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Leticia, la locuaz

lunes 28 de octubre de 2019
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Textos y dibujo-collage: Wilfredo Carrizales
Leticia, la locuaz, por Wilfredo Carrizales
Dibujo-collage: Wilfredo Carrizales

1

Años sin verla y, de improviso, me la topo en la entrada de la estación Capitolio del metro. Miro la imagen de paloma que trae en uno de sus ojos y adivino de dónde viene. Abre su amplia boca con desmesura y me saluda: “¡Hola, caballero del lodo! ¡Andabas extraviado!”. “¡Hola, Leti!”, y no puedo agregar nada más, porque comienza a explayarse, según su costumbre. “He estado arrojada en un departamento, en una cabina telefónica, en un aula… He rumiado como los camélidos de antaño y no he podido colocar nada en claro. Observa cómo me ha crecido la cabeza y se me ha adelgazado el cuello y las tetas van por el camino de desaparecer… ¿Para qué mentir? ¿Y tú? ¿Todavía crees en tu existencia?”. No me permite responder y continúa. “Recuerdo que eras fuerte con la mordacidad y te envidiaba por ello. Me las he visto muy negras, a pesar de que por todas partes lo rojo se te mete por los poros y tiende a anestesiarte. A veces, a punta de obleas mato el hambre. Mis antiguos compañeros me han jugado malas partidas, pero algún día les daré caza y los colgaré de una pared donde atraigan a los curiosos. Conmigo se han perpetrado todo tipo de crímenes y por momentos me ganó la perplejidad. Ahora ya no más. ¡Al carajo los comandantes, las comanditas y las comandancias! ¡La potencia del estercolero es para reventar palacios!”. Se detiene unos segundos, escudriña a su alrededor y prosigue. “Muchos de nuestros conocidos se han puesto en subasta. ¡Me producen una lástima infinita, quincuagésima! En sus pecados llevan sus penitencias. ¿Cuántas veces habré de repetir esto? No seré parte de latrocinios ni de gerencias de lenocinios. ¿Deberemos armarnos de paciencia? ¿Hasta cuándo? ¿Hasta que nuestros huesos reluzcan bajo un sol de papaya cubana? ¡En movimiento la política, en movimiento la policía, en movimiento la póliza, en movimiento el polizonte! ¡De traslación y de retardo! Quieren atarme las manos y la lengua, pero no lo conseguirán. ¡Tú me conoces bien! ¿O no?”. Le hago una seña con el dedo índice y apunto hacia una cafetería cercana. Ella exclama: “¿Por qué no?”. Y guiamos nuestros pasos nada acomplejados hasta el lugar donde nos tomaremos unas tazas de buen café. Allí bien instalados en una mesa nos dedicamos a tomar con lentitud la bebida y a escrutarnos de modo recíproco. Ella retoma el habla. “No espero, ni en sueños, que me caiga la lotería. De igual a igual te considero y siempre te he considerado. ¡A la izquierda está el mar de los huidizos! Yo no me inclino del lado del fiel de la balanza. Los lametazos no van conmigo y tampoco les coloco lámparas votivas a héroes de cartón y hojalata. ¡Mi linaje es de mayorazgo moral! Cuando pasan la lista de los lisonjeadores, yo no aparezco ahí. Llamo a los malos humores con arrebato. ¿Se puede? ¿Se debe? ¡Pues, mire usted que sí!”. Se ríe a carcajadas, estruendosas, vocacionales, y me arrastra con ellas y las imito. Aprovecho la cesura e interrogo, por no dejar. “¿Qué tripa se habrá roto hoy?”. Asegura: “¡La tripa de los derechos humanos! ¿No sientes la intolerable hediondez? ¡No hay derecho en un país torcido! Los descerebrados, los deschavetados y demás congéneres andan procreando sus generaciones sucesivas que luego se desperdigarán per saecula saeculorum.  ¿Te gustó el latinajo? Aún recuerdo algunas locuciones en latín aprendidas en la universidad pedagógica. Como habrás advertido sigo corrosiva, que es lo que me ajusta mejor… Del cuello de pajarita que tengo ahora no quiero derivar al cuello del útero, porque te haría sufrir y no hay que correr riesgo”. Acompañó las últimas palabras con la sonrisa sardónica que apenas recordaba yo. Le di un vistazo a mi reloj pulsera y descubrí que muy pronto sería mediodía y tenía una cita a la una, en el otro extremo de la ciudad. Se lo comuniqué a Leticia y le prometí que nos volveríamos a encontrar tres días después —el jueves— en la plaza Bolívar, a las 11 y media de la mañana. Asintió en un silencio inaudito y nos separamos.

 

2

A las 11 y treinta y cinco de la mañana del jueves llego a la plaza Bolívar y descubro a un cúmulo de palomas revoloteando, aleteando, zureando alrededor de una mujer, quien les estaba lanzando migajas de pan. La observo unos instantes y, aunque no puedo verle el rostro por completo, sé que se trata de Leticia: ¡sin duda alguna! Intuye que alguien la está atisbando y gira la cabeza y su mirada me encuentra. Luego le da una ojeada al reloj de la catedral y dice: “¡Retardado cinco minutos! ¡Te lo perdono porque eres tú! De lo contrario…”. Hago un gesto como queriendo significar “lo siento” y ella toma la palabra (o debería decir: las palabras). “Las palomas, las palomas… ¡Cuánto me atraen y me distraen! Creo que este gozo me viene del palomar que tenía mi abuela paterna en el caserón donde habitaba. Había palomas en profusión, en procesión constante y zureante.  Palomas blancas, grises, manchadas, cañamonadas, fuscas, habadas, bravas y calzadas, monjiles y de la paz, reales y de collar… Mi abuela era una paloma sin hiel y los gavilanes vecinos le rapiñaban el hígado. Yo era la paloma zurita en aquel palomar y la que enfrentaba y desplumaba a todos aquellos gavilanes rapaces en bandadas… Antes venía a diario a esta plaza, alquilaba una silla y me sentaba frente a la estatua de Bolívar a conversar con las palomas y alimentarlas con granos de arroz y maíz. Ahora sólo puedo venir una o dos veces por semana, si logro comprarles algo que ellas sean capaces de tragar”. En ese preciso instante, un zamuro se posa sobre el campanario de la catedral y ella y yo lo notamos de manera simultánea y nos sorprendemos. Leticia eleva la voz: “¡Con qué aura arribó ese zamuro! ¡Ahora que lo proclamo! ¿Zamuro mensajero o espía? ¿Heraldo de la Muerte? ¿Recolector de cadáveres estatal? ¿Siniestro portavoz de mayores desgracias? ¡Todo eso eres y serás y mucho y mucho más, zopilote de mal agüero! ¡Marchémonos de aquí y que Paloma San Basilio proteja a las columbinas!”. Me tomó de una mano y comenzó a halarme fuera de aquel espacio, en medio del estupor de los concurrentes. Fuimos a dar a la plaza San Jacinto y allí nos sentamos, acezando y escrutando el límpido cielo. Ni rastros de nubes ni de volátiles agoreros. Como ella callaba, le pregunté: “¿No has pensado irte del país? ¿Como tantos conocidos nuestros, como tantos familiares y amigos?”. Me clavó una mirada, digamos, inquisitiva, y respondió: “¿Irme adónde, a mi edad, a hacer qué? Este es mi país, aunque lo esté perdiendo a pedazos, frente a mis ojos ya acobardados, ya sumidos en una sequedad anónima de lágrimas, ya casi emborronados por la brutalidad reinante. ¿Irme adónde? ¿A Cúcuta, a Santo Domingo, a trabajar de puta famélica para los camioneros o para los estibadores? ¿Cuánto podría cobrar a mi edad? ¿Un par de dólares? ¿Un plato de lentejas frías? ¿Tres botellas de cerveza y un cigarro de tercera? ¿Irme adónde? ¡No, jodas! ¡De aquí soy y aquí me quedo! ¡Que se vayan los ladrones y sus familias, los de la casta verde y maldita, los destructores y sus socios!”. Nunca la había visto tan furiosa y temí que la emprendiera de firme contra mí. Traté de disculparme por la impertinente cuestión. Me observó unos instantes, parpadeó y se chupó el dedo medio. Me perdonó, a su manera. Se escucharon las doce campanadas en el reloj de la catedral y entonces repicaron en mi estómago. Le sugerí a Leticia: “¡Vamos a comer algo por aquí cerca! ¿Te parece?”. “¡Acepto!”, me dijo, “¡para que pagues tu estúpida inquisición!”. Nos encaminamos a un restaurante de autoservicio y comimos para desquitarnos de tanta carencia alimenticia, de tanta necesidad de paladear antiguos y consabidos sabores, de tanta privación de una más que merecida culinaria decente. Con calculada parsimonia, paladeamos, masticamos, ensalivamos y tragamos, a trocitos, todas las raciones que nos habíamos servido para compartirlas, cual dos hermanos de una cofradía de permanentes ayunadores, faltos de misericordia y asientos en los refectorios de menesterosos. Abandonamos el sitio ahítos y con una felicidad, columbro, irrepetible. Fijamos una nueva cita para el domingo, a la hora de rezar el ángelus, en las gradas de acceso a la catedral.

 

3

Llegué a los escalones de la catedral con la insinuación del atardecer. Leticia se encontraba sentada en el peldaño más alto y leía, ensimismada, un grueso y manoseado bloc. Me le acerqué por detrás, sin hacer ruido, y casi al oído, le susurré: “¡Llena eres de gracia!”. Dio un respingo y el bloc cayó al piso, al tiempo que ella gritaba: “¡Carajo, llena estoy de desgracia! ¿Piensas matarme de un susto y hacerles el favor a mis enemigos? ¿Por dónde te colaste? ¿Por la sacristía?”. Entrambos, nos enzarzamos en un torneo de risas, finalizado el cual, nos dimos un abrazo con vehemencia. Al punto, soltó lo que estaba cavilando antes de mi arribo. “¿Por qué me pasé noche tras noche, durante olvidados meses, borroneando las páginas de este bloc con elucubraciones acerca del cristianismo y el catolicismo? ¿Por qué? ¡Oía campanas y no sabía por dónde! Nunca te comenté la cantidad de malas cosas que me sucedieron en las iglesias y con los curas. En mi época juvenil me faltó poco para convertirme en beata. Por fortuna, vi venir el badajo a tiempo y cerré con fuerza las piernas y escapé de ese ambiente hipócrita y opresivo…”. Recogió el bloc del piso, lo hojeó y comenzó a leer: “De lo primitivo de que estaban hechos los apóstoles expandí mi mente y me constituí en ser autónomo pensante. Me atraían las multitudes de saberes y me fui apartando de los dogmas y milagros. Elegí ser mi propia discípula: no confiaba en los maestros. La pasión y la muerte dejaron de asombrarme y la ensangrentada imagen del Cristo crucificado cesó de conturbarme y sólo me producía repulsión. Gracias a mi perseverancia, mi espíritu se fortificó y descubrí que en el mundo pagano había muchas esencias que eran más valiosas que el cristianismo. Me dispuse a amarme a mí misma y encontrar la gracia divina dentro de mi cuerpo. ¡Lo único sagrado era la preservación de mi espíritu de tanta escritura maniquea y ortodoxa! ¿Qué era aquello de poner la otra mejilla cuando te abofetearan? Me inicié en la hostilidad contra el credo de los mesías y la esterilidad de esa creencia para esclavos. ¿Caridad por encima de todo? ¿Por encima de humillaciones, desprecios, afrentas organizadas? ¡Mi revolución me afirmó en el sentido de la dignidad humana: no bajar la cabeza ante nadie, ante ningún dios o diablo!”. Hizo un alto y se cercioró de que la estaba escuchando con atención. Yo estaba gratamente sorprendido con su ganada lucidez. Ella esbozó una tenue sonrisa de complicidad y continuó la lectura: “Mi corazón se ha tornado más intelectual y cuestionador. Ahora no me dejo seducir por doctrinas flojas, sin asideros conceptuales. ¡No seré más víctima de pregonadores de oficio, de fariseos variopintos, de demagogos de curul alquilada! Ni por un momento olvido que la persecución va detrás de quien dice la verdad, aquí o en Pekín”. Lanzó un resoplido y chasqueó los dedos. Prosiguió tras una breve constatación del efecto de sus afirmaciones en mis oídos. “¿Y el catolicismo? ¿Esa pretendida comunidad universal de hermanos? ¡Puros concilios de fingimientos, de simulaciones! Para ellos, el tiempo y el espacio son como si no existieran. Dentro de esa religión hay demasiados santos apostólicos, demasiados papas corruptos, ambiciosos, aficionados y adoradores del poder terrenal. Sus ritos no son más que pantomimas de los antiguos ritos paganos. ¿Y la obediencia a la autoridad papal? ¡Resabio anacrónico de la época imperial! ¡No estoy muy católica y lanzo la primera piedra y si se quiebra un techo de cristal: mala leche de cabrita!”. Intempestiva, cerró el bloc e hizo un ademán para que la ayudara a incorporarse. Sentí sus manos muy sudadas y calientes. Miró hacia un rincón oscuro del muro de la iglesia y me urgió: “¡Vámonos de aquí! ¡Ya comenzaron a llegar los mendigos que pernoctan, cagan y mean allí!”. Por increíble que parezca, no había percibido la hedentina de los mezclados detritos acumulados: excrementos, vómitos, restos de comida y bebidas, orines… Los últimos resplandores del día caían, con desidia, sobre la cima del campanario. Le pregunté a Leticia si quería venir a mi apartamento y denegó. Sólo consintió que la acompañase hasta la estación del metro más próxima y ahí nos volvimos a despedir hasta un nuevo encuentro futuro, quizá varios días después o una semana y media. Empero, esa entrevista nunca pudo realizarse. A la mañana siguiente leí en el diario: “Asesinada una mujer anoche, de nombre Leticia Lemus, al dirigirse hacia su departamento en la avenida Baralt”. La ciudad carnívora le había dado una mortal mordida a mi amiga y ahora las palomas de la plaza Bolívar no tendrían más a su fiel contertulia y amante.

Wilfredo Carrizales
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