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Manos que escriben (y un teatro mínimo)

martes 17 de septiembre de 2019
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Textos y collage: Wilfredo Carrizales
Manos que escriben (y un teatro mínimo), por Wilfredo Carrizales
Collage: Wilfredo Carrizales

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Manos que escriben

Escriben las manos, alejadas de las torpezas, con los dedos medio encogidos. Consiguen malicias en las historias que cuentan acerca de viejos revolucionarios de la primera mitad del siglo XX. Agarran sus hechos sobresalientes y los fijan como castigo, como un reglamento para la circulación destinado a la posteridad. Cada operación de los dedos auxilia a la memoria y, juntos, cogen y acarician los resultados. (Alguien dice: “yo iba por mi mano y no la alcancé”. El misterio no se aclara).

Durante la escritura, las manos no se cierran. ¿Estamos? Y se apartan las muletillas. Las novedades llegan después de la madrugada. A las claras, se atisban las noticias. (Una telaraña en el techo vive fuera de la realidad). Por momentos se confunden las uñas con las células que las conforman. La observancia de la atención se torna necesaria, perentoria. Los ruidos no obran para derrotar al ocio. La paciencia pone a prueba su fidelidad. Algo se dobla, de pronto, y espanta el sueño.

La mano derecha sale de su soledad y colabora con la izquierda. De consuno, perpetran espejismos escriturales, de cuerpos mayores a sus propias armazones. También “cazan” colas enroscadas, hocicos nervudos, patas alargadas: todo el bagaje para uso de polígrafos.

Dan rienda suelta las manos a rasguear las cuartillas y luego someterlas a las vicisitudes del ambiente artificial. Entre dos luces superan los noctambulismos y evitan el siniestro del lenguaje cansado. Los sujetos gramaticales no se obliteran y el deseo de perfección pasa a ser la imposible “piedra filosofal” que resuelva las contradicciones.

Se tiran —las manos— de menos o de más, en el fondo del pozo de las palabras, en busca de vocablos que entreguen sus prodigios ocultos y soñados. Se aplican a escudriñar los procesos de las cosas escritas. Extienden las hojas (reales o virtuales) y majan templos con la argamasa de la invención.

Caen sobre las teclas las manos, con total autoridad de sus pesos. Con el instinto (o la razón) atado a sus ritmos sanguíneos manifiestan sirviéndose de los signos que las afilian a las homilías de la ficción, el testimonio o la poesía. (Roncan los relojes varios y vuelan por encima de los lugares de la emoción los espejismos que con cierta facilidad precaria se atrapan).

Manos que no se hurtan y redactan fábulas de los heliotropos de seda o de los gusanos nobles de los helechos arborescentes. Desde el estudio de la aquiescencia hasta el vestíbulo de las aldabas, las manos pergeñan los estilos que serán juzgados en los ámbitos libérrimos de las calles y plazas. (Las manos no abandonan la faena y se sostienen de la satisfacción del cansancio gratificador).

De aquellas manos, el cuadro descriptivo de las esquinas, de los patios colmados de muchachas desnudas disfrutando de la lluvia veraniega, de los bares levantados con ladrillos y metales… Las mismas manos u otras semejantes, marchando hacia sí con sus goznes de memoriales que chirrían en la periodicidad continua de los adelantos de la noche. (A renglón seguido, algo trunco se escruta y se toma la decisión de completarlo para convertirlo en escolio). Se desentumecen las manos y se les escapa un suspiro. De inmediato, se alargan y apresan los ademanes de la creación, al vuelo.

Algunas veces llegan tarde las manos y encuentran la máquina de escribir (o el procesador de textos) ya instalada, dispuesta a cohesionarse con ellas y abandonarse en temas harto complacientes: una hembra con ceñidos pantalones cabalgando un brioso caballo a través de una pradera sin límites, unas robustas luchadoras, impregnados sus cuerpos de aceite, revolcándose sobre la arena de un cuadrilátero solitario y en semipenumbra…

Si pasan hambre las manos escribientes son capaces de devorarse las falanges con todo y uñas y sucio. No hay chasco que valga para ellas, ni hacia adelante ni hacia atrás y si se enojan, se reconcilian de inmediato y se abren a una desconocida tradición de elucubraciones macabras o cercanas al humorismo negro.

Les gusta a las manos su trabajo de componer y ficcionar y los sentimientos y pasiones que emanan de él. Intervienen e influencian en el intríngulis de las tramas, sin que se les escapen desaciertos. Se deciden a transportarse y lo hacen con la potencia de los verbos, sin bajar del “vehículo” que manejan. Nunca se retiran como vienen: siempre se recogen ahítas, plenas de vástagos y pichones.

Ellas en muy raras ocasiones disputan y si llegan a hacerlo, callan, se detienen, reflexionan y continúan la tarea emprendida y no ponen mientes en lo ocurrido. Descargan la energía en varios idiomas y se complacen en darles vueltas a los animales trágicos y les replican con serenidad en caso de suplicatorias. Los signos de esas manos alcanzan también los predios de la dramaturgia, donde notifican montajes que ponen a pensar.

 

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Teatro mínimo

Acto único

El galán sonriente, vestido con chaqueta y pantalón de cuero negro, habla semiescondido detrás de un biombo con reminiscencias de una pintura parecida a las de Daniel Buren. Una voz fuera de escena (perteneciente al dictadorzuelo) trata de rebatir todo lo que el galán afirma. El tiempo corresponde a la actualidad.

El galán. La muerte tiene a mis compatriotas desmejorados, apurados y en un diálogo letal, permanente y sufriente. La arquitectura de sus huesos ya no tiene nombre.

Voz en off. ¿Cómo te atreves a presentar tal cuadro? ¡Tu lengua es una rata fétida y putrefacta!

El galán. Mi mente no imagina; mis impresiones son indelebles. Estoy lleno de estupor y repugnancia. Esas escenas muestran a los hombres y mujeres con los brazos opacos, sin grasa y sus cabezas sucias o casi desprovistas de pelo. Mi raciocinio ha sido doblegado. ¿Cómo puede haber hambre en un país rico en recursos naturales?

Voz en off. Acaso la práctica de tu racionalidad es demasiado plástica y se tuerce de modo fácil ante los embates de la parte del mundo que nos ataca. ¡Lo esencial es que comprendas la pertinencia fundamental de nuestra intención artística hacia la consecución de un ser humano nuevo, sin ningún tipo de vicios ni defectos! ¡Apostamos por ese proceso más allá del hoy finito!

El galán. Mi capacidad mide las evidencias por doquier. Allí se reportan muertes en los hospitales; acullá se informa de asesinatos en las cárceles; más allá hay testimonios de asesinatos a mansalva perpetrados por cuerpos policiales…

Voz en off. ¡Te asemejas a un niño sin madre! Gimiendo y propalando mentiras. ¡Eres un bello para nada! Una voluta de humo que cualquiera sopla hacia el lado que le convenga. ¡Yo tengo una paciencia infinita y demando que recapacites!

El galán. No le hago concesiones a la mentira. Mi objetivo no es utópico y me debo a la sociedad que aprecia mi trabajo. En la soledad de mi habitación reflexiono, indago y llego siempre a la misma conclusión: la tragicomedia cotidiana y nacional representa el punto del total derrumbe.

Voz en off. ¡También los ciegos creen! Bien definida, tu labor es fragmentaria, parcial, compuesta de aspectos marginales, de montajes interesados en desprestigiarnos para apoderarse de nuestras riquezas. Si fueras sensato, tendrías coherencia en tus alegatos, pero elucubras como un locuelo en busca de una linterna de barro fofo.

El galán. ¡En los locos suele estar la verdad, no en los tiranos! Mi propia acción es el desarrollo hacia la sustentación de la verdad basada en documentos y testimonios. Me permite una visualización muy particular acerca de la destrucción actual que padecemos y sus causas y efectos.

Voz en off. Tú reviertes nuestra hermosa coloratura constructiva en un remedo colosal en blanco y negro. ¿Cómo osas ser tan descarado y cínico? ¿Quién es tu amo y cuánto te paga por tu nauseabundo tinglado? ¡No hay posibilidad de discutir con un bribonzuelo de tu calaña! Va siendo hora de que pongas orden en tu cerebro y te des cuenta del peligro al que te expones difundiendo falacias y engaños. ¡Yo soy un hombre magnánimo, pero no te permito sobrepasarte!

El galán. Me afirmo sin miedo en mi deber ciudadano. No ignoro que me pueden hacer desaparecer. Sin embargo, mientras más constato la cruel realidad más se me hace perentorio develar toda la trama inmunda que la sustenta y quiénes mueven los dedos tras el telón. Soy un individuo no muy valeroso, pero tanta inmundicia extendida a lo largo y ancho del territorio nacional me subleva, me golpea el rostro y me obliga a gritar, indignado, asqueado…

Voz en off. ¡Eres un pobre poseso! Para preservar a la comunidad de tu nefasto accionar, voy a ordenar tu aprehensión y recluirte en un centro de alienados. Por fortuna, contamos con expertos siquiatras que serán capaces de hacerte entrar en razón con métodos muy científicos y probados en cientos de pacientes.

El galán. ¡Con perfecta parsimonia aguardo el zarpazo que me anuncias! ¡La verdad prevalecerá!

Se escuchan sonidos de sirenas y ladridos de perros. En seguida, traqueteos de ametralladoras, insultos procaces, ruido de destrozos de focos y escenografía. La escena queda a oscuras. Se oye el golpeteo de un cuerpo al ser arrastrado por el piso. En off queda resonando una carcajada de intolerable magnitud.

Wilfredo Carrizales
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