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En la temporalidad, las variaciones tácitas

lunes 7 de octubre de 2019
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En la temporalidad, las variaciones tácitas, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales
Textos y fotografía: Wilfredo Carrizales

1

A ciegas no vendrá el mediodía. La maraña y el follaje se alebrestan en torno, lejos de la vista. Hay que hallarles los hechos para entenderlos. La muerte, con paciencia, se arrastra por el suelo. Unas voces salen al balcón y no imponen su voluntad. Lo divino se arroja entre lo sombrío y brinda un prodigio peleado. Las sombras no molestaban: trocaban alabanzas por filigranas. Vienen a cuento las inexistentes banderas. Cautivan las señales que se alinean donde no es fácil esconderse.

 

2

Fragancias de nubes que aguardan y quedan. Se cita a los nefelnautas. Entran a la visión lo grande y lo brusco. Un hombre grita por su madre perdida. Lo apacigua una secuela. Antes de partir, las plumas que flotaban tornáronse en puñales. Enmudecieron las orejas, solícitas de ira. Muchas palabras se encaminaron hacia la vía contraria. Por ventura, un niño curó las tejas.

 

3

Acá trajeron noticias. Supo un señor que no lo querían bien. Resonó la fiesta que no fue posible. Acá no eran de la profesión de vecindad. Se criaban panes y no se comían. Quien puede se coloca muy acá o muy allá y escucha derramarse a las golondrinas. Llegan los ojos al grado de visualizarlo todo, pero los días no se aprovechan, pues se separan. Hubo intentos de juntar maravillas con circunstancias, sin resultados ostensibles. Entonces se levantó un viento de perfil.

 

4

Adonde la penitencia no se enderezaba. Adonde lo sabido no se hizo perfección. Unos, encantados por quejarse; otros, adornados con recatos. La tarde soñaba con verdes pinos, mientras corrían bisuterías por las aceras. Adondequiera los preguntones. Adondequiera la falta de respuestas.

 

5

Algo le pasó a quien recibió detalles. Su nada se potenció. Se le quebró la cabeza y fue su amiga y los disparates hablaron por él. Se prolongaron los yerros y los ejercicios de grillos. Áspero, comenzó a vencerse, a internarse en su palidez. Algo se detuvo en su interior: un lenguaje sin después.

 

6

Mirando por donde iban las corrientes sopló su aliento. Algún cristal mutaba en lontananza. Las mixturas se embutían cual venenos. Las yerbas se suprimían y se llamaban. Huían las puertas, temblando. Las amenazas se apoyaban sin testigos. El más solo de los seres continuaba mirando, atisbando, con el alma apenas fuerte, sin duda alguna.

 

7

Volvían los demás. ¿De allá, de aquello? Los caminos partidos por la mitad, arrugados. Llamas que en el encuentro no se dieron. Descansos para cuando estén abajo. Sentencias sin desahogos. Fueron con los pechos a la zaga. A vueltas, la vastedad. El transcurrir cesó de ser una afirmación.

 

8

Cartas con las esperanzas cortas. Allí señalaban polvaredas de antaño, sucesos que a nadie sirvieron. Los objetos se observaron y desaparecieron de la memoria. Los sentidos tan alejados de sus juicios. Allí se ofrecían ofrendas con accidentes. Alguien trabajó con un collar para callar. Dentro de las botas hubo nueces y porciones de filamentos. Un ciclo tendía a detenerse en lo absoluto y el rigor del origen se le venía encima y lo deslustraba. Allí se volvieron locos los parietales, las canas, los cómputos de las eras. Las orillas se tornaron tristes, según dijeron los asmáticos.

 

9

Andaban a la búsqueda de ídolos y marraron. La fealdad saltaba por encima de las rodillas. En los adelantes las tardes llegaban sin caso. De sala en sala se proponían oficios sin suerte. El hambre poco diligenciaba en las cocinas. Los rincones eran cerrados con molicie, mas las horas retornaban. Los documentos acababan con gripe. Andaban las sonrisas sustentadas en los péndulos de los relojes. En los aros giraban las cuitas y eran los pasatiempos de los infantes. Por fuera andaban los saleros y las petacas. Lo demás se ordenaba según el mérito de la fantasía.

 

10

Antes o después los gritos proseguían, lacerantes, apenas palmoteados. Los pasos se mordisqueaban en su propio redor. En breve, las bocas desistieron de los consejos y se sumieron en apuros. Ante las dotes, las pupilas pecaban de insidia. Algunos guiños se profundizaban en pos de sus intríngulis. Las verdades eran marcadas con cruces y olvidadas sobre las paredes agoreras.

 

11

Los míos no reinaron sobre sus almas. Se dedicaron a los desmayos o a los mohines. Aquí, donde acontecieron los dramas, los descarríos aportaron cipos. Las urgencias embestían con fuerza de gatos aquilatados. Muchas demoras acarrearon lutos y abundantes empalmes devaluados. No eran las finezas las que azotaban, sino los demonios soldados al dinero. Desde los límites, la utopía doméstica siempre estuvo destruida.

 

12

Así: de las piernas (para el tránsito) como lonjas. Los perdones al no creérselo. Los regodeos en el ambiente de las fruslerías y los jarabes, a mano, para los asados. Los entreveros con gracia y con salud. Lo repentino de cualquier zarandaja conmovía. Se derramaban los dulzores, pero sin embotar. ¿Acaso no padecían las carnes con aleteos sencillos? ¿Quién se llevaría el destino de los lunes? La dicha nunca se ganó de la manera habitual. Las plagas costaron lo que los ingentes negocios. De vez en cuando un estruendo rugía y los blandos lloraban encima de sus carros con escasas habilidades. Las gotas robustas cayeron taladrando los zapatos de la discreción.

 

13

Aun la adversidad imponía sus fueros de estación y biología. Asomábamos el humo, mas no la llama. Las desgracias decapitaban con sus lemas de entonces. Había que brincar con los pelos cortados. La marchitez amoldaba las cepas y todavía sobrevenían lances y moratorias. ¿Cómo olvidar nuestros ejercicios de resultados duros? El agua se incendiaba bastante, aun entre su parentela más inmediata. Los compadres desaforaban sus narices para mejor olisquear las trepanaciones de los verdugos aficionados. Ya sin normas, el piso se festoneaba de humus y contenía roncos hallazgos.

 

14

Secretos bajo los techos de cautela. Uno y otro y otro más se entristecían, apegados a su ley que los visitaba. Aunque los abandonos no resultaban esquivos, tendían hacia los descuelgues inmediatos. Los tramos de los almuerzos pasaban y pasaban lejos de las gargantas. ¡Romería de cubiertos en plenitud de vacuidad! Y sanaban las entradas de la vivienda, pero los castigos extirpaban sus conciencias de permisividad. Los enojos despachaban sus remesas, se opusiese quien se opusiese. ¿Por qué no rememorar ahora los terribles tropiezos de las sillas? ¡Dejemos la prímula porque jamás existió!

 

15

Los decumbentes bajo permanente sospecha. Toda planta de los pies, herrada; toda noticia, humillada por trompetillas. Los muros, maullando; los aleros, pidiendo licencia; los desaparecidos jardines, advertidos en las lágrimas de los sapos. Las lámparas se trabaron entre sus miembros faltos de bendiciones. Eran bajos los recibos, empero más bajos sus desleídos reflejos. ¿Y las podas de las columnas y sus espacios de silencio y soliloquios? No quisimos oír el ruido de las flemas púrpuras. Hablábamos todos al unísono: nadie escuchaba nada de nada de nada. Ahora el oscuro velo ya lanzó su brutal arañazo para quedarse, para permanecer instrumentando bajezas.

 

16

Cada gemido exulta a los enanos. El inmenso signo del soplo animal hiela los ánimos. Escuchamos el reparto brutal de los días y nos ultraja las frentes. Los alardes de los hombres pútridos no caben dentro de sus calzones. Sabemos que los panes aprietan los platos de cada uno de nosotros. Sin embargo, las risas hacen las diferencias, a pesar de lo que nos arrean a diario los desfiguradores de la bondad. En los cielos se trazan truenos que alimentan los horizontes. ¡Echaremos de ver las navajas ensangrentadas y las baldosas gozando, de veras, de trecho en trecho!

 

17

Caen las burlas y las pateamos. Respondemos por nuestros muertos. El carnaval permanente lo disfrutan quienes pudren las flores y agrian y envenenan la leche. ¡Ah, la insignificancia de sus nombres y sus ropajes de poderío! Sus aderezos y sus afeites ruedan de espaldas.

 

18

Mentadas del pensamiento para plenar el mundo. Vaguedades de aquellos con hojas donde tremolan las ranas del nerviosismo. Las partidas se han dispuesto para curarnos y un mar con oleadas y no más elegías. Afirmar las estancias del edificio vital y otro tanto y otro tanto para desamparar la estrechez y la mezquindad. ¡Caen las sombras y son enjambre y alusión!

 

19

Los desmayos de los años secos y las granadas, abiertas y vencedoras, en la ventana. La lluvia con arreboles del norte fiero. La hermosura de la indignación contra lo abyecto. El inflamado pájaro sin lazos. Mi brújula materializa aún más su acento y apuesta a no hundirse en el foso. Los pasajes se enriquecen con los filmes no repetidos y la sonoridad de los colores carece de precedentes.

 

20

Como escribo, la semana me tarda, me intima. Dialogo con los antiguos y con los modernos. Sigo las variedades de los compases y desde una azotea nazco a lo cercano que se aleja. Rescato lo que no se acaba del todo: el perro causado, el charco afligido, la tibieza en su prontitud… Un celaje se reviste de añoranzas y declaro que lo pedía. Cuando hiere la brisa, bufo. Luego, obediente, corto los males, el tropel de desprecios recibidos. Admito la ecuanimidad y el albergue se ilumina. El cirio, vela.

Wilfredo Carrizales
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