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Ni a ratos perdidos

lunes 14 de octubre de 2019
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Ni a ratos perdidos, por Wilfredo Carrizales
Dibujo-frottage: Wilfredo Carrizales
Textos y dibujo-frottage: Wilfredo Carrizales

1

No ser podido por la farándula, ni siquiera al inicio del teatro. Me pude antes en los comienzos de la autobiografía, pero la distancia no llegó a cumplirse y debí ejecutar el desgano. Me alivié en los empezados empecinamientos y me gocé en mis sentimientos de penacho sin escamas. Viéndome me lo dije y el agravio no pudo ayudarme y me hice un hecho de rocío o algo así.

 

2

¿Podrá mi tamaño ir en pos de la inmortalidad de mentirillas? El vivir reina sobre mí mismo, el prójimo que se extraña. Los huesos ya podrían bostezar tras sus ilusiones. Pronto arribaron los augures con sus indicaciones para desgraciar. Los intentos y los tiempos, en medio de un caos espinoso. Varios principios y ningún final. Del relator consta una dieta de habla y un lápiz sucio.

 

3

Puestos fueran mis olvidos, pero se ahuyentan con el encargo de la madera. Una lotería se me forma en la pelvis, mientras escucho la división de los helechos. Recontento, divago entre los objetos que parió el desván. Quedo en un sitio donde exhalo mis pellejos y brindo por los decientes jornaleros. La voluntad me lisonjea con un hiato de mortero. De un momento a otro, cambiarán los trabalenguas. Como si fuera un líquido, un regaño me moja los pies y castañeteo.

 

4

Más se arman las culpas bajo la espuma del odre que aburre. Contra el hombre tonto, su escena de pánico. Ni siquiera el sirope medra tan a cabalidad. Cinco ponencias y el as no fue requerido. ¿Quién encendió su semblante? ¿El iluso del sarmiento citadino? ¡Que eso lo pusieron los miedos! (Una moza me estudiaba para entretenerse y mi pretina le traducía el idioma de la lujuria). De la plata viajaron horas hacia mejores aires. (En los cuartos oscuros piaron las viudas y sus ojos eran lumbres inmensas). Se llenó de barro encima de los padres de las costillas. Una y uno se dieron.

 

5

Porque el propio dudó y fuertes cayeron los costos. Acaso se perdió el quemado, el de las cartas duodenales. Se aguaron los quevedos tras los hielos temblorosos. El fuego contaba con tener y tañer. Van a ser las causas las que posen y los hurtos arribarán cual bendiciones. Cualquiera querría saber el soporte de las escobas, mas el vómito atraviesa primero por su vasija. ¿Llora el mundo de costras? ¿Por qué la poblada se arruga al sereno? ¡La porfía manda en su sedimento!

 

6

Que habite el machacado donde yazgo. Que truene la hermana del papudo. Que detenga la horca la gracia del cabestro. ¡Aquellos hierros de cárcel! ¡Esos andrajos en los destierros! ¡Aquellos cementerios tras los rincones! ¿Merecemos los tribunales de la infelicidad? ¿Las patadas de los atroces? ¡La gravitación ahora ya no es natural y las monedas estallan contra el piso! Que los sepulcros convoquen a sus sesiones de libertad. Los cobardes replican a escondidas y pujan.

 

7

Salgo con escasa competencia para divagar. En la plaza, los rostros no se atreven con las invenciones. Un cónclave previene de los casos de sedición. Hay telas de abolengos rajados, fulminados por el comején de los oficiosos. De los cables penden los fingimientos y en demasía se hallan entre vueltas y revueltas. Las lenguas se tupen de avispas y las baldosas pierden, a raudales, sus encantos. Tantos saberes llevados por las brisas hasta el revolcadero de las limosnas. La lucha sola parece una pava sin órbita. Los avarientos crían, con audacia, sus lechuzas.

 

8

Veo lo que estoy viendo: de noche alunizada, sobre los puentes, detrás de los automóviles, lejos de las imágenes de los templos tendidos, a lo largo de las carreteras… ¡Lo que se haya llevado la desidia que se disuelva! A veces amanece y los cuerpos acribillados acometen con sus grises pieles. Las estrellas escapan porque saben lo que les conviene. Los sabios ruedan de ciclo en ciclo y terminan agazapados. Veo las manos que se burlan de todos nosotros; veo sus apetitos golosos. Siempre los desdenes, las medidas del desprecio para encumbrar la nación. De las edades eternas nos hemos curado, aunque la ceguera aúpa su institución. Ni visto gorduras, ni oigo flaquezas.

 

9

Se iba yendo mientras lo buscaba. Crujía y menguaba en el lavatorio. Se desleía en su ambiente de ronchas y letargo. Le ardían los humores escritos y se olvidaba de los juegos mentales. De sí mismo, tanto que decir y no decía. Entró en la mayoría de entonces para funcionar secante. Mudaba y trocaba sus tejidos que se descorrían. Al cabo, emanó de sus años y vamos a suponer una ranura.

 

10

Según la ley los matices llegan a ser rojizos. Según la ley corrupta la mayoría delinque. Suaves luminosidades de los pajonales tras los escritorios. Haremos estancias y nos conformaremos. El drama trabaja para que seamos filósofos obligatorios. Murmuran los mandobles, adentro y afuera, y allí nos vuelven segmentos. La serenata del horror prosigue entre cánticos de duelo y mordiscos.

 

11

Todo el vidrio dentro del pan hasta que se rompa. Las figuras laten con sus corazones insomnes, a punto de un desquiciado regocijo. Por sobre las verjas se notan los sumidos en los cascajos de la plasma. Llegan los invitados y sus caras hacen una sola piedra. A todo correr, se desbanda la pobreza por las ondulaciones de los mercados. Sin embargo, el bálsamo modula, gaseoso.

 

12

Vienen las vendas y entran a los rostros. Los mendigos pasan todos y ninguno queda de lado. Callan los médicos y les guardan cama. Viniendo las escarchas se oyen huellas luminosas. Una extrañeza se arma, se torna blanca, se perpetúa hasta la desnudez de las ventanas. Un ensueño se colma a deshora, de índigo, brisas y bayas. Después los no convidados llegan a un acuerdo. Buscan el remedio, al margen de las calamidades. ¿Quién vendrá encima de la caravana de nostalgias? Con los cantos de nobleza mejor es llorar o apenas gemir moqueando. Un tropel de moribundos viene a bañarse: carece de agua, improvisa jabones y considera un recreo con fanfarria.

 

13

Ustedes vean: los tabacos astillándose; los licores partiéndose; los candados ejecutándose. Ustedes corran hacia las alas de los aeroplanos de simulación. Lo que se alcanza a ver no es para ingenuos ni para morosos. La mañana arrastra a sus hijos y los sombrea y atiende. Más allá unos frailes se desnudan, al compás de los chorizos en el asador. La vista no engaña y si lo hace, mengua.

 

14

Sugerimos los anhelos, los menos gordos. Ni tramos ni escritos aceptamos. Otros milagros aguardan muy adelante. Ya nada salvará a los vendedores de estrellas. Nos quejamos de los murmullos y cumplimos con nuestro parecer. ¿Para qué atar una mano a un cabo, si luego la requerimos para que aplauda? Sin duda, tengo una lengua ajustada en lo singular. Mujeres para el desvelo y cuidados cazaderos. En honduras nos conformamos, aunque poco se espante abajo. Y ya la patria hasta los huesos y ya la anchura de la herida mortal. ¿Me suprimo? ¿Me abrigo? ¿Me mancho? Ya y acaso.

 

15

Mas los consejos los crío, digo, y me los doy. Que me pase, claro, para saberlo. Mas no me perderé en el trueno, aunque vaya y vuelva. El malcriado cuida su mármol. Pienso en la nieve y me quemo las encías. Me perdono, pero la historia debe continuar, a pesar del cuadro que no se asienta. A veces, me alargo hasta atormentarme, dentro de las hojas de los libros más profanos. Lo que mucho me gusta es pesarme en el mercado y pretender comer sin escalones. Me iré en esa porfía.

 

16

¿Me oirán los que juran? ¿Se moverán fuera del vino? Me sustenta estar descalzo. Me recrea con plena licencia. Las cuales han sucedido y mandan joyas y azahares. Mas todo era de temer, era de timar. Un aire me bambolea enjuto y lo advierto como malogrado tributo. ¿Quién deformaría mi método? Mientras tanto el soñar se gana raudo y así no se padece. Sed como nunca tuve y testigos hubo al saciarla. Me arranqué los talones rezagados y proseguí en busca del ruido de las compras.

 

17

Nada el pez que fluido pidió. Nada conseguí mientras me sentía. Cavilando, alcancé la no aflicción. Supe de los medios para vengarme de las pesadillas. Pronto los disturbios fueron ofensa. Nadie se compuso y también gritó. Nadie sin nadie y un moho en la zona lumbar. Pequeño discurre el cambio.

 

18

No otros días, sino los mismos: los tempestuosos. Se expone quien niega. Los rubíes y los desasosiegos. Un soplo de plástico sobre la relación que no avanza. Una vía para torcer las cabezas y obligarlas a soportar los ayunos. (Un escarabajo ataca la flor en la postal y perece oscuro). La fatalidad hace constar su valor absoluto y nadie se admira y lo viejo nace. (Un pájaro del enfermo pierde memoria y cae volando y vuela cayendo). Hoy las antenas lograron compostura y cifras.

 

19

Habrá el neutro dentro de su envoltura. Ni alocado ni asesinado. Ni pretender balbuceos con la lengua de pocos. Jamás ser observante. (Nos extasiábamos parados en el reino de los catecúmenos. ¡Qué delicia y disposición! Nos vencíamos sin jefes ni comandos hundidos). Esas actuaciones de los asaz bárbaros. O la constancia de lo inalterable. O la mueca cabiendo en lo negruzco del redentor.

 

20

Otras pérdidas tras los equívocos. Otras lentitudes semejantes a carrozas de barrios. Los hermanos celebraban las mudeces de sus difuntos. Se animaron los extremos de la contentura. Hubo cartas de ultramar y anuncios de destrozos muy fríos. Los que vinieran después debían fenecer tras los llamados. ¿Adónde se fueron los serenos, sus asuntos, sus plazuelas? ¿Cómo negar los cortes de los mensajeros? Los racimos se despidieron con la declinación de los elementos y en las calles los polvos seculares erraron por su cuenta. ¡Jamás los temores se agostaron por siempre! (Temprano otorgamos dones y los queríamos y pedíamos saludos sin levantar los gestos. Esclarecimos los hemisferios y allí plantamos teriacas y recaudos, pámpanos y miramientos, semblanzas y zepelines).

Wilfredo Carrizales
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