cómo, de pronto, se labró un fuego pronunciado y, en instantes, todo, alrededor, era hollín, ayes, tizne, máscaras de horror… Injertada dentro del cinerario no deseado, no ansiado, escudriña el firmamento, en pos de algún meteoro, a través de su monóculo que tarda en enfriarse, mientras un eructo la incomoda.

Fuego que no fue manso y que se cruzó con otros fuegos que venían haciendo lo suyo. Fuego que perforó hasta lo impermeable y se excedió en su ira. Fuego que careció de campanas, mas se regocijó con los llamamientos de los badajos en llamas. Fuego alimento del fuego y sus calderas. (La botella ya no rezuma, pero resume su tragedia. Recipiente donde se recogen los gruñidos y las inútiles advocaciones. Sin embargo, un alivio surge, de súbito, en un costado: un brote de bálsamo quedo).

Wilfredo Carrizales
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