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Sueños

lunes 17 de junio de 2019
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Sueños, por Wilfredo Carrizales
Dibujo-collage: Wilfredo Carrizales
Textos y dibujo-collage: Wilfredo Carrizales

1

Sombras, espantajos, siluetas, se mueven dentro de la bruma. Destellan por momentos; se deslizan por encima de la humedad. Apenas se distingue una especie de enorme cántara, en cuyos bordes se balancean unos sapos de piel de chispas. A la oscuridad se la puede morder, pero es presumible que responda de la misma manera. Con intermitencias, un vaho, muy al fondo, se levanta entre amarilleces y quintuplica el silencio del entorno. Una heteróclita variedad de mogotes con esbozos de arbustos siembran el miedo valiéndose de las formas opacas y ambiguas que crean. Un persistente olor a formaldehido provoca picor en las fosas nasales y constantes estornudos. Hay que mantener la boca cerrada para impedir que ingresen los zumbidos sordos de los mosquitos. La niebla se agita y tiende a rasgarse si se separan las manos del cuerpo. El lugar no es virginal, mas la tradición lo tiene como tal. Los humores del suelo parecen —o de veras son— menstruaciones que sacan de quicio y entorpecen los pasos. Aunque más vale no andar. Las horas se han pasmado y se hace necesario que alguien llegue, nos pellizque y nos haga volver al sitio de los sucesos factuales. ¿Existirá semejante paraje?

 

2

Allí está, allí espera, bajo un potente foco de luz gualda, la temible, la horrenda silla eléctrica. La sala de ejecución permanece vacía. Sin embargo, se perciben con nitidez los resuellos que provienen del pasillo de la muerte. La silla es la gran actriz y luce engalanada, con impecable atuendo y maquillaje, lista para la puesta en escena de esta temporada. El reo condenado a la pena capital fuma, en su celda, un cigarrillo tras otro, mientras juega a las cartas. Piensa en voz elevada: “¿Y si llega el indulto presidencial? ¿Y si ocurre un apagón total sin solución de continuidad? ¿Y si me muero antes, de un infarto fulminante?”. Después de ser electrocutado, ¿el reo tendría el aspecto de Joseph Beuys, cuando le explicaba arte a una liebre muerta sobre sus piernas, sentado en una gran silla de madera y con el rostro cubierto por un emplaste blanco, o tendría la apariencia de un hombretón rubio, desvaído, con los brazos ablandados y la cabeza chamuscada por un rayo de alto voltaje?

 

3

El tío Rudolf frente a la empinada cerca de tablas, mientras por detrás pasa una exhalación o un aparatoso bólido. El tío Rudolf sonriente, evidenciando su felicidad, luciendo un elegante uniforme de invierno de las Waffen-SS alemanas. El tío Rudolf con sus botas nuevas y su nueva pistola para ser usada con amplitud en el país ocupado, en los ghettos, en los campos de concentración, en los sitios de trabajo forzado. El tío Rudolf irradiando juventud, lozanía, vigor. El tío Rudolf a punto de ponerse a cantar y lanzar por los aires su gorra de oficial, sin importarle que aterrice sobre la nieve recién caída. El tío Rudolf con cara de satisfecho por su trabajo de exterminio bien cumplido. El tío Rudolf congelado en la fotografía, desvaneciéndose desde la guerra, perdiendo brillo, hundiéndose dentro del álbum apolillado, con sus cinco tiros en la nuca.

 

4

Habla en sueños, desde su camastro, y me nombra y dice que no quiere verme más delante de él, gesticulando, ondulando las manos en procura de interferir la trayectoria de los corpúsculos de luz. Me insulta con improperios y manifiesta que cuanto antes debo embutirme dentro del enorme espejo instalado en la cámara de las preguntas. Me asigna un oficio que desconozco: el de rezandero a domicilio. Quiere que yo permute en llaga o sabañón de recitáculo. Me hace parpadear con los mordiscos que lanza al voleo. Me transfigura su odio mal disimulado, su inquina que escondió de modo magistral durante tantos años. Me menudea con su lluvia de saliva que pretende desaparecerme del área de los sobrevivientes. De pronto, se convulsiona con levedad y despierta entre bostezos de urraca. Al divisarme, me pregunta, con insolencia: “¿Quién eres tú y qué haces en mi habitación?”. Le contesto: “Pasaba por acá y observé la puerta abierta y decidí entrar”. Grita: “¡Fuera de este lugar! ¡De inmediato! ¡O te mando a echar con el mayordomo!”. Me retiro sin darle la espalda y cierro la puerta, con sumo cuidado, para evitar que se desprenda de sus bisagras carcomidas por el orín.

 

5

Cientos de tacitas de porcelana vueltas añicos ante el muro conmemorativo dedicado a los indigentes del mundo. Además, por doquier, estorban pedruscos y papeles diseminados con saña. Todo el espacio que ocupa el monumento está cubierto con moho, sarro, manchas inexplicables. No hay nadie por los alrededores. De forma inesperada, emerge un celador desde tras el muro, donde, por la humedad en sus zapatos, se sabe que estuvo orinando. Al notar mi cara de estupor frente al desastre, me informa, con profesional seriedad: “El artista creador de esta obra la concibió así, con estas características, pero jamás pensó que ni a los mismos menesterosos les gustaría”. Sacó una libreta de su chaqueta, anotó una cifra y se fue a sentar en una grada.

 

6

Con abandono, la niña se asienta sobre las hierbas de la orilla de la laguna. Viste de seda blanca, de pies a cabeza y, como nos da la espalda, contemplamos con arrobo sus largos bucles dorados que descuelgan libérrimos. Fronteros a ella, los nenúfares flotan sobre el agua empañada y sus albas flores le obsequian su profusión de aromas. Ella se deja transportar y entrega su espíritu a la grandeza del deliquio. Un oleaje casi imperceptible se insinúa con un relieve de apariencia de leño y toca la ribera, a escasos centímetros de los pies de la niña. De forma inopinada, un monstruoso caimán alarga sus fauces, atrapa las piernas de la chiquilla, la hala hacia el centro y desaparece con ella bajo el flujo ácueo. En el ínterin, la niña ni gritó, ni opuso resistencia. Encima del menisco de la laguna sólo sigue orbitando el pálido sombrero que la protegía del sol, al modo de una corola sin rumbo.

 

7

La palma de una mano masculina oprime con firmeza el cristal cerúleo de una ventana estrecha y vertical. Las líneas de la mano forman una M. ¿De “muerte”, “mentira”, “mezquindad”, “mutilación”? Únicamente un quiromántico podría elucidar el enigma, pero, ¿dónde lograr uno? La mano permanece fija, no intenta moverse. Bajo ella se sugiere un rostro inquieto, cuyos ojos están cerrados con hermetismo, pero su boca se entreabre a cortos intervalos, tal vez pidiendo auxilio. ¿O acaso murmurando una plegaria? Con los potentes binoculares que uso no consigo obtener detalles más precisos… Anocheció con brusquedad y regresé a la mañana siguiente. La palma y el rostro continuaban en sus respectivos puestos y así, día tras día, durante una semana o más. Hasta que me cansé y maldije a la mano con su espurio saludo fascista extraído de alguna revista de obsolescencias bélicas.

 

8

A las trompadas, el joven elefante se defiende con denuedo contra los monjes que tienen la pretensión de encerrarlo dentro de una celda de castigo. Su delito: haberle pisado el lomo al perro del abad. No lo mató, pero lo dejó con la columna torcida, lo que lo imposibilita de andar con normalidad. Sin embargo, ninguno de los monjes presentes durante el hecho pudo afirmar que el paquidermo actuó con premeditación. Mas el abad le impuso al inexperto proboscidio esa severa pena… También a los topetazos, el joven elefante intenta conseguir que no lo aprisionen y aíslen quién sabe por cuántas semanas o, quizá, meses. Al cabo, ganan los monjes con sus varas de bambú y sus cuerdas y el joven elefante es reducido y obligado a penetrar en su sitio de reclusión. Ahora, echado junto al tragaluz de la pared, recuerda con nostalgia los días pasados en aquel extraño jardín zoológico para ciegos y suelta unos lagrimones y enrosca su trompa para hacerla emitir tonos combinados de protesta, insatisfacción y anhelo de venganza.

 

9

A través de la cerradura del descomunal cajón lo espío. Está echado sobre unas colchas y, aunque tiene puesto un grueso abrigo, se cubre la mitad del cuerpo con una frazada. Sin cesar, se muerde las uñas, se roe los dedos. De su boca mana abundantísima saliva espesa y sanguinolenta. Las pupilas de sus ojos cintilan con inusitados resplandores, al unísono con las líneas que se le esbozan en la frente. Su fisonomía corresponde a la de un mozalbete, pero la ferocidad de sus facciones encaja con la de un hombre maduro. Mira con seguridad hacia la nada, pero no creo que haya perdido el juicio, ni siquiera de manera parcial. Yo ignoraba que en el interior de ese inmenso cajón pudiese haber alguien encerrado. Me tomó por sorpresa escuchar el sonido que hacen las ratas cuando roen pedazos de pan duro. ¡Era él quien sin parar se roía las uñas! Sospecho que me ha descubierto, porque sus ojos se agrandan, se vuelven protuberantes y ambicionan quemar. No obstante, lo acecho cada vez que puedo, esperando descubrir cómo es que sobrevive con el alimento que le proporcionan las uñas.

 

10

“¡Bien me sabe!”, le dice la conductora del vehículo descapotable a su amiga acompañante, al tiempo que le da un pedazo de torta de queso. La otra lo prueba de un mordisco. “¡Bien me sabe!”, afirma y ríe. El vehículo marcha por una carretera recta que atraviesa lomas desprovistas de árboles y el sol reverbera desconociendo límites. Luego de un largo trecho, la acompañante estira una mano hacia el asiento trasero y toma un recipiente que contiene ensalada de carne de gallina con hortalizas y salsa mahonesa. Extrae una cucharilla de la guantera y saborea varios bocados. “¡Bien me sabe!”, asevera con fruición y a continuación acerca una cucharada rebosante de ensalada a la boca de la conductora. Ésta masca con calculado placer y exclama, alegre: “¡Bien me sabe!” Ambas mujeres se echan a reír y restos de la salsa salpican el parabrisas. Al sobrepasar una ristra de colinas, tres cuartos de hora más tarde, la acompañante vuelve a extender su mano hacia atrás y aferra una bandeja, donde redundan trozos de pescado guisados con todo tipo de ajíes rojos picantes. Compone una pinza con tres dedos de su mano derecha y selecciona una porción de pescado. Aspira el excitante olor con los ojos entornados y, de inmediato, en su cavidad bucal la troncha de pescado es triturada para que revele todas sus sustancias. Segundos después, ella profiere, mordiéndose la lengua: “¡Bien… me… sabe!”. La conductora da un respingo leve, le mira la cara embermejada y suelta una carcajada. Detiene el vehículo en la zona de aparcamiento y le exige a su amiga que le introduzca en la boca un trozo gordo de ese pescado. Ya lo mastica con delectación; ya lo mascuja imitando a las viejas; ya traga en supremo goce el bolo alimenticio. Y, de seguida, grita o intenta gritar: “¡Bien… me… sabe!”. Las risas ruidosas del par de amigas resuenan en la solitaria carretera, mientras sus labios se hinchan de prisa y sus rostros enrojecidos van asemejándose a globos de ensayo de los ocasos.

Wilfredo Carrizales
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