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Fábula del pez azul, pálido bajo tierra

lunes 4 de noviembre de 2019
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Textos y dibujo-collage: Wilfredo Carrizales
Fábula del pez azul, pálido bajo tierra, por Wilfredo Carrizales
Dibujo-collage: Wilfredo Carrizales

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Como era pez y temía afinarse hacia atrás, decidió volver y volver con escamas apenas insinuadas y la dermis tatuada de líneas. Sin embargo, su retorno, contra lo esperado, fue subterráneo y casi desapercibido. No le faltaba la inocencia en el rostro, ni la agilidad en el cerebro. Eso sí: siempre poseedor de la visión del plano de la superficie y de sus evidentes variables de formas, colores y ritmos. No quiso dejar en el olvido su mitología del diluvio y la sacó a flote con grandes anzuelos.

Su cabeza había crecido un tanto, pero no mucho, para no llamar la atención de curiosos o extraños. Comenzó a dividir su tiempo en posiciones abdominales y a no permitir que se le adhirieran rémoras. En el actual regreso anhelaba, sobre todas las cosas, desarrollar un vuelo, sin límite de fijación, de modo que lo capacitara a dar una amplia circunvolución sin moverse de su lugar. Por supuesto, incluía a la profundidad, mas sólo mientras dormía en su sencillez primitiva.

Manifestaba su vida diferente en cada estación y de allí podían deducirse historias jamás contadas. Ahora las asperezas se imbricaban de manera recíproca y no le molestaban como en épocas pretéritas. Tampoco perdía espinas y la brillantez seguía denominándose así, no por conveniencia, sino por somera utilidad de su causa. De aquellas confusiones de otrora, ya no permanecía nada.

Su cuerpo se sostenía sobre un imaginado esqueleto de marfil y calcio en discusión. Se vertebraba a partir de reemplazos anteriores y se osificaba a guisa de blancura para el entorno que le competía. De continuo, armaba piezas para entretenerse o para poner a prueba nuevas habilidades adquiridas durante el desplazamiento, breve, pero efectivo. Se consideraba parte integrante de la paleontología más rebuscada. Con todo, ponía nervios y branquias en tensión y derivaba hacia eras arcaicas donde lo anfibio era lo fundamental. Le rehuía a lo apócrifo y se centraba en las cuerdas que se tendían entre los huecos y las médulas que alojaban. En cuanto a mencionar escualos: mudez elocuente.

Construía también arcos de membranas, homologados a otros complejos de arquitecturas lúteas y de xantofila. Más adelante ayudó a atrofiar a los anélidos, por puro placer de demostrar sus prodigios. No obstante, esos insanos deseos se le atravesaban muy de vez en vez. A lomos, en todo momento, cargaba su saco de vasos y con ellos medía la pureza del agua y luego la bebía a pequeños sorbos, mientras sus ojos se dilataban semejándose a ampollas de gelatina. Esos pasajes duraban hasta que la materia arrojaba sus canículas hacia los flancos y los motores fluían en equilibrio.

De su corazón se aislaba la cavidad de los celos más tardíos. Detrás la sangre oía, con disimulo, los veredictos. Las irrigaciones desembocaban todas para reiniciar un ciclo que favoreciera la superación de las hendiduras y tuviese, el ciclo, los anexos importantes para nadar sin fluidos ni otras lágrimas molestosas. Con un sistema de su propia evolución, el pez azul trasegaba por el canal secreto del hermafroditismo y lograba éxtasis y espasmos conjuntos.

Autor fue de agujas para armar sus dientes y de velas para impulsar mejor su motricidad y de castañas para alimentarse durante las carestías y de cofres para guardar las perlas encontradas dentro del cieno y de peines para desenredar líos y de llamas para leer en la oscuridad y de guitarras para desoxidar las aldabas de la noche y de espadas para defender sus predios y de martillos para golpear los costados de la ribera y de lunas para contemplar en calma los reflejos…

 

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El pez azul se desplazaba, de preferencia, de derecha a izquierda, del este al oeste, y su ojo escudriñaba, con minuciosidad, las escenas y los eventos que sucedían arriba, fuera del agua, en las orillas. Su desplazamiento, no sólo producía corrientes líquidas, sino también —según su predilección— ventosas circulaciones de considerable fuerza. Desde el principio de sus recorridos de mañana había descubierto, encima de una plataforma ribereña, a una mujer de estilizada y delgada figura, vestida con una amplia y larga falda negra y con una faz opaca, donde no se notaban rasgos de ningún tipo. La mujer parecía danzar, pero sin moverse de un reducidísimo espacio. Quedó cautivado por la fémina y para demostrárselo, le pegó en el rostro un extravagante guppy que tenía encerrado en una pecera de terrones. A partir de ese momento, la mujer, con su nueva fisonomía, era capaz de comunicarse con el pez azul al no más hacer vibrar sus aletas.

La falda de la fémina daba inicio a una agitación y se expandía y revoloteaba hacia el lado izquierdo, el mismo por donde solía deslizarse el pez azul. Entonces era que el viento piscícola se manifestaba con su proverbial acento cargado de potencia y la mujer se balanceaba entre excitaciones y el guppy giraba cual peonza entre trinos agradables que perduraban hasta más allá de los trasuntos de las estampas del día. Los árboles del entorno se alborotaban, turbulentos, y doblaban sus copas hacia la derecha y soltaban una inmensidad de hojas que ya, presionadas, habían mutado su verdor y ganado rojeces, atisbos gualdos y garzos y aun grises antojos forzados. Una tormenta con excepcionales matices para una mujer única. Una mujer sola con un ajuste vibrátil, propenso a duplicarse.

En ocasiones especiales, la imagen del pez viajaba en tartana y la mujer se turbaba a ratos, reía sin continencia por periodos de antelación. Ciertos pájaros soltaban monedas antiguas —acaso de plata— y hacían pensar en obsesiones escritas entre las cañas vecinas. Se insinuaban señales que era preciso que nadie interpretara, porque de ello dependía tanto el destino del pez como de la mujer que traslucía una danza. Y la taumaturgia del pez se enredaba bajo las raíces que se le ofrecían, sumisas.

¿Qué se contaba después? El relato causaba descontentos, debido a pormenores ocultos, detalles nunca develados o esclarecidos. Pero, ¿qué se le va a hacer? Siempre las fábulas de los peces semejan cuentas de rosarios que se desperdigan y luego resulta muy difícil volver a ordenar. A nadie se puede culpar por las inconsistencias. A pesar de eso, uno puede dispensarse una licencia y fantasear con el fin de la fábula del pez azul y, por ejemplo, alcanzar una coda así:

“Fuera del agua, él aumentó sus pectorales y se estancó en pequeñas volteretas que le hincharon los globos a la mujer y a punto estuvo ella de esparcirse por los aires de las ventoleras. Mas el pez le dio semillas y ella le perdonó desde su novísima silueta de sirena y ambos, inquietos, se tragaron y se reconstituyeron y aprendieron los nombres del lucio y del salmón y también del jurel y el mero. Se les escapaban burbujeos en griego y sin molestias y la piel se les fue bruñendo a metros por segundo. Poco a poco se sumergieron en la infusión de un pozuelo y ahí ahora moran y allí es donde hay que ir a buscarlos cuando a alguien, de repente, se le antoje. Por lo que pueda tronar, sería adecuado traerse un mapa con las coordenadas correctas para evitar extraviarse entre tanto vericueto que surge de continuo en las direcciones, la memoria y la credibilidad de los informantes. Mientras tanto tiremos de la cuerda, mientras haya testigos”.

Wilfredo Carrizales
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