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Hallazgos de afuera que se recrearon en mis adentros

lunes 21 de octubre de 2019
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Textos y fotografías: Wilfredo Carrizales

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Hallazgos de afuera que se recrearon en mis adentros, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

MÁSCARAS Y PINO y el calor del verano no era para reírse. Los conocía desde mucho antes y casi que nací con ellos. Sus abejas me picaron para estimularme, aunque carecía de tizne en el rostro. Lo grotesco y lo sublime aunados en su colgadero y sus pensamientos encubriéndose en los pliegues de mis meandros. Festejé vistiéndome de agujas y piñas y me reuní en mis amentos: familia de persistencias. A mi manera, me presté una careta para el ceremonial del próximo ocaso.

Ni pino ni máscaras nunca en la derrota. Entendimiento para el esfuerzo constante. También el cielo acercando unas explicaciones. En mi boca, el aroma que se masticaba con adornos, con esencias aciculares. Mi piel tremolando con su flexibilidad del impulso de oriente. Contra lo encubierto, una visión de la gallardía en el suelo y el trajín de las resinas para perdurar frente a los embates del tiempo. Mastiqué la verticalidad y fui corteza que apenas hesitaba.

 

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Hallazgos de afuera que se recrearon en mis adentros, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

ESCOBA Y PARAGUAS en la espera humedecida por la llovizna. Nadie desciende por los escalones y la puerta abierta está a los ruidos necesarios de la calle. ¿Quién barrerá los excesos del agua y le pondrá ramas para alargar sus filamentos? El anciano se internó en sus asuntos y difícil será sacarlo de la mesa. Mientras tanto, el paraguas sueña con tenderse sobre sus ideas para protegerse de la forma del fenómeno lluvioso. Y la escoba se amarga por carecer de escuela.

Paraguas y escoba juntados por el azar y la escocedura de una pared que ignora los vericuetos de la atmósfera. Ahí seguirán hasta que la suerte les sea favorable y puedan despejar o ventilarse.

 

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Hallazgos de afuera que se recrearon en mis adentros, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

EL TRICICLO castigado en un rincón y sometido a la vigilancia de un foco. Desde la trasera memoria: espacios de la devoción del juego con velocidades alternas y figuras saltando y gritando por doquier. Ahora el arresto es una condena pasajera, pero con lágrimas de hierro. Los pedales anhelan repartirse en patios y calzadas: la motilidad los atrae y deben calmar su ímpetu de ganancias de imán. Rememora el triciclo a quien, a horcajadas, le hacía encabritarse y perderse entre los callejones y derribar cajas y cubos acumulados ante las puertas.

Prosiguió la cuenta regresiva y la palidez atormentaba a los azules de la estructura móvil. En los extremos de la impaciencia, la pared no atinaba a ser el blanco de la huida. Mucho más que un juguete, el triciclo era el inusitado destello de la travesura de unas piernas ágiles.

 

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Hallazgos de afuera que se recrearon en mis adentros, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

ORQUÍDEAS contra una pared gris y la remembranza de la mujer de cabellera de sauce tomando té en el invernadero. A la hora de este día, el estío no templa sus alientos: las orquídeas languidecen y deben sostenerla unos hierros intrusos. ¿Cómo no viene la orquesta minúscula con sus sones radicales, sus raros espasmos, sus asimétricos compases? ¿Cómo no viene a plantar la savia que ha menester? Mi horcadura buscaba incesante el desarrollo de esas flores: epífisis de mi epifanía.

Extraña postal contra lo ceniciento, contra la dureza de lo gríseo. Mis ginandras violáceas que alargan mi recorrido por la vía de la expresión sensual. Ante ellas, me difundo de lo inferior a lo superior y abulto mi cáliz cual espolón. ¿Cuándo la simbiosis? Y cuando y más cuando y lo fértil en el centro y sépalo quien las colgó a ellas allí. Me fecundo en su estilo y menudeo las fragancias.

 

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Hallazgos de afuera que se recrearon en mis adentros, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

LA BICICLETA y el abandono entre lo sepia y el muro carcomido, mordisqueado por lo fúgido, por el porvenir y por lo simultáneo. Y la bicicleta brotando de sus ansias vegetales, buscando ser rastrera y amoldarse a los destellos, al polvo, a los cascajos. Y la noche rodando, infinita, seguida por luces de jibias imaginarias y yo y mis dos acompañantes castellanas cantando a la viceversa de los vinos llanos. Y la vida estampada como aleluya por la bicicleta que giraba, quieta, pedrusca ella.

Y la bicicleta convocando a los bíceps, a la movilidad, a pesar de su estatismo. Y la serenidad se me tornó manillar y la horquilla, al pelo, para fijar lo evidente. Y los siglos que llevaría la cadena tratando de eslabonar la historia del desamparo. Y el cuadro transmitido a la distancia de un guiño de ebriedad. Y la ronda tricéfala con anuncios paralelos en medio de amarillo y marrón. Y la bicicleta dedicada a su desinterés y la ruina apoderándosele con sus llaves y nosotros enmudeciendo.

 

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Hallazgos de afuera que se recrearon en mis adentros, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

EL CAQUI espachurrado en el suelo, después de haberse desprendido –en aciago momento- de su rama no divinatoria. ¿Dejó de ser santo su palo? ¿La oropéndola no tuvo que ver nada con su caída? Aplastado no vencerá por completo a sus enemigos, pero revelándome su oráculo le rindo culto en su redondo dulzor. Además insisto en agregarle breves tormentas ferruginosas a sus hojas que lo observan, tristes, desde arriba.

Indago y saco en claro el incidente. Estuvo balanceándose en lo alto y vestía de kaki y se abanicaba desde sus orígenes. Le agradaba madurar y llegar al rojo y regresar, de modo repentino, al amarillo y proseguir el regocijo sin clausura. Hasta que el pedúnculo se cansó de su vida sedentaria y arrastró al caqui al vacío. Al presente, se gana mi abandono, mas lo dejo acompañado de texturas que lo recompongan.

 

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Hallazgos de afuera que se recrearon en mis adentros, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

LA MUJER CALVA y el calvario que la vuelve atronada. Encalveció oponiéndose a los hugonotes y dándole a la bola de billar hasta romper el paño. (Ninguna peluca tuvo acogida sobre su cabeza). Calvatrueno y una deuda marcada con numerosas cruces. ¡Lo glabro reluce y cómo equivocarse! Se ha perdido el pelo y se termina por pintarla calva. Monda y lironda no llegó a pagar lo que debía.

Yace en un calvero y la greda le molesta como estaca y ella se aplica a su zona y no alcanza a brotar. (Su postrera imagen que conservo, la muestra serena y mirando fija al mundo extinto de la pelambre).

 

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Hallazgos de afuera que se recrearon en mis adentros, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

AMASIJO en la ventana. Mucho plástico en forma de hoja y poco, de flor. Escasas hojas secas reales y había líneas de hábitos simples y enredos más acá de lo creíble. El cristal no mostraba los elementos de la vergüenza y escuché sonidos de lástima y ninguna admiración. Para su desgracia, tiestos mal empleados. ¿Qué fuerza construyó esa inconexa aglomeración frente a la claridad de una mañana sin culpa? No había entre aquellas cosas celos postizos. En defensa de los justos maltratos, un impulso de mi parte y mi posición no siguió exenta.

Allí no se vio a nadie o nadie se permitió ser visto. Había la herrumbre y las manchas sin enigmas ni cobardías. No me desarmó el cúmulo de tenues reflejos, quizá porque no se extendían al modo de los tiznes. Si hubo algo novedoso, lo obvié o lo disolví delante de mis nexos mentales.

 

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Hallazgos de afuera que se recrearon en mis adentros, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

LÁPICES DE COLORES y la cabeza de la marioneta cofundadora. Se representaba un micromundo con pantomimas y danzas de inercias antiguas. Lo demás encajaba en cada pieza colocada a discreción. Existía la oportunidad de maromas de pujanzas y sin vacilar se contenía el logro. Aquel rostro echado y risueño y aquella expresión que no aguardó para ser estatuida. La manipulación, elevándose y, ni antes ni después, la traba que hubiera sido equívoca o traspasada por muñones.

Con asombro, deleitándome; con arrojo, exaltándome. En colector de pigmentos convertido, inmerso en la liturgia de la encarnación de la madera en muñeco y así los cuadros a manos llenas. Excavación en la máquina de recogimiento que expulsaba sueños tras los prodigios. A arrebatarse llamaban, mientras los lápices imprimían giros desde el verde al rosado y el espectáculo se dio en proseguir, con el vuelo, con los matices tenaces y la buena fortuna se explayaba y deflagraba.

 

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Hallazgos de afuera que se recrearon en mis adentros, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

DE LA SEQUEDAD pendían y perdían la anhelada frescura. Antes peces y ahora colgajos de aridez. Bajo la luna marina fueron comprimidos y trucados y agostados para todos los octubres por venir. Les revirtieron sus vidas, a martillo, sierra y redes y volantes, fuera del agua, continuaron volando con anzuelos. Se estancaron y empeoraron y los diablillos les daban con las espadas y les sacaban los ojos para subastarlos. Aprensivos, descolgaban sus perdidas nataciones.

De la ballesta al clavo y a la cuerda. Ni en la lateralidad se prolongaban y con dificultad se acogían a su nuevo aspecto. Se espinaban y seguían muriendo de estiaje y secor. No terminaban de maravillarse con los reflectores que los acecinaban. Ya ni estrechaban sus dientes; ya ni semejaban platas trocantes. Se centraban en las menudas menas que les otorgaban láminas de contrastes. En vano rumiaban sus ansias de orbe. Sólo les quedaba aguzar el espinazo y tragar día tras día el sahumerio que no los hinchaba.

 

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Hallazgos de afuera que se recrearon en mis adentros, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Fui y asistí a la apertura de la caja. ¿De una tal Pandora? Quizá. Dentro no había cartas, ni telegramas, ni mensajes. Pero negar que aquella tarde hubo sorpresas sería ridículo. Se quebraron las ilusiones y los insectos roedores se arrancaron las alas y con monotonía la emprendieron a dentelladas contra las mazorcas de maíz. Desecharon las espigas de sorgo y sorprendí a un pan que se insinuaba desde una delgadez semejante a un silogismo de hambruna.

Los insectos querían despedirse de la existencia y chirriaron en la quinta declinación. Por unanimidad decidieron no hartarse y continuaron el agasajo. Mi cuerpo de mí lo tomó en cuenta y saqué a relucir chismes, yedras y sones y los lancé al interior de la caja. De inmediato, se fueron las astucias de los insectos y permanecieron las migajas y rastros como esos. Después supe que la caja guardaba la ropa del hijo del entomólogo sepultado a escasa distancia.

 

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Hallazgos de afuera que se recrearon en mis adentros, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Reunión de grillos en sus jaulas de cintas vegetales. Sus cantos de insistencia atrajeron a posibles compradores: yo entre ellos. En subasta remataron a los más fuertes y no pude pujar y me enredé en el ascenso. Luego los vi en el redondel, confundidos en intrincadas luchas. Aposté unos billetes a mi favorito y perdí y mi espíritu no se enriqueció. Me hice ristras y salí del ruidoso local.

En la calle tomé un taxi, mientras un frío gélido levantaba sus arrestos. En el seno del automóvil escuché un canto de un grillo. Supuse que era un eco en mis oídos de los grillos dejados atrás. Mas el canto se repitió. El chofer notó mi impresión. Se abrió la chaqueta y extrajo una redonda grillera con un corpulento y esmeraldino grillo. Lo puso en mis manos y me dijo que me lo cedía por una semana. Durante siete noches, el grillo cantó para mí entre olores de zanahoria y col y al octavo día desapareció. En la grillera sólo continuó un canto prolongado de combate que se sobreponía a mis insomnios.

Wilfredo Carrizales
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