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Apuntes para un gran gargarismo

lunes 23 de septiembre de 2019
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Apuntes para un gran gargarismo, por Wilfredo Carrizales
Dibujo: Wilfredo Carrizales
Textos y dibujo: Wilfredo Carrizales

Además de mi grande y amable sensación, aplicable al diapasón con que frecuento y dispongo de los embates que la vida otorga para sus adentros: pienso y no existo en el sagrado entorno de la abundancia; errático, camino en el émbolo de la discordia pormenorizada y arribo a la raya que otorga frescura.

Gárgaras y juego del escondite. Bajo un caño semejo una fuente. En un piso de madera exploro la bebida de los sedales. Pienso recoger los abonos de los pozos, pero mi boca se hace torpor. En las cercanías, un robo me produce calambres: los miedos son recurrentes como las garlopas que se juntan.

El fiador me sujeta el sombrero con su cordón. Hay grandes leyes y hay grandes bueyes. No hay nubes porque no hablamos de ellas. A las horas tan cerradas no entra el asombro. Estoy en mi voz y me embarco hacia el acierto de la fortuna. Entre una y otra jornada, las sepulturas se hacen más cortas. Entonces, se levantan los fuelles.

Echadizo, a la usanza de la divulgación de las noticias. Mi rosa se ha tornado bruta y ya su aroma es toda una censura. Desobedezco y pisoteo los muebles del realismo. La prole está en venta para adquirir armas de fuego y tirotear a la quietud.

De joven me acompañaba una dama de honor: calladita, afín al mambo. Hubo testigos a quienes no les incumbían ni los bailes ni los apretujones. Ahora infiero mi desazón de otrora, mi apéndice con la enfermedad sobre los hombros. Por falta de corimbos, los descontentos formaron legión contra mí y triunfaron, en lo indispensable.

Por el litoral, unos contoneos de caderas salaces. Concuerdan con mis afirmaciones a deshora. Nunca he sabido porqué temprano no me dediqué al estudio del perro y sus huesos. Hubiera llegado a ser un tipo famoso, con ladridos al servicio de todos.

Capeando el temporal ubico sobre el cráneo el cien por cien y empino la botella. Ahora no es tiempo de guerra y las recompensas vienen en paz. Mis parientes no atinan al blanco y amarran las cadenas para que no escape el loco. Por accidente, acuden a beber las aves y el entorno se vuelve un paraíso. Barbado, reanudo mis conversaciones con quienes me exterminarán más adelante. Lo prosaico duerme, plácido, bajo mi catre.

Contra las cuerdas, cuento hasta mil trescientos. Por desaire, me descuero y no muero en el engarce. Lo que dispersa se va por su orden abierto; lo que congrega permanece entre los amasijos de cuerdas. Con eficacia, me agito y desbordo los vasos y sus sanguinas. La obstinación es —o podría ser— la ataraxia que se pesca.

 

La alarma se configura después de los movimientos de los cuerpos en discusión. A algunos se les clavaron unas astillas y cayeron en gracia de Dios. Sus carnes no se atrasaron ni se retrasaron sus madres peticionarias. La pantomima tuvo sus detractores: pocos, sin embargo. Lo fatídico ya no resulta un fenómeno que asuste. En la actualidad, se ahorran los felpudos y se gasta más en pañuelos, gatillos y teléfonos móviles.

Callado, doy vueltas por las esquinas y me sostiene el cayado. Mientras tanto, en el hogar se forjan las triquiñuelas que darán color oscuro a los corazones. En una puerta detecto a una prójima y su prolijidad me aturde por lo que resta de septiembre. Cribo la septicemia y pienso en veranear en mi señorío del que carezco.

Gamuza o gancho. Toque de advertencia. La gárgola se atiesa, pues se le ha cumplido la sal y el almidón no redunda. Me agarro del derrame y así relleno el espacio, la horcajadura de los encajes comunes. Gracias a mi buen gusto, paso un buen rato de rareza.

Y quien no lo tenga que se provea de un auxiliar. Siempre son necesarios en caso de motilidad sobre el polvo. (Zurita era la paloma que defecaba feliz encima de su percha). En una pantalla se proyectan los obstáculos de la semana y los más visibles son desechados a petición. Se sigue el palo que dan los médicos y de la tunda quedan muchos mal parados o peor paridos. (¿Aquella lírica aún causa emociones en los duros de oído?).

Se bromea sin abstinencias, sin pruritos de pánfilo. El roncador suele ser tosco entre sus rodajas. ¡Estamos salvados y la harina continúa en el cernidor! Me santiguo para encarar la enfermedad, para enfrentar su encarecimiento. De un ciclo a la sombra se persevera ante las pisadas y los segmentos. La diferencia interroga y relega al extranjero.

¡Hasta en la sopa me hago suyo! Y el tabernario me cataloga y se ventea. Decido cubrir los huecos, plegar los papeles de la tabulación y además por además y garabatos. Pierdo de lo que he nacido: por el tiento me entero. De una travesía extraeré algo para el ataque. La calle ya no es un juego de armonías. Las variaciones me sirven de aperitivo, pero debo alumbrarme con la vela entrenada. El viento suelta sus hilos y los recojo en un acto insulso y vanidoso. Los yerros se alejan del punto medio. El whisky yace zafio.

Al igual que el cobarde me pongo de lado y me aflojo la corbata que no llevo. Allá van leyes para los sumisos. Me limpio el barro de las encías, mientras la nata gana adeptos. ¿Dónde se confunden los obituarios? ¿Adónde se recurre al patrocinio de los testimonios? ¡Estoy pidiendo que me dejen escapar y nadie refleja mi conducta! Rondan los meses, al contrario, y los sucesos se colocan en las vitrinas con fluorescencias. La pasión anuncia las andadas. En voz baja, un pasmado acorta la luz. Tiendo una mano y halo mi tornillo: el mismo que sobra en mi sesera. (¿La española ablandaría la pasta?).

¡Estamos bien! ¿Guaitó y cruzó la guadaña? Andrajos en las escaleras y cuelgan que cuelgan los brazos triunfadores. Fuera del borde de las alocuciones y la multitud venerando a su neosanto. Se asimilan a los huérfanos de espíritu y a los ahítos de divisas. (El asma de los demás me hace enmudecer y entonces, sólo entonces, me inmuto y corto).

Mi ex bicicleta, ese bidón de rastrojos y herrumbre, ese bidentado proyectil zumbón, se ha muerto por todas sus caras y ni con prismáticos lo tolero… En pleno climaterio estaba afinando el objetivo, cuando, de repente y de pronto, dejé de aprovechar mis cabellos y hubo revuelo en los cajones caídos. Ahora, de arco y tabique, intersecciono mis vértices dentro del jugo acre de las melodías que ya no lloran y apenas gimen.

¡Hace un calor para bárbaros! Y tal crueldad se labra a fuego. En los hornos de la escoria se discute, con ahínco, acerca de la futura república. ¡En dos idiomas, en cinco lenguajes, en veinte dialectos muertos! Se aplica el contrato de la bandeja, la subyugación de los pendejos. Hay quienes calzan espuelas ficticias para no equivocarse; hay quienes consiguen el don de aporcamiento. ¡La pelota es detenida y acuden todos a lamer su sudor!

¡Guárdame el gualdo!, le recuerdo a la conserje y ella continúa aferrada al gárgaro. No se me quita nada con atraparla y descubrirla, mas prefiero irme de gancho y atractivo, representando la rama que no se corta y regresa. A cada paso, me sujeto e imito el sonido de la garrafa dejada atrás, en buenas manos de complemento.

Los flagelantes se iban de oposición en oposición. La debilidad les terciaba los miembros más flacos. Del lado del escudo (nacional) se perdían las carteras, los maletines, los folletos, los eructos… ¡Nadie pensaba en macetas para adorno! Los espantajos ya no causaban horror. Los espárragos se acomodaban, sueltos, en ninguna constelación de micrófonos. Otras chucherías se diseminaban en los barandales. ¡El susto mayor era de feria y se desbocaba la Madre Apátrida porque había perdido sus ajorcas!

Todas las suertes sobre el suelo; todas las frituras, licenciadas. ¡Ahí duele el dólar! La doctrina de los peleles se autoriza y no va al limbo. En directo, los músicos tocan sus ficheros purpurados; en diferido, se suprimen los flatos. Los desvalidos se desnudan y se arruinan por momentos de la eternidad. Se prepara la degollina de los bastardos y, con antelación, se recitan versos que no defraudan a los más entendidos.

Cuesta arriba, bigotes y máscaras de solución; cuesta abajo, testículos y pecados crascitantes. Algunas cosas se secan y otras más se maduran. El trato aporta sus retratos y en el proceso se reblandecen. Se aprovechan los cubos y se rechazan las cubas. Cuajan las plagas con los trapos sobre las sillas. ¿Aún nos mandan ambigüedades, papayas castradas? Desde las popas rojas lanzan verrugas y laceraciones. Los peces perecen en sus ángulos de vacuidad y estatutos para sufrir. La cronología se junta con las partes moldeables de los canes del plomo. ¿Demasiada estatura? ¿Demasiados brincos en el azúcar con estricnina? En una cripta cristalizan los novísimos suicidios y se rompen las advertencias del misterio de la economía. (El gaznate me traquea y me obliga a organizar un gas para los limones. Generoso, inserto en la gaveta el gatuperio de los signos zodiacales).

Wilfredo Carrizales
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