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Alusiones abstractas

lunes 9 de septiembre de 2019
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Textos y fotopinturas: Wilfredo Carrizales

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Alusiones abstractas, por Wilfredo Carrizales
Fotopintura: Wilfredo Carrizales

ME GUARDO de la explanada de loess con el betún y el bermellón de los recuerdos de los tiempos que se preocupan por labrarse. Voy tartamudo visualizando pequeños recipientes de arcilla. Las vacantes de los lugares me previenen; yo provengo de un catálogo que trasluce. (¿Y dónde andará la hembra embreada con su lona del martilleo?). La ósmosis me acerca a los animales más mamíferos, aquellos que incurren en excesos de malicia. Paso de un sitio a otro y robo la tierra y sus rizópodos. Pateo en tres días lo que otros patean en un semestre. En los intervalos, los saxátiles ejecutan mis embargos: me embarga el frufrú de los cirros, el placer de los abortos de las moscas, la tristeza…

A COMPÁS marcho con el descuidado del sombrero de paja. Las boñigas de los caballos extintos comulgan aún con sus jaleos. Un cerco de poblados que recibieron su castigo afrenta la vista y el olfato. En pos de la presa, unos canes rompen la tradición. Los perfiles de las aves depositarias se desvanecen con el viento que devuelve arena. Me ventilo a través de la abertura que se cuelga de las páginas. Las sentaduras han trasmigrado hasta un dominio de prendas y de silbidos.

NI OIGO ni siento. Mediante señas me ubico en el recodo de las púas. Hay que guardarse de los pajarracos y sus afines. Me refiero a su destreza explícita. Curvas sin carruajes, insignias de asaltos, rabos entre furias: todo eso, por ejemplo, rompe la armonía. Sin embargo, no me trunco, no me atomizo. Voy imbricado entre la quinta nota de la escala pentatónica. Y un hueso echado se me torna peñasco. El azar suelta su represalia y fecunda los pronombres, con muy poco provecho.

LA SOSPECHA —esa mala diosa— zigzaguea sin gracia. No temo, pero me debilito. Aunque no soy arrendatario de ella, le debo la cicatriz de la sequía. Tras los ofendículos rezan los hacedores de armarios y baúles para los viajes. Las mercancías ha mucho han partido. Ya ni pienso en los mediodías ni en las medianoches. Sólo auguro el triunfo de los embelesos o de las larvas del espejismo gualdo. Podría impregnarme de un yoduro de azufre, mas la ocasión requiere un discurso bajo una atmósfera propicia. Entretanto prefiero que me rehieran los hierros en desorden.

SOY EL DUEÑO de ninguna situación. Las intrigas de las texturas me sustituyen en silencio. ¿Dónde se originan las escrituras de lo tectónico? Se nace con las relaciones a cuestas y, a la vez, con un deseo simultáneo de desbaratarlas. Y el oído interno me susurra que sí. ¡Es que ni siquiera aparece un charco luctuoso! Y pensar que se han roto las jaulas de los grillos y los chirridos no son nada amables. Si hubiese una época presente de leche de yegua con opio y sueños en forma de hojas o de billetes de bancos fastidiados. Frotándola, la esperanza reluce. Y el oro ya no tiene audiencias y los pleitos les calzan sus cueros. Hace poco el follaje daba camisas. Ahora la energía se ha revocado.

TÁCTICAS DE LAS ADHERENCIAS en medio de la tundra o la estepa. Un cobertizo sujeta la comarca y la tregua de los tullidos va para largo aliento. Se varan las variables del polvo; no se usan las urticarias del sereno. Los tábanos aportan sus tretas, aprendidas de los triángulos humanos. Trepidan los talones con los cortes oblicuos de los puñales en retoño. Del mismo noroeste, una senda festonea sin malicia. Prima la adivinanza de los yerros, su rescisión frecuente. Son visibles las trabazones, pero la fatiga impide sucederlas y gradarlas. Un reproche y el color se asila entre las costillas. (Han dado en el punto y los dientes menudean). La hora da prenda de púrpura.

 

2

Alusiones abstractas, por Wilfredo Carrizales
Fotopintura: Wilfredo Carrizales

IRISACIÓN, vamos a suponer. Aunque falle el resultado. La invisibilidad de la vejez recibe lecciones de la escasa lejanía. Al borde de la materia la asadura no se expresa. Unas entradas para seccionar la lobreguez, mientras en el descanso se delibera. Luego es tarde, afirman los realengos. De un lustro se entretejen hilos de cobre y alquitrán. Se ha perdido una fosa y lo fragoso ha ocupado su sitio.

LA ZOZOBRA: hacerse a la idea surcando las arrugas y el riesgo. A la intemperie, los rasgos degradan sus pintadas. Por tres posiciones se acierta en los reflejos de los estragos. Magrecen los pétalos adivinados y, más que nada, los perfumes de las gramíneas. ¡Lo sabía yo y amanecí con la vara de los consejos! Desde las luces se trasladan los tejidos que se devoran. Ñiscas de moliendas se recogen para los paladares duros. Una objeción y la mala fe de quien esconde lo ocre. Escucho y soy sigilo.

OJERIZAS a través de los vértices. Regrese alguien a fijar los parches hasta rastrear las emanaciones que se olvidan. Se usa la pasividad de la lechuza, si conviene. Se causan las plagas en los ángulos de la rectitud. Las sobriedades contiguas levantan hileras y las monedas se paren más allá de las brevedades. En un mes se notan los recorridos o la referencia al decurso de las cosas.

NO PASAN las frutas y las padecemos. Las placas alucinan con las patadas de los torpes. Varios colmillos irrumpen sobre los lomos y la diversión es de argamasa, derecha y exigente. ¿Acaso gira tal o cual palanca frente al embellecimiento de los organismos inanes? Con pelos entre los dedos pellizco a la niebla y a sus panojas. Un agua se atreve a ser aceptada y, sin más, se torna en adagio.

EL QUE ESTÁ barrenando las picaduras carece de nombre; el que templa los parásitos calla sin permanecer. Con algo rojizo la familia difunta rema por el vallejo de los cantos rodados. Mucho se representa en la huida y hasta una emboscada se aguanta. Entonces el suelo se aturde, se asalta con pirámides de barro lento, se espejea con anterioridad. Y cualquiera que haya salido de sus entrañas queda marcado por los signos de la inopia. Porque ahora sé menos, me pueblo de números.

TODOS LOS ESTADOS que se puedan, aun los más lacerados. Ya no podré valerme del grito equivalente. Sólo una poliginia de fin de era sería capaz de diferirme. Sin embargo, ¿cuántos sépalos lo sabrían? Aplicado a los orificios me muevo hacia lo calcáreo y esta circunstancia me hala a porfía. ¿Dónde buscarle un tópico que eluda lo obsceno, lo inmodesto de la repetición? Pregunto por las posiciones o por las posesiones y siempre la respuesta se orienta a señalar el vacío.

TIESTO QUE RECIBE los efectos de la vigilancia. Los contrastes, de lado y lado, se capacitan en el hábito. La reciedumbre se torna prófuga. ¿A qué rabiar si la queja no es más que un empellón? Después, a ratos, se acrecen las secreciones y ninguna soledad nos reencuentra. De los actos nocivos surgen curvas y lo inapelable traza sus términos. ¡Hambre de reluctancia con el índice arreglado para el fogueo! Por remate, un remedo sin prisas, dispuesto a compensarse, aunque llueva mudanza.

LA RESURGENCIA y los roñales. Una ronda con parduscas espuelas. Y los apodos para todo tipo de nomenclatura. Las orugas comen de sus sorpresas y las rubiáceas ni rozan los marbetes del polvo. Se ha de creer en los círculos y en los boquerones, a pesar de los bagajes sin saboreo. ¿Cómo saldar las crudezas de las maneras y de los modos infalibles? Quizá apriete el terreno en el momento de la mañana siniestrada. Taciturnos, los acéfalos encima de la agonía contenida. Después, también, los gases se torcerán cansados y los exfolios correrán por un canal que se cuece de continuo y los recipientes, todavía ligeros, se destinarán a las funciones más bajas en la estación de las flamas.

 

3

Alusiones abstractas, por Wilfredo Carrizales
Fotopintura: Wilfredo Carrizales

UN COMO ESCUDO y un reptil de ensoñaciones equinas. Estrías rubicundas para la astronomía del momento. Si hubiera otro recurso de menuda máquina. Ya en artículo; ya en mediación. Y la siesta dividiendo la posible finca en miniatura. Un horario de trampolín, a guisa de una tinta que se revuelve. Todas las fluideces de la biología del terraje y el remedio con fuerza para proseguir.

LAXITUD DE MURO anulando el pedrerío que no se vislumbra. Los derrames del ocre hacia las esquinas en seco. (Me construyo un espaldar para otear la guerra de los verdugos, mientras tanto las censuras salen de boca en boca). Suspiros de la largura distrayendo inexistentes telarañas. En directo, unos arpegios para alisar los crudos promontorios. (Mutuante, tallo mi cognomento al pie del retiro de la escena). La nacencia de la aurora viene sin excusas. ¿La quiere quien la quiere?

NO MÁS de un título: gangrena de abigarramiento. Lo que hubo sido sagrado, en lo presente se hizo refugio de toquidos. Citar lo infrascripto para injertar un aceite. Un canon se expande por sobre mi superficie ágrafa. Revolotea un cuaderno marginal, pero no llama la atención. Muy empleadas las estampas después de los bautismos de las fechas que se refunden. (En los nudillos me claveteo unas monedas nubladas, las que enturbian mi entendimiento). ¿Y la colectividad de gajos?

ESTOY ECHADO tras los ojos y observo el ayer de donde no procedo. Para las letanías, los recodos con las ansias proscritas. ¿Y rabias y lágrimas y volteretas de plumas? Me rastreo de ungüento: aquello en las cercanías de los espiritistas. Al cabo, el tramojo de una harina poco frecuente, pero vital, incluso con sus leucomas. De las labiadas, me penetran sus efluvios de subsuelo y así acecho las retamas que en mala hora me prometieron. Mi olfato se prefija en un racimo de verrugas.

¿PINTARRAJOS? ¿Pinochas sin estadía? A lo que sigue las rayas le descubren el tifus, su languidez de bastidor. Los esquicios dispuestos para una tal galería con itinerario cambiante. Sobre los diagramas, los sexos insinuados para asaltar y rapiñar. ¡Ah, de los líquidos con acentos de uva, con residuos de cazoletas! Más de un músculo piróforo acidulado contra las fiebres; más de un maltrecho en las lides de los escorpiones. A la vez los palitos: agacharse para recogerlos y chuparlos hasta la ingrimitud del tuétano. Las girándulas se han vuelto jóvenes y no evaden sus caramelos planos.

BREBAJES DE ARMAS BLANCAS y se rompe la cebada del amanecer. Punto y cálamo; pleuritis y sombra; galena y perdigón. Se regulan los núcleos (en ocasiones fastidiosos) de los plomos y se desdoblan los objetos del asfalto. ¿Cuál unidad será para pocos? ¿Y si huelgo con la pomada que no es chapuza o con el lastre de la mujer que zumba? ¿Quién me enmanteca luego y más luego?

FLAVOS QUE SE FORMAN sin formarse, sin afirmarse. Empero, llegan a familia y testimonian. (En reposo, abrevo en las inducciones de las tesituras y me cubro de acequias, de tributos del éter). Por la izquierda, un conglomerado de escobas naturales; por lo pronto, un candil envenenado; por las buenas, salmos y piojos. Aunque no lo haya, vale la pena mirarse al espejo y enfermarse con la sintaxis. Total: los orificios y las fibras se recorren con obstinación. ¡Y hasta barnizan los alientos!

AL FIN, mi vehículo de grafito acaba por arruinarse y tiende a arrastrarme consigo. Dos correas lo impiden: me salvo con mi derecho subsecuente. En este instante, me hago mi costado, me empequeñezco a plenitud. Las partículas esgrimen sus mocedades de caballería. Una actitud me parapeta sobre los estribos y pugno por no perderlos. En retirada, la mucha cautela, la abultada precognición. Unos verbos prestigian los escamoteos de las coloraturas de la cercanidad. Si lo planeado ha existido, debemos congratularnos. (El reloj de sol saca pecho y anuncia el próximo cortejo).

 

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Alusiones abstractas, por Wilfredo Carrizales
Fotopintura: Wilfredo Carrizales

HÁBLANME de supuraciones, de separaciones herméticas. Y con mi pendón yendo de una topografía a otra más desgarbada. Y nadie me acompaña, ni con riendas ni con arriendos. Los referentes fonológicos se desvían sin control y causan mordacidades debajo de los organismos de la senectud. ¿Lloviznar? Ni para abrillantar las uñas. Preceden a los lloros de los peñascos las postrimerías de las sílabas cazadas en remedos de safari. Un caldo para el profeta y se sutilizan los presagios.

LO INSÓLITO se ha revestido de costras de impudor. Una herradura se encorva a media legua. El hombre que ronda con la armónica ronza su arsenal de cartuchos y amenaza con inmolarse. Los sucesos importantes duermen. Me sepulto en el interior de mi zumo y ronco rosado de escaramujo. Las maldiciones satisfacen a quienes deambulan por las hondonadas. (Añoro, místico, mi carne de doncella). Sirva la reputación de las mixturas portátiles para darle realeza a lo salobre.

TAMBIÉN se repentizan los prodigios de los ciclos. Del zaguero se aguarda siempre un colofón en donde lo delgado dimana con celo. (Mis dolores se espacian entre los barrancos que aún no se destacan). Situados entre agosto y septiembre, los sepias se refractan y cubren las distancias para tenerlas a mano. Cicatrizando sus heridas, los terrazgos convulsionan sumidos en luminiscencias. Breves extensiones nos separan de cascabeles, de embriones y de colmillos. El auxilio es una tijera.

LA PUBERTAD de la gleba no entra en discusión. El otoño se ayunta con ella y ella le pare sus mancebas. (Sifué y se aproxima sin cruzar). Lo siguiente anda unívoco, abreviado cual encrucijada de ingenuos. Ese sillar tenía sobrada presencia hasta que… (se omite la coda). Durante los golpetazos de la canícula, los perros orinan intereses de cementerio y ladran con simpleza, de modo simbólico.

AJUSTAR los bajos de arena, los altos de la nariz y perseverar hasta el fondo de la ubre periódica. Se califica por ese estilo a la soberanía de lo manido. Muchos pedruscos lanzados; muchas lajas rozando el cuerpo. Y el régimen de protección sobrazado. ¿Cuándo me sobará la miel, su esplendor de reina intercalada? He sido elector de las sepulturas no móviles y he regido para blancos, negros y amarillos. Hogaño me economizo para no ser ahorcado con mis avispas. ¡Lengua que se casa tenaz!

¿ACAECEN VENTURAS? Me subyuga el hado. Los mañanas se desparraman con las ceras de los santones. Entro por las puertas de las brisas y bienandanzas o desastres salen al paso. De suyo, el asunto aporta su propia melodía de disparates. Por el contrario, me figuro en el seno de una tuna.

SAGRARIO de ventiscas y erosiones. Tapón contra el bullicio. Balanceo de dunas y fantasmas. De antiguo, doblaba los forrajes y acudía a las plegarias de los ermitaños. Iba de ballesta y zurrón. Me jugaba el reconocimiento y la comunión en los tinglados. Lo menudo me crecía entre los ijares.

LA TACITURNIDAD. Esa taza de metal macerado. Las cortaduras sin esparadrapos; la prudencia sin habilidad. Transeúnte: tal cual. ¿Dónde el tallo para las reuniones? ¿Adónde me dirijo sin gestos? ¿A qué lugar saturado de inconstancias cromáticas? Contra la disentería, una clavija dentro de una olla. A la zaga, despojos. Amén de virutas, viseras, virtuosismos. (Siluetas de golondrinas entre las nubes. Quien las observa nada deduce, nada escatima. Los chillidos apenas lo asombran. Más lo pasman las redundancias sucias del aire, ese como estro que se adhiere a la piel y trastorna la lástima).

 

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Alusiones abstractas, por Wilfredo Carrizales
Fotopintura: Wilfredo Carrizales

RESQUEBRAJAMIENTOS de la sangre lítica, de la linfa pétrea. Aquejos para nombrarlos desde lo espiritual. Arácneas escamas, arcaicas, sin peces avizorados en las capas del estudio. Nosotros, vencidos, enajenados, ante tanto lastre axial. Además se tejían y destejían las techumbres de los pilares subrepticios. Asimismo propinaban coces las ancas desde los andamios.

DE DESEAR, duplicaciones al voleo. Apelativos para las entrañas de la tierra desafecta. Algunas charadas presumidas bajo una lupa que flotaba. Quienquiera no va a contar las manchas en los dedos. Pues, surge la extrañeza, lo portentoso. ¿Y si se enciman las disputas? ¡Que parezcan dorados los cepos, las encañaduras, los desatinos y demás fatigas! Un fogonazo no se descuida en el farol.

GORJEOS LAZADOS. Y en común se ignora el misterio subalterno. La escuadría constituyéndose con artejos, expresándose entre porciones no pasivas. Comoquiera que sea: comodín sin mieses. En vez del empeine, operación de empedrado y que sobresalga la robustez de los silogismos rupestres.

¿AL GARETE? ¿Qué garfio? ¿Cuál espliego de rodajas y alburas? Con hilachas no se puede seguir el pensamiento. ¿Turbión de hojuelas sin metamorfosis? Nada más que guijarros desorbitados hasta lo terrible. (Pausa). Fuga de la conciencia con todas sus letras, con todos sus artificios. (¡Pídeme, orador!). Donde astillas el estío condiciona su valía. Entonces diligencia su alcurnia. (¡Muérete, múrice!). Y los humos ocultos pregonan sus aberraciones y lo gayo se difumina, aislado, en paz.

EN TORNO A lo anejo. Encuentros con los halos más complacientes, con las reglas opuestas a los mosquitos. Los gárrulos cortejando sus candelas, acabando por licitarlas a tiempo. De puro punzón. Atribuciones tan graves como las esdrújulas. Aludimos a los deberes sin sentido, a lo perceptible en los desmayos o en las décadas de ambiente. Añoranzas de las noticias al tacto y una limosna en solicitud. A posteriori, iracundias y fruncimientos. ¿Un drenaje para la influencia? ¿Semiótico?

NI ERA de esa especie. Ni enderezara cóndilos prescitos. Peregrinando con el oficio de los grises, acaudillando tajadillas y menesteres de ceniza. La materialidad de las raíces en el complemento de las vías y unas meadas que bordan de plata los resquicios del metilo. Ahí se permiten los tratados de relojería y las miajas del granito. Por ende, se solapan las migrañas y se pierden las rastras.

CAMBIOS de a poco con el buscador de orígenes. Con marcialidad de pirita o con soberbia de espejuelo. ¡A nueve litros y se transmite la herencia! O lo que es sólo pasajero, sólo pesaroso. Amoragado en la navaja de chirles, a la espera de las cuerdas de la placidez. Mi opinión cae sobre un charco manso, neutral, tan tímido como un gusano de caléndula. ¡Nunca ningún oprobio carraspee en mi garganta! (Más adelante cúrcuma tras los azulejos y un cuadro trazado con plomada).

LO DIARIO, el disloque, la cualidad de la mentira. Tales noticias con el sol moreno, con el nidal enfermo, con las ganas alebrestando lo fúnebre. Ha de ser el proyecto para los derechos de pernada y seducción. Hoy más que nunca/siempre ponerme en mí, calcular la cima, reparar los pruritos… ¡Ah, malquistarme con la Muerte!

TORDO TORCIDO de oscuro ultraje, ¿quién te dio comisión? ¿Quién te alumbró el camino hacia la maldad perentoria? ¡Contesta! ¡Dilo ya de una buena vez! De lo contrario, malcríate, disponte a ser réprobo, configurado en tu destierro, sin ninguna oportunidad de acceder a un reputado color. Tordo combado: ¡púdrete lejos de nuestro pedregal y pégate eviterno a tu falsía!

Wilfredo Carrizales
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